PARTE 2: DIEZ AÑOS DESPUÉS DE ABANDONARME EMBARAZADA PARA VOLVER CON SU PRIMER AMOR, MI EXMARIDO SUBIÓ AL ESCENARIO PARA PREMIAR AL MEJOR ALUMNO Y SE QUEDÓ PETRIFICADO AL VER EL ROSTRO DE NUESTRO HIJO.

A la mañana siguiente, el auditorio de la escuela estaba lleno.

Padres, profesores y alumnos ocupaban cada asiento. Ramos de flores decoraban el escenario y una enorme pantalla proyectaba fotografías de los estudiantes que se graduaban.

Yo estaba en la tercera fila.

Su Nian permanecía con su clase cerca del escenario.

A las nueve y veinte, el director tomó el micrófono.

—Antes de comenzar con los reconocimientos, tenemos el honor de recibir al principal patrocinador de nuestro nuevo centro científico.

El auditorio estalló en aplausos.

—Señor Zhou Yichen, presidente del Grupo Zhou.

Mis dedos se detuvieron sobre la cámara.

Aunque sabía que podía ocurrir, escuchar su nombre produjo una sensación extraña.

Diez años.

No lo había visto en persona durante diez años.

Zhou Yichen apareció por un lateral del escenario.

Seguía siendo elegante.

Quizá más frío.

Más poderoso.

Los años habían añadido autoridad a su rostro, pero reconocí inmediatamente aquella forma de caminar como si todo el espacio le perteneciera.

A su lado iba Xu Wei.

La misma mujer por la que había salido corriendo después de firmar nuestro divorcio.

Llevaba un vestido color marfil y sonreía a las cámaras.

Escuché murmullos detrás de mí.

—Son una pareja perfecta.

—Dicen que llevan años casados.

No reaccioné.

Levanté mi cámara.

Enfoqué a mi hijo.

Yo no había venido por Zhou Yichen.

Había venido por Su Nian.

El director anunció que Zhou donaría cinco millones de yuanes adicionales a la escuela.

Los aplausos fueron ensordecedores.

Después llegó el momento de entregar el premio al alumno sobresaliente.

—Este año —dijo el director— nuestro reconocimiento especial corresponde a un estudiante que ha obtenido excelentes resultados académicos y representado a la escuela en varias competiciones.

Sonrió.

—Su Nian.

Mi hijo se levantó.

Caminó hacia el escenario.

Yo levanté la cámara.

Zhou Yichen recibió el certificado sin prestar demasiada atención.

Entonces Su Nian llegó hasta él.

Y Zhou levantó la cabeza.

Se quedó completamente inmóvil.

El auditorio seguía aplaudiendo.

Pero él parecía no escuchar nada.

Miraba los ojos de Su Nian.

Su nariz.

La línea de su mandíbula.

Incluso la pequeña manera de fruncir el ceño cuando estaba nervioso.

Era como mirar una fotografía de Zhou Yichen cuando tenía diez años.

El director se rio.

—Señor Zhou, parece que nuestro alumno lo ha impresionado.

Zhou no respondió.

Su Nian extendió educadamente ambas manos para recibir el certificado.

—Gracias, señor Zhou.

La voz del niño terminó de quebrar algo en él.

Zhou le entregó el premio lentamente.

—¿Cómo te llamas?

Su Nian parpadeó.

El nombre acababa de ser anunciado.

—Su Nian.

—¿Su?

—Sí.

Zhou tragó saliva.

—¿Cuántos años tienes?

El director pareció desconcertado.

—Diez —respondió Su Nian.

Diez años.

Vi el instante exacto en que Zhou comenzó a calcular.

Su mirada abandonó al niño.

Recorrió el auditorio.

Y finalmente me encontró.

La cámara seguía frente a mi rostro.

Sonreí.

No con triunfo.

No con odio.

Simplemente con la tranquilidad de alguien que ya había sobrevivido a aquello que una vez creyó que la destruiría.

El rostro de Zhou perdió el color.

Xu Wei siguió su mirada.

Cuando me vio, su sonrisa desapareció.

Después miró a Su Nian.

Y comprendió también.

La ceremonia continuó.

Zhou, sin embargo, ya no escuchó una sola palabra.


Al terminar, esperé junto al jardín mientras Su Nian se despedía de sus compañeros.

No tardé en escuchar pasos detrás de mí.

—Su Qing.

No me volví inmediatamente.

Guardé la cámara en su funda.

—Ha pasado mucho tiempo, Zhou Yichen.

—Ese niño…

—Tiene nombre.

Su mandíbula se tensó.

—¿Es mío?

Lo miré.

—¿Qué respuesta esperas?

—Quiero la verdad.

Solté una pequeña risa.

—Qué curioso. Hace diez años no tenías tiempo ni siquiera para leer un convenio de divorcio y ahora quieres respuestas inmediatas.

—¿Estabas embarazada cuando nos divorciamos?

—Sí.

Su respiración se detuvo.

—¿De tres meses?

Aquello me sorprendió.

Después recordé.

La cláusula.

«Durante el matrimonio no hubo hijos.»

Zhou cerró los ojos.

—Dios mío.

—No invoques a Dios ahora.

—¿Por qué no me lo dijiste?

La pregunta consiguió enfadarme por primera vez.

—Intenté hablar contigo aquel día.

—Nunca dijiste que estabas embarazada.

—Te pregunté si alguna vez me habías amado.

Di un paso hacia él.

—Y tú me arrojaste una tarjeta bancaria como si estuvieras pagando una deuda.

Zhou bajó la voz.

—Era mi hijo.

—También era el mío.

—Me quitaste diez años.

Lo miré incrédula.

Tú te marchaste.

Aquellas tres palabras lo silenciaron.

—Firmaste que durante el matrimonio no había hijos sin leer. Corriste al aeropuerto para reunirte con Xu Wei. Nunca me llamaste. Nunca preguntaste cómo estaba. Durante diez años no miraste atrás.

—Si lo hubiera sabido…

—Pero no quisiste saber nada de mí.

Entonces apareció Xu Wei.

—Yichen.

Su voz sonaba tensa.

Me observó de arriba abajo.

—No deberíamos hablar aquí.

—Vete al coche —dijo él.

Ella se quedó helada.

—¿Qué?

—He dicho que me esperes.

Xu Wei miró hacia Su Nian, que seguía a varios metros.

—Ni siquiera sabes si realmente es tuyo.

Zhou giró lentamente.

—Míralo.

Xu Wei apretó los labios.

—El parecido no demuestra nada.

—Entonces haremos una prueba —dijo Zhou.

—No.

Ambos me miraron.

—No utilizarás a mi hijo para resolver tu crisis de conciencia.

Zhou dio un paso adelante.

—Tengo derecho a saberlo.

—Puedes solicitar lo que consideres mediante los procedimientos correspondientes.

—Su Qing…

—Mamá.

La voz de Su Nian nos interrumpió.

Mi hijo se acercó sosteniendo su certificado.

Miró a Zhou.

Después a Xu Wei.

—¿Los conoces?

Me agaché ligeramente.

—Conocía al señor Zhou hace mucho tiempo.

Su Nian asintió.

Zhou parecía incapaz de apartar los ojos de él.

—Su Nian…

Mi hijo lo miró.

—¿Sí?

Zhou abrió la boca.

No consiguió pronunciar la palabra «hijo».

Finalmente preguntó:

—¿Te gusta la escuela?

Su Nian sonrió.

—Mucho.

—¿Y la fotografía?

—Mi mamá me enseñó.

Levantó orgullosamente una pequeña cámara.

—Ella es la mejor fotógrafa que conozco.

Vi algo extraño atravesar el rostro de Zhou.

Arrepentimiento.

Tal vez por primera vez comprendía que mientras él construía un imperio, yo había construido una vida completa sin él.

Tomé la mano de Su Nian.

—Vamos.


Esa noche recibí diecisiete llamadas de un número desconocido.

No contesté.

A la mañana siguiente, mi asistente entró en el estudio.

—Jefa, hay un hombre esperando.

No necesité preguntar quién.

Zhou estaba frente a una pared cubierta de fotografías de Su Nian.

Nacimiento.

Primer cumpleaños.

Primer día de escuela.

Competencias.

Vacaciones.

Diez años de vida.

Diez años que él jamás había visto.

—Sal de mi estudio.

Zhou señaló una fotografía.

Su Nian tenía cuatro años y sostenía un pequeño avión de juguete.

—Yo tenía exactamente ese modelo.

No respondí.

—Mi padre me lo regaló cuando cumplí cuatro años.

—Las coincidencias existen.

Se volvió hacia mí.

—Quiero una prueba de paternidad.

—Habla con mi abogado.

—Quiero conocer a mi hijo.

—Él todavía no sabe quién eres.

Zhou quedó petrificado.

—¿Nunca se lo dijiste?

—Sabe que su padre no forma parte de nuestra vida.

—Le dijiste que estaba muerto.

—Eso se lo dije a una enfermera el día que nació.

Lo miré fijamente.

—Porque emocionalmente, para nosotros, lo estabas.

Su rostro se contrajo.

Entonces su teléfono sonó.

Xu Wei.

Rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

Esta vez apareció un mensaje en la pantalla.

No pretendía leerlo.

Pero Zhou estaba tan cerca que pude verlo.

«Yichen, antes de hacer ninguna prueba, tenemos que hablar sobre lo que ocurrió hace diez años.»

Zhou frunció el ceño.

Llegó otro mensaje.

«Su Qing nunca debía enterarse de por qué su embarazo no apareció en los documentos del hospital que recibió tu abogado.»

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

Zhou levantó lentamente la mirada hacia mí.

—¿Qué significa eso?

Yo tampoco lo sabía.

Pero algo que había permanecido enterrado durante diez años acababa de abrirse.

En ese momento entró mi asistente con un sobre certificado.

—Señora Su, acaba de llegar esto para usted.

Lo abrí.

Dentro había una copia de mi antiguo expediente médico.

En la página correspondiente al embarazo, alguien había añadido una anotación que jamás había visto.

«PACIENTE SOLICITA CONFIDENCIALIDAD ABSOLUTA. NO INFORMAR AL CÓNYUGE.»

Debajo aparecía una firma.

Supuestamente la mía.

Sentí que se me helaba la sangre.

—Yo nunca firmé esto.

Zhou tomó el documento.

Su rostro cambió.

—Conozco esta letra.

—¿De quién es?

Antes de que pudiera responder, su teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era una fotografía enviada por Xu Wei.

Mostraba el documento original.

Y debajo había una frase:

«Si quieres saber por qué falsifiqué la firma de Su Qing, ven solo. Porque tu padre también sabía que ella estaba embarazada.»

Zhou me miró.

Y por primera vez comprendimos los dos que nuestro divorcio quizá había comenzado con una traición mucho mayor que la que cualquiera de nosotros recordaba.

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