Parte 2: EL DÍA EN QUE ADRIAN DESCUBRIÓ QUÉ HABÍA SACRIFICADO POR VALERIA

A las nueve y diecisiete de la mañana, Adrian Lockwood dejó de sonreír.

La ceremonia comenzaría en menos de dos horas.

Valeria estaba arriba terminando de vestirse. Los invitados llenaban los jardines del hotel y una fila de automóviles negros seguía llegando a la entrada.

Todo estaba exactamente como Adrian había ordenado.

Excepto Sofía.

—¿Dónde está? —preguntó otra vez.

Su asistente, Marcus, bajó el teléfono.

—Nadie responde en su apartamento.

—Entonces entra.

—Ya envié a alguien.

Adrian ajustó el puño de su camisa.

—Quiero que esté aquí antes de la ceremonia.

Marcus lo observó con incomodidad.

—¿Por qué es tan importante?

Adrian levantó la mirada.

—¿Perdón?

—Usted va a casarse con Valeria. Sofía ya no forma parte de esto.

Algo se endureció en el rostro de Adrian.

—Yo decidiré cuándo deja de formar parte.

Invisible junto a la ventana, Sofía lo escuchaba.

Y por primera vez comprendió algo terrible.

Adrian nunca había querido tenerla.

Había querido poseer el derecho a decidir cuándo podía marcharse.

El teléfono de Marcus sonó.

Contestó.

Su expresión cambió casi inmediatamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Adrian.

Marcus no respondió.

—Marcus.

El hombre tragó saliva.

—La policía necesita hablar con usted.

Adrian frunció el ceño.

—Hoy no.

—Es sobre Sofía.

Aquello consiguió detenerlo.


Cuarenta minutos después, Adrian estaba en una sala privada del hotel frente a dos agentes.

Sobre la mesa había una bolsa sellada.

Dentro se encontraba una pequeña urna.

Adrian la reconoció.

Había visto el nombre grabado una vez.

LUNA LOCKWOOD.

Su hija.

La niña de la que había evitado hablar desde que murió.

—¿Por qué tenía Sofía esto? —preguntó.

Uno de los agentes lo miró con extrañeza.

—Era su madre.

—Pregunto por qué la llevaba consigo.

—La funeraria confirmó que la señora recogió las cenizas anoche.

Adrian se quedó callado.

Anoche.

Mientras él supervisaba las flores de su boda, Sofía había ido sola a buscar a Luna.

Algo desagradable comenzó a crecerle en el pecho.

—¿Dónde está Sofía?

Los agentes intercambiaron una mirada.

Marcus bajó la cabeza.

Y Adrian entendió que algo irreversible había sucedido.

No preguntó otra vez.

Por primera vez aquella mañana, la boda dejó de existir para él.

Entonces uno de los policías colocó otro objeto sobre la mesa.

El teléfono de Sofía.

—Necesitamos aclarar ciertas circunstancias relacionadas con su hija.

Adrian levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué circunstancias?

—Encontramos mensajes que sugieren que la señora llevaba meses intentando obtener el expediente médico completo de Luna.

—¿Para qué?

—Eso esperábamos que usted pudiera explicarlo.

Adrian permaneció inmóvil.

Marcus intervino:

—El expediente estaba restringido por orden de la familia Lockwood.

El agente miró directamente a Adrian.

—¿Orden suya?

Adrian no respondió.

Sí.

Después de la muerte de Luna había ordenado sellarlo todo.

No quería investigaciones.

No quería preguntas.

Sobre todo, no quería que Valeria supiera cuánto había protestado Sofía cuando los médicos hablaron de Leo.

En aquel momento se había convencido de que estaba protegiendo a todos.

Ahora aquellas decisiones comenzaban a parecer diferentes.

—Quiero ver el expediente —dijo.

Marcus palideció.

—Señor…

—Ahora.


El primer documento no lo destruyó.

Ni el segundo.

Fue el séptimo.

Un informe firmado por una especialista que Adrian jamás había conocido.

Leyó una frase.

Después volvió a leerla.

—Esto está mal.

Marcus no contestó.

—Dice que Luna no cumplía los criterios finales.

Silencio.

Adrian levantó la vista.

—Me dijeron que sí.

Marcus parecía enfermo.

—Eso fue lo que informó el doctor Mercer.

Adrian pasó violentamente las páginas.

Había una segunda evaluación.

Luego una tercera.

Las tres advertían lo mismo.

Existían alternativas para Leo.

Más difíciles.

Más caras.

Pero existían.

Luna nunca había sido su única oportunidad.

Adrian sintió que la habitación se inclinaba.

—¿Dónde están estos informes originales?

—Fueron archivados.

—¿Por quién?

Marcus no respondió.

Adrian golpeó la carpeta contra la mesa.

—¡¿POR QUIÉN?!

La puerta se abrió.

Valeria estaba allí.

Vestida de novia.

Había perdido todo el color del rostro.

—Adrian…

Él la miró.

Y entonces supo.

No porque ella confesara.

Porque retrocedió.

—Tú lo sabías.

—Déjame explicarte.

—Tú sabías que había otra opción.

Valeria comenzó a llorar.

—Leo estaba empeorando.

—¡Luna también era mi hija!

La frase salió con tanta violencia que hasta Adrian pareció sorprendido de escucharla.

Sofía, invisible a pocos metros, cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Las palabras siempre llegaban demasiado tarde.

Valeria se aferró al marco.

—Mercer dijo que la otra alternativa podía fallar.

—Pero existía.

—Yo tenía miedo.

—¿Y Sofía no?

Valeria quedó callada.

Adrian abrió otra carpeta.

Entonces encontró la firma.

La suya.

Recordó aquel día.

Mercer había colocado varios documentos delante de él.

Adrian había firmado sin leerlos todos.

Había confiado en Valeria.

Había ignorado a Sofía cuando ella le suplicó que esperara.

Había decidido que su desesperación era egoísmo.

—Cancela la boda —dijo.

Valeria levantó la cabeza.

—¿Qué?

—He dicho que la canceles.

—Hay cuatrocientas personas afuera.

Adrian la miró con unos ojos que ella nunca le había visto.

—Entonces cuatrocientas personas aprenderán que hoy no vas a convertirte en mi esposa.

Valeria empezó a temblar.

Pero Marcus interrumpió.

—Señor Lockwood.

Tenía otro documento.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La señora Sofía consiguió finalmente una copia parcial del expediente hace tres días.

Adrian recordó su llamada.

Adrian… ¿puedes dejarme ir?

Y él había colgado.

Sus dedos se cerraron alrededor de la mesa.

—¿Qué descubrió?

Marcus puso delante de él una página.

Era un análisis de compatibilidad.

Adrian leyó los nombres.

Luna Lockwood.

Leo Stone.

Luego una anotación manuscrita del laboratorio.

Frunció el ceño.

—No entiendo.

El agente que permanecía en la habitación habló:

—Nosotros tampoco. Por eso llamamos al médico que firmó el documento.

—¿Y?

—Dijo que había advertido personalmente que debían realizar una segunda prueba antes de cualquier procedimiento.

Adrian miró a Valeria.

Ella estaba retrocediendo.

—¿Por qué?

El agente señaló una serie de cifras.

—Porque encontró una inconsistencia genética.

Valeria salió corriendo.

—¡Deténganla! —ordenó Adrian.

Marcus bloqueó la puerta.

Valeria se quedó atrapada.

—Adrian, por favor.

Él apenas parecía escucharla.

—¿Qué inconsistencia?

El agente respiró profundamente.

—La información proporcionada sobre el padre de Leo no coincidía con los resultados.

Adrian quedó completamente quieto.

—Yo nunca dije que fuera su padre.

—No estamos hablando de usted.

El agente abrió una segunda hoja.

—Estamos hablando del hombre que figura en el certificado de nacimiento.

Valeria comenzó a llorar.

—Por favor…

Adrian se volvió hacia ella.

—¿Qué hiciste?

Entonces Marcus recibió un correo.

Lo abrió.

Y su rostro cambió.

—Señor…

—¿Ahora qué?

—El laboratorio acaba de enviar la documentación completa que Sofía había solicitado.

Adrian tomó el teléfono.

Leyó.

Una vez.

Dos veces.

Después levantó los ojos hacia Valeria.

La mujer con la que había estado dispuesto a empezar una nueva vida ya no podía sostenerle la mirada.

Porque el informe demostraba algo que convertía toda la historia de Leo en una mentira.

Valeria había falsificado parte del expediente médico original.

Pero aquello no era lo peor.

Había un nombre adjunto a la autorización.

El nombre de la persona que la había ayudado.

Adrian lo reconoció inmediatamente.

—No puede ser.

Marcus cerró los ojos.

Sofía se acercó lentamente, aunque nadie pudiera verla.

Porque ella también conocía aquel nombre.

Y entonces Adrian comprendió finalmente por qué Sofía había pasado sus últimos días buscando documentos en lugar de suplicándole que regresara.

No estaba intentando recuperar su matrimonio.

Estaba intentando demostrar quién había decidido el destino de Luna desde el principio.

Adrian levantó el informe con la mano temblando.

—¿Dónde está este hombre?

Marcus respondió:

—Desapareció esta mañana.

—Encuéntralo.

—Señor Lockwood…

—¡Encuéntralo!

Marcus no se movió.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

El asistente giró lentamente la pantalla.

Una transferencia de varios millones había salido aquella madrugada de una cuenta vinculada a Valeria.

El destinatario era el mismo hombre cuyo nombre figuraba en los documentos.

Y en el concepto de la transferencia había únicamente cuatro palabras:

“Por mantenerla en silencio.”

Adrian miró a Valeria.

—¿A quién?

Ella comenzó a sollozar.

—Adrian…

Él avanzó.

—¿A quién pagaste para mantener en silencio?

Valeria levantó finalmente los ojos.

Y su respuesta hizo que incluso Sofía sintiera que todo lo que sabía sobre Luna estaba a punto de cambiar.

—A la persona que puede demostrar que tu hija nunca debió morir.

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