Parte 2: LAS LLAMADAS QUE ALGUIEN BORRÓ

Salí de aquella sala de conferencias sin firmar los 940 millones de dólares.

—Ethan, ¿adónde demonios vas? —gritó mi socio detrás de mí.

No respondí.

Mientras el ascensor descendía, abrí el historial de llamadas.

Busqué “Elise”.

Nada.

Ni una llamada.

Ni un mensaje reciente.

Pero entonces recordé algo.

Tres semanas después del divorcio había cambiado de teléfono. Mi asistente, Lauren Pierce, se había encargado de transferir todos mis datos porque yo estaba demasiado ocupado cerrando una adquisición.

“No se preocupe, señor Redmond. Yo me encargo de todo.”

En aquel momento se lo agradecí.

Ahora aquellas palabras me provocaron un escalofrío.

Llamé al responsable de sistemas de mi empresa.

—Necesito recuperar una copia completa de mi teléfono anterior.

—Señor Redmond, eso podría tardar…

—Hazlo ahora.

Veinticinco minutos después estaba conduciendo hacia St. Catherine cuando recibí un enlace.

Abrí el archivo en un semáforo.

Había seis llamadas de Elise durante las primeras cuatro semanas posteriores al divorcio.

Seis.

Todas figuraban como recibidas en el servidor.

Ninguna aparecía en mi teléfono.

Después encontré tres mensajes de voz.

El primero había sido enviado nueve días después de nuestra separación.

Pulsé reproducir.

La voz de Elise llenó el coche.

—Ethan… necesito hablar contigo. No sobre el divorcio. Hay algo que debes saber. Por favor, llámame.

El segundo llegó cuatro días después.

Esta vez estaba llorando.

—Sé que probablemente no quieres escucharme, pero fui al médico hoy. Ethan… por favor. Solo necesito diez minutos.

Tuve que detener el coche.

Mis manos temblaban sobre el volante.

El tercero era apenas un susurro.

—No voy a seguir persiguiendo a alguien que claramente decidió borrarme de su vida.

Cerré los ojos.

Yo nunca había recibido ninguno.

Entonces encontré un mensaje de texto archivado.

Era de Elise.

Enviado cinco semanas después del divorcio.

“Fuiste tú quien acabó con nosotros. Nunca quise irme. Intenté decírtelo seis veces. Ya entendí tu respuesta. Cuídate, Ethan.”

Sentí que algo dentro de mí se derrumbaba.

Porque durante seis meses había vivido convencido exactamente de lo contrario.

Elise había pedido el divorcio.

O eso creía.

Recordé aquella noche.

Llegué a casa después de un viaje de negocios y encontré los documentos sobre la mesa.

Ella estaba sentada frente a ellos, pálida.

—¿Esto es lo que quieres? —pregunté.

Elise me había mirado con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Importa lo que yo quiera?

Yo interpreté aquello como una respuesta.

Firmé.

Dos días después, ella también lo hizo.

Pero ahora una pregunta insoportable apareció en mi cabeza.

¿Quién había preparado aquellos documentos?

Llegué al hospital casi corriendo.

La doctora Kline me esperaba frente a cuidados neonatales.

—Su hijo está estable.

Me llevó hasta una incubadora.

Y allí estaba.

Minúsculo.

Frágil.

Mi hijo.

Sentí que las rodillas casi me fallaban.

—¿Cómo se llama?

Naomi sonrió ligeramente.

—No tiene nombre todavía.

—¿Elise?

La sonrisa desapareció.

—Está despierta, pero debo advertirle algo. Ella no esperaba que usted viniera.

—¿Por qué?

La doctora me estudió durante unos segundos.

—Porque nos dijo que usted había dejado muy claro que no quería contacto con ella.

La culpa se convirtió en rabia.

No contra Elise.

Contra quienquiera que hubiera construido aquella mentira.

Entré en su habitación.

Elise estaba pálida, agotada.

Cuando me vio, sus ojos se abrieron.

—¿Ethan?

Pronunció mi nombre como si estuviera viendo un fantasma.

—¿Por qué estás aquí?

Me acerqué lentamente.

—El hospital me llamó.

Su expresión cambió.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque tu oficina dijo que jamás volviera a contactarte.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién te dijo eso?

Elise tragó saliva.

—Lauren.

El nombre cayó entre nosotros como una piedra.

Mi asistente.

La mujer que había controlado mi agenda, llamadas, correo y viajes durante cuatro años.

—¿Cuándo hablaste con ella?

—Después de intentar llamarte. Me dijo que habías bloqueado mi número personalmente. Que estabas cansado de mis “dramas”.

—Yo nunca dije eso.

Elise apartó la mirada.

—También dijo que ya estabas con alguien.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Con quién?

Sus ojos volvieron a mí.

—Con ella.

Durante unos segundos no pude hablar.

—Elise, jamás tuve nada con Lauren.

Una lágrima recorrió su mejilla.

—Entonces explícame las fotografías.

—¿Qué fotografías?

Abrió el cajón junto a la cama y sacó su teléfono.

Buscó un correo antiguo.

Había cuatro imágenes.

Lauren entrando conmigo en un hotel de Chicago.

Lauren sentada conmigo en un restaurante.

Lauren saliendo de mi coche.

Todas parecían íntimas.

Todas tenían explicaciones perfectamente normales.

Aquella semana habíamos negociado una adquisición.

—Esto fue trabajo.

—Eso me dijo ella que dirías.

Sentí náuseas.

—¿Lauren te envió estas fotos?

Elise negó.

—Llegaron desde una cuenta anónima dos días antes de que aparecieran los documentos del divorcio.

Los documentos que ninguno de los dos había solicitado.

Saqué inmediatamente mi teléfono.

Llamé al abogado que había gestionado nuestro divorcio.

—Quiero saber quién abrió inicialmente mi expediente.

Hubo silencio.

—Señor Redmond…

—Ahora.

Escuché teclas.

Entonces el abogado dejó de escribir.

—Esto es extraño.

—¿Qué?

—La solicitud inicial no llegó de usted ni de la señora Rowan.

Mi sangre se enfrió.

—¿De quién?

—Fue enviada desde una dirección corporativa autorizada por su oficina.

—Dime el nombre.

Otra pausa.

—Lauren Pierce.

Elise se llevó una mano a la boca.

Pero antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió.

Una enfermera entró apresuradamente.

—Señora Rowan, tenemos un problema.

—¿Mi bebé?

—Está estable. No es eso.

La mujer me miró.

—Alguien intentó acceder al expediente del niño hace veinte minutos.

—¿Quién?

—Una mujer afirmó ser familiar y pidió cambiar el contacto de emergencia.

Sentí que el cuerpo se me endurecía.

—¿Dio un nombre?

La enfermera asintió.

—Lauren Pierce.

Mi teléfono vibró en ese instante.

Era seguridad corporativa.

Respondí.

—Señor Redmond —dijo el jefe de seguridad—, usted pidió que revisáramos los accesos de la señorita Pierce.

—Sí.

—Encontramos algo mucho peor que las llamadas borradas.

Miré a Elise.

—Habla.

—La noche antes de que su esposa recibiera los papeles del divorcio, Lauren entró en su despacho privado a las 2:13 de la madrugada.

—¿Qué hizo?

—No lo sabemos todavía. Pero salió con una carpeta de su caja fuerte.

Sentí que Elise agarraba mi brazo.

Entonces el hombre añadió:

—Y hay algo más, señor. Hemos identificado la carpeta.

Mi respiración se detuvo.

—¿Cuál era?

La respuesta hizo que Elise palideciera.

—Su expediente de planificación familiar. El que contenía los documentos sobre los embriones que usted y su esposa habían almacenado dos años antes.

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