PARTE 2: EL DÍA EN QUE MI ESPOSO DESCUBRIÓ QUE LA MUJER A LA QUE ACABABA DE DEJAR SIN CASA ERA LA HEREDERA DE LA FAMILIA QUE PODÍA DESTRUIR TODO SU FUTURO.

Dominic soltó una carcajada.

—¿Seguridad privada? Audrey, por favor. No conviertas esto en algo más ridículo de lo que ya es.

Natalie también sonrió, aunque sus dedos se cerraron alrededor de mi abrigo.

Yo guardé el teléfono.

—No te preocupes. No tendrás que esperar mucho.

Dominic metió los documentos del divorcio en su maletín.

—Puedes llamar a quien quieras. A partir de hoy, tus problemas económicos dejaron de ser asunto mío.

Miré hacia el cristal.

Liam movió débilmente una mano dentro de la incubadora.

Chloe permanecía dormida bajo la luz tenue.

Aquello me recordó qué importaba realmente.

No Dominic.

No Natalie.

Mis hijos.

Cinco minutos después, las puertas del ascensor se abrieron.

Primero salieron cuatro hombres de traje oscuro.

Después apareció el director general del hospital.

Detrás de él caminaban dos abogados.

Y finalmente vi a mi abuelo.

Octavio Garza tenía setenta y seis años y avanzaba apoyándose ligeramente en un bastón de madera.

Dominic frunció el ceño.

—¿Ese es tu abuelo?

—Sí.

—¿Para esto has llamado a un anciano?

El director del hospital se detuvo delante de Octavio.

—Señor Garza, todo el personal ejecutivo está a su disposición.

La sonrisa de Dominic desapareció.

Natalie me miró.

Luego miró al director.

—¿Señor Garza? —repitió Dominic.

Mi abuelo no respondió inmediatamente.

Se acercó a mí y me abrazó.

—¿Cómo están mis bisnietos?

Mi voz se quebró por primera vez.

—Estables. Pero siguen delicados.

Él observó las incubadoras a través del cristal.

Después miró a Dominic.

Su expresión cambió.

—¿Y este hombre vino aquí mientras sus hijos luchan por recuperarse para entregarte un divorcio?

Dominic enderezó los hombros.

—Con todo respeto, señor, esto es un asunto privado.

—Lo era.

Mi abuelo extendió la mano.

—Audrey, enséñame los documentos.

Se los di.

Uno de los abogados comenzó a revisarlos.

Apenas tardó treinta segundos.

—Señor Garza, hay un problema importante.

Dominic soltó un suspiro.

—Son documentos preparados por uno de los mejores despachos de México.

—No hablo del divorcio.

El abogado levantó una página.

—Hablo de los bienes que el señor Dominic pretende declarar como exclusivamente suyos.

Dominic se quedó quieto.

Mi abuelo me miró.

—¿Él nunca supo?

Negué lentamente.

Durante cuatro años había permitido que Dominic creyera que yo provenía de una familia común.

No porque quisiera engañarlo.

Sino porque cuando nos conocimos, por primera vez alguien parecía querer a Audrey, la restauradora que llegaba a casa con pintura en las manos, y no a Audrey Garza Valcárcel, única nieta de Octavio Garza y beneficiaria principal del fideicomiso familiar.

—¿Saber qué? —preguntó Dominic.

Mi abuelo se volvió hacia él.

—El departamento de Polanco que dices que está a tu nombre fue adquirido mediante una sociedad patrimonial de mi familia.

Dominic palideció.

—Eso es imposible.

—Tu nombre aparece como usufructuario mientras dure el matrimonio —explicó el abogado—. No como propietario definitivo.

Natalie dejó de sonreír.

—¿Entonces de quién es?

El abogado me señaló.

—De la señora Garza.

Dominic abrió la boca.

Pero mi abuelo todavía no había terminado.

—¿Qué más le quitaste?

—Las cuentas compartidas —respondí.

—¿Cuánto?

—No importa.

—A mí sí.

Dominic intervino.

—Ese dinero es mío. Yo lo gané.

Uno de los abogados consultó su tableta.

—Curioso.

—¿Qué?

—Porque la cuenta desde la que usted transfirió el dinero esta mañana recibió durante tres años aportaciones periódicas procedentes del fideicomiso personal de su esposa.

Dominic me miró.

Aquello sí lo golpeó.

—¿Qué fideicomiso?

—El que pagó parte del capital inicial de tu firma —respondí.

El silencio fue absoluto.

—Mientes.

—Cuando tu estudio estaba a punto de cerrar hace tres años, conseguiste un inversionista anónimo.

Vi cómo su expresión cambiaba lentamente.

—Fondo Aurelia.

Asentí.

—Era mío.

Dominic retrocedió medio paso.

Natalie lo miró, desconcertada.

—Me dijiste que un fondo extranjero había confiado en ti.

—Cállate, Natalie.

—No me hables así.

Mi abuelo golpeó suavemente el suelo con el bastón.

—Todavía falta algo.

El segundo abogado abrió una carpeta.

—La firma de arquitectura del señor Dominic mantiene actualmente tres contratos para construir nuevas instalaciones médicas.

Dominic ya sabía lo que venía.

Lo vi en su cara.

—Santa Aurelia Norte —leyó el abogado—. Santa Aurelia Pediátrico. Y la ampliación del Centro Médico Santa Aurelia.

Mi abuelo lo observó.

—Todos son proyectos de empresas controladas por mi familia.

Dominic tragó saliva.

Aquellos contratos representaban casi la mitad de la facturación prevista de su firma para los siguientes dos años.

—No puedes cancelarlos por un problema matrimonial.

—Correcto —respondió mi abuelo—. Y no pienso hacerlo por eso.

Dominic pareció recuperar el aire.

Hasta que el abogado continuó:

—Sin embargo, esta mañana recibimos una denuncia interna relacionada con irregularidades en las licitaciones de su firma.

Dominic se congeló.

Yo giré hacia mi abuelo.

Eso tampoco lo sabía.

—¿Qué irregularidades?

El abogado sacó varias hojas.

—Facturas infladas. Empresas proveedoras vinculadas con empleados del estudio. Y pagos de consultoría sin servicios acreditados.

Natalie dejó caer su bolso.

Dominic la miró.

Fue demasiado rápido.

Demasiado evidente.

Mi abuelo también lo vio.

—Interesante —murmuró.

—Eso no tiene nada que ver conmigo —dijo Natalie.

—Nadie había dicho que tuviera que ver contigo —respondí.

Su rostro perdió el color.

Dominic tomó su brazo.

—Nos vamos.

Uno de los guardias bloqueó discretamente el ascensor.

—¿Qué demonios significa esto?

—Nadie está detenido —aclaró mi abuelo—. Puedes marcharte cuando quieras.

El guardia se apartó.

—Pero antes deberías devolverle algo a mi nieta.

Todos miramos a Natalie.

Ella tardó unos segundos en comprender.

Mi abrigo.

—Esto me lo regaló Dominic.

—No —dije—. Lo sacaste de mi dormitorio.

Natalie se lo quitó furiosamente y lo lanzó sobre una silla.

Lo recogí.

Pasé los dedos sobre las pequeñas letras doradas.

L.

C.

Sentí un nudo en la garganta.

Dominic observó la escena y después bajó la mirada hacia mis papeles.

—Audrey, podemos hablar.

—Hace diez minutos no querías hablar.

—No conocía toda la situación.

—Exactamente.

Me acerqué a él.

—Creías que no tenía dinero.

—No quise decir…

—Creías que no tenía casa.

—Audrey…

—Creías que con dos bebés hospitalizados estaría demasiado asustada para defenderme.

No respondió.

—Y aun así lo hiciste.

Por primera vez, Dominic no encontró una explicación.

Natalie comenzó a caminar hacia el ascensor.

Entonces uno de los abogados habló.

—Señorita Natalie, quizá quiera quedarse.

Ella se detuvo.

—¿Por qué?

El hombre abrió otra carpeta.

—Porque existe una transferencia de ochocientos mil pesos realizada desde una cuenta corporativa del estudio del señor Dominic hacia una sociedad constituida hace cinco meses.

Natalie palideció.

—No sé nada de eso.

—La sociedad está registrada a su nombre.

Dominic se volvió hacia ella.

—¿Qué?

Esta vez fui yo quien quedó sorprendida.

Natalie comenzó a negar con la cabeza.

—Dominic, puedo explicarlo.

—¿Qué sociedad?

—No aquí.

—¿QUÉ SOCIEDAD?

Una enfermera salió de neonatología.

Todos guardamos silencio inmediatamente.

Se acercó a mí.

—Señora Garza, necesitamos hablar sobre Liam.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué ocurrió?

—Ha tenido una complicación. El neonatólogo quiere verla ahora.

Olvidé todo lo demás.

Entré detrás de la enfermera sin mirar a Dominic.

Durante los siguientes cuarenta minutos no existieron divorcios, empresas ni dinero.

Solo existió mi hijo.

Cuando finalmente el médico me explicó que Liam había respondido al tratamiento y volvía a estar estable, tuve que apoyarme contra la pared.

Mi abuelo me encontró allí.

Me tomó la mano.

—Los niños son lo primero. Todo lo demás puede esperar.

Asentí.

Entonces apareció uno de sus abogados.

Estaba pálido.

—Señor Garza, encontramos algo.

—¿Qué?

El hombre miró hacia mí antes de responder.

—Revisamos las transferencias vinculadas a Natalie.

Sacó una hoja.

—Los ochocientos mil pesos no salieron directamente de la firma de Dominic.

—¿Entonces?

—Pasaron primero por una cuenta intermedia.

Me entregó el documento.

Reconocí inmediatamente el número.

Era una de las cuentas que Dominic había vaciado aquella mañana.

Nuestra cuenta conjunta.

Pero había algo todavía peor.

La transferencia se había realizado dos meses antes.

Cuando yo estaba hospitalizada por amenaza de parto prematuro.

—Dominic llevaba meses sacando dinero —susurré.

El abogado negó.

—Eso pensábamos.

Señaló una firma electrónica al final de la operación.

—Pero esta transferencia no fue autorizada por Dominic.

Miré el nombre.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

La autorización aparecía registrada con mis propias credenciales.

AUDREY GARZA.

—Yo jamás hice esto.

—Lo sabemos.

—Entonces alguien utilizó mi identidad.

El abogado guardó silencio.

Mi abuelo comprendió antes que yo.

—¿Quién tenía acceso?

El hombre abrió otra página.

—Encontramos el dispositivo desde el que se realizó la operación.

Levanté la mirada.

—¿De quién era?

Antes de responder, el abogado cerró la puerta del pasillo.

—Del despacho privado de Dominic.

Y añadió:

—Pero hay algo más, señora Garza. Esa no fue la única transferencia hecha utilizando su identidad.

Colocó sobre la mesa una lista de operaciones.

Había decenas.

Millones de pesos.

Durante casi dos años.

Y al final de la última página aparecía el nombre de una empresa que jamás había visto.

Mi abuelo la reconoció inmediatamente.

Su rostro se volvió blanco.

—Audrey…

—¿Qué es?

Él levantó los ojos hacia mí.

—Esa empresa pertenece al hombre que lleva veinte años intentando quedarse con el patrimonio de nuestra familia.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Dominic.

Solo decía:

“NO CONFÍES EN TU ABUELO. PREGÚNTALE QUÉ PASÓ REALMENTE CON TU MADRE.”

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