Miré durante mucho tiempo aquella fotografía de la tienda.
Dos millones.
Mi casa hipotecada.
Y mi suegra celebrando públicamente como si hubiera sacado el dinero de sus propios ahorros.
Guardé una captura de pantalla de cada mensaje.
Después llamé nuevamente al abogado Li.
—Ya lo pensé.
—¿Qué vas a hacer?
—Denunciarlo.
Hubo un breve silencio.
—Bien. No avises a nadie de la familia antes de preservar las pruebas.
—No pienso hacerlo.
Aquella tarde regresé al Registro de la Propiedad, solicité copias certificadas del expediente y fui directamente a la policía.
Entregué todo.
La escritura desaparecida.
La hipoteca.
La firma falsificada.
Las publicaciones de mi suegra.
Los documentos de la empresa prestamista.
Cuando terminé, el agente me preguntó:
—¿Quién tenía acceso a sus documentos personales?
—Mi marido y mi suegra.
Decirlo en voz alta dolió más de lo esperado.
Al salir, el abogado Li me esperaba.
—Ahora tenemos que averiguar dónde fueron los dos millones.
No tardamos demasiado.
La tienda de té de Chu Zhicheng había requerido una inversión enorme.
Alquiler adelantado.
Reforma.
Equipamiento.
Franquicia.
Decoración.
Pero las cifras no cuadraban.
—Incluso siendo generosos —dijo Li—, aquí no hay dos millones.
—¿Cuánto falta?
—Por lo menos ochocientos mil.
Sentí un escalofrío.
—¿Dónde están?
—Eso tendremos que descubrirlo.
Regresé a casa como si nada hubiera ocurrido.
Mi suegra estaba preparando la cena.
—¿Dónde estuviste todo el día?
—En el trabajo.
Me miró con sospecha.
—¿Encontraste la escritura?
—No.
Su cuerpo se relajó inmediatamente.
—Ya aparecerá.
Casi admiré su tranquilidad.
Esa noche Chu Ming regresó con una caja de pasteles.
—Mi hermano inaugura oficialmente la tienda mañana. Mamá dice que iremos todos.
—Claro.
Me observó.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Pareces rara.
Sonreí.
—Estoy cansada.
Durante la cena, mi suegra no dejó de hablar de Zhicheng.
—Tu hermano por fin será empresario.
Después me miró.
—Xiaoyu, deberías aprender de él. Una persona debe tener ambición.
Apreté los palillos.
—Tiene razón.
—Y mañana lleva un sobre rojo grande. No seas tacaña.
—¿Cuánto considera apropiado?
—Diez mil.
La miré.
Habían hipotecado mi casa por dos millones.
Y todavía querían que regalara otros diez mil.
—De acuerdo.
Chu Ming pareció sorprendido.
Probablemente esperaba una discusión.
No entendía que yo ya no estaba discutiendo por dinero.

Estaba esperando pruebas.
A la mañana siguiente fuimos a la inauguración.
Mi suegra llevaba un vestido nuevo.
Zhicheng estaba radiante.
Cuando me vio, abrió los brazos.
—¡Cuñada! ¡Gracias por venir!
Me abrazó.
—Cuando el negocio empiece a dar beneficios, invito a toda la familia.
—¿Cuánto invertiste?
Su sonrisa vaciló.
—Bueno… bastante.
—¿Un millón?
—Más o menos.
Mi suegra apareció inmediatamente.
—¡Hoy no hablamos de dinero!
Aquella reacción confirmó mis sospechas.
Durante la celebración observé todo.
La caja registradora.
Los contratos de franquicia expuestos.
Los nombres de los socios.
Entonces encontré algo interesante.
En una placa junto a la entrada figuraban dos inversores.
Chu Zhicheng.
Y otra persona.
Chu Ming.
Mi marido.
Fotografié discretamente la placa.
Aquella noche esperé hasta que estuvimos solos.
—Chu Ming, ¿eres socio de la tienda?
Su mano se detuvo.
—¿Quién te lo dijo?
—Lo vi.
—Solo puse mi nombre para ayudar a Zhicheng.
—¿Cuánto invertiste?
—Nada.
Mentía.
Lo sabía porque evitaba mirarme exactamente igual que su madre.
—Entiendo.
No pregunté más.
Eso lo inquietó todavía más.
Al día siguiente Li consiguió una copia del registro comercial.
Chu Ming poseía el cuarenta por ciento.
Zhicheng, el sesenta.
Pero había algo mucho más importante.
La aportación inicial declarada era de 1,2 millones de yuanes.
—Ahí tienes parte del dinero —dijo Li.
—Todavía faltan ochocientos mil.
—Sí.
Dos días después apareció la respuesta.
La empresa prestamista entregó el dinero en una cuenta a nombre de mi suegra.
Desde allí salieron tres transferencias.
Setecientos mil para la tienda.
Quinientos mil para Zhicheng.
Y ochocientos mil…
para Chu Ming.
Me quedé mirando el documento.
—Mi marido recibió ochocientos mil.
Li asintió.
—El mismo día que registraron la hipoteca.
Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.
Hasta entonces todavía había conservado una posibilidad absurda.
Quizá Chu Ming sabía algo, pero no todo.
Quizá su madre había actuado por su cuenta.
Quizá él simplemente había sido cobarde.
Aquella transferencia destruyó todas mis excusas.
—¿Qué hizo con el dinero?
Li deslizó otro documento.
—Compró una propiedad.
Levanté la cabeza.
—¿Qué propiedad?
—Un apartamento.
No entendía.
—Ya tenemos casa.
Li guardó silencio.
—Xiaoyu, ese apartamento no está a su nombre.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿A nombre de quién?
Me entregó la copia.
Liu Qian.
No conocía ese nombre.
—¿Quién es?
—Eso quería preguntarte.
Busqué en el teléfono.
El nombre apareció entre los empleados de la empresa de Chu Ming.
Departamento administrativo.
Veintisiete años.
Entonces encontré una fotografía de la fiesta anual.
Ella estaba junto a mi marido.
Demasiado cerca.
Seguí buscando.
Viajes de empresa.
Cenas.
Una fotografía tomada seis meses antes.
Liu Qian llevaba en la muñeca el mismo reloj que Chu Ming me había dicho que había perdido.
Cerré la pantalla.
—Ya entiendo.
Li me observó con preocupación.
—No saques conclusiones todavía.
—No necesito hacerlo.
—Necesitamos pruebas.
Tenía razón.
Y las pruebas llegaron solas aquella misma noche.
Chu Ming estaba duchándose cuando su teléfono se iluminó.
Yo nunca revisaba sus mensajes.
Esta vez vi el nombre.
Qianqian.
El mensaje apareció completo:
«¿Cuándo vas a decirle que el apartamento será nuestro después del divorcio?»
Sentí que me faltaba el aire.
Tomé una fotografía con mi teléfono.
Llegó otro mensaje.
«Tu madre dijo que Xiaoyu todavía no sabe que firmaste como testigo de la hipoteca.»
Me quedé inmóvil.
Testigo.
Así que no solo sabía lo ocurrido.
Había participado.
Cuando Chu Ming salió del baño, yo ya estaba acostada.
—¿No duermes?
—Ahora.
Apagué la luz.
A la mañana siguiente llevé las fotografías a Li.
Su expresión se volvió sombría.
—Esto demuestra conocimiento previo.
—Quiero solicitar el divorcio.
—Lo prepararemos.
—Y quiero recuperar mi casa.
—Primero atacaremos la validez de la hipoteca.
Asentí.
Li permaneció callado.
—¿Qué pasa?
—Hay algo más.
Sacó otra copia del expediente hipotecario.
—Ayer pedí todos los anexos.
Colocó una hoja delante de mí.
—Este documento no aparecía en la primera copia que te entregaron.
Lo leí.
Era una declaración de consentimiento conyugal.
Mi firma estaba falsificada otra vez.
Debajo aparecía la firma auténtica de Chu Ming.
Pero había una frase que hizo que se me helara la sangre.
«El cónyuge declara que la vivienda constituye patrimonio familiar sujeto a obligaciones comunes del matrimonio.»
—Eso es mentira —dije—. Compré esa casa antes de casarme.
—Lo sé.
—Tenemos documentación que lo demuestra.
—También.
—Entonces ¿qué intentaban hacer?
Li me miró fijamente.
—Crear la apariencia de que tú aceptaste convertirla en patrimonio común antes de hipotecarla.
Me quedé en silencio.
—¿Para qué?
—Si todo salía bien, conseguían los dos millones.
Hizo una pausa.
—Y si dejabas de pagar o descubrías el fraude, Chu Ming podía intentar alegar derechos sobre la propiedad durante el divorcio.
Mi teléfono vibró en ese instante.
Era un mensaje de mi suegra.
«Xiaoyu, vuelve temprano. Tenemos una sorpresa para ti.»
Debajo había una fotografía de toda la familia reunida en mi salón.
Chu Ming.
Su madre.
Zhicheng.
Y Liu Qian.
La joven llevaba una mano sobre el vientre.
Mi suegra añadió una última frase:
«Ya que no puedes darle un hijo a nuestra familia, esta noche hablaremos de quién merece realmente quedarse con la casa.»
Miré la pantalla.
Y comprendí que ellos todavía creían que yo regresaría sola, humillada y dispuesta a negociar.
No sabían que la policía ya tenía el expediente.
No sabían que Li llevaba en su maletín las transferencias bancarias.
Y, sobre todo, no sabían que dos agentes acababan de llamarme para preguntarme a qué hora estarían todos juntos en la casa.