PARTE 2: LA MESERA DESCUBRIÓ QUE SU PADRE NO HABÍA MUERTO Y QUE EL IMPERIO DEL MULTIMILLONARIO ESCONDÍA DURANTE VEINTE AÑOS LA VERDADERA RAZÓN DE SU DESAPARICIÓN.

Lucía volvió a leer la carta.

—¿Quién es Gustavo?

Ricardo no contestó inmediatamente.

Caminó hasta la ventana y contempló las luces de Zapopan.

—Gustavo Vélez es mi hermano mayor.

Lucía levantó la cabeza.

Conocía ese nombre.

Cualquiera que hubiera investigado mínimamente Nexora lo conocía.

Gustavo había presidido el consejo de administración durante diecisiete años y seguía controlando buena parte de las decisiones financieras de la compañía.

—¿Su hermano conocía a mi padre?

Ricardo soltó una risa amarga.

—Más de lo que me gustaría.

Sacó otra carpeta.

Dentro había fotografías de los primeros años de Nexora.

Daniel aparecía en muchas.

Y Gustavo también.

—Cuando Daniel y yo comenzamos, no teníamos dinero. Gustavo puso el capital inicial.

—¿A cambio de qué?

—Del veinte por ciento.

Ricardo deslizó un contrato hacia ella.

—Pero después quiso más.

Daniel se había negado a entregar el control de su tecnología.

Según Ricardo, las discusiones comenzaron poco antes de su desaparición.

—Mi hermano quería vender la patente a un grupo extranjero. Daniel se opuso.

—¿Y usted?

Ricardo bajó la mirada.

—Yo intenté mantener la empresa unida.

Lucía comprendió inmediatamente lo que aquella respuesta significaba.

—No eligió a mi padre.

—No.

Aquella admisión le dolió más que una excusa.

—Entonces quizá usted tampoco es la víctima de esta historia.

Ricardo no discutió.

—Probablemente no.

El teléfono de Lucía vibró.

Era su madre.

Había seis llamadas perdidas.

Lucía respondió.

—Mamá.

—¿Dónde estás?

La voz de Elena Ortega sonaba extrañamente agitada.

—Trabajando.

—Vuelve a casa.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo vuelve.

Lucía miró a Ricardo.

Entonces preguntó:

—Mamá, ¿conocías a Ricardo Vélez?

Silencio.

No uno de confusión.

Uno de miedo.

—¿Dónde estás, Lucía?

—En Nexora.

Escuchó algo caer al otro lado.

—Sal de ahí.

—Mamá…

¡Sal de ese edificio ahora mismo!

La llamada terminó.

Lucía permaneció inmóvil.

Ricardo también había escuchado.

—Tu madre sabe algo.

—Evidentemente.

Guardó las cartas en el sobre.

—Quiero copias de todo.

—Te las daré.

—Y quiero ver los contratos de mi padre.

Ricardo dudó.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

—Su participación nunca fue cancelada legalmente.

Lucía tardó en comprender.

—¿Qué significa?

—Que el cuarenta por ciento de ciertos derechos originales vinculados a la patente continuó registrado a nombre de Daniel.

—¿Durante veinte años?

—Sí.

—¿Y quién cobró ese dinero?

Ricardo no respondió.

Eso fue suficiente.

—¿Quién?

—Una sociedad administrada por un fideicomiso.

—¿De quién?

—Estamos intentando averiguarlo.

Lucía se acercó.

—Usted dirige una empresa tecnológica multimillonaria y quiere que crea que durante veinte años nadie supo dónde terminaba el dinero de uno de sus fundadores.

Ricardo apretó la mandíbula.

Hasta hace seis meses yo creía que ese fideicomiso protegía a tu familia.

—Nosotros nunca recibimos nada.

La expresión de Ricardo se endureció.

—Entonces alguien estuvo robándolo.


Lucía llegó a casa pasada la medianoche.

Su madre la esperaba sentada en la cocina.

Sobre la mesa estaba la vieja caja de zapatos.

Las siete fotografías habían sido colocadas en fila.

—¿Por qué me mentiste?

Elena cerró los ojos.

—Porque tu padre me lo pidió.

Lucía dejó de respirar.

—¿Cuándo?

—Dos semanas después de desaparecer.

—Dijiste que estaba muerto.

—Porque era la única forma de mantenerte a salvo.

Lucía tuvo que apoyarse en una silla.

—¿Papá te contactó?

—Una vez.

Elena comenzó a llorar.

—Llamó desde un teléfono público. Me dijo que no preguntara dónde estaba. Dijo que habían entrado en nuestro apartamento buscando documentos y que si alguien descubría que seguíamos comunicándonos, vendrían por nosotras.

—¿Quiénes?

—Nunca lo dijo.

—¿Gustavo Vélez?

El rostro de Elena perdió color.

Aquello bastó.

—Lo conocías.

—Sí.

—¿Qué hizo?

Elena miró hacia la ventana antes de responder.

—Tres días antes de que Daniel desapareciera, Gustavo vino aquí.

—¿A esta casa?

—Vivíamos en otro lugar.

Su voz tembló.

—Le ofreció dinero a tu padre. Muchísimo dinero. Daniel lo echó.

—¿Por qué?

—Porque Gustavo quería algo llamado Protocolo Atlas.

Lucía frunció el ceño.

Nunca había escuchado aquel nombre.

—¿Qué era?

—No lo sé. Tu padre decía que nunca debía pertenecer a una sola empresa.

Entonces Elena se levantó.

Sacó una pequeña llave de una cadena que llevaba alrededor del cuello.

—Daniel me dejó esto.

—¿Qué abre?

—No lo sé.

—¿Nunca intentaste averiguarlo?

—Me dijo que solo debía entregártela si alguna vez escuchabas las palabras “Protocolo Atlas”.

Lucía sintió que se le erizaba la piel.

Tomó la llave.

En ella había grabados cuatro números.

0317.

Su teléfono vibró.

Ricardo.

Contestó inmediatamente.

—Lucía, necesito que escuches.

—Mi madre conocía a Gustavo.

—Tenemos un problema mayor.

La voz de Ricardo sonaba tensa.

—Después de que saliste revisé los archivos internos.

—¿Y?

—Encontramos Atlas.

Lucía apretó la llave.

—¿Qué es?

—Un sistema que Daniel desarrolló antes de desaparecer. Nunca fue comercializado oficialmente.

—¿Por qué?

—Porque podía rastrear modificaciones realizadas dentro de cualquier versión posterior de su código.

Lucía comprendió lentamente.

—¿Una especie de huella digital?

—Exactamente.

Ricardo respiró.

—Si Atlas sigue funcionando, puede demostrar quién utilizó la tecnología de Daniel, cuándo y cuánto dinero produjo.

—Entonces puede demostrar quién le robó.

—Mucho más que eso.

Hubo un ruido al otro lado.

Después Ricardo dijo:

—Lucía, alguien acaba de entrar en nuestros servidores.

—¿Quién?

—No lo sabemos.

—¿Qué están buscando?

—Los archivos de tu padre.

Elena se acercó.

—¿Qué pasa?

Antes de que Lucía pudiera responder, las luces de la casa se apagaron.

Todo quedó negro.

Su madre dejó escapar un pequeño grito.

Lucía miró hacia la calle.

Las casas vecinas seguían iluminadas.

Solo la suya había perdido electricidad.

Entonces escuchó un automóvil detenerse afuera.

—Ricardo…

—Escúchame. No abras la puerta.

Tres golpes resonaron en la entrada.

Elena agarró el brazo de su hija.

—No.

Volvieron a llamar.

Esta vez una voz masculina habló desde el otro lado.

—Lucía Ortega.

Ella no respondió.

—Tengo algo que pertenecía a Daniel.

Elena comenzó a temblar.

Lucía sostuvo el teléfono con una mano y la llave 0317 con la otra.

—¿Quién es usted?

Silencio.

Luego:

—Alguien que lleva veinte años esperando que hagas esa pregunta.

Lucía se acercó lentamente a la ventana lateral.

Apartó apenas la cortina.

Había un hombre de espaldas bajo la luz de la calle.

Cabello canoso.

Chaqueta oscura.

Entonces él se giró.

El aire abandonó los pulmones de Lucía.

Había envejecido.

Su rostro estaba marcado por los años.

Pero aquel gesto era imposible de confundir.

Detrás de su oreja llevaba un bolígrafo.

La misma costumbre de las siete fotografías.

Elena vio al hombre y se llevó ambas manos a la boca.

—Dios mío…

Lucía apenas pudo pronunciar las palabras.

—Mamá… ¿es él?

Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Elena.

Pero antes de que pudiera responder, el hombre levantó ambas manos y mostró un pequeño dispositivo metálico.

En él aparecían cuatro números.

0317.

Entonces Ricardo gritó por el teléfono:

—¡Lucía, aléjate de la puerta! Acabamos de identificar desde dónde están intentando entrar en Atlas.

Lucía miró al hombre que podía ser su padre.

—¿Desde dónde?

La respuesta de Ricardo convirtió toda su esperanza en miedo.

Desde la dirección de tu casa.

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