Diego sintió que el mundo se le venía encima.
—Mariana… escúchame, por favor.
Ella cerró la carpeta verde con una tranquilidad que daba más miedo que cualquier grito.
—No.
Sacó el celular y marcó un número.
—Buenas noches, licenciado Serrano. Necesito que mañana a primera hora revise una escritura hipotecaria. Sospecho falsificación de consentimiento y fraude bancario.
Diego dio un paso al frente.
—¡No metas abogados!
Mariana levantó una mano para hacerlo callar.
—También quiero que solicite una medida para impedir cualquier movimiento sobre ese inmueble hasta aclarar su origen.
Colgó sin añadir una palabra más.
El silencio inundó el departamento.
Diego respiraba con dificultad.
Sabía perfectamente lo que significaba aquella llamada.
Si el banco iniciaba una investigación, no solo perderían la casa.
También descubrirían cómo habían conseguido el crédito.
A la mañana siguiente, Mariana llegó a la notaría donde se había firmado la hipoteca.
El notario revisó la escritura con atención.
Frunció el ceño.
—¿Usted estuvo presente el día de la firma?
—No.
—¿Está segura?
—Completamente.
El hombre comparó la copia de la escritura con la identificación que Mariana acababa de entregarle.
Su expresión cambió por completo.
—Aquí hay algo muy extraño.
Mariana sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué ocurre?
El notario giró lentamente el documento.
—La firma se parece a la suya… pero la huella digital pertenece a otra persona.
Mariana dejó de respirar.
—¿Cómo dice?
—Toda escritura hipotecaria requiere huellas biométricas.
Señaló la hoja.
—Esta no es la suya.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
Eso ya no era solo una traición familiar.
Era un delito.
Mientras tanto, en la casa de doña Carmen, el ambiente era completamente distinto.
Toño desayunaba tranquilo revisando catálogos de muebles.
Su prometida elegía colores para la remodelación.
—Cuando Mariana pague los atrasos, ya podremos escriturar definitivamente —comentó ella con una sonrisa.
Doña Carmen asintió con total seguridad.
—Esa muchacha siempre termina haciendo lo que le dice Diego.
En ese momento sonó el teléfono.
Era Diego.
Contestó con las manos temblorosas.
—Mamá…
—¿Qué pasó?
—Mariana ya sabe todo.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué significa “todo”?
—Ya encontró la carpeta.
La taza de café cayó al suelo.
Doña Carmen palideció.

—Eso no puede estar pasando.
Al mediodía, Mariana recibió un correo del banco.
Asunto:
Solicitud de entrevista urgente.
Abrió el mensaje.
La institución había detectado inconsistencias en el expediente hipotecario.
Le pedían acudir personalmente con identificación oficial.
El gerente también solicitaba confirmar si reconocía todas las firmas del contrato.
Mariana respondió con una sola frase.
“No reconozco haber firmado ese crédito.”
Cinco minutos después recibió una llamada.
—Señora Salgado, soy el director jurídico del banco.
Su tono era completamente serio.
—Necesitamos informarle que, si lo que usted afirma es correcto, podríamos estar frente a un fraude hipotecario de gran magnitud.
Mariana cerró los ojos.
Ya no había vuelta atrás.
Esa misma tarde, Diego llegó desesperado al departamento.
Encontró varias cajas abiertas.
Mariana guardaba cuidadosamente sus documentos personales.
—¿Te vas?
Ella ni siquiera levantó la vista.
—Sí.
—Podemos arreglar esto.
—No.
—Mi mamá está muy preocupada.
Mariana soltó una risa amarga.
—Qué curioso.
Levantó lentamente la carpeta verde.
—Cuando usaron mi nombre para comprar una casa de siete millones doscientos mil pesos, nadie parecía preocupado por mí.
Diego intentó acercarse.
Ella dio un paso hacia atrás.
—No me toques.
En ese instante sonó nuevamente el teléfono de Mariana.
Era el licenciado Serrano.
—Tengo noticias.
Ella activó el altavoz.
—La propiedad no tiene un solo problema.
Hizo una pausa.
—Tiene cuatro.
Mariana sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Cuáles?
—La hipoteca fue obtenida con documentos alterados, existe una posible suplantación biométrica, las declaraciones de ingresos contienen información falsa…
Volvió a guardar silencio.
—Y hay algo todavía más grave.
Diego comenzó a temblar.
El abogado continuó.
—El dinero del enganche no salió de la familia de su esposo.
Mariana frunció el ceño.
—¿Entonces de dónde salió?
La respuesta la dejó completamente inmóvil.
—De una cuenta bancaria registrada exclusivamente a su nombre… abierta hace ocho meses.
Mariana sintió un vacío en el estómago.
Ella jamás había abierto esa cuenta.
Y si alguien lo había hecho usando su identidad…
Toda la familia de Diego acababa de dejar de enfrentar un problema civil.
Ahora estaban a un paso de enfrentar una investigación penal.