Parte 2: EL SECRETO EN LA SANGRE DE WILLA CAMBIÓ TODO LO QUE CREÍA SOBRE NUESTRO DIVORCIO

—Hay algo sobre ella que todavía no sabes.

La forma en que Sloan pronunció aquellas palabras me hizo olvidar el llanto de Willa.

—¿Está enferma?

—No exactamente.

—Sloan.

Se sentó despacio y apartó la manta de nuestra hija.

—Cuando nació, los médicos hicieron análisis porque tuvo algunos problemas durante las primeras horas.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿Qué problemas?

—Respiraba con dificultad. Se estabilizó rápido, pero encontraron algo en su sangre.

Me arrodillé frente a ella.

—Dímelo.

Sloan tragó saliva.

Willa tiene una alteración genética hereditaria.

La miré sin comprender.

—¿De quién?

—De ti.

El silencio se volvió pesado.

—Eso es imposible. Me hago revisiones médicas completas dos veces al año.

—No es algo que necesariamente te enferme.

Sloan se levantó y regresó minutos después con una carpeta del hospital.

Me entregó un informe.

Había un apellido subrayado.

Vale.

—El especialista dijo que esta variante es extremadamente rara —explicó—. Cuando mencioné tu nombre completo, pidió revisar antecedentes familiares.

Pasé las páginas.

Entonces vi una anotación.

Coincidencia con registro pediátrico previo.

—¿Qué significa esto?

Sloan cerró los ojos.

—Eso mismo pregunté.

Willa volvió a llorar.

Esta vez extendí los brazos.

Sloan dudó antes de entregármela.

La sostuve torpemente.

—La cabeza —murmuró.

Acomodé mi mano.

Willa se tranquilizó casi inmediatamente.

Algo cambió en el rostro de Sloan.

Yo bajé la mirada hacia aquella criatura diminuta.

—Hola —susurré.

Sus dedos rodearon uno de los míos.

Nunca había cerrado un acuerdo de miles de millones sintiendo algo comparable a aquello.

—Continúa —dije.

Sloan abrió la carpeta por otra página.

—El registro correspondía a un niño nacido hace siete años.

Levanté la cabeza.

—¿Qué niño?

—No quisieron decírmelo.

—¿Por privacidad?

—Eso pensé.

Su expresión me hizo comprender que faltaba algo.

—Hasta que ayer recibí esto.

Sacó su teléfono.

Un correo electrónico.

El remitente era el despacho de Harold Mercer.

Mi abogado personal.

El hombre que había gestionado mis asuntos durante once años.

Leí el mensaje.

Señora Vale: le recomendamos no realizar investigaciones adicionales relacionadas con los resultados médicos de la menor. El señor Vale será informado cuando corresponda.

Sentí una furia fría.

—¿Mercer sabía de Willa?

—No se lo dije.

La miré.

—Entonces ¿cómo consiguió sus resultados?

—Exactamente.

Saqué mi teléfono.

—Voy a llamarlo.

Sloan me agarró la muñeca.

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía hay algo peor.

Nunca olvidaré la manera en que lo dijo.

Como si hubiera pasado semanas reuniendo valor.

—Después del correo llamé al hospital directamente. Una enfermera me dijo que el expediente relacionado había sido restringido esa misma mañana.

—¿Por quién?

—Por representantes legales de Vale Holdings.

Mi propia empresa.

Sentí un escalofrío.

—Yo no autoricé nada.

—Lo sé.

Aquello era precisamente lo aterrador.

Entregué cuidadosamente a Willa a Sloan y llamé a mi jefe de seguridad.

—Marcus. Quiero saber quién accedió a los sistemas legales de Vale Holdings durante las últimas cuarenta y ocho horas.

Hubo una pausa.

—¿Algún departamento específico?

—Todos.

—¿Qué estoy buscando?

Miré a Sloan.

—Cualquier referencia a Sloan, Willa o expedientes pediátricos.

Otra pausa.

—Entendido.

Colgué.

Sloan permaneció inmóvil.

—Vincent, hay otra cosa que necesito preguntarte.

—Pregunta.

—¿Tienes otro hijo?

Me quedé mirándola.

—No.

—¿Estás seguro?

—Creo que sabría si tengo un hijo de siete años.

Ella no sonrió.

—El médico dijo que la coincidencia genética era demasiado cercana.

—¿Qué significa “demasiado cercana”?

—No quiso explicarlo por teléfono.

Antes de que pudiera responder, sonó mi móvil.

Marcus.

Habían pasado menos de cinco minutos.

—Habla.

—Tenemos un problema.

—¿Qué encontraste?

—Alguien utilizó tus credenciales ejecutivas ayer a las 3:14 de la madrugada.

Mi mandíbula se tensó.

—Yo estaba en el avión desde Singapur.

—Lo sé.

—¿Qué hicieron?

Escuché teclas al otro lado.

—Solicitaron acceso a un expediente médico sellado.

—¿Nombre?

Marcus permaneció callado.

—Marcus.

Elias Vale.

El nombre no significó nada durante un segundo.

Después algo antiguo regresó a mi memoria.

Mi madre pronunciándolo durante una discusión con mi padre cuando yo tenía dieciséis años.

Elias.

Un nombre que jamás volví a escuchar.

—Busca todo.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—No existe ningún Elias Vale en registros corporativos actuales.

—Entonces sigue buscando.

—Vincent…

Su tono cambió.

—Encontré una transferencia mensual desde una fundación privada controlada por tu padre.

Mi cuerpo se endureció.

—Mi padre murió hace cinco años.

—La orden de pago fue establecida antes de morir. Nunca se canceló.

—¿Destinatario?

—Una institución residencial privada en Vermont.

Sloan había escuchado suficiente para ponerse pálida.

—¿Qué institución?

Marcus respondió:

—Blackwood House.

—¿Qué es?

—Oficialmente, un centro educativo terapéutico.

—¿Y extraoficialmente?

—Estoy intentando averiguarlo.

Miré a Willa.

—¿Las transferencias mencionan a Elias?

—Sí.

Entonces escuché un ruido en el vestíbulo.

La puerta del ascensor privado acababa de abrirse.

No esperaba a nadie.

Marcus habló inmediatamente.

—Vincent, seguridad no autorizó ningún ascenso a tu planta.

Me puse delante de Sloan.

—Lleva a Willa al dormitorio.

—¿Qué ocurre?

—Ahora.

Ella obedeció.

La puerta del ático se abrió.

Harold Mercer entró acompañado por dos hombres.

Mi abogado parecía haber envejecido diez años desde la última vez que lo vi.

—Vincent.

—¿Cómo demonios entraste?

—Tenemos que hablar.

—Empieza explicándome quién es Elias Vale.

Mercer se quedó inmóvil.

Toda la sangre abandonó su rostro.

Eso fue suficiente.

Elías existía.

—¿Quién es? —repetí.

Mercer miró hacia el dormitorio donde Sloan acababa de desaparecer.

—¿Ella te enseñó los análisis?

Di un paso hacia él.

—¿Cómo sabes de esos análisis?

No respondió.

—¿Quién es Elias?

Mercer cerró los ojos.

—Tu padre me hizo jurar que jamás te lo diría.

—Mi padre está muerto.

—Precisamente por eso sigo vivo.

Aquella respuesta heló la habitación.

Entonces Mercer sacó un sobre del interior de su chaqueta.

Lo dejó sobre la mesa.

Había una fotografía dentro.

Dos niños aparecían frente a la casa de verano de mi familia.

Reconocí inmediatamente al mayor.

Era yo.

Tendría siete años.

A mi lado había otro niño.

Más pequeño.

Cabello oscuro.

Mis mismos ojos.

En el reverso, escrito con la letra de mi madre, aparecían cinco palabras:

«Vincent y Elias. Mis hijos».

Sentí que el mundo se detenía.

—Tenía un hermano.

Mercer negó lentamente.

—Tienes.

Antes de que pudiera reaccionar, Sloan gritó desde el dormitorio.

Corrí.

La encontré junto a la ventana, abrazando a Willa.

En su teléfono había aparecido un nuevo mensaje.

Una fotografía tomada desde algún edificio frente al ático.

Sloan estaba junto a la ventana con nuestra hija en brazos.

Debajo había una frase:

«Vincent ya sabe que existo. Ahora pregúntale por qué su padre tuvo que elegir cuál de sus dos hijos podía conservar».

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