PARTE 2: LA LLAVE COSIDA EN SU VESTIDO DE NOVIA ABRIÓ UNA HABITACIÓN QUE SU PADRE HABÍA MANTENIDO SELLADA DURANTE DIEZ AÑOS, Y JULIAN DESCUBRIÓ QUE EL MATRIMONIO NO ERA UNA ALIANZA… ERA UNA SENTENCIA.

Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta.

Clara se quedó rígida.

Julian levantó una mano, indicándole que no hiciera ruido.

Entonces una voz masculina atravesó la madera.

—Señorita Vance, su padre solicita verla.

Clara cerró los ojos.

—Es el doctor Hale —susurró.

El mismo médico que, según ella, había firmado durante años informes asegurando que sufría episodios de confusión, paranoia y conducta impredecible.

Julian miró alrededor.

No había tiempo para preguntas.

Tomó la chaqueta de su traje, la colocó sobre los hombros de Clara y señaló la puerta lateral que comunicaba el dormitorio con un pequeño vestidor.

—¿Tiene salida?

Ella negó.

Pero después miró la llave.

—No desde aquí.

—¿Entonces?

Clara respiró hondo.

—La llave abre algo en el ala oeste.

Otro golpe.

—Señor Voss —dijo Hale desde fuera—. El señor Vance insiste.

Julian sintió cómo algo dentro de él se endurecía.

Había aceptado casarse con Clara por razones que no eran nobles.

Su empresa estaba al borde de una adquisición hostil.

El matrimonio con una heredera Vance le garantizaba capital, prestigio y acceso a contratos que podían salvarlo.

Había pensado que el mayor riesgo era quedar atrapado en una unión sin amor.

Ahora empezaba a sospechar que el verdadero riesgo era haber entrado voluntariamente en una familia que llevaba años ocultando delitos detrás de paredes de mármol.

—Clara —dijo en voz baja—. ¿Confías en alguien de esta casa?

Ella tardó demasiado en responder.

—Una persona.

—¿Quién?

—Agnes. La antigua ama de llaves.

—¿Dónde está?

La mirada de Clara se volvió extrañamente vacía.

—Mi padre dijo que murió.

—¿Le crees?

—No.

La puerta volvió a vibrar bajo otro golpe.

Julian tomó su teléfono.

—Necesito llamar a alguien.

Clara agarró su muñeca.

—No desde la red de la finca.

—¿La controlan?

—Todo aquí se controla.

Entonces Julian recordó algo.

Su chófer le había entregado antes de la ceremonia un segundo teléfono, uno que utilizaba en negociaciones corporativas delicadas.

Lo sacó del bolsillo interior del traje.

Clara casi sonrió.

—Por fin una decisión inteligente esta noche.

—He tomado al menos dos.

—¿Cuál fue la otra?

Julian la miró.

—Dejarte abrir esa puerta.

Ella apartó la vista.

Julian marcó.

—Nathaniel Shaw.

El abogado respondió al segundo tono.

—¿Julian? Pensé que estarías celebrando.

—Necesito que escuches y no interrumpas.

Durante menos de un minuto explicó lo suficiente.

La llave.

Los documentos médicos.

Las lesiones antiguas.

Las amenazas.

No mencionó más de lo necesario.

Cuando terminó, Nathaniel guardó silencio.

—No salgáis de la finca sin apoyo —dijo finalmente—. Y no entreguéis esa llave a nadie.

—Ya lo había supuesto.

—Hay algo más.

Julian miró a Clara.

—Habla.

—Revisé los documentos prenupciales esta tarde porque algo no me gustaba.

—¿Qué encontraste?

—Una cláusula añadida en el último borrador.

Julian se tensó.

—¿Qué cláusula?

—Si Clara muere antes de cumplir treinta años o es declarada legalmente incapaz, el control de su participación en Vance Consolidated vuelve temporalmente a su padre.

Clara dejó de respirar.

—¿Cuánto falta para que cumplas treinta? —preguntó Julian.

—Cinco meses.

El silencio se volvió insoportable.

Nathaniel continuó:

—Julian, eso significa que su padre tiene un incentivo económico directo para que ella sea declarada incapaz.

Clara se llevó una mano a la boca.

Julian sintió una furia helada.

De pronto, todo encajaba demasiado bien.

Los médicos.

Los rumores.

El aislamiento.

La insistencia en pintar a Clara como inestable.

Y ahora el matrimonio.

—¿Por qué permitir que se casara conmigo?

Nathaniel respondió sin vacilar.

—Eso es lo que todavía no entiendo.

En ese instante la manija comenzó a girar.

Julian colgó.

—Tenemos que movernos.

Clara señaló el enorme espejo del vestidor.

—Ayúdame.

Entre ambos lo apartaron.

Detrás había una puerta estrecha oculta en la pared.

—¿Sabías que estaba aquí?

—La utilizaba mi madre.

—¿Tu madre?

Clara asintió.

—Antes de morir.

Atravesaron el pasadizo.

Olía a polvo y madera vieja.

Julian encendió la linterna del teléfono.

El corredor

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