Alejandro decidió no enfrentarla todavía.
Si Valeria estaba fabricando errores, quería saber por qué.
Al día siguiente revisó las cámaras de seguridad de las áreas comunes. No buscó imágenes privadas. Solo cocina, comedor, corredores y entrada.
Lo que encontró hizo que cancelara todas sus reuniones.
En una grabación, Valeria escondía deliberadamente una pulsera dentro del bolso de Marisol.
Veinte minutos después la sacaba antes de que alguien pudiera descubrirla.
Era un ensayo.
En otra, tiraba al suelo una bandeja y fotografiaba los platos rotos.
Después enviaba la imagen a Ricardo con un mensaje:
“Marisol está cada día peor.”
Pero el video más inquietante era del despacho de doña Elvira.
Valeria entraba sola, abría un cajón y fotografiaba varios documentos.
Alejandro reconoció inmediatamente uno.
El testamento de su abuela.
Aquella noche esperó hasta que Valeria saliera para una prueba del vestido y habló con Elvira.
—Abuela, ¿Valeria te ha preguntado por tu testamento?
La anciana dejó de tejer.
—¿Por qué?
Alejandro le mostró una captura.
Elvira palideció.
—Cierra la puerta.
Entonces le contó algo que nadie más sabía.
Meses atrás, Valeria había comenzado a preguntarle qué propiedades recibiría Alejandro cuando ella muriera. Elvira evitó responder.
Después aparecieron preguntas sobre firmas, poderes notariales y una casa de descanso en Puerto Vallarta.
—Pensé que solo era curiosidad —admitió.
Alejandro sintió un frío desagradable.
—¿Y Marisol?
Elvira apretó los labios.
—Marisol la escuchó.
Todo encajó.
Valeria no quería despedir a Marisol porque limpiara mal.
Quería eliminar a una testigo.
Alejandro llamó a la joven.
Al principio Marisol negó saber algo.
Hasta que él le mostró los videos.
Entonces comenzó a llorar.
—Señor Alejandro, no quería destruir su boda.
Dos semanas antes había escuchado a Valeria hablando por teléfono en el estudio.
Decía que después del matrimonio convencería a Alejandro para obtener un poder sobre ciertos bienes familiares.
También mencionó que Elvira “no duraría eternamente”.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque ella me vio.
Marisol sacó su teléfono.
Había mensajes de Valeria.
“Recuerda quién puede conseguir que pierdas este trabajo.”
Otro decía:
“Tu hermano depende de tu sueldo. No compliques las cosas.”
Alejandro sintió vergüenza.
Mientras él elegía flores y discutía la lista de invitados, una mujer dentro de su propia casa estaba siendo amenazada por la persona con quien pensaba casarse.
Esta vez actuó.
Copió las grabaciones.
Protegió los documentos de Elvira.
Pidió a su abogado revisar todo lo relacionado con el matrimonio y suspendió discretamente cualquier autorización que Valeria pudiera intentar obtener.
Después esperó.
Tres días antes de la boda, Valeria hizo exactamente lo que él temía.
Durante una cena familiar gritó desde el corredor:
—¡Mi brazalete desapareció!
Entró sosteniendo el bolso de Marisol.
—Estaba aquí dentro.
Ricardo se levantó indignado.
Marisol quedó blanca.
—Yo no lo puse ahí.
Valeria sonrió con tristeza perfectamente ensayada.
—Alejandro, intenté advertirte.
Él permaneció sentado.

—Lo sé.
—Entonces llama a la policía.
—Ya llamé a alguien.
La sonrisa de Valeria regresó.
Hasta que entraron el abogado de Elvira y el administrador de seguridad.
Alejandro encendió el televisor.
La grabación mostraba a Valeria entrando minutos antes en la habitación del servicio.
Abriendo el bolso.
Metiendo el brazalete.
El silencio fue absoluto.
Valeria miró la pantalla como si hubiera dejado de comprender el idioma.
—Puedo explicarlo.
—Entonces explica también esto.
Aparecieron los videos del vino, los platos rotos y los documentos fotografiados.
Después, los mensajes enviados a Marisol.
Ricardo se sentó lentamente.
Elvira no apartó los ojos de Valeria.
—Querías que todos creyéramos que esa muchacha era una ladrona —dijo Alejandro— porque sabía demasiado.
Valeria comenzó a llorar.
—¡Lo hice por nosotros!
Alejandro sacó una pequeña caja del bolsillo.
Valeria reconoció inmediatamente el estuche de las alianzas.
—Alejandro…
Él lo dejó sobre la mesa.
—No habrá boda.
—¡Faltan tres días!
—Precisamente por eso agradezco haberlo descubierto hoy y no dentro de treinta años.
Valeria intentó acercarse.
Alejandro retrocedió.
—Vi cómo derramaste aquel vino.
Ella se quedó inmóvil.
Por fin comprendió.
—¿Estabas allí?
—Sí.
—¿Y fingiste no saberlo?
—Necesitaba descubrir con quién estaba a punto de casarme.
La voz de Valeria se quebró.
—¿Vas a tirar nuestra relación por una empleada?
Alejandro negó.
—No.
Miró a Marisol.
Después a su abuela.
—La estoy terminando por la persona en la que te conviertes cuando crees que nadie importante está mirando.
Aquella misma noche Valeria abandonó la casa.
La boda fue cancelada.
Marisol conservó su empleo mientras terminaba sus estudios y, meses después, comenzó sus prácticas como auxiliar de enfermería.
Alejandro nunca olvidó las flores blancas que había llevado aquella primera tarde.
Había comprado aquel ramo pensando que regresaba temprano para sorprender a la mujer de su vida.
En realidad, había llegado justo a tiempo para descubrir que nunca la había conocido de verdad.