PARTE 2: MI NUERA ME ENVIÓ A MORIR SOLA EN UNA CABAÑA DE LA MONTAÑA DESPUÉS DE QUEDARSE CON LA CASA DE CUATRO MILLONES, PERO BAJO AQUEL SUELO PODRIDO MI HIJO HABÍA ESCONDIDO LA VERDAD QUE PODÍA QUITÁRSELO TODO.

Metí los dedos en aquella costura y tiré.

La primera tabla no se movió.

Busqué el candelabro oxidado, introduje su extremo bajo la madera y presioné con todo el peso de mi cuerpo.

La tabla crujió.

Debajo apareció oscuridad.

No tierra.

No piedras.

Un compartimento.

Mi corazón comenzó a latir con tanta fuerza que tuve que sentarme.

Durante unos segundos tuve miedo de mirar.

No sabía qué esperaba encontrar.

Dinero.

Cartas.

Quizá únicamente alguna vieja herramienta que Neftalí hubiese olvidado allí.

Pero cuando aparté la segunda tabla vi una caja metálica envuelta en plástico grueso.

Y encima había algo escrito con rotulador negro.

PARA MAMÁ.

Me llevé una mano a la boca.

—Neftalí…

Pronunciar su nombre dentro de aquella cabaña me rompió otra vez.

Saqué la caja con dificultad.

Pesaba.

Tenía un pequeño candado numérico.

Pensé durante varios minutos hasta recordar una fecha.

Mi cumpleaños.

No abrió.

Probé el cumpleaños de Neftalí.

Nada.

Entonces miré la fotografía sobre el altar.

Recordé una tarde de hacía más de treinta años.

Neftalí tenía nueve años y había escrito con un cuchillo nuestras iniciales en un árbol.

Después añadió cuatro números.

La fecha en que su padre murió.

Probé aquellos números.

Clic.

El candado se abrió.

Dentro encontré tres sobres, una memoria USB, un pequeño grabador y una carpeta gruesa protegida por otra funda plástica.

El primer sobre decía:

MAMÁ, SI ESTÁS LEYENDO ESTO, SIGNIFICA QUE NO PUDE PROTEGERTE EN PERSONA.

Tuve que detenerme.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Abrí la carta.

«Mamá:

Si llegaste hasta aquí, entonces probablemente Verónica hizo exactamente lo que temía.

Sé que estarás enfadada conmigo.

Tienes derecho.

Debí haberte contado todo antes.

Pero descubrí cosas que no sabía cómo enfrentar sin ponerte en peligro».

Mis manos empezaron a temblar.

Seguí leyendo.

«La casa principal nunca fue realmente mía.

Y, por lo tanto, tampoco puede ser de ella».

Me quedé inmóvil.

Volví a leer la frase.

Una vez.

Dos.

Tres.

Abrí la carpeta.

Dentro había escrituras.

Documentos notariales.

Estados bancarios.

Y una copia amarillenta de un contrato firmado veintisiete años atrás.

Reconocí mi propio nombre.

EULALIA MENDOZA.

La casa de cuatro millones había sido construida sobre un terreno que perteneció a mis padres.

Cuando Neftalí inició su empresa, yo había transferido temporalmente ciertos derechos para facilitar un préstamo comercial.

Creí que años después todo había quedado completamente a su nombre.

Pero el documento delante de mí decía otra cosa.

La propiedad estaba dentro de un fideicomiso familiar.

Neftalí podía vivir allí.

Administrarla.

Invertir en ella.

Pero yo conservaba un derecho vitalicio irrevocable sobre la residencia.

Verónica no podía echarme.

Ni siquiera Neftalí habría podido hacerlo legalmente.

Me faltó el aire.

Ella me había enviado a aquella cabaña como si fuera basura…

desde una casa en la que legalmente yo todavía tenía derecho a vivir hasta el día de mi muerte.

Pero Neftalí había escondido mucho más.

El segundo sobre decía:

NO CONFÍES EN EL TESTAMENTO QUE VERÓNICA TE ENSEÑE.

Sentí un escalofrío.

Dentro encontré copias de dos testamentos.

Uno fechado once meses atrás.

Otro, supuestamente firmado seis semanas antes de la muerte de mi hijo.

El segundo era el documento mediante el cual Verónica había heredado prácticamente todo.

Pero Neftalí había marcado varias páginas.

Una firma distinta.

Una inicial mal hecha.

Un número de notaría.

Al lado escribió:

«Yo nunca firmé esto».

Me levanté tan rápido que casi perdí el equilibrio.

—Dios mío.

Recordé el funeral.

El abogado de Verónica leyendo disposiciones.

Mi nuera llorando elegantemente frente a todos.

Su mano sobre el pecho.

Su voz rota.

«Neftalí quería asegurarse de que todo quedara organizado».

Y yo, destruida por el dolor, ni siquiera había pensado en cuestionarlo.

Encendí el pequeño grabador.

La voz de mi hijo llenó la cabaña.

Me derrumbé sobre la silla.

—Mamá, si escuchas esto, primero quiero decirte que lo siento.

Me tapé la boca para no sollozar.

—Hace meses descubrí que Verónica estaba moviendo dinero de mis cuentas. Al principio pensé que eran gastos. Después encontré transferencias a una sociedad que nunca había visto.

Se oyó una respiración.

—No puedo enfrentarla todavía. Necesito saber quién la está ayudando.

La grabación continuaba.

Neftalí hablaba de facturas falsas.

Joyas compradas con cuentas empresariales.

Propiedades puestas a nombre de terceros.

Y después dijo algo que me heló.

—Si muero antes de resolver esto, no aceptes ninguna explicación sobre mi muerte sin revisar mis expedientes médicos.

Detuve la grabación.

La cabaña pareció encogerse a mi alrededor.

Mi hijo había muerto oficialmente por un problema cardíaco repentino.

Tenía cincuenta y dos años.

Nunca había sufrido una enfermedad cardíaca grave.

Pero todos habíamos aceptado la explicación porque Verónica aseguró que los médicos habían dicho que era algo imprevisible.

Encendí nuevamente el aparato.

—No estoy diciendo que Verónica vaya a hacerme daño. Pero ya no sé de qué es capaz.

La siguiente grabación estaba fechada doce días antes de su muerte.

Su voz sonaba cansada.

—Hoy encontré documentos con mi firma que yo no firmé.

Otra.

Cinco días antes.

—Verónica cambió de médico sin consultarme. Dice que exagero mis síntomas.

Y la última.

Dos noches antes de morir.

Primero escuché silencio.

Después la voz de Ne

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