PARTE 2: CUANDO ADRIÁN DESCUBRIÓ QUE SU «PERRITO OBEDIENTE» IBA A CASARSE CON EL HEREDERO BEAUMONT EN PARÍS, CORRIÓ A DETENERME SIN SABER QUE GABRIEL LLEVABA CATORCE AÑOS ESPERANDO MI RESPUESTA.

Adrián sujetó la puerta del coche antes de que pudiera cerrarla.

—¿Tu prometido?

Ya no sonreía.

—Sí.

—¿Quién?

—Eso dejó de ser asunto tuyo hace cinco minutos.

Intentó agarrarme de la muñeca.

Me aparté.

Fue un movimiento pequeño, pero la expresión de Adrián cambió como si acabara de perder algo que siempre había considerado suyo.

—Daniela, no hagas una estupidez por enfado.

—Curioso.

Lo miré.

—Hace tres años dejé pasar oportunidades por ti. Rechacé matrimonios por ti. Cambié planes por ti. Eso nunca te pareció una estupidez.

—Porque estábamos juntos.

—Ya no.

Entré en el coche.

Antes de cerrar la puerta, Adrián dijo:

—No vas a casarte con un desconocido.

—Tú llevabas tres años durmiendo con una desconocida.

Su rostro quedó completamente inmóvil.

—Ni siquiera sabías qué idiomas hablaba.

Cerré la puerta.


A la mañana siguiente tenía veintisiete llamadas perdidas.

Diecinueve eran de Adrián.

Tres de su asistente.

Dos de amigos suyos.

Las demás, números desconocidos.

No respondí.

Mi vuelo salía aquella noche.

Había terminado de entregar las llaves del apartamento cuando recibí un mensaje.

Adrián:

«Estoy abajo.»

Miré por la ventana.

Su Bentley estaba frente al edificio.

No bajé.

Cinco minutos después sonó el timbre.

Luego golpes en la puerta.

—Daniela.

Seguí doblando una blusa.

—Sé que estás ahí.

Silencio.

—Abre.

Finalmente lo hice.

Adrián parecía no haber dormido.

Era la primera vez que lo veía con la camisa arrugada y sin esa frialdad impecable que tanto lo definía.

Entró.

Miró las habitaciones vacías.

—¿Dónde están tus cosas?

—Vendidas, donadas o empacadas.

Abrió un armario.

Nada.

Otro.

Vacío.

—¿Cuándo hiciste todo esto?

—Mientras estabas ocupado trabajando.

La ironía no se le escapó.

—Daniela, no pasó nada con Lucía.

—No me importa.

—¡Claro que te importa!

Su voz resonó en la habitación.

Yo permanecí tranquila.

Eso pareció enfurecerlo aún más.

—¿Quieres que te diga que fui al aeropuerto? Sí. Fui.

—Lo sé.

—¿Que cené con ella?

—También.

—¿Que pasé tres días acompañándola?

—Tus relojes salen muy bien en fotografías.

Se quedó callado.

—Pero no dormí con ella.

Sonreí débilmente.

—Sigues sin entender nada.

—Entonces explícame.

—No terminamos porque hayas acostado o no con Lucía.

Di un paso hacia él.

—Terminamos porque durante tres años me convertiste en el reemplazo de una mujer que no estaba disponible.

Sus labios se apretaron.

—Eso fue al principio.

—Qué romántico.

—Después cambió.

—Para ti quizá.

—¡Te amo!

Fue la primera vez que lo dijo con desesperación.

Y, precisamente por eso, llegó demasiado tarde.

—¿Me amas a mí?

Pregunté suavemente.

—¿O amas que yo estuviera siempre esperando cuando volvías?

No respondió.

Tomé la maleta.

Adrián bloqueó la puerta.

—No vas a París.

—Quítate.

—¿Quién es?

—Gabriel Beaumont.

El nombre hizo efecto.

Adrián palideció.

—¿El Beaumont?

—Supongo que solo hay uno que dirige su división europea.

—Daniela, ¿sabes quién es ese hombre?

—No especialmente.

—Su familia es rival directa de Salvatierra Group en media Europa.

Aquello me hizo sonreír.

—Vaya coincidencia.

—¿Tu padre está usando esto para atacar a mi familia?

—No todo gira alrededor de ti.

—¡Te casas con Gabriel Beaumont tres semanas después de dejarme!

—El acuerdo llevaba años sobre la mesa. Yo fui quien siempre dijo que no.

Su expresión cambió.

—¿Por mí?

—Sí.

Aquella respuesta pareció herirlo más que cualquier insulto.

Porque comprendió algo sencillo:

Gabriel Beaumont había estado dispuesto a esperar mientras Adrián Salvatierra se había limitado a dar por hecho que yo nunca me iría.

—Cancélalo —dijo.

Lo miré.

—No.

—Te daré el matrimonio que querías.

Casi no pude creerlo.

—¿Qué?

—Nos comprometemos.

Se acercó.

—Hoy mismo. Anillo, anuncio, lo que quieras. Hablaré con mi familia.

—Adrián…

—Puedo hacerlo público esta tarde.

—Ayer todavía eras incapaz de responder cuándo llegaría «el momento».

Silencio.

—Ahora existe un Beaumont y de repente el momento es hoy.

Bajó la voz.

—No es por él.

—Claro que sí.

Abrí la puerta.

—Porque hasta ayer pensabas que tenías una mascota.

Lo miré directamente.

—Hoy descubriste que tenías una puerta abierta y la dejaste cerrarse.


París me recibió con lluvia.

Mi padre me esperaba en el aeropuerto.

No dijo nada sobre mis ojos cansados.

Solo me abrazó.

—¿Segura?

—No.

Sonrió.

—Buena respuesta.

—Pensé que querías que aceptara.

—Quiero que elijas.

Aquello volvió a dolerme de una forma extraña.

Durante tres años había confundido amor con que alguien eligiera por mí.


Gabriel Beaumont llegó a la reunión cinco minutos antes.

Cuando entré en el salón privado del hotel, esperaba encontrar al típico heredero arrogante.

En cambio, un hombre alto de traje oscuro se levantó inmediatamente.

No intentó besarme.

No me tocó.

Solo dijo:

—Hola, Daniela.

Lo estudié.

Algo en sus ojos me resultaba familiar.

—Mi padre dice que nos conocimos.

—Tú tenías diecisiete.

—No te recuerdo.

Gabriel sonrió.

—Lo sé.

—¿Y tú sí?

—Perfectamente.

Tomé asiento.

—Entonces dime tu condición.

Su sonrisa desapareció.

—No me casaré contigo si estás huyendo de otro hombre.

Eso me sorprendió.

—¿No quieres el acuerdo?

—Quiero que cualquier mujer que lleve mi apellido pueda marcharse el día que deje de querer estar conmigo.

No supe qué responder.

Gabriel colocó una carpeta sobre la mesa.

—Aquí están las condiciones de nuestras familias.

Después añadió otro documento.

—Y esto es mío.

Lo abrí.

Era una cláusula que me permitía cancelar el compromiso unilateralmente hasta el día de la boda.

Sin penalización económica.

Sin consecuencias empresariales.

—¿Por qué harías esto?

—Porque quiero saber que, si dices sí, me estás eligiendo a mí y no simplemente huyendo de Salvatierra.

Por primera vez desde aquella llamada en georgiano, sentí que podía respirar.

—¿Por qué aceptaste casarte conmigo?

Gabriel me observó en silencio.

Entonces sacó algo de su cartera.

Una fotografía.

Yo tenía diecisiete años.

Estaba riéndome bajo un árbol durante una recepción diplomática en Lyon.

—¿Guardaste esto catorce años?

—No esperaba enseñártelo así.

Sentí calor en el rostro.

—Gabriel…

Sonó mi teléfono.

Adrián.

Rechacé la llamada.

Gabriel no preguntó.

Un minuto después llegó un mensaje de mi padre.

«Daniela, Adrián Salvatierra acaba de aterrizar en París.»

Me incorporé.

Gabriel miró mi expresión.

—¿Problemas?

Antes de que pudiera contestar, las puertas del salón se abrieron.

Adrián entró.

Había viajado miles de kilómetros y todavía llevaba el mismo traje con el que había aparecido en mi apartamento.

Su mirada pasó de mí a Gabriel.

Después cayó sobre la fotografía que estaba encima de la mesa.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Qué demonios significa eso?

Gabriel se levantó lentamente.

—Supongo que tú eres Salvatierra.

—Y tú eres Beaumont.

—Así parece.

Adrián me miró.

—Daniela, necesito hablar contigo a solas.

—No.

—Cinco minutos.

—No.

Sacó entonces su teléfono.

—Antes de decir que no, mira esto.

Colocó la pantalla frente a mí.

Era una fotografía antigua.

Lucía.

Gabriel.

Juntos.

Mi respiración se detuvo.

Miré a Gabriel.

Su rostro se había endurecido.

Adrián sonrió por primera vez desde que llegó.

Pero no había triunfo en aquella sonrisa.

Había rabia.

—Pregúntale a tu perfecto prometido dónde estaba la noche en que Lucía desapareció de mi vida hace cinco años.

Gabriel dio un paso hacia él.

—Cuidado con lo que dices.

—¿Por qué?

Adrián deslizó otra imagen.

Esta vez había un documento.

Una transferencia.

El nombre de Gabriel aparecía claramente.

—Daniela —dijo Adrián sin apartar los ojos de Beaumont—, Gabriel no aceptó casarse contigo porque te recordara desde los diecisiete años.

Sentí que algo dentro de mí se tensaba.

—Entonces ¿por qué?

Adrián levantó la última fotografía.

Y Gabriel dejó de sonreír.

—Porque él sabía exactamente quién eras mucho antes de que tú supieras quién era Lucía.

Miré a Gabriel.

—¿Es verdad?

Durante varios segundos, no respondió.

Finalmente cerró los ojos.

—Daniela…

Y aquella pausa fue suficiente para comprender que París no era el comienzo limpio que yo había imaginado, sino la entrada a una historia que Adrián, Lucía y Gabriel llevaban cinco años ocultándome.

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