PARTE 2: MI ESPOSO CREYÓ QUE EL VENENO EN MI ALMOHADA ME MATARÍA EN SILENCIO, PERO CUANDO DESCUBRÍ A LA MUJER DE LA CAMIONETA ENTENDÍ QUE MI MUERTE ERA SOLO UNA PARTE DE SU PLAN.

Gabriela leyó tres veces el informe del laboratorio.

La conclusión no cambiaba.

La sustancia encontrada en su almohada podía desencadenar una emergencia respiratoria grave dadas sus alergias conocidas.

Renata permanecía frente a ella.

—Gabriela, tienes que irte de ese departamento.

—Si desaparezco ahora, Nicolás sabrá que lo descubrí.

—Ese hombre acaba de intentar hacerte daño.

—Precisamente.

Gabriela levantó los ojos.

—Quiero saber por qué.

Patricia, sentada al otro lado de la mesa, cerró la carpeta.

—Entonces haremos esto correctamente. No vuelves a tocar nada sospechoso y no te quedas sola con él. Yo contactaré a las autoridades y preservaré una copia del informe.

Gabriela asintió.

Después tomó una decisión que le revolvió el estómago.

Volvería a casa y fingiría no saber nada.

Esa noche Nicolás llamó.

—¿Cómo está mi enferma favorita?

Su tono era cariñoso.

Gabriela tuvo que apretar el teléfono para controlar el temblor de sus dedos.

—Mejor.

—¿Dormiste?

Miró la almohada nueva que había colocado en el dormitorio después de que Renata conservara la original como evidencia.

—Muchísimo.

Hubo una pausa.

—¿En la cama?

La pregunta parecía casual.

No lo era.

—Sí.

Nicolás guardó silencio durante dos segundos.

—Perfecto.

Gabriela sintió frío.

—¿Cuándo vuelves de Monterrey?

—Mañana.

Él no estaba en Monterrey.

Ella lo había visto aquella misma tarde.

—Te espero.

—Te amo.

Gabriela cerró los ojos.

—Yo también.

Cuando terminó la llamada corrió al baño y vomitó.


Nicolás regresó al día siguiente con una caja de chocolates y una sonrisa perfecta.

Besó a Gabriela en la frente.

—Ya no tienes fiebre.

—Estoy mejor.

Sus ojos se desplazaron hacia el dormitorio.

Gabriela lo vio.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Él entró.

Cuando salió, su expresión había cambiado apenas.

—¿Cambiaste las sábanas?

—Sudé mucho.

—¿Y la funda?

—La tiré. Estaba manchada.

Nicolás la miró fijamente.

Después sonrió.

—Claro.

Aquella noche insistió en preparar la cena.

Gabriela no probó nada que él hubiera tocado.

Alegó náuseas.

Nicolás comenzó a irritarse.

—Últimamente estás muy rara.

—Casi termino internada por una gripe.

—No exageres.

Aquellas palabras confirmaron algo terrible.

Nicolás esperaba que hubiera ocurrido algo mucho peor.

A las once, él se durmió.

Gabriela esperó.

Luego tomó su segundo teléfono y revisó las cámaras exteriores que Patricia había hecho instalar discretamente aquella tarde.

A las 2:13 de la madrugada, Nicolás se levantó.

No fue al baño.

Salió al balcón.

Gabriela activó la grabación.

—No funcionó —susurró él por teléfono.

Silencio.

—No sé. Cambió la funda.

Otra pausa.

—Te dije que no puedo hacerlo otra vez inmediatamente.

Gabriela sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.

Entonces Nicolás pronunció una frase que hizo desaparecer cualquier duda.

—Necesitamos que parezca natural.


A la mañana siguiente, Patricia entregó la grabación a los investigadores que ya revisaban el caso.

Pero Gabriela seguía obsesionada con una pregunta.

¿Quién era la mujer de la camioneta?

La respuesta apareció en la farmacia.

Maribel entró en su oficina con una carpeta.

—Hay algo extraño con el inventario.

Gabriela levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Faltan productos controlados del almacén.

—¿Desde cuándo?

—Revisé seis meses. Hay pequeñas diferencias desde enero.

Gabriela sintió un escalofrío.

—¿Quién tiene acceso?

—Tú, yo y los dos farmacéuticos responsables.

Maribel vaciló.

—Y Nicolás.

Gabriela se quedó inmóvil.

Años atrás le había dado una llave de emergencia.

Nunca se la pidió de vuelta.

Revisaron las cámaras archivadas.

Encontraron a Nicolás entrando después del cierre en cinco ocasiones.

Siempre permanecía menos de veinte minutos.

En la cuarta grabación no estaba solo.

Una mujer entró detrás de él.

Lentes oscuros.

Pañuelo en el cabello.

La mujer de la camioneta.

—Detén el video —ordenó Gabriela.

Maribel congeló la imagen.

La desconocida giraba hacia una cámara.

Gabriela sintió que algo en aquel rostro le resultaba familiar.

—Amplíala.

Maribel obedeció.

Gabriela dejó de respirar.

—No puede ser.

—¿La conoces?

Sí.

La había visto muchas veces.

En fotografías familiares.

En una boda.

Incluso había estado en el funeral de su padre.

—Se llama Verónica Salgado.

—¿Quién es?

Gabriela apenas consiguió responder.

—Era la contadora de mi padre.


Patricia tardó menos de veinticuatro horas en descubrir algo peor.

Verónica no había trabajado únicamente para la familia.

Había administrado durante años parte de las cuentas relacionadas con la farmacia.

—Después de morir tu padre, dejó de tener autorización —explicó Patricia—. Pero parece que alguien volvió a darle acceso indirecto.

—Nicolás.

—Eso creemos.

Patricia colocó varios documentos delante de Gabriela.

Había transferencias.

Facturas falsas.

Pagos a empresas inexistentes.

Durante tres años, pequeñas cantidades habían desaparecido de la farmacia.

Pequeñas individualmente.

En conjunto superaban varios millones de pesos.

Gabriela sintió náuseas.

—Me estaba robando.

—Hay más.

Patricia sacó una póliza.

Gabriela reconoció inmediatamente su nombre.

—¿Seguro de vida?

—Contratado hace once meses.

—Nunca firmé esto.

—Lo sé.

El beneficiario era Nicolás.

Gabriela miró la cifra.

Veinte millones de pesos.

Entonces todo adquirió una forma aterradora.

Si ella moría, Nicolás recibiría el seguro.

Y probablemente heredaría parte de sus bienes.

—La farmacia —susurró.

Patricia negó lentamente.

—Ahí está el problema.

Sacó otro documento.

El testamento de su padre establecía que la farmacia pasaría únicamente a Gabriela y, después de ella, a determinados familiares.

Nicolás no podía venderla libremente.

—Entonces mi muerte no le daría la farmacia.

—No con el testamento que conocemos.

Gabriela levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

Patricia colocó una copia diferente sobre la mesa.

—Que hace dos meses apareció este documento.

Era otro testamento.

Supuestamente firmado por Gabriela.

En él, Nicolás recibía el control completo del negocio.

—Es falso.

—Lo sabemos.

Gabriela pasó las páginas.

En la última aparecía la firma de un testigo.

Verónica Salgado.


Aquella tarde, Gabriela recibió un mensaje de Nicolás.

«Cena especial esta noche. Tenemos algo que celebrar.»

Lo enseñó inmediatamente a Patricia.

—No vas.

—Si no voy, sospechará.

—Gabriela…

—Las autoridades ya tienen las pruebas. Quiero saber qué está celebrando.

Patricia la miró durante varios segundos.

—Entonces no estarás sola.

La cena sería en un restaurante de un hotel del centro.

Investigadores ocuparon mesas cercanas sin llamar la atención.

Gabriela llegó primero.

Nicolás apareció diez minutos después.

Y no venía solo.

Verónica caminaba detrás de él.

Sin pañuelo.

Sin lentes.

—Gabriela —dijo Nicolás—. Qué sorpresa, ¿verdad?

Ella sostuvo su mirada.

—Muchísima.

Verónica sonrió.

—Ha pasado mucho tiempo.

Se sentaron.

Nicolás pidió vino.

Gabriela no lo tocó.

—¿Qué celebramos?

Nicolás intercambió una mirada con Verónica.

—Tu futuro.

Sacó una carpeta.

—He estado pensando. Trabajas demasiado. Después de enfermarte entendí que deberíamos reorganizar la farmacia.

Gabriela abrió la carpeta.

Era una autorización para transferir participaciones.

—¿Quieres que firme esto?

—Es por tu bien.

La misma frase que había utilizado tantas veces.

Gabriela dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Y si digo que no?

La sonrisa de Nicolás desapareció.

Verónica habló:

—Tu padre confiaba en mí.

—Mi padre está muerto.

—Precisamente.

Aquella palabra sonó extraña.

Gabriela la observó.

—¿Qué quieres decir?

Verónica palideció.

Nicolás intervino demasiado rápido.

—Nada.

Pero Gabriela ya había visto el miedo.

—Verónica.

Se inclinó hacia delante.

—¿Qué tiene que ver mi padre con esto?

La mujer miró hacia Nicolás.

Él negó casi imperceptiblemente.

Entonces Gabriela comprendió.

Había algo que Nicolás temía incluso más que la investigación por el intento contra ella.

Verónica tomó su bolso.

—Me voy.

Pero antes de levantarse, su teléfono cayó al suelo.

La pantalla se encendió.

Gabriela miró accidentalmente la notificación.

Era una fotografía enviada hacía segundos.

Una fotografía antigua.

Su padre aparecía entrando en la farmacia.

La fecha impresa abajo correspondía a la noche anterior a su muerte.

Debajo había un mensaje:

«Si Gabriela descubre qué pasó con Ernesto Mendoza, todo se termina».

Gabriela levantó lentamente los ojos.

Nicolás ya no estaba sonriendo.

Y por primera vez comprendió que el veneno sobre su almohada quizá no había sido el primer crimen que aquellos dos habían intentado ocultar.

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