—¡Sal de aquí!
Co Ngang intentó ponerse delante de mí.
No llegué a responder.
—Tú, cállate.
La voz de Tham Nhuoc Mai atravesó la sala.
Co Ngang quedó paralizada.
Mi suegra se levantó lentamente de su asiento y caminó hacia Pho An.
Por primera vez desde que la conocía, aquella mujer impecable perdió el control de su expresión.
Puso una mano sobre la frente del niño.
La retiró inmediatamente.
—Está ardiendo.
—Eso llevo diciendo desde que entré.
—¿Por qué no está en un hospital?
Solté una risa amarga.
—Porque llevo toda la mañana llamando a mi esposo. Después intenté pedir unas horas libres y su secretaria decidió suspenderme por traer a mi “hijo ilegítimo”.
Los ojos de Nhuoc Mai se clavaron en Co Ngang.
—¿Dijiste eso?
—Presidenta, yo no sabía que…
—Te pregunté si lo dijiste.
Co Ngang tragó saliva.
—Sí.
—Recursos Humanos revisará tu suspensión y tu conducta. Hasta entonces, entrega tu tarjeta de acceso.
—Pero…
—Ahora.
Nadie respiró.
Nhuoc Mai tomó su teléfono.
—Preparen el coche. Hospital privado. Pediatría.
Levanté a Pho An.
—No hace falta. Yo me encargo.
—Es mi nieto.
La miré directamente.
—Hace cinco minutos ni siquiera podía admitir delante de esta empresa que tenía uno.
Aquello la detuvo.
Los directivos bajaron la mirada.
Todos conocían la imagen pública de la familia Pho.
Thua Huyen: heredero soltero, brillante, disponible.
Yo: una simple jefa de Diseño.
Nuestro matrimonio había sido registrado cinco años atrás, pero él insistió en mantenerlo oculto hasta consolidar su posición en el grupo.
Primero serían seis meses.
Después un año.
Después “cuando termine la reestructuración”.
Cinco años después seguía entrando a las cenas corporativas por una puerta distinta a la de mi propio esposo.
Y nuestro hijo no existía para nadie.
—Vamos al hospital —dijo Nhuoc Mai—. Después hablaremos.
Dos horas más tarde, la fiebre de Pho An había empezado a bajar.
Dormía conectado a una vía mientras yo permanecía junto a su cama.
Nhuoc Mai seguía allí.
No había regresado a la empresa.
Aquello me sorprendió más que cualquier disculpa.
Finalmente habló.
—Thua Huyen no está de viaje.
Giré la cabeza.
—¿Qué?
—La junta cree que está negociando una adquisición en Singapur.
—Él me dijo exactamente lo mismo.
Nhuoc Mai cerró los ojos un instante.
—Mintió.
Sentí que algo se hundía en mi estómago.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
Me levanté.
—No juegue conmigo.
—Llevo treinta y dos días buscándolo también.
Me quedé inmóvil.
Sacó su teléfono y me mostró una serie de mensajes.
El último había sido enviado por Thua Huyen treinta y dos días atrás.
“Mamá, encontré la cuenta. No confíes en nadie hasta que vuelva.”
Después, silencio.
—¿Qué cuenta?
—Una cuenta paralela vinculada al grupo. Alguien ha estado desviando dinero durante años.
—¿Cuánto?
—Al menos ciento ochenta millones de yuanes.
Sentí frío.
—¿Y cree que desapareció por eso?
—Creo que encontró al responsable.
Antes de poder responder, Pho An se movió.
—Mamá…
Me incliné inmediatamente.
—Estoy aquí.
Abrió los ojos apenas.
—¿Papá todavía está trabajando?
No pude responder.
Nhuoc Mai se acercó.
Pho An la miró con curiosidad.
—¿Quién eres?
La poderosa vicepresidenta del Grupo Pho, la mujer capaz de despedir a cien personas sin cambiar de expresión, tardó varios segundos en contestar.
—Soy tu abuela.
Pho An parpadeó.
—Papá dijo que mi abuela no podía conocerme todavía.
La habitación quedó en silencio.
—¿Por qué? —preguntó Nhuoc Mai.
El niño se encogió bajo la manta.
—Porque había una señora mala.
Mi corazón dio un salto.
—¿Qué señora?
—La que llamaba a papá por la noche.
Nhuoc Mai y yo nos miramos.
—Pho An —dije suavemente—, ¿escuchaste su nombre?
El niño pensó.
—Papá la llamaba hermana Co.
Sentí que se me helaban las manos.
Co Ngang.
La misma secretaria que acababa de humillarme.
—¿Estás seguro?
Asintió.
—Una noche papá gritó por teléfono. Dijo: “Si tocáis a Ky Ngon o al niño, entregaré todo a la policía”.
Nhuoc Mai palideció.
—¿Cuándo ocurrió?
—Antes de que papá se fuera.
Mi suegra salió inmediatamente al pasillo y llamó a Seguridad.

Treinta segundos después regresó.
Su expresión había cambiado.
—Co Ngang no entregó su tarjeta.
—¿Qué?
—Abandonó el edificio después de que saliéramos.
—Encuéntrela.
—Ya lo intentan.
Mi teléfono vibró.
Era un correo corporativo.
Lo abrí.
ACCESO REVOCADO.
Después llegó otro.
Mi cuenta interna había sido bloqueada.
Luego un mensaje desde un número desconocido.
“Si quieres volver a ver a tu marido, deja de hacer preguntas.”
Debajo había una fotografía.
Thua Huyen.
Estaba sentado en una habitación desconocida.
Parecía agotado, pero estaba vivo.
Sentí que las rodillas me fallaban.
—Está vivo.
Nhuoc Mai tomó el teléfono.
Su rostro se endureció.
Llegó otro mensaje.
“Él escondió algo antes de desaparecer.”
“Está en el proyecto que diseñó su esposa.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
—¿Mi proyecto?
Entonces lo comprendí.
Tres meses atrás Thua Huyen me había pedido personalmente que rediseñara el archivo histórico de la sede.
Insistió en que yo misma supervisara los planos.
Una noche apareció en mi oficina y preguntó algo extraño:
“Si quisieras esconder un documento donde nadie pudiera encontrarlo, ¿dónde lo pondrías?”
Yo había pensado que bromeaba.
Le respondí:
“En un lugar que todos miran pero nadie abre.”
Recordé exactamente dónde.
—Tengo que volver a la empresa.
Nhuoc Mai negó.
—Puede ser una trampa.
Miré a Pho An.
—Entonces usted se queda con él.
Una hora después regresé al Grupo Pho acompañada por dos hombres de seguridad de Nhuoc Mai.
El piso de Diseño estaba vacío.
Fui directamente a la maqueta arquitectónica de la nueva sede.
La enorme torre de cristal llevaba meses expuesta en el vestíbulo.
Todos la habían visto.
Nadie tenía motivos para tocarla.
Retiré la base.
Dentro había un sobre.
Mi nombre estaba escrito a mano.
KY NGON.
Lo abrí.
Había una memoria USB, una llave y nuestra acta matrimonial original.
También una carta.
“Si estás leyendo esto, significa que no pude volver.”
Tuve que detenerme.
Continué.
“Perdóname por ocultarte durante cinco años. Creí que protegía tu carrera y a nuestro hijo. Estaba equivocado.”
Mis ojos ardieron.
“Descubrí quién está robando al grupo. También descubrí por qué mamá nunca quiso reconocer públicamente nuestro matrimonio.”
Miré a Nhuoc Mai, que acababa de llegar detrás de mí.
Ella también estaba leyendo.
La siguiente línea hizo que su rostro perdiera completamente el color.
“Mamá sabe quién empezó todo.”
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Ella no respondió.
Conecté la memoria al portátil.
Había decenas de documentos.
Transferencias.
Grabaciones.
Contratos.
Y una carpeta titulada:
PHO AN — IDENTIDAD.
La abrí.
Dentro había un análisis de ADN.
Mi respiración se detuvo.
—¿Por qué Thua Huyen tenía una prueba de ADN de nuestro hijo?
Nhuoc Mai se acercó.
Leí el resultado.
La maternidad era mía.
La paternidad correspondía a Thua Huyen.
99,99 %.
—Entonces ¿qué significa esto?
Vi un segundo archivo.
“Comparación familiar.”
Lo abrí.
Esta vez la muestra comparada pertenecía a Nhuoc Mai.
Probabilidad de parentesco biológico con Pho Thua Huyen: 0,01 %.
Levanté lentamente la mirada.
Mi suegra estaba blanca.
—Eso es imposible —susurró.
Antes de que pudiera decir nada, escuchamos cerrarse las puertas automáticas del piso.
Los dos guardias intentaron abrirlas.
Bloqueadas.
Las luces se apagaron.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
Durante unos segundos solo escuché respiración.
Después llegó una voz que reconocería incluso después de cien años.
—Ky Ngon.
Se me detuvo el corazón.
—Thua Huyen.
—Escúchame. No confíes en mi madre.
Miré a Nhuoc Mai.
Ella me observaba desde la oscuridad.
—¿Dónde estás?
—No hay tiempo.
Su voz tembló.
—El resultado que acabas de ver es verdadero.
—¿Qué estás diciendo?
Entonces pronunció las palabras que hicieron que Nhuoc Mai dejara caer su teléfono.
—La mujer que tienes delante no es mi madre.
Y la llamada se cortó.