—Esta noche puedes dormir aquí —dijo mi hermano mayor—. Mañana mandaremos limpiar la habitación.
Miré el enorme colchón para perros colocado donde antes estaba mi cama.
—Está bien.
Mi respuesta pareció molestarlo.
—¿Eso es todo?
Lo miré.
—¿Qué quieres que diga?
Frunció el ceño.
Quizá esperaba lágrimas.
Quizá esperaba que reclamara aquella habitación como mía.
Pero ya no importaba.
【Tiempo restante: 9 horas 42 minutos】
Diem Diem entró y recogió el conejo destrozado.
—Puedo comprarte otro.
Extendí la mano.
—Dámelo.
—Está sucio.
—Dámelo.
Fue la primera vez desde que salí de prisión que mi voz sonó firme.
Sus dedos se tensaron.
Entonces mi tercer hermano apareció detrás de ella.
—Diem Diem solo intenta ser amable. No descargues tu mal humor con ella.
Tomé el conejo de sus manos.
—No estoy enfadada.
Y era verdad.
Había pasado siete años esperando que alguien de aquella familia se arrepintiera.
Durante el primer año en prisión esperaba cartas.
Durante el segundo, llamadas.
Durante el tercero dejé de preguntar.
En siete años, mis tres hermanos me visitaron cuatro veces.
Diem Diem nunca vino.
Sin embargo, cada cumpleaños recibía fotografías.
Ella soplando velas.
Ella viajando con ellos.
Ella abrazando a nuestros padres adoptivos.
Como si necesitaran demostrarme que la familia continuaba perfectamente sin mí.
Me senté junto a la pared y comencé a coser la oreja del conejo con un pequeño hilo que encontré en mi bolso.
Mi segundo hermano vio entonces mi brazo.
—¿Sigues sangrando?
—Un poco.
—¿Por qué no dijiste nada?
Lo miré sorprendida.
—Me dijiste que me diera prisa y subiera al coche.
Su expresión se congeló.
Diem Diem intervino inmediatamente.
—Hermana, Dai Bao no quería hacerte daño.
—Lo sé.
—Entonces no culpes a los hermanos.
—No estoy culpando a nadie.
Otra vez aquel silencio extraño.
Mi obediencia empezaba a incomodarlos más que cualquier protesta.
Una hora después, la señora Tham regresó.
Mi madre adoptiva.
Me observó desde la entrada del salón durante varios segundos.
Yo llevaba todavía la ropa de prisión.
La correa seguía alrededor de mi cuello porque nadie había recordado quitármela.
Ella tampoco.
Sus ojos se humedecieron.
Pensé que me abrazaría.
En cambio, dijo:
—Has adelgazado mucho.
—Sí.
—Mañana compraremos ropa.
—No hace falta.
Su rostro se endureció ligeramente.
—Thoi Thoi, sabemos que sufriste, pero aquello fue consecuencia de una decisión que tú misma tomaste.
Sonreí.
Claro.
Una decisión que ellos me pidieron tomar cuando tenía dieciocho años.
Recordaba perfectamente aquella noche.
Diem Diem llorando.
Mis hermanos rodeándome.
El mayor prometiéndome:
“Solo serán unos meses. Contrataremos al mejor abogado.”
El segundo añadió:
“Cuando salgas, serás realmente nuestra hermana.”
Y el tercero me tomó de la mano.
“Diem Diem tiene un futuro brillante. Tú creciste en un orfanato. Puedes soportarlo mejor.”
Yo era tan desesperadamente ingenua que acepté.
Después la víctima quedó gravemente afectada.
El caso se volvió público.
Y los meses prometidos se convirtieron en siete años.
—Mamá —pregunté—, ¿alguna vez guardaste las cartas que te envié?

Ella apartó la mirada.
—¿Qué cartas?
Entendí.
No necesitaba preguntar más.
【Tiempo restante: 7 horas 16 minutos】
Durante la cena colocaron cinco platos sobre la mesa.
No seis.
La empleada doméstica me miró confundida.
La señora Tham reaccionó.
—Prepara otro.
Diem Diem levantó rápidamente la cabeza.
—Mamá, Thoi Thoi todavía lleva ropa de prisión. Quizá debería ducharse primero.
Mi segundo hermano asintió.
—Tiene razón. El olor…
Se detuvo al verme.
Yo simplemente recogí un panecillo de una bandeja.
—No pasa nada. Comeré arriba.
—Thoi Thoi…
—Estoy acostumbrada.
Aquellas dos palabras hicieron que nadie respondiera.
Subí.
Comí sentada en el suelo junto al viejo conejo.
A las once de la noche, el sistema volvió a aparecer.
【Tiempo restante: 4 horas 03 minutos】
Debía terminar una última cosa.
Abrí la pequeña bolsa que había traído de prisión.
Dentro había una carpeta.
Durante siete años había guardado cada documento relacionado con mi caso.
Y tres meses antes, una voluntaria que trabajaba con reclusas había conseguido algo que yo nunca esperé encontrar.
La declaración original de Diem Diem.
No la versión presentada en el juicio.
La primera.
En ella admitía haber manipulado la bebida de su compañera.
También había una grabación de aquella noche.
Las voces de mis hermanos.
“Thoi Thoi puede asumir la culpa.”
“Diem Diem no puede tener antecedentes.”
“Cuando esto termine, compensaremos a Thoi Thoi.”
Había tenido esas pruebas durante semanas.
Pero ya no quería venganza.
No cuando solo quedaban horas.
Dejé la carpeta sobre el escritorio.
Encima escribí:
“ESTA ES LA VERDAD QUE COMPRARON CON SIETE AÑOS DE MI VIDA.”
Después me quité la correa.
La coloqué sobre los documentos.
A las dos de la madrugada bajé silenciosamente.
Quería ver aquella casa una última vez.
Entonces escuché voces en el despacho.
—¿Y si descubre lo de la indemnización? —preguntó mi tercer hermano.
Me detuve.
El mayor respondió:
—No lo descubrirá.
—Son casi cuatro millones.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—Ese dinero legalmente era suyo —insistió el tercero.
—Ya se utilizó.
Me acerqué a la puerta.
Mi segundo hermano habló:
—Papá dijo que era mejor invertirlo en la empresa. Además, después de siete años dentro, ¿qué iba a hacer ella con tanto dinero?
No pude respirar.
Cuatro millones.
No solo habían dejado que cargara con el delito de Diem Diem.
Habían recibido una compensación destinada a mí.
Y también se habían quedado con ella.
Retrocedí.
Entonces choqué contra alguien.
Diem Diem estaba detrás de mí.
Nos miramos.
Ella también había escuchado.
Pensé que fingiría sorpresa.
En cambio, sonrió.
—Así que finalmente lo descubriste.
Su expresión dulce desapareció.
—¿Tú lo sabías?
—Claro.
Se acercó.
—¿Por qué crees que todos querían que volvieras a casa?
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Miró hacia el despacho.
—Hay un documento más que necesitan que firmes mañana.
—¿Cuál?
—La renuncia definitiva a esa indemnización.
Entonces entendí la cena.
La habitación.
La falsa bienvenida.
La “prueba final”.
Nunca habían venido a recoger a una hermana.
Habían venido a recoger una firma.
Mi visión se volvió borrosa.
El sistema apareció frente a mis ojos.
【Tiempo restante: 1 hora 11 minutos】
Diem Diem miró mi expresión y sonrió.
—No pongas esa cara. Después de todo, ellos te dieron una familia.
La observé durante mucho tiempo.
Luego pregunté:
—¿Alguna vez te arrepentiste?
—¿De qué?
Eso fue suficiente.
Subí las escaleras.
—¿Adónde vas? —preguntó.
—A dormir.
Cerré la puerta de mi antigua habitación.
Metí el conejo dentro de mi chaqueta.
Después escribí una última frase debajo de la carpeta.
“NO NECESITÁIS QUE FIRME NADA. CUANDO LEÁIS ESTO, YA NO PODRÉIS ENCONTRARME.”
El contador marcaba diecisiete minutos cuando escuché pasos en el pasillo.
Mi hermano mayor abrió la puerta.
—Thoi Thoi, tenemos que hablar.
Vio la correa sobre la mesa.
Después vio la carpeta.
Su rostro cambió.
—¿Qué es esto?
Detrás de él aparecieron los otros dos.
Mi segundo hermano abrió la primera página.
Palideció.
—Hermano…
El tercero encontró la transcripción de la grabación.
—Esto no puede existir.
Entonces el mayor vio mi nota.
Me miró.
Por primera vez aquella noche, su voz tembló.
—¿Qué significa que no podremos encontrarte?
El contador apareció por última vez.
【00:00:10】
Diez.
Mi segundo hermano corrió hacia mí.
—Thoi Thoi, espera.
Nueve.
—Podemos explicarlo.
Ocho.
El tercero empezó a llorar.
—No sabíamos que serían siete años.
Siete.
Diem Diem apareció en la puerta.
Seis.
El mayor agarró mi muñeca.
—¿Qué está pasando?
Cinco.
Lo miré y sonreí.
—Hace siete años me prometiste que, si asumía la culpa, sería oficialmente vuestra hermana.
Cuatro.
Me quité suavemente su mano.
Tres.
—Ya no quiero serlo.
Dos.
Uno.
Y justo cuando los tres intentaron alcanzarme, una voz que llevaba siete años esperando volvió a sonar dentro de mi cabeza.
【MISIÓN COMPLETADA. INICIANDO RETORNO AL MUNDO ORIGINAL.】
Entonces todo se volvió blanco.