La sonrisa de Mia desapareció.
Bajó la mirada hacia Gerald, su elefante de peluche, y apretó una de sus orejas entre los dedos.
—Porque mi mamá llora cuando cree que estoy dormida.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—Mia…
—Y dice que está cansada, pero nunca deja que nadie la ayude.
Adrian ya no sonreía.
A nuestro alrededor, varios ejecutivos fingieron interesarse repentinamente por sus teléfonos.
—Creo que ya has hablado suficiente —dije, intentando mantener la voz firme.
Tomé la mano de mi hija.
—Disculpe, señor Kane. Esto no volverá a ocurrir.
Esperaba una reprimenda.
En cambio, Adrian preguntó:
—¿Quién está cuidando de ella?
—Yo.
—Me refiero mientras trabaja.
—También yo.
Su mirada se endureció.
—Carter, tienes una presentación ante la junta en cuarenta minutos.
—Lo sé.
—Entonces llévala a mi oficina.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Mi despacho tiene una sala privada. Puede quedarse allí.
Mia levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Tienes televisión?
—Tengo una pantalla.
—¿Galletas?
Adrian me miró.
—Podemos conseguirlas.
Mi hija sonrió.
—Sabía que eras buena opción.
Escuché una tos ahogada detrás de nosotros.
Adrian Kane acababa de ser evaluado como candidato a padre por una niña de seis años y, aparentemente, había aprobado.
Yo quería que el suelo me tragara.
Cuarenta minutos después entré en la sala de juntas.
La campaña era la más importante de mi carrera.
Kane Global preparaba el lanzamiento internacional de una nueva línea de hoteles boutique, y mi propuesta llevaba meses construyéndose.
Cuando terminé, hubo silencio.
Después comenzaron las preguntas.
Las respondí todas.
Finalmente Adrian cerró la carpeta.
—Aprobada.
Sentí que podía respirar otra vez.
Al salir, fui directamente a buscar a Mia.
La encontré dormida en el sofá privado del despacho de Adrian.
Gerald estaba sobre su pecho.
Y Adrian permanecía sentado frente a ella.
Tenía algo en las manos.
Un dibujo.
Mi corazón se detuvo.
—¿Dónde encontró eso?
—Se cayó de su mochila.
Intenté quitárselo.
Adrian lo levantó.
—¿Quién es este?
Mia había dibujado tres figuras.
Ella.
Yo.
Y un hombre.
Debajo había escrito con letras infantiles:
MAMÁ.
MIA.
PAPÁ.
—Es imaginación —respondí.
Adrian observó el dibujo.
—Tiene una cicatriz en la ceja.
No dije nada.
—Y un lunar junto al ojo izquierdo.
Sentí frío.
Porque Adrian tenía ambos.
—Los niños mezclan caras —dije.
Sus ojos se clavaron en mí.
—¿Cuántos años tiene Mia exactamente?
—Seis.
—Eso ya lo sé.
Su voz bajó.
—¿Cuándo cumple siete?
—Adrian…
Era la primera vez que utilizaba su nombre en la oficina.
Él también lo notó.
—¿Cuándo?
—En noviembre.
Su expresión cambió.
Habíamos coincidido por primera vez siete años atrás.
No en Blackwell & Reed.
En Chicago.
Una conferencia internacional.
Una noche que ambos habíamos acordado olvidar.
Una noche después de la cual Adrian desapareció de mi vida sin saber que yo estaba embarazada.
—No —murmuró.
Retrocedí.
—No hagas esto.
—Mia.
—No.
Adrian miró a la niña dormida.
Por primera vez vi desaparecer completamente al ejecutivo imperturbable.
—¿Es mi hija?
La pregunta salió apenas como un susurro.
—Este no es el lugar.
—Entonces dime dónde.
Tomé la mochila de Mia.
—En ninguna parte.
Adrian se interpuso.
No me tocó.
Simplemente me miró.
—¿Me ocultaste una hija durante seis años?
Aquello encendió algo dentro de mí.
—¿Ocultarte?
Solté una risa seca.
—Te escribí.
Adrian frunció el ceño.
—Nunca recibí nada.
—Te envié tres correos. Llamé a tu oficina. Incluso fui al edificio Kane.
—Mia…
—Tu asistente me dijo que no querías volver a verme.
Su rostro se vació.
—¿Qué asistente?

—Victoria Shaw.
Adrian quedó inmóvil.
Conocía aquel nombre.
Todos lo conocíamos.
Victoria había sido su jefa de gabinete durante casi una década.
Y actualmente era vicepresidenta ejecutiva de Kane Global.
—¿Qué te dijo exactamente?
—Que nuestra noche en Chicago había sido un error. Que estabas comprometido y que no volviera a buscarte.
Adrian negó lentamente.
—Yo nunca estuve comprometido.
Ahora fui yo quien quedó inmóvil.
—Eso es mentira.
—No.
Se acercó al escritorio.
—Victoria se casó con mi hermano tres meses después de aquella conferencia.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Antes de que pudiera responder, Mia se movió.
Abrió los ojos.
—Mamá…
Corrí hacia ella.
—Estoy aquí.
Entonces vio a Adrian.
Sonrió somnolienta.
—Hola, candidato.
Adrian tuvo que apartar la mirada.
Sus ojos estaban húmedos.
Aquello me asustó más que cualquier grito.
Media hora después estábamos en una sala privada.
Adrian había llamado personalmente al colegio de Mia para verificar que pudiera faltar aquella tarde.
Después pidió a seguridad recuperar registros archivados.
—Los correos corporativos de hace siete años siguen almacenados —explicó.
—No necesito demostrar nada.
—Yo sí.
Dos horas después llegó su director de tecnología.
Traía una computadora.
—Encontramos los mensajes.
Adrian abrió el primero.
Mi correo.
“Adrian, necesito hablar contigo. Es importante.”
El segundo había sido enviado seis semanas después.
“Estoy embarazada.”
Adrian cerró los ojos.
Había un tercero.
“Hoy escuché el corazón del bebé. No volveré a molestarte.”
Los tres habían sido abiertos.
Pero no por Adrian.
El registro mostraba otro usuario.
VICTORIA.SHAW.
Adrian se levantó tan rápido que la silla golpeó la pared.
—Llámala.
—Adrian, espera.
—Me quitó seis años.
—No sabemos por qué.
Él me miró.
—Precisamente quiero saberlo.
Victoria llegó veinte minutos después.
Entró impecable.
Entonces vio a Mia.
Y perdió el color.
Eso fue suficiente.
—Tú sabías —dijo Adrian.
Victoria guardó silencio.
—¡Tú sabías que tenía una hija!
—Adrian…
—¿Por qué?
Victoria miró hacia mí.
Había miedo en sus ojos.
Pero no hacia Adrian.
Hacia Mia.
—Porque debía mantenerla lejos de los Kane.
El silencio cayó como una piedra.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Victoria apretó los labios.
—Pregúntale a tu madre.
Sentí un escalofrío.
—Mi madre murió cuando yo tenía diecisiete años.
Victoria negó lentamente.
—No estoy hablando de la mujer que te crió.
Adrian quedó rígido.
—Victoria.
Pero ella continuó:
—Mia, ¿alguna vez te preguntaste por qué conseguiste trabajo en una empresa que pertenece indirectamente a Kane Global?
—Fue una entrevista normal.
—No.
Victoria abrió su bolso.
Sacó una fotografía antigua y la dejó sobre la mesa.
Aparecían dos mujeres jóvenes frente a una mansión.
Reconocí inmediatamente a una.
Era mi madre.
La otra mujer tenía los mismos ojos gris azulados de Adrian.
—¿Quién es? —pregunté.
Adrian tomó la fotografía.
Su mano comenzó a temblar.
—Mi madre.
Sentí que el suelo desaparecía.
Victoria me miró.
—Tu llegada a Kane Global nunca fue casualidad.
—¿Qué estás diciendo?
Antes de responder, la puerta se abrió.
Un hombre mayor entró acompañado por dos abogados.
Adrian palideció.
—Padre.
Richard Kane no respondió a su hijo.
Miró directamente a Mia.
Después a mí.
Y finalmente a la fotografía.
—Así que la hija de Eleanor Carter finalmente volvió.
Me quedé helada.
—¿Conoció a mi madre?
Richard cerró la puerta.
—Mucho más de lo que Adrian imagina.
Entonces colocó una carpeta sobre la mesa.
En la portada aparecía mi nombre.
MIA CARTER.
Fecha del expediente:
Seis meses antes de que yo comenzara a trabajar en Blackwell & Reed.
Adrian levantó lentamente la mirada hacia su padre.
—¿Qué demonios es esto?
Richard respiró profundamente.
—La razón por la que contratamos a Mia.
Hizo una pausa.
—Y la razón por la que Victoria recibió órdenes de impedir que descubrieras que la niña era tuya.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
—¿Órdenes de quién?
Richard lo miró a los ojos.
Y respondió:
—Mías.