PARTE 2: DAMIÁN VINO A BUSCAR A SU PROMETIDA Y ADRIÁN DESCUBRIÓ QUE ESTA VEZ YO NO IBA A ESPERARLO

Abrí la puerta.

Damián Xie estaba allí.

Detrás de él había dos asistentes de la familia Xie y el jefe de seguridad del hotel.

No entró.

Primero me miró a mí.

—¿Está bien?

Asentí.

Entonces sus ojos pasaron hacia Adrián.

—Mayor general Shen.

Adrián se puso de pie.

—Este es un asunto privado.

—No desde que entró sin autorización en la habitación de mi prometida.

La expresión de Adrián cambió.

—Estrella todavía era mi prometida esta mañana.

—Esta mañana usted se casó con otra mujer.

Silencio.

Damián extendió una mano hacia mí.

—¿Quiere venir conmigo?

Aquella pregunta me sorprendió.

No ordenó.

No decidió.

Preguntó.

Tomé su mano.

Adrián dio un paso.

—Estrella.

Me detuve.

—¿Qué?

—No puedes casarte con él solamente para castigarme.

—Sigues creyendo que todas mis decisiones giran alrededor de ti.

Salí.

Damián cerró la puerta entre nosotros.

En el automóvil, retiré inmediatamente mi mano.

—Señor Xie, quiero dejar algo claro. Nuestro matrimonio será un acuerdo.

—Perfecto.

—No espero amor.

—Yo tampoco lo exigiré.

—¿Y el rumor sobre usted?

Damián soltó una breve risa.

—Lo inicié yo.

Parpadeé.

—¿Por qué?

—Porque durante años ciertas familias intentaron utilizar matrimonios para acercarse a los Xie. El rumor redujo considerablemente las candidatas.

Por primera vez aquella noche, me reí.

Damián me observó.

—Pero hay algo más que debería saber.

Sacó una carpeta.

—Los trescientos millones no dependen de que usted se case conmigo.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué?

—Revisé el proyecto de defensa de su familia. Es rentable. La inversión será aprobada aunque cancele nuestro compromiso mañana.

Sentí que algo dentro de mí se aflojaba.

—Entonces ¿por qué aceptó casarse?

Damián tardó unos segundos.

—Porque usted fue la primera mujer que recibió una propuesta de los Xie y preguntó por las condiciones del contrato antes que por mi patrimonio.

Sonreí.

—Eso no parece muy romántico.

—No pretendía serlo.

Me cayó bien inmediatamente.

Quince días después nos casamos.

Adrián apareció.

Naturalmente.

Se presentó antes de la ceremonia con Nora del brazo.

Ella llevaba un vestido blanco.

No de novia.

Pero suficientemente parecido para que todos entendieran la provocación.

Nora sonrió.

—Estrella, vinimos a felicitarte.

—Gracias.

Adrián me miraba como si esperara encontrar tristeza.

No encontró nada.

Entonces Nora acarició su vientre.

—También queríamos compartir una noticia. Estoy embarazada.

Mi corazón se detuvo durante un instante.

No por celos.

Por memoria.

En mi vida anterior aquella había sido la noticia que inició mi caída.

Esta vez simplemente asentí.

—Felicidades.

Adrián frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

No respondió.

Damián apareció a mi lado.

—La ceremonia está por comenzar.

Adrián apretó la mandíbula.

—Xie, algún día entenderás que ella me ama.

Damián ni siquiera se molestó.

—Eso deberá decidirlo ella.

Después me ofreció el brazo.

Y yo entré a mi boda sin mirar atrás.

Tres meses después ocurrió el primer cambio que no existió en mi vida anterior.

Nora perdió el embarazo.

Pero esta vez yo estaba a cientos de kilómetros.

No podía acusarme.

Así que señaló a otra persona.

A Adrián.

Afirmó que una discusión con él había provocado su crisis.

Adrián quedó desconcertado.

Entonces ordenó revisar todo.

Algo que jamás había hecho cuando la acusada fui yo.

La investigación reveló una verdad inesperada.

Nora llevaba semanas ocultando problemas relacionados con aquel embarazo y había preparado mensajes para responsabilizar a distintas personas dependiendo de cómo terminara la situación.

Adrián encontró incluso borradores donde aparecía mi nombre.

Aunque yo ya no vivía cerca de ellos.

Por primera vez comprendió que, en mi vida anterior, quizá jamás había existido una prueba contra mí.

Solo había elegido creer a Nora.

Pero aquello no fue lo peor.

El hermano de Adrián, el mismo hombre al que antes él había protegido después de intentar sobrepasar límites conmigo, fue investigado meses después por otra denuncia.

Esta vez había testigos.

Adrián quiso intervenir.

Su familia también.

Entonces encontró entre documentos antiguos la petición que yo había firmado en mi vida anterior.

Naturalmente, en esta vida ese documento nunca había existido.

Pero algo extraño ocurrió.

Al tocar el expediente vacío, recuerdos que no pertenecían a esta vida atravesaron su mente.

Me vio llorando.

Se vio entregándome una pluma.

Escuchó su propia voz:

—¿A quién quieres que proteja? ¿A mi esposa o a una amante como tú?

Después vio algo peor.

Un patio militar.

Mi embarazo.

Nora acusándome.

Su orden.

Mi caída.

Y finalmente sus propias palabras:

“Ese niño merece morir.”

Adrián despertó en el suelo de su despacho.

Recordándolo todo.

Me llamó treinta y seis veces.

No contesté.

Llegó esa noche a la residencia Xie.

Damián estaba conmigo.

—Necesito hablar con Estrella.

Lo miré desde las escaleras.

Adrián tenía los ojos rojos.

—Recordé.

Mi cuerpo se quedó inmóvil.

—¿Qué cosa?

—La otra vida.

Damián me miró, pero no preguntó.

Adrián comenzó a llorar.

—Nuestro hijo.

Cerré los ojos.

—No digas eso.

—Estrella, yo no sabía…

—Sabías exactamente lo que hacías.

—Creí a Nora.

—Ese fue precisamente tu pecado.

Bajé lentamente.

—Nunca necesitaste pruebas para destruirme. Bastaba con que ella llorara.

Cayó de rodillas.

Igual que el día de nuestra boda.

Pero esta vez no sentí nada.

—Dame otra oportunidad.

—Ya la tuviste.

—Esta vida acaba de empezar.

—No.

Negué.

—Esta vida es mi segunda oportunidad, Adrián. No la tuya.

Aquellas palabras terminaron de romperlo.

Nora intentó salvar su matrimonio después.

No pudo.

Adrián comenzó a revisar cada mentira que había aceptado porque le resultaba conveniente.

Descubrió manipulaciones, contradicciones y secretos.

Se divorciaron.

Pero yo no regresé.

La familia Shen también perdió el proyecto de defensa que esperaba controlar mediante mi matrimonio.

Los trescientos millones de los Xie permitieron que mi familia desarrollara el proyecto sin depender de ellos.

Y Damián cumplió cada cláusula que había firmado.

Nunca me preguntó por qué algunas noches despertaba sobresaltada.

Nunca exigió sentimientos porque existiera un certificado matrimonial.

Simplemente estaba allí.

Un año después, durante una cena, dejó otro documento frente a mí.

—¿Qué es?

—Una modificación de nuestro acuerdo.

Lo abrí.

El matrimonio contractual podía terminar inmediatamente si yo lo deseaba.

La inversión permanecería intacta.

—¿Quieres divorciarte?

—No.

—Entonces no entiendo.

Damián me sostuvo la mirada.

—Quiero saber que cada día que permanezca conmigo será porque usted lo eligió.

Sentí un nudo en la garganta.

Durante mi primera vida, Adrián había convertido el amor en una obligación.

Damián acababa de convertir el matrimonio en una elección.

Rompí el documento.

Él arqueó una ceja.

—Eso parecía importante.

—Lo era.

Me senté nuevamente.

—Por eso ya no lo necesito.

Damián sonrió.

Años después, Adrián y yo volvimos a encontrarnos durante una ceremonia militar.

Estaba solo.

Me saludó respetuosamente.

—Señora Xie.

—General Shen.

Sus ojos fueron hacia mi mano.

Después hacia Damián, que esperaba unos metros más allá.

—¿Eres feliz?

Pensé en la pregunta.

—Sí.

Adrián asintió.

—Entonces supongo que esta vez las cosas terminaron como debían.

—No.

Lo miré por última vez.

—Esta vez terminaron como yo elegí.

Regresé con Damián.

Adrián no volvió a seguirme.

En mi primera vida había soportado humillaciones porque creía que amar significaba esperar hasta que alguien recordara mi valor.

Renacer me enseñó algo mucho más sencillo.

Quien necesita destruirte para proteger a otra persona nunca te estuvo eligiendo.

Por eso, cuando volví al día de aquella boda, no intenté cambiar a Adrián.

No competí con Nora.

No busqué demostrar que yo era mejor.

Tomé unas tijeras.

Corté mi vestido.

Y salí.

Creí que estaba cancelando una boda.

En realidad, estaba cortando el último hilo que me ataba a una vida en la que siempre había sido la segunda opción.

Y fue precisamente entonces cuando comenzó la primera vida que realmente me pertenecía.

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