A las nueve de la mañana siguiente, Valeria entró en el despacho de Samuel Ortega.
El abogado debía rondar los setenta años. Cabello completamente blanco, traje oscuro y una serenidad que parecía ensayada durante décadas.
No perdió tiempo.
—Su padre fundó el Hospital San Gabriel.
Valeria pensó que había escuchado mal.
—¿Qué?
Samuel abrió una carpeta.
—No solo trabajó allí. Lo fundó junto con otros dos médicos hace treinta y cuatro años.
Valeria se quedó inmóvil.
Su padre jamás había hablado de aquello.
Para ella, Héctor Navarro había sido simplemente un médico que había trabajado demasiado hasta que la enfermedad lo obligó a detenerse.
Samuel colocó una fotografía sobre el escritorio.
Tres hombres jóvenes estaban frente a un edificio todavía en construcción.
Uno era Héctor.
—Cuando enfermó —continuó Samuel—, sus socios quisieron comprar su participación. Él se negó.
—¿Por qué nunca me dijo nada?
—Porque había empezado a sospechar de ciertas personas dentro de la administración.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Darío?
—Al principio, no.
Samuel abrió otro documento.
—Su padre creó un fideicomiso. Su participación mayoritaria quedó protegida hasta que usted cumpliera determinadas condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Que tuviera treinta y cinco años y que Héctor hubiera fallecido.
Valeria lo miró fijamente.
—Cumplí treinta y cinco hace seis meses.
Samuel asintió.
—Desde ese día, usted controla el cincuenta y dos por ciento de la sociedad propietaria del hospital.
Valeria dejó de respirar.
Recordó a Darío arrancándole la credencial.
«No vuelvas a presentarte en este hospital».
Casi resultaba absurdo.
—¿Darío lo sabe?
—No.
—¿Eugenia?
Samuel tardó demasiado en responder.
—Esa pregunta es más complicada.
Sacó una segunda carpeta.
Dentro había solicitudes de préstamos, contratos con proveedores y autorizaciones para vender una parte del terreno donde funcionaba el estacionamiento sur.
Varias llevaban la firma de Darío.
—¿Qué es esto?
—Operaciones que requieren aprobación del accionista mayoritario.
—Yo nunca aprobé nada.
—Precisamente.
Valeria tomó una hoja.
Debajo de la autorización aparecía su nombre.
Valeria Navarro Montemayor.
Y una firma.
Parecida a la suya.
Pero falsa.
—¿Quién firmó esto?
—Eso debemos averiguar.
Samuel señaló otra página.
—Hay algo más preocupante. Hace tres semanas solicitaron reconocer a Darío Montemayor como representante permanente de sus intereses societarios.
—¿Con qué autorización?
Samuel puso delante de ella un poder notarial.
Valeria lo leyó.
Sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—Yo jamás firmé esto.
—Lo sé.
—Entonces alguien falsificó mi firma.
—Y probablemente lleva años haciéndolo.
Valeria levantó los ojos.
La humillación del día anterior adquirió de repente un significado diferente.
—Mi despido.
Samuel asintió lentamente.
—Puede que no tuviera nada que ver únicamente con Renata.
A las diez y veinte, Darío entró en su despacho del hospital convencido de que había solucionado su problema.
Renata ya ocupaba provisionalmente el puesto de supervisora de terapia intensiva.
Eugenia había llevado flores.
—Ahora sí podrás reorganizar ese departamento —dijo Renata.
Darío sonrió.
Entonces recibió un correo.
REUNIÓN EXTRAORDINARIA DEL CONSEJO. 12:00 HORAS. ASISTENCIA OBLIGATORIA.
Frunció el ceño.
—¿Tú sabías algo?
Renata negó.
A las once cincuenta y ocho entraron en la sala de juntas.
Eugenia también estaba allí.
Tres consejeros hablaban en voz baja.
El director médico evitaba mirar a Darío.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Nadie respondió.
La puerta volvió a abrirse.
Samuel Ortega entró primero.
Y detrás de él apareció Valeria.
Darío soltó una risa incrédula.
—¿Qué haces aquí?
Valeria llevaba el mismo abrigo del día anterior.
Su rostro estaba tranquilo.
—Tengo una reunión.
—Ya no trabajas aquí.
Samuel colocó su maletín sobre la mesa.
—Eso es correcto.
Darío sonrió.
—Entonces sáquenla.
El presidente del consejo se aclaró la garganta.
—Señor Montemayor, tome asiento.
—¿Por qué?
—Porque la señora Navarro no está aquí como empleada.
Valeria caminó hasta la cabecera.
Darío dejó de sonreír.
Samuel distribuyó varias carpetas.
—Esta mañana se notificó formalmente la activación definitiva del fideicomiso Navarro.
Eugenia se puso pálida.
Valeria lo vio.
Ella sabía algo.
—¿Qué fideicomiso? —preguntó Darío.
Samuel respondió:
—El que controla el cincuenta y dos por ciento de Hospitales San Gabriel.
Silencio.
Darío miró a Valeria.
Luego a Samuel.
—¿Quién controla ese fideicomiso?

Samuel no apartó la mirada.
—Su esposa.
La silla de Renata crujió cuando se movió.
—Eso es imposible.
Valeria la miró.
—Yo pensaba lo mismo ayer.
Darío se levantó.
—Valeria, ¿qué clase de juego es este?
—Ninguno.
Samuel intervino.
—Y considerando que usted presentó ayer el despido de la accionista mayoritaria sin seguir el procedimiento correspondiente, esa decisión queda sometida a revisión inmediata.
—¡Ella es enfermera!
—También es propietaria.
Darío miró alrededor buscando apoyo.
No encontró ninguno.
Valeria podría haber disfrutado aquel momento.
No lo hizo.
Recordó las palabras de Samuel.
Investigación.
No venganza.
—Quiero revisar las operaciones de los últimos seis años —dijo.
Darío se congeló.
Eugenia dejó caer el bolígrafo.
Valeria continuó:
—Contratos. Proveedores. Nóminas. Adquisiciones. Créditos. Venta de activos. Todo.
Renata se puso de pie.
—Esto es una locura.
—Si todo está correcto, no tienes nada que temer.
—Yo no tengo acceso a esas cosas.
Samuel abrió una carpeta.
—Curioso.
Sacó un contrato.
—Porque Córdova Servicios Médicos recibió más de dieciocho millones de pesos del hospital durante los últimos veintidós meses.
Renata perdió el color.
Darío giró hacia ella.
—¿Córdova?
Valeria observó su reacción.
Parecía genuina.
—¿No lo sabías? —preguntó.
—¿Saber qué?
Samuel deslizó el documento hacia él.
La empresa pertenecía a una mujer llamada Patricia Córdova.
Madre de Renata.
Darío leyó las cifras.
—Renata…
—Puedo explicarlo.
—¿Dieciocho millones?
Eugenia se levantó abruptamente.
—Esta reunión ha terminado.
Todos la miraron.
Valeria entrecerró los ojos.
—Siéntate, Eugenia.
Su suegra pareció indignada.
—No me hables así.
—Entonces dime por qué sabías del fideicomiso.
La habitación quedó completamente quieta.
Eugenia parpadeó.
—No sé de qué estás hablando.
—Cuando Samuel lo mencionó, no preguntaste qué era.
Valeria dio un paso hacia ella.
—Solo te pusiste pálida.
Darío miró a su madre.
—Mamá.
—No significa nada.
Samuel sacó entonces el último documento.
—Quizá esto sí.
Era una carta escrita por Héctor seis años antes.
Dirigida a Samuel.
Valeria reconoció inmediatamente la letra de su padre.
Samuel comenzó a leer:
—«Si Valeria llama algún día, significa que mis sospechas eran correctas. No permita que firme nada hasta revisar los movimientos relacionados con Eugenia Montemayor».
Darío quedó inmóvil.
—¿Mi madre?
Eugenia agarró su bolso.
—Héctor estaba enfermo. No sabía lo que decía.
Valeria sintió que algo se endurecía dentro de ella.
—Mi padre sabía exactamente lo que decía.
Samuel abrió otra carpeta.
—Además, encontramos una transferencia realizada cuatro días antes de su muerte.
—¿A quién? —preguntó Valeria.
Samuel giró la página.
El dinero había salido de una cuenta privada de Héctor.
El beneficiario era una sociedad que Valeria no conocía.
Pero el apoderado sí.
Eugenia Montemayor.
Darío se quedó mirando a su madre.
—¿Qué hiciste?
Ella no respondió.
Samuel continuó:
—La auditoría preliminar indica que esa sociedad recibió posteriormente dinero de varios proveedores del hospital.
Valeria sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Desde cuándo?
Samuel la miró.
—Desde antes de que usted conociera a Darío.
Aquello cambió todo.
Entonces alguien golpeó la puerta.
Entró un auditor con un sobre.
Se lo entregó a Samuel.
—Acaba de llegar del archivo externo.
Samuel lo abrió.
Su expresión perdió toda serenidad.
—¿Qué ocurre? —preguntó Valeria.
Él sacó una fotografía.
Era del día de su boda.
Héctor aparecía en su silla de ruedas.
Eugenia estaba detrás.
Pero había una tercera persona junto a ellos.
Valeria reconoció al hombre.
Era uno de los socios fundadores del hospital.
Muerto hacía cinco años.
En el reverso, Héctor había escrito una frase:
«Si algo me sucede, investiguen a los tres. Darío no sabe cómo entró realmente su familia en nuestras vidas».
Valeria levantó la mirada hacia su esposo.
Darío parecía tan desconcertado como ella.
Entonces Samuel sacó del sobre un último documento.
Era un informe médico perteneciente a Héctor.
—Valeria —dijo lentamente—, creo que necesitamos revisar las circunstancias de la muerte de su padre.
Eugenia corrió hacia la puerta.
Dos miembros de seguridad acababan de llegar al otro lado.
Y por primera vez, Valeria comprendió que su padre quizá no había protegido el hospital de Darío.
Había intentado protegerla de toda la familia Montemayor.