No supe que Ethan había descubierto mi destino.
Durante las primeras horas del viaje, permanecí junto a la ventana viendo desaparecer las últimas luces de Harbor City.
A medianoche comenzó a llover.
El golpeteo contra el cristal terminó adormeciéndome.
Desperté cuando alguien llamó tres veces a la puerta.
—¿Señorita Hayes?
Mi cuerpo se tensó.
—¿Quién es?
—Personal del tren.
No abrí.
—¿Qué necesita?
Hubo una pausa.
—Tenemos un problema con su documentación.
Sentí que se me helaban las manos.
Miré el pestillo.
Entonces escuché otra voz al otro lado.
Una voz femenina.
—No abra la puerta.
Silencio.
Después pasos rápidos.
Una discusión ahogada.
Finalmente, nada.
Esperé casi diez minutos.
Cuando reuní valor para abrir, encontré a la misma empleada que me había acompañado al vagón.
Tenía el rostro pálido.
—Tiene que bajar antes de Rosehaven.
—¿Por qué?
Ella miró hacia ambos extremos del pasillo.
—Alguien está preguntando por Clara Hayes en todas las estaciones importantes de la ruta.
Mi corazón se detuvo.
—Ethan.
La mujer no preguntó quién era.
—El tren hará una parada técnica en Bellmere dentro de cuarenta minutos. No aparece como parada de pasajeros. Allí la estará esperando alguien.
—¿Quién?
Me entregó un sobre.
—La persona que pagó su viaje.
La miré desconcertada.
—Yo pagué con el jade.
—No.
Sacudió lentamente la cabeza.
—El jade nunca fue vendido.
Abrió la mano.
Mi colgante estaba allí.
El único recuerdo de mi madre.
Retrocedí.
—No entiendo.
—La recepcionista reconoció el símbolo tallado.
Miré el jade.
Durante toda mi vida había pensado que aquellas pequeñas líneas eran simplemente decoración.
—¿Qué símbolo?
—Hay alguien en Bellmere que puede explicárselo.
Bajé del tren a las dos y diecisiete de la madrugada.
La estación estaba casi completamente oscura.
Un hombre mayor esperaba bajo el techo del andén con un paraguas negro.
—¿Clara?
No respondí.
Él sonrió con tristeza.
—Te pareces muchísimo a Elena.
El nombre de mi madre me atravesó.
—¿Quién es usted?
—Samuel Hayes.
Sentí que el aire desaparecía.
Hayes.
Miré mi identificación falsa.
Clara Hayes.
—¿Usted preparó esto?
—Sí.
—¿Por qué?
El hombre observó el jade que yo todavía apretaba.
—Porque perteneció a tu madre antes de que perteneciera a ti.
Me condujo hasta una pequeña casa situada detrás de una antigua plantación de jazmines.
Dentro había fotografías.
Decenas.
Mi madre aparecía en muchas de ellas.
Joven.
Sonriendo.
Completamente distinta de la mujer silenciosa que yo recordaba de mi infancia.
—Mi hermana —dijo Samuel.
Me giré.
—¿Qué?
—Elena era mi hermana menor.
Tuve que sentarme.
Mi madre siempre me había dicho que no tenía familia.
—Eso es imposible.
—Eso fue lo que los Whitmore necesitaban que creyeras.
El apellido cayó entre nosotros como una amenaza.
—¿Qué tiene que ver Ethan con mi madre?
Samuel abrió una caja de madera.
Dentro había cartas amarillentas, documentos y una fotografía de dos hombres.
Reconocí inmediatamente a uno.
El abuelo de Ethan.
—Tu madre trabajó para la familia Whitmore hace muchos años —explicó—. Descubrió algo que no debía descubrir.
—¿Qué?
Samuel negó con la cabeza.
—Todavía no.

Me levanté.
—He escapado de un matrimonio, estoy viajando con una identidad falsa y mi exmarido aparentemente está cerrando estaciones para encontrarme. No vuelva a decirme que todavía no.
Samuel me sostuvo la mirada.
Entonces deslizó un documento hacia mí.
Era un acuerdo firmado veintiocho años atrás.
En la parte inferior aparecía el nombre de mi madre.
Y una cantidad.
Doce millones de dólares.
—¿Le pagaron?
—Intentaron comprar su silencio.
—¿Sobre qué?
—Sobre algo que podía destruir a la familia Whitmore.
Antes de que pudiera preguntar más, un teléfono sonó.
Samuel contestó.
Su rostro cambió.
—¿Cuántos?
Escuchó.
—Entendido.
Colgó.
—Ethan ha llegado a Rosehaven.
—¿Cómo?
—Avión privado.
Sentí un escalofrío.
—¿Puede encontrarme aquí?
Samuel miró hacia la ventana.
—No debería.
La palabra debería no me tranquilizó.
A ciento veinte kilómetros de allí, Ethan bajó de un vehículo frente a la estación de Rosehaven.
Más tarde descubriría lo que ocurrió.
Había movilizado abogados, empleados de seguridad y contactos privados buscando a una mujer de la que acababa de divorciarse.
Pero cuando exigió revisar las cámaras del tren, encontró algo inesperado.
Clara Hayes nunca había llegado a Rosehaven.
Ethan llamó inmediatamente al viejo mayordomo.
—¿Qué se llevó de la casa?
—Una maleta.
—¿Qué había dentro?
—No lo sé, señor.
—Piensa.
Hubo silencio.
—El vestido con el que llegó hace cinco años. Una horquilla. Y una flor del jazmín.
Ethan dejó de hablar.
—¿Qué flor?
—Jazmín, señor.
La respuesta aparentemente lo perturbó.
Porque Ethan conocía algo que yo no.
Aquel macetero no había aparecido accidentalmente junto a nuestra ventana.
Había pertenecido a su abuelo.
Al amanecer, Samuel me llevó a un pequeño despacho.
Sobre la mesa había un ordenador portátil.
—Necesitas ver esto.
Introdujo una memoria.
Apareció una grabación antigua.
La imagen mostraba al abuelo de Ethan sentado frente a una cámara.
Parecía enfermo.
«Si Elena Hayes está viendo esto, significa que fracasé en protegerla.»
Me incliné hacia la pantalla.
El hombre continuó.
«Grant Whitmore nunca debió descubrir lo que hicimos.»
—¿Grant? —susurré.
Samuel detuvo el vídeo.
—El padre de Ethan.
Mi estómago se contrajo.
—¿Qué hicieron?
—Tu madre descubrió que determinadas propiedades utilizadas para levantar el imperio Whitmore nunca pertenecieron legalmente a la familia.
—¿A quién pertenecían?
Samuel abrió otro documento.
Mi nombre aparecía allí.
No mi apellido de casada.
Mi nombre de nacimiento.
Debajo había una lista de terrenos, acciones y fideicomisos.
—A Elena —dijo—. Y después de su muerte…
Me miró.
—A ti.
Me reí por puro desconcierto.
—Eso no tiene sentido.
—Por eso Ethan debía casarse contigo.
El mundo pareció inclinarse.
—¿Debía?
Samuel comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.
Me levanté.
—¿Está diciendo que Ethan sabía quién era yo?
—No sé cuánto sabía al principio.
—Samuel.
—Sé que su padre llevaba años buscándote.
Sentí náuseas.
Recordé cómo había conocido a Ethan.
La coincidencia.
Su insistencia.
La rapidez con la que quiso casarse.
Los cinco años posteriores durante los que prácticamente desaparecí del mundo.
—¿Mi matrimonio fue una trampa?
Samuel no respondió.
Eso fue peor.
Mi teléfono nuevo vibró.
Número desconocido.
Un mensaje.
«Sé que no estás en Rosehaven.»
Ethan.
Otro mensaje llegó.
«No sabes con quién estás tratando.»
Miré a Samuel.
—Me encontró.
—No.
El tercer mensaje apareció.
Era una fotografía.
La casa en la que estábamos.
Tomada hacía pocos minutos.
Samuel corrió hacia la ventana.
Yo retrocedí.
Entonces llegó el cuarto mensaje.
«Sal sola y te explicaré todo.»
Y finalmente otro.
«Samuel Hayes no te está salvando. Pregúntale qué recibió a cambio de entregar a tu madre.»
Levanté lentamente los ojos.
Samuel estaba inmóvil frente a la ventana.
—¿Qué significa eso?
No respondió.
—Samuel, ¿qué recibiste?
Su rostro envejeció de repente.
—Hay cosas sobre aquella noche que Elena nunca quiso que supieras.
—¿Qué noche?
Antes de que contestara, escuchamos motores afuera.
No uno.
Varios.
Samuel cerró las cortinas.
—Tenemos que irnos.
Pero yo ya no me movía.
Porque acababa de encontrar otro archivo en la memoria que seguía conectada al ordenador.
Una fotografía escaneada.
Mi madre.
Samuel.
El padre de Ethan.
Y un bebé envuelto en una manta blanca.
Yo.
En el reverso había una frase escrita a mano:
«Cuando Clara cumpla treinta años, el control regresará a los Whitmore mediante matrimonio.»
Miré la fecha.
Después recordé el día exacto en que Ethan me había pedido matrimonio.
Faltaban apenas tres semanas para que yo cumpliera treinta años.
Y en ese instante comprendí algo mucho más aterrador que haber sido encontrada.
Quizá Ethan nunca se había casado conmigo por amor.
Pero antes de poder preguntarle a Samuel quién había planeado realmente nuestro matrimonio, alguien golpeó tres veces la puerta principal.
Y desde el otro lado llegó la voz de Ethan:
—Clara, abre. Esta vez quiero que sepas por qué te elegí.