PARTE 2: SIETE AÑOS DESPUÉS DE QUE MI ESPOSO ME DEJARA CIEGA ENTRE EL FUEGO PARA SALVAR A OTRA MUJER, REGRESÉ CON OTRO ROSTRO, OTRO APELLIDO Y LA HIJA QUE ÉL HABÍA INTENTADO IMPEDIRME TENER.

Aquella noche en la azotea no morí.

Pero Anna Bennett sí.

Los equipos de emergencia me encontraron inconsciente entre el humo. Las quemaduras de mi rostro eran graves y mi muñeca estaba fracturada, pero sobreviví.

Mi suegra cumplió su parte.

Aprovechó el caos, mis lesiones y una identificación equivocada entre las víctimas para hacer desaparecer mi nombre de la vida de Lucas.

Cuando él finalmente preguntó por mí, ya era demasiado tarde.

Anna Bennett había sido declarada muerta.

Yo desperté días después en otro hospital.

Mi suegra estaba sentada junto a la cama.

—Lucas cree que moriste.

No sentí alivio.

Tampoco tristeza.

Solo pregunté:

—¿Firmó realmente el divorcio?

Ella colocó los documentos sobre mi manta.

—Está registrado.

Cerré los ojos.

Por primera vez en años, Lucas Foster ya no tenía ningún derecho sobre mí.

Los siguientes dieciocho meses fueron dolorosos.

Necesité varias cirugías reconstructivas.

Mi rostro cambió.

No porque quisiera convertirme en otra persona, sino porque los médicos hicieron todo lo posible para reparar el daño.

Después cambié legalmente mi apellido.

Me marché lejos del distrito militar.

Y conocí a Daniel Morgan.

Daniel era ingeniero civil.

Nunca me preguntó por qué tenía cicatrices antes de que yo estuviera preparada para explicarlas.

Cuando finalmente le conté todo, incluyendo los medicamentos que Lucas me había dado sin mi conocimiento, no intentó decidir por mí qué debía hacer.

Solo dijo:

—Nunca volverás a necesitar permiso para vivir tu propia vida.

Dos años después nos casamos.

Y un año más tarde nació nuestra hija, Lily.

La primera vez que la sostuve, lloré.

No porque hubiera demostrado nada a Lucas.

Sino porque comprendí que mi cuerpo nunca había sido el problema.

Ahora, siete años después, Lily estaba en casa con Daniel mientras yo asistía a aquella reunión por razones profesionales.

Pensaba marcharme sin hablar con Lucas.

Hasta que escuché su voz.

—¿Anna?

Mi mano se detuvo alrededor de la copa.

Nadie más reaccionó.

Ese nombre pertenecía a una mujer muerta.

Me volví lentamente.

Lucas estaba detrás de mí.

Su rostro había perdido el color.

—Creo que me confunde con alguien —respondí.

Sus ojos recorrieron mis facciones.

—Tu voz.

—Muchas personas tienen voces parecidas.

—Y esa cicatriz.

Su mirada descendió hacia mi muñeca.

La misma que me había fracturado cuando me empujó para proteger a Vivian.

La cubrí con la manga.

—Comandante Foster, me llamo Elena Morgan.

Pronunciar mi nuevo nombre delante de él produjo una sensación extrañamente tranquila.

—Estoy casada.

Le mostré mi alianza.

—Y tengo una hija.

Lucas pareció recibir un golpe.

—Una hija…

Antes de que pudiera responder, alguien apareció detrás de él.

Vivian.

Había envejecido, pero seguía utilizando el mismo perfume.

Y a su lado caminaba un joven de unos doce años.

Finn.

Lucas se volvió hacia ellos.

Después volvió a mirarme.

—Necesito hablar contigo.

—Yo no necesito hablar contigo.

Vivian me observó fijamente.

De pronto dejó caer su bolso.

—Anna.

El salón quedó en silencio.

Lucas giró hacia ella.

—¿Por qué la llamaste así?

Vivian abrió la boca.

No respondió.

Eso fue suficiente.

Lucas se acercó.

—¿Tú sabías que estaba viva?

—Lucas…

—Contéstame.

Finn retrocedió, incómodo.

Intervine.

—No hagas esto delante del niño.

Lucas me miró.

—Entonces eres tú.

No lo negué.

Sus ojos se humedecieron.

—Te busqué durante años.

—Yo pasé años intentando escapar de lo que me hiciste.

—Creí que habías muerto.

—Eso era exactamente lo que necesitaba que creyeras.

La confesión lo dejó inmóvil.

—¿Por qué?

Lo miré con incredulidad.

—Me dabas medicamentos a escondidas.

Su expresión cambió.

—¿Quién te dijo eso?

—Te escuché.

Silencio.

—Escuché al médico decirte que podías causarme daños permanentes.

Lucas miró alrededor.

Había demasiadas personas escuchando.

Pero ya no me importaba proteger su reputación.

—También te escuché decir que Finn sería tu único hijo.

Vivian reaccionó.

—No metas a Finn en esto.

—Nunca lo hice.

La miré.

—Fuisteis vosotros quienes utilizaron a un niño para justificar lo que hicieron con mi cuerpo.

Lucas se acercó.

—Anna, yo puedo explicarlo.

—Elena.

—¿Qué?

—Mi nombre es Elena.

Mi teléfono vibró.

Era una videollamada de Daniel.

Contesté.

Lily apareció en pantalla.

—¡Mamá!

Sonreí inmediatamente.

—Hola, cariño.

—Papá dice que puedo quedarme despierta diez minutos más.

Escuché la risa de Daniel detrás.

—Cinco.

—¡Ocho!

—Negociadora profesional —dije.

Cuando terminé la llamada, Lucas seguía mirándome.

Su rostro estaba destrozado.

—Es tu hija.

—Sí.

—¿Cuántos años tiene?

—Cinco.

Cerró los ojos.

Sabía exactamente lo que significaba.

Yo podía tener hijos.

Durante años me había hecho creer que las pérdidas y las dificultades eran culpa de mi cuerpo.

—¿Quién es el hombre? —preguntó.

—Mi marido.

—¿Te casaste?

—Tú también eras libre de hacerlo.

Miré a Vivian.

—Curiosamente, elegiste no hacerlo.

La mandíbula de Vivian se tensó.

—Lucas nunca me amó como tú creías.

Aquello me sorprendió.

Lucas la miró.

—Vivian.

—¿Qué? —espetó ella—. Ya está aquí. ¿Para qué seguir mintiendo?

Se volvió hacia mí.

—Finn tampoco es hijo de Lucas.

El salón pareció inclinarse.

Miré al muchacho.

Después a Lucas.

—¿Qué?

Lucas cerró los ojos.

Vivian soltó una risa amarga.

—Él lo sabía.

—Entonces ¿por qué…?

No pude terminar.

¿Por qué impedir que yo tuviera hijos por un niño que ni siquiera era suyo?

Lucas habló muy bajo.

—Porque hice una promesa.

—¿A quién?

No respondió.

Vivian sí.

—A su hermano.

Fruncí el ceño.

Lucas nunca me había hablado de un hermano.

—Finn es hijo de Marcus Foster —dijo Vivian—. El hermano menor de Lucas.

Lucas se volvió bruscamente.

—Cállate.

—Marcus murió antes de que Anna te conociera. Me pidió que cuidara de Finn y de Vivian.

Lo miré.

—Eso sigue sin explicar los medicamentos.

Lucas parecía incapaz de sostenerme la mirada.

Vivian respondió otra vez.

—Porque la promesa no era solamente cuidar a Finn.

Lucas golpeó la mesa.

—¡Vivian!

Varias personas se volvieron.

Ella ya estaba llorando.

—Díselo tú, entonces.

Yo permanecí inmóvil.

—¿Decirme qué?

Lucas tardó varios segundos.

—Marcus dejó un fideicomiso.

—¿Y?

—Con una condición.

Vivian se secó las lágrimas.

—La fortuna de la familia Foster debía pasar íntegramente a Finn si Lucas no tenía descendencia biológica antes de que el niño cumpliera dieciocho años.

Sentí que se me helaba la sangre.

Miré a Lucas.

—¿Me impediste tener hijos… por dinero?

—No fue así.

—¿Entonces cómo fue?

—Finn habría quedado sin nada.

—¡Podías darle tu propio dinero!

—No era tan sencillo.

—Sí lo era.

Mi voz tembló por primera vez.

—Lo que no era sencillo era controlar mi cuerpo sin mi consentimiento para cumplir una promesa que jamás me contaste.

Lucas palideció.

Entonces Vivian soltó:

—No sabes lo peor.

Lucas se volvió hacia ella.

—Basta.

—No.

Vivian abrió su bolso y sacó un sobre viejo.

—Estoy cansada de cargar con esto.

Me lo entregó.

Dentro había documentos médicos.

Mi nombre aparecía en todos.

Fechas de hacía más de siete años.

Y una firma.

No la de Lucas.

Reconocí el apellido inmediatamente.

Foster.

Pero el nombre era otro.

Margaret Foster.

Mi antigua suegra.

La mujer que me había ayudado a fingir mi muerte.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa esto?

Vivian respiró profundamente.

—Lucas no fue quien empezó a darte los medicamentos.

El corazón me dio un golpe.

—¿Qué?

—Los descubrió después.

Miré a Lucas.

No lo negó.

—¿Y continuaste?

Su silencio fue una confesión.

Pero entonces entendí algo mucho peor.

Margaret me había ayudado a desaparecer.

Había fingido estar de mi lado.

Había organizado mi nueva vida.

Y quizá llevaba años intentando reparar un crimen que ella misma había iniciado.

Mi teléfono vibró.

Un mensaje de Daniel.

«Elena, acaba de llegar una mujer a casa preguntando por Anna Bennett.»

Debajo había una fotografía tomada desde nuestra cámara de seguridad.

Sentí que dejaba de respirar.

Una mujer mayor esperaba frente a mi puerta.

Margaret Foster.

Mi suegra.

La mujer que oficialmente no sabía dónde estaba.

Y Daniel añadió un segundo mensaje:

«Dice que necesita hablar contigo antes de que Lucas descubra quién es realmente el padre de Lily.»

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