Una hora después, Mariana estacionó frente a la casa de sus padres.
Antes de bajar revisó que la grabadora siguiera funcionando.
Luego entró.
Teresa estaba sentada en el sofá con una manta sobre los hombros. Fernanda permanecía junto a ella con los ojos hinchados y Ernesto caminaba nerviosamente por la sala.
La representación era perfecta.
—Hija…
Teresa extendió una mano temblorosa.
Mariana corrió hacia ella y la abrazó.
—Mamá, ¿qué dijo exactamente el médico?
Fernanda respondió antes.
—Es grave.
—Quiero escucharlo de mamá.
La habitación quedó en silencio.
Teresa tragó saliva.
—Encontraron un tumor. Necesito operarme cuanto antes.
—¿Dónde?
—En… el abdomen.
—¿Qué tipo de tumor?
Teresa miró a Fernanda.
—Todavía están haciendo estudios.
Mariana fingió contener las lágrimas.
—¿Y ya saben que es cáncer?
—El médico está prácticamente seguro —intervino Ernesto.
—Entiendo.
Mariana abrió su bolso.
Los tres siguieron el movimiento con los ojos.
Sacó una libreta.
La decepción que cruzó el rostro de Fernanda duró apenas un segundo.
—Necesito los datos del hospital —dijo Mariana—. Voy a pagar los 2 millones 900 mil directamente.
Teresa palideció.
—No hace falta.
—¿Cómo que no?
—El hospital exige que nosotros depositemos primero.
—Perfecto. Dame la factura.
Fernanda se acercó.
—Mariana, mamá está aterrada. No conviertas esto en un interrogatorio.
—Solo quiero asegurarme de pagar correctamente.
—Transfiérenos el dinero y nosotros resolvemos todo.
Mariana la miró.
—¿A qué cuenta?
Fernanda sonrió.
Habían mordido el anzuelo.
Sacó una hoja.
—A esta.
Mariana fotografió los datos.
La cuenta no pertenecía a ningún hospital.
Estaba a nombre de Fernanda Ríos.
—¿Por qué recibirás tú el dinero?
—Porque estoy coordinando los gastos.
Teresa empezó a llorar.
—Hija, tengo miedo de morir y tú estás preocupándote por detalles.
Durante cinco años, aquella frase habría bastado.
Aquella mañana ya no.
Mariana tomó la mano de su madre.
—No vas a morir por falta de dinero.
Teresa la abrazó.
—Sabía que podía confiar en ti.
—Pero necesito ver los estudios.
Fernanda sacó inmediatamente una carpeta.
—Aquí están.
Mariana tuvo que controlar la respiración.
Habían preparado documentos falsos de verdad.
Los fotografió uno por uno.
Había logotipos, resultados, supuestas firmas médicas y hasta una fecha para la intervención.
—¿Quién es el doctor?
—Ramírez —contestó Fernanda.
—¿Nombre completo?
—Jorge Ramírez.
Mariana asintió.
—Voy al baño.
Se encerró y buscó el número del hospital impreso en los documentos.
Llamó.
—Buenos días. Quisiera confirmar una cita quirúrgica de Teresa Ríos.
La recepcionista buscó durante unos segundos.
—No tenemos ninguna paciente registrada con ese nombre.
Mariana sintió una calma helada.
—¿Trabaja ahí el doctor Jorge Ramírez?
—No, señora.
—Gracias.
Colgó.
La mentira ya no era una conversación escuchada accidentalmente.
Ahora tenía documentos falsificados y una cuenta bancaria preparada para recibir el dinero.
Regresó a la sala.
—Todo está bien.
Los tres se relajaron.
—Haré la transferencia mañana.
Fernanda se levantó de golpe.
—¿Mañana?
—Mi banco tiene que autorizar una cantidad tan grande.
—Podrías dividirla.
Mariana casi sonrió.
—¿Tanta prisa tienes?
Fernanda se quedó callada.
Teresa volvió a interpretar su papel.
—Tu hermana solo está preocupada por mí.
—Claro.
Mariana se levantó.
—Mañana nos vemos en el banco.
Esa frase produjo tres expresiones distintas.
Miedo.
Confusión.
Y cálculo.

Mariana no regresó a su departamento.
Fue directamente con Lucía Herrera, una abogada especializada en delitos patrimoniales que había trabajado con su empresa.
Le mostró todo.
La grabación de la cocina.
Las transferencias antiguas.
Los falsos estudios.
La cuenta de Fernanda.
Lucía escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó, preguntó:
—¿Quieres recuperar tu dinero o quieres protegerte de lo que están intentando hacer ahora?
Mariana miró los cinco años de engaños.
—Las dos cosas.
Lucía señaló las transferencias antiguas.
—Algunas serán difíciles de reclamar porque las hiciste voluntariamente basándote únicamente en lo que te contaron. Pero lo que están preparando ahora es diferente. No transfieras nada y no firmes nada.
—¿Qué hacemos?
—Primero averiguamos por qué Fernanda necesita casi tres millones con tanta urgencia.
Aquella pregunta abrió una puerta inesperada.
En menos de veinticuatro horas descubrieron que las deudas de Fernanda eran reales.
Pero no procedían únicamente de tarjetas o compras.
Dos antiguos socios la acusaban de haber recibido dinero para una inversión que nunca existió.
Mariana sintió que el estómago se le cerraba.
—Entonces quieren utilizar mis ahorros para tapar otro fraude.
—Eso parece.
Pero Lucía todavía no había terminado.
—Hay algo más.
Puso delante de ella una copia de un documento.
Era una solicitud de crédito.
Solicitante:
Mariana Ríos.
—Yo nunca pedí esto.
—Lo sé.
La cantidad era de 850,000 pesos.
La solicitud incluía su CURP, información laboral y una copia de su identificación.
Y una firma falsificada.
Mariana levantó lentamente los ojos.
—¿Quién presentó esto?
—Todavía estamos averiguándolo.
Recordó todas las veces que Teresa le había pedido documentos «para trámites familiares».
Copias de identificación.
Comprobantes.
Datos bancarios.
Había confiado porque eran sus padres.
—Dios mío.
—Mariana, escucha bien —dijo Lucía—. Esto ya no consiste solamente en familiares manipulándote emocionalmente para pedirte dinero. Alguien está utilizando tu identidad.
Al día siguiente, Mariana llegó al banco exactamente a las diez.
Teresa, Ernesto y Fernanda ya estaban esperando.
Fernanda llevaba la carpeta médica.
—¿Trajiste todo? —preguntó.
—Sí.
Los condujeron a una oficina privada.
Mariana se sentó.
Un ejecutivo entró.
Fernanda deslizó la hoja con su cuenta.
—La transferencia será aquí.
El ejecutivo miró a Mariana.
—¿Desea autorizarla?
Mariana sostuvo la mirada de su hermana.
—Antes quiero preguntarle algo a mamá.
Teresa frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—¿De verdad tienes cáncer?
El silencio cayó de golpe.
—Mariana…
—Solo responde.
Teresa comenzó a llorar.
—¿Cómo puedes preguntarme eso?
—Porque llamé al hospital.
Fernanda perdió el color.
Ernesto se levantó.
—Nos vamos.
—Siéntate, papá.
—¡No me hables así!
Mariana sacó el teléfono.
Reprodujo unos segundos de la grabación.
La voz de Teresa llenó la oficina:
«Le diré a Mariana que tengo cáncer.»
Nadie se movió.
Después se escuchó a Fernanda:
«Yo puedo editar unos análisis.»
Teresa dejó de llorar instantáneamente.
Mariana miró a los tres.
—Cinco años.
Su voz se quebró por primera vez.
—Durante cinco años me inventaron enfermedades, operaciones y emergencias.
Ernesto intentó recuperarse.
—Podemos explicarlo.
—¿También puedes explicar los 850,000 pesos solicitados usando mi identidad?
El rostro de Ernesto cambió.
Pero fue Fernanda quien reaccionó peor.
—¿Quién te habló de eso?
Mariana sintió un escalofrío.
No había negado conocerlo.
Lucía entró entonces en la oficina.
Fernanda retrocedió.
—¿Quién es ella?
—Mi abogada.
Teresa se levantó.
—Mariana, somos tu familia.
Mariana la miró con lágrimas en los ojos.
—Precisamente por eso funcionó durante tanto tiempo.
Lucía colocó varios documentos sobre la mesa.
—A partir de ahora cualquier cuestión financiera deberá tratarse formalmente.
Fernanda agarró su bolso.
—Esto es ridículo.
Su teléfono cayó al suelo.
La pantalla se iluminó.
Mariana vio una notificación.
Un mensaje decía:
«¿CONSEGUISTE LOS 2.9? EL COMPRADOR NO ESPERARÁ MÁS.»
Fernanda recogió el teléfono demasiado tarde.
—¿Qué comprador? —preguntó Mariana.
—Nadie.
—Fernanda.
—¡No es asunto tuyo!
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez el teléfono seguía en su mano, pero la vista previa apareció completa.
«SI MARIANA DESCUBRE QUE YA FIRMAMOS LA VENTA DE SU CASA, TODOS ESTAMOS ACABADOS.»
Mariana dejó de respirar.
—¿Mi casa?
Teresa cerró los ojos.
Ernesto miró hacia la puerta.
Y Fernanda, por primera vez desde que todo había comenzado, pareció realmente aterrada.
Lucía se volvió hacia Mariana.
—Creí que todavía no habías comprado ninguna propiedad.
—No la he comprado.
Fernanda retrocedió.
Mariana sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
—Entonces dime una cosa.
Miró directamente a su hermana.
—¿Qué casa vendieron usando mi nombre?