Parte 2: CUANDO JULIÁN DESCUBRIÓ QUE YO YA HABÍA EMPEZADO A VIVIR SIN ÉL

Julián entró en la habitación y cerró la puerta.

Su mirada recorrió mi rostro, mis brazos y finalmente el pequeño vendaje que tenía cerca de la clavícula.

—¿Dónde te duele?

La pregunta habría significado mucho unas horas antes.

Ahora sólo me produjo cansancio.

—Ya estoy bien.

—Sofía dijo que tuviste un accidente.

—Sí.

—¿Por qué no me avisaste?

Lo miré.

—Te llamé.

Julián se quedó inmóvil.

Sacó el teléfono, revisó la pantalla y encontró mi llamada perdida.

Su expresión cambió.

—Estaba con Lucía.

—Lo sé.

Eso pareció sorprenderlo.

—¿Quién te dijo?

—No importa.

Se acercó a la cama.

—Diana, lo de Lucía fue un accidente serio.

—También el mío.

Silencio.

Julián apretó la mandíbula.

—No estoy comparando.

—Yo tampoco.

Me levanté lentamente.

—Sólo entendí algo.

—¿Qué?

—Que cuando las dos necesitamos ayuda, tú elegiste dónde querías estar.

Su rostro se endureció.

—Eso no significa lo que estás pensando.

Sonreí.

—Ya no estoy pensando nada.

Aquello fue lo que más le molestó.

No mis celos.

No mis preguntas.

Mi indiferencia.

Tres días después tuvimos la pelea en la que volvió a mencionar el divorcio.

—Si vas a seguir comportándote así, quizá deberíamos divorciarnos.

Antes siempre lo detenía.

Aquella vez respondí:

—Está bien.

Y ahora, dos semanas después, Julián estaba parado frente a la puerta de la recámara de visitas mirando mis maletas.

—¿Ya empezaste a buscar departamento?

—Sí.

—¿Tan rápido?

Levanté la vista.

—Tú pediste el divorcio.

—Lo dije enojado.

—Tres veces.

Julián guardó silencio.

—Diana, una pareja discute. Eso no significa que realmente quieras terminar.

—Yo sí quiero.

Por primera vez, su rostro perdió completamente la calma.

—¿Por Lucía?

—No.

—Entonces dime por qué.

Lo pensé unos segundos.

—Porque me cansé de esperar a que me eligieras.

Esa noche no hablamos más.

Al día siguiente me fui temprano a trabajar.

Cuando regresé, Julián estaba sentado en la sala.

Sobre la mesa había una carpeta.

—Cancelé mi viaje del viernes.

—Bien.

—También hablé con Lucía.

Me quité el abrigo.

—No tenías que hacerlo por mí.

—Terminé cualquier relación profesional que no fuera estrictamente necesaria.

Lo miré.

—Julián, sigues sin entender.

—Entonces explícame.

—No quiero ganar una competencia contra ella.

Su expresión se tensó.

—Nunca hubo competencia.

—Exactamente. Porque yo era tu esposa y aun así terminé sintiéndome como la segunda opción.

No tuvo respuesta.

Dos días después ocurrió algo que cambió por completo la situación.

Lucía apareció en mi trabajo.

No venía a provocarme.

Venía nerviosa.

—Necesito aclararte algo.

La invité a sentarse.

—Julián y yo fuimos pareja en la universidad —dijo—. Pero terminamos hace años.

—Lo sé.

—Él invirtió en mi película porque la productora pertenece parcialmente al Grupo Valenzuela. Cuando tuve el accidente, se asustó porque ya había ocurrido otro problema de seguridad en ese rodaje.

La observé.

—¿Por qué me cuentas esto?

Lucía tragó saliva.

—Porque él nunca te engañó conmigo.

Hizo una pausa.

—Pero tampoco quiero defenderlo.

Eso sí me sorprendió.

—Después del accidente pregunté por qué estaba tan alterado. Me dijo que ya había recibido una llamada sobre ti, pero pensó que lo tuyo no era grave.

Sentí que algo se me enfriaba por dentro.

—¿Ya sabía de mi accidente?

Lucía asintió.

—Su asistente se lo dijo.

Ahí estaba la verdad.

Julián no había ignorado una llamada que no vio.

Había sabido que yo estaba en el hospital y decidió quedarse con Lucía porque creyó que mi situación podía esperar.

Esa misma noche puse los papeles del divorcio sobre la mesa.

Julián los miró.

—¿Ya contrataste abogado?

—Sí.

—Diana…

—Lucía vino a verme.

Su rostro cambió.

—¿Qué te dijo?

—Que sabías de mi accidente.

Silencio.

No necesitaba confesión.

Su cara lo confirmó.

—Me dijeron que estabas consciente y fuera de peligro —respondió finalmente—. Lucía estaba entrando a cirugía.

—Y decidiste que yo podía esperar.

—Creí que después podría explicártelo.

—Ése es exactamente nuestro problema, Julián. Siempre crees que conmigo habrá un después.

Bajó la cabeza.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Pero puedo arreglarlo.

Negué suavemente.

—No todo se arregla cuando finalmente decides prestarle atención.

El divorcio tardó cuatro meses.

Julián dejó de amenazar con detenerlo.

Quizá entendió que hacerlo sólo habría confirmado todo lo que yo decía.

El día que firmamos, me preguntó:

—¿Hay alguien más?

Sonreí.

—Sí.

Su rostro palideció.

Entonces añadí:

—Yo.

Me fui antes de que pudiera responder.

Un año después tenía mi propio departamento, había cambiado de puesto y volvía a hacer cosas que durante el matrimonio había abandonado.

Viajaba.

Veía a Sofía.

Dormía sin escuchar una puerta esperando que alguien llegara.

Julián y yo nos encontramos una vez en una boda.

Lucía también estaba allí, acompañada por su prometido.

Cuando Julián me vio, se acercó.

—Te ves bien.

—Lo estoy.

Miró durante unos segundos hacia el salón.

—Nunca entendí que cuando dejaste la recámara principal ya te habías ido de verdad.

Sonreí.

—Yo tampoco lo entendí hasta entonces.

—Pensé que estabas intentando castigarme.

—No.

—Lo sé ahora.

Julián respiró hondo.

—Lo peor fue descubrir que dejaste de pelear.

Lo miré.

—Porque ya no tenía nada que defender.

No volvimos.

Y ése fue el final correcto.

Porque el problema nunca fue Lucía.

Ni aquel accidente.

Ni siquiera las tres veces que Julián pidió el divorcio.

El verdadero problema fue que durante años él estuvo completamente seguro de que, sin importar cuántas veces me empujara lejos, yo seguiría esperando en la misma habitación.

Sólo entendió que podía perderme cuando encontró vacío el lado de la cama que siempre había dado por seguro.

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