PARTE 2: EL MILLONARIO CREYÓ QUE SU AMA DE LLAVES ESCONDÍA UNA FORTUNA ROBADA EN SU CASA, HASTA QUE ELLA LE MOSTRÓ QUIÉNES HABÍAN PLANEADO SU RUINA Y POR QUÉ CADA BILLETE LE PERTENECÍA.

—¿Qué significa que me enterraron vivo?

Carmen cerró la puerta.

Luego caminó hasta una de las bolsas negras y sacó una carpeta amarilla.

—Siéntese, don Ricardo.

—No quiero sentarme. Quiero saber de dónde salió este dinero.

Ella abrió la carpeta.

—Entonces primero tiene que saber quién se lo quitó.

Sobre la cama aparecieron copias de transferencias, facturas y contratos.

Ricardo reconoció inmediatamente varios nombres.

Empresas proveedoras de su constructora.

—Estas compañías desaparecieron.

—No desaparecieron.

Carmen señaló tres razones sociales.

—Cambiaron de nombre.

Ricardo tomó las hojas.

Las direcciones fiscales eran distintas, pero los números de cuenta conducían a una estructura de sociedades que jamás había visto.

—¿Cómo conseguiste esto?

Carmen tardó en responder.

—Mi hijo.

Ricardo levantó la cabeza.

Sabía que Carmen tenía un hijo llamado Mateo. Recordaba haberle pagado la universidad años atrás.

—¿Mateo?

Ella asintió.

—Trabajaba en contabilidad para una de sus subsidiarias.

Ricardo dejó de respirar.

—Nunca me lo dijiste.

—Él me pidió que no lo hiciera. Quería conseguir su puesto por mérito propio.

Carmen sacó una memoria USB.

—Tres meses antes de que su empresa colapsara, Mateo encontró movimientos extraños. Proveedores que cobraban dos veces. Facturas autorizadas después de medianoche. Transferencias hacia cuentas que no correspondían a ningún proyecto.

—¿Por qué no vino conmigo?

El rostro de Carmen se endureció.

—Lo intentó.

Silencio.

—Pidió una reunión privada con usted.

Ricardo recordó vagamente algo.

Su director financiero había cancelado varias citas menores durante aquel periodo.

—Nunca me informaron.

—Porque alguien no quería que hablara.

Carmen deslizó una hoja hacia él.

Era un correo electrónico.

Mateo había escrito:

«Señor Mendoza, creo que alguien dentro de la dirección está desviando fondos y preparando documentos para responsabilizarlo personalmente.»

Ricardo sintió un escalofrío.

El correo había sido enviado a su dirección corporativa.

Pero jamás lo había recibido.

—¿Quién lo interceptó?

Carmen sacó otra página.

Una autorización de administrador.

Nombre:

Esteban Robles.

Su director financiero.

Uno de los tres socios que habían desaparecido.

Ricardo apretó los dientes.

—¿Y el dinero?

Carmen señaló las bolsas.

—Mateo siguió las cuentas.

—¿Y recuperó millones en efectivo?

—No.

Ella lo miró.

—Esto no estaba en las cuentas.

Ricardo esperó.

—Estaba escondido.

Carmen explicó que, semanas después del colapso, Mateo había seguido investigando por su cuenta. Descubrió una bodega rentada mediante una empresa fantasma.

Dentro había cajas.

Documentos.

Discos duros.

Y dinero.

—¿Cuánto?

—Hasta ahora hemos contado treinta y ocho millones de pesos.

Ricardo tuvo que apoyarse en la cama.

—¿Treinta y ocho millones?

—Y probablemente no sea todo.

—¿Por qué traerlo aquí?

—Porque la bodega iba a ser vaciada mañana.

Carmen tragó saliva.

—Mateo cree que alguien descubrió que él sabe demasiado.

Ricardo miró las bolsas.

De pronto ya no parecían una fortuna.

Parecían evidencia.

—¿Dónde está tu hijo?

Carmen bajó los ojos.

—No lo sé.

Aquello lo hizo levantarse.

—¿Qué quieres decir?

—Debía venir hace tres horas.

Sacó su teléfono.

Había once llamadas sin respuesta.

—Por eso estaba contando el dinero. Necesitaba comprobar que coincidiera con el inventario que él dejó.

Ricardo sintió cómo regresaba algo que no experimentaba desde hacía meses.

No esperanza.

Instinto.

El mismo que había utilizado para construir una empresa desde cero.

—No podemos dejar esto aquí.

—¿Qué hacemos?

Ricardo tomó su teléfono.

Durante un año había creído que no le quedaba nadie.

Pero todavía conocía a una persona que jamás había trabajado para Grant… no, Mendoza Construcciones.

La fiscal federal Elena Salgado.

Habían sido compañeros en la universidad.

Marcó.

Carmen le sujetó la muñeca.

—Espere.

—¿Qué?

—Mateo dijo que no confiara en nadie hasta revisar la última carpeta.

Señaló una caja pequeña.

Ricardo la abrió.

Dentro había fotografías.

La primera mostraba a Esteban entrando en un restaurante con otro antiguo socio.

La segunda, a ambos reuniéndose con un abogado.

La tercera hizo que Ricardo dejara de respirar.

Fernanda.

Su esposa.

O casi exesposa.

Estaba sentada junto a ellos.

La fotografía tenía fecha de ocho meses antes del colapso.

—No.

Carmen no dijo nada.

Ricardo pasó a la siguiente.

Fernanda saliendo de un banco con Esteban.

Otra.

Los dos entrando en un hotel.

Otra.

Un documento firmado por ella.

Ricardo leyó el encabezado.

Era una autorización relacionada con una de sus sociedades patrimoniales.

—Ella no podía firmar esto.

—Parece que sí pudo.

—Solo si tenía un poder mío.

Carmen sacó otra hoja.

Allí estaba.

Una copia de un poder notarial.

Con la firma de Ricardo.

Perfectamente imitada.

—Yo jamás firmé esto.

—Mateo piensa que utilizaron ese documento para mover activos antes de provocar la caída.

Ricardo cerró los ojos.

Fernanda no lo había abandonado porque estaba arruinado.

Probablemente sabía que iba a arruinarse antes que él.

Entonces sonó el teléfono de Carmen.

Ambos se sobresaltaron.

Número desconocido.

Carmen contestó.

—¿Bueno?

Silencio.

Su rostro perdió el color.

—¿Mateo?

Ricardo se acercó.

Se escuchó una respiración agitada.

Después una voz masculina:

—Mamá, escucha. No llames a la policía todavía.

Carmen comenzó a llorar.

—¿Dónde estás?

—Estoy bien.

—¡Mateo!

—No tengo tiempo.

La voz bajó.

—¿Ricardo está contigo?

Carmen lo miró.

—Sí.

—Pon el altavoz.

Lo hizo.

—Don Ricardo —dijo Mateo—, el dinero de la bodega es suyo, pero no intente depositarlo ni moverlo. Los números de serie están registrados en mi archivo.

—Mateo, ¿quién hizo esto?

Silencio.

—Esteban y los otros desviaron dinero, pero ellos no diseñaron el plan.

Ricardo sintió frío.

—¿Fernanda?

—Participó.

—Entonces ¿quién?

La respiración de Mateo se volvió irregular.

—Alguien que conocía cada deuda, cada contrato y cada cuenta antes de que fueran firmados.

Ricardo pensó inmediatamente en su equipo ejecutivo.

—Dime el nombre.

—Revise el contrato original de Santa Fe de hace doce años.

—¿Por qué?

—La firma que aparece como testigo.

La llamada se cortó.

Ricardo buscó entre los archivos digitalizados de la memoria USB.

Encontró el contrato.

Doce años atrás.

Su proyecto más rentable.

Abrió la última página.

Había tres firmas.

La suya.

La de Esteban.

Y la del testigo.

Ricardo se quedó inmóvil.

—No puede ser.

Carmen se acercó.

—¿Quién es?

Antes de responder, escucharon un automóvil detenerse frente a la mansión.

Después otro.

Ricardo apagó la luz del cuarto.

Desde la ventana vio dos camionetas negras.

Cuatro hombres descendieron.

Y detrás apareció un sedán gris que reconoció inmediatamente.

—Don Ricardo…

Carmen señaló la entrada.

Una mujer acababa de bajar del sedán.

Tacones altos.

Abrigo blanco.

Cabello impecable.

Fernanda.

Pero no estaba sola.

Del otro lado salió un hombre mayor.

Ricardo volvió a mirar el contrato.

El mismo nombre aparecía al final de la página.

La misma firma.

El hombre que doce años antes había sido testigo del nacimiento del proyecto que convirtió a Ricardo en millonario.

Y también la persona que, según Mateo, había diseñado su caída.

Carmen susurró:

—¿Quién es él?

Ricardo apenas consiguió responder.

—Mi abogado.

En ese instante sonó el timbre.

Una vez.

Dos.

Después la voz de Fernanda atravesó el intercomunicador.

—Ricardo, sabemos que encontraste el dinero.

Él miró las bolsas.

Luego el expediente.

Entonces ella añadió:

—Pero si Carmen todavía no te ha contado quién puso realmente esos millones en la bodega, será mejor que no confíes tampoco en ella.

Ricardo giró lentamente hacia Carmen.

Y por primera vez desde que había abierto aquella puerta, vio verdadero miedo en los ojos de la única persona que jamás lo había abandonado.

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