Parte 2: LA SÉPTIMA VEZ YA NO HUBO BODA

Mateo apretó la caja de globos.

—Elena, no hagas una escena.

Lo miré.

—¿Escena? Pensé que querías una sorpresa.

Mi padre empujó la puerta del dormitorio.

Camila estaba detrás de una cortina, envuelta en una sábana.

La madre de Mateo soltó un grito.

—¡Camila!

Ella intentó sonreír.

—Señora Rosa, puedo explicarlo…

—¿También eres un video? —preguntó mi madre.

Nadie se rio.

Mateo dio un paso hacia mí.

—Elena, escúchame. Camila tuvo una crisis. Me llamó. Vino aquí porque necesitaba apoyo.

Señalé la cama deshecha.

—¿Y tu tratamiento psicológico se hace desnudo?

Camila bajó la cabeza.

Mateo perdió la paciencia.

—¡Basta! Siempre haces esto. Conviertes todo en algo enorme.

Aquella frase terminó de matarme cualquier duda.

Saqué mi teléfono.

—Entonces veamos algo pequeño.

Abrí la aplicación de seguridad y proyecté el video en el televisor del dormitorio.

En la pantalla apareció Mateo entrando con Camila entre sus brazos.

Después se escuchó perfectamente:

“Para cumplirte ese capricho enfermo, ya dejé plantada a Elena seis veces.”

La habitación quedó muda.

La grabación siguió.

Las risas.

Las caricias.

La conversación sobre nuestra cama.

Cuando terminó, Rosa se sentó como si las piernas hubieran dejado de responderle.

Ernesto miró a su hijo.

—¿Seis veces?

Mateo palideció.

—Papá…

—¿Las seis cancelaciones fueron por ella?

No respondió.

Camila lo hizo.

—No todas.

Ese detalle fue todavía peor.

Me volví hacia ella.

—¿Cuántas?

Camila comprendió demasiado tarde que Mateo ya no podía protegerla.

—Cuatro.

Sentí algo extraño.

No dolor.

Liberación.

Cuatro bodas canceladas por Camila.

Y yo había pasado seis años defendiendo el supuesto sacrificio de Mateo cada vez que alguien decía que aquello no era normal.

Mi abuelo había gastado sus ahorros en boletos.

Mi madre había modificado el vestido tres veces.

Mis tíos habían solicitado permisos laborales.

Yo había reorganizado mi vida una y otra vez.

Mateo alzó las manos.

—Cometí errores, pero mañana podemos casarnos igualmente.

Lo miré creyendo haber oído mal.

—¿Qué?

—Todo está pagado. Están nuestras familias. No destruyamos diez años por una noche.

Mi padre avanzó, pero lo detuve.

No necesitaba que nadie hablara por mí.

Me quité el anillo.

—No estoy destruyendo diez años por una noche.

Lo dejé sobre la cama.

—Estoy dejando de desperdiciar el año once.

Mateo se quedó blanco.

—Elena…

—La boda está cancelada.

Esta vez fui yo quien lo dijo.


Pensé que aquello sería el final.

No lo fue.

A la mañana siguiente recibí una llamada del coronel Esteban Rivas, superior de Mateo.

Quería hablar conmigo.

Fui acompañada por mi padre.

Rivas colocó varios documentos sobre su escritorio.

—Señorita Elena, necesito saber exactamente cuándo recibió mensajes del teniente Salazar alegando misiones oficiales.

Le mostré seis cancelaciones.

Su expresión empeoró con cada fecha.

—¿Qué ocurre?

Rivas levantó la vista.

—En cuatro de estas fechas, Mateo estaba de permiso.

Sentí frío.

—¿Y las otras dos?

—Una fue un ejercicio programado del que sabía con dos meses de anticipación.

Señaló la última.

La de aquella noche.

—Y ayer no existió ninguna misión.

Mateo no solo me había mentido.

Había utilizado operaciones reservadas como excusa personal durante años.

Aquello abrió una investigación interna porque en varios mensajes había insinuado órdenes y despliegues inexistentes.

Peor aún, descubrimos que había usado un vehículo oficial dos veces para recoger a Camila.

Rivas fue tajante.

—Su infidelidad es un asunto privado. El uso indebido de recursos y la falsificación de circunstancias operativas no lo son.

Cuando Mateo comprendió la gravedad, apareció esa misma tarde en casa de mis padres.

—Tienes que decir que entendiste mal los mensajes.

Me quedé mirándolo desde la puerta.

—¿Viniste a pedirme que mienta?

—¡Puedo perder mi carrera!

—Yo perdí seis años esperando bodas que nunca pensabas celebrar.

—No es comparable.

Ahí entendí definitivamente quién era.

Para Mateo, mi tiempo nunca había valido tanto como el suyo.

—Entonces soluciónalo sin mí.

Cerré la puerta.


Camila tampoco obtuvo el final que imaginaba.

Dos semanas después me escribió.

“Mateo dice que tú provocaste todo. Me culpa por la investigación.”

No respondí.

Después supe por Rosa que Mateo había terminado con ella.

No porque estuviera arrepentido.

Porque necesitaba alguien a quien responsabilizar.

Camila había pasado años creyendo que ganarme significaba quedarse con él.

Cuando finalmente pudo tenerlo, descubrió que un hombre capaz de traicionar conmigo también podía traicionarla a ella.

La investigación disciplinaria le costó a Mateo su puesto dentro de aquella unidad. Fue reasignado mientras se resolvían otras sanciones administrativas.

Yo, entretanto, hice algo que llevaba demasiado tiempo posponiendo.

Cancelé definitivamente el salón.

Vendí los muebles que habíamos comprado juntos.

Y transformé la reserva de nuestra luna de miel en un viaje con mis padres.

Mi madre lloró cuando se lo dije.

—Ese viaje era para recién casados.

—No.

Sonreí.

—Era para celebrar que comenzaba una vida nueva. Eso sigue siendo verdad.

Seis meses después estábamos frente al mar cuando recibí el último mensaje de Mateo.

“No pensé que realmente me dejarías.”

Lo leí dos veces.

Después escribí:

“Ese fue siempre tu problema.”

No añadí nada más.

Lo bloqueé.

Durante años pensé que amar significaba comprender.

Esperar.

Perdonar.

Aceptar que el trabajo de otro siempre fuera más importante que mis preguntas.

Pero aquella noche antes de San Valentín aprendí algo mucho más sencillo:

quien realmente quiere casarse contigo no necesita seis oportunidades para presentarse a su propia boda.

Mateo había cancelado seis veces.

La séptima cancelación también ocurrió.

Solo que esta vez fui yo quien la hizo.

Y fue la única que nunca lamenté.

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