Salí de la oficina de Co Hoai Dien con las llaves apretadas en la mano y una única idea golpeándome la cabeza:
Mi marido era mi jefe.
Y peor aún.
Mi jefe acababa de prestarme su coche como si aquello fuera perfectamente normal.
Bajé al estacionamiento procurando que nadie me viera.
Cuando encontré el vehículo, abrí la puerta y me quedé inmóvil.
En el asiento del acompañante había una bolsa de farmacia.
Dentro estaba exactamente la crema para quemaduras que Truong Manh había usado conmigo aquella tarde.
Encima había una nota escrita con letra recta y limpia:
“Aplícala dos veces esta noche.”
Me quedé mirando aquellas palabras durante varios segundos.
Luego bufé.
—Rey Viviente del Infierno, mis narices.
Aun así, guardé la nota en el bolso.
No sabía por qué.
Quizá porque nuestra boda había sido demasiado absurda para sentirla real.
Siete días desde la cita a ciegas.
Una comida incómoda.
Dos cafés.
Una conversación sobre condiciones matrimoniales.
Y de repente, dos libretas rojas.
Co Hoai Dien no me había hecho promesas románticas.
Ni yo a él.
Simplemente habíamos llegado a una conclusión práctica.
Nuestros padres querían vernos casados.
Nosotros queríamos paz.
Así que firmamos un acuerdo.
Habitaciones separadas.
Finanzas separadas.
No interferir en relaciones personales.
No revelar el matrimonio en el trabajo.
Y divorcio amistoso después de un año si cualquiera quería terminarlo.
Perfecto.
Al menos sobre el papel.
Cuando llegué al apartamento que habíamos alquilado para fingir una vida matrimonial mínimamente convincente, recibí una llamada de mi madre.
—Mac Mac, ¿ya saliste del trabajo?
Sentí inmediatamente peligro.
—Sí.
—Perfecto. Mañana cenamos con tus suegros.
Casi dejé caer el teléfono.
—¿Qué?
—Tu suegra me llamó. Dice que desde que os casasteis tan rápido todavía no hemos tenido una cena formal entre familias.
—Mamá, mañana trabajo.
—Todo el mundo trabaja.
—Tengo horas extra.
—Entonces dile a tu marido que te dé permiso.
Cerré los ojos.
Mi madre no tenía ni idea de la ironía de aquella frase.
—Lo hablaré con él.
—No lo hables. Ve.
Colgó.
Diez minutos después le envié un mensaje a Hoai Dien.
“Mi madre dice que mañana cenamos con nuestros padres.”

Respondió treinta segundos después.
“Lo sé.”
“¿Y?”
“Vamos.”
Me quedé mirando la pantalla.
“¿No tienes nada más que decir?”
Esta vez tardó un minuto.
“Lleva la crema.”
Arrojé el teléfono sobre el sofá.
—¡Qué hombre tan desesperante!
Al día siguiente intenté mantenerme lejos de él.
No funcionó.
A las nueve de la mañana, Vuong Li Li apareció junto a mi escritorio con una pila de expedientes.
—El director Co ha pedido que tú revises estos informes.
La miré.
—¿Yo?
—Sí. Parece que ayer le impresionó mucho tu “actitud sincera”.
Su sonrisa estaba cargada de veneno.
Dejó los documentos caer sobre mi mesa.
Eran suficientes para mantenerme ocupada hasta medianoche.
Truong Manh abrió mucho los ojos.
—Mac Mac, ¿te ha puesto en su lista negra?
Yo también empezaba a sospecharlo.
Pero cuando revisé la primera carpeta descubrí algo extraño.
No eran tareas inútiles.
Eran expedientes vinculados a un proyecto importante del departamento.
Un proyecto que normalmente nunca habría llegado a una empleada de mi rango.
Más extraño todavía:
había errores.
Facturas duplicadas.
Cifras inconsistentes.
Tres contratos con fechas imposibles.
Llevaba cuatro años trabajando allí y sabía que algo así no ocurría por casualidad.
Pasé toda la mañana revisándolos.
A las dos, envié un informe preliminar a Hoai Dien.
Cinco minutos después llegó un mensaje interno.
“Despacho.”
Mi corazón saltó.
Entré.
Él cerró la carpeta que tenía delante.
—Encontraste los problemas.
—Eran bastante evidentes.
—Para ti.
Me senté.
—¿Me diste esos expedientes a propósito?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba saber si eras tan vaga como dicen.
Lo miré fijamente.
—¿Quién dice que soy vaga?
Hoai Dien se quitó las gafas.
—Vuong Li Li.
Solté una risa incrédula.
—Claro.
—También su tío.
Aquello me hizo dejar de sonreír.
El subdirector Vuong llevaba años controlando buena parte de los proyectos internos.
Hoai Dien volvió a ponerse las gafas.
—No te metas todavía.
—¿Por qué?
—Porque aún no sé hasta dónde llega.
—¿Estás investigándolo?
No respondió directamente.
Eso era respuesta