El cumpleaños de Lily llegó tres días después.
A las seis de la tarde, el restaurante Zhou estaba lleno.
Lily llevaba un vestido nuevo.
Caleb estaba sentado a su derecha.
Habían reservado para veintidós personas.
Cuando entré, Lily corrió hacia mí.
—Ivy, pensé que no vendrías.
—Prometí traer el pastel.
Dos empleados entraron detrás de mí cargando una enorme caja blanca.
Los ojos de Lily brillaron.
—¡Es precioso!
Caleb me miró satisfecho.
—Sabía que terminarías entendiendo.
No respondí.
Me senté al extremo de la mesa.
Durante la siguiente hora pidieron platos, botellas y postres.
Lily no dejó de brindar.
—Cuando lleguemos a la ciudad, Caleb y yo tendremos que depender mucho de Ivy.
Algunos compañeros me miraron.
—¿Los tres regresarán juntos?
Caleb respondió tranquilamente:
—Claro. Ivy conseguirá el traslado de Lily.
Tomé un sorbo de té.
—No.
Caleb giró hacia mí.
—¿Qué?
—Yo regreso sola.
Lily dejó los palillos.
—Pero mi transferencia…
—Nunca dije que pudiera conseguirla.
—¡Dijiste que ayudarías!
—Dije que el pastel no era molestia.
Caleb frunció el ceño.
—Ivy, deja de jugar con las palabras.
Entonces llegó el gerente con la cuenta.
La puso frente a Caleb.
Él la empujó hacia mí.
—Paga.
La miré.
Habían gastado casi cuatro veces lo acordado.
—No.
Caleb soltó una risa.
—Otra vez no empieces.
—El pastel está pagado. Eso fue lo único que prometí.
El rostro de Lily se puso rojo.
—¿Entonces quién pagará la cena?
Miré a Caleb.
—El hombre que la organizó.
Se levantó.
—Ivy, ¿me estás avergonzando deliberadamente?
—No. Estoy dejando de financiarte.
Saqué un sobre.
—Y ya que todos hablan de despedidas, traje mi regalo.
Caleb lo abrió.
Dentro estaba mi boleto de tren.
Salida: mañana, 07:20.
Sólo uno.
—¿Qué significa esto?
—Que regreso a la ciudad.
—Entonces compraremos nuestros boletos mañana.
—Tú te quedas.
El salón quedó en silencio.
—Tú mismo dijiste que no regresarías mientras Lily siguiera aquí.
Miré a ambos.
—He decidido respetar tu elección.
Por primera vez, Caleb pareció inquieto.
—¿Y nosotros?
—Ya no existe un “nosotros”.
Lily intervino rápidamente.
—Ivy, seguro estás molesta porque Caleb se preocupa por mí. Pero somos como hermanos.
—Perfecto.
Me puse de pie.
—Entonces su hermana puede ayudarlo a pagar la cuenta.
Salí.
Detrás de mí escuché a Caleb llamarme.
No me detuve.
A la mañana siguiente subí al tren.
Nathan Foster me esperaba en la estación de la ciudad.
No llevaba flores.
Llevaba café y una bufanda porque mi madre le había dicho que siempre olvidaba abrigarme.
—Bienvenida a casa —dijo.
En mi vida anterior había tardado demasiado en comprender qué clase de hombre era Nathan.
Esta vez no pensaba desperdiciar años.
Pero tampoco me casé con él al día siguiente.
Le conté todo.
Incluso aquello que parecía imposible explicar: que había pasado demasiado tiempo persiguiendo a un hombre que siempre encontraba una razón para ponerme después de Lily.
Nathan escuchó.
—No quiero ser el hombre con quien te cases para castigar a otro.
—No lo eres.
—Entonces dame tiempo para demostrártelo.
Lo hizo.
Tres meses después nos comprometimos.
Seis meses después nos casamos.
Caleb se enteró antes de la boda.
Apareció frente a la casa de mis padres con una maleta.
—Volví.
Lo miré desde la puerta.
—Ya veo.
—Dejé el pueblo.
—Bien por ti.
Pareció desconcertado.
—Lily consiguió trabajo en otra provincia. Ya no tengo que quedarme.
Ahí estaba otra vez.
Incluso cuando regresaba por mí, su decisión seguía dependiendo de Lily.
—Caleb, voy a casarme.
Se rio.
Pensó que era una amenaza.
Entonces Nathan salió detrás de mí.
Caleb lo conocía.
Todo el mundo conocía a la familia Foster.
Su sonrisa desapareció.

—¿Con él?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que entendí que tú nunca ibas a elegirme sin poner una condición delante.
Caleb apretó la mandíbula.
—¿Todo esto es por aquella cena?
—No.
Negué.
—Aquella cena sólo fue la última factura que dejé de pagar.
Entonces apareció mi padre.
Caleb se enderezó inmediatamente.
—Señor, quiero hablar sobre mi matrimonio con Ivy.
Mi padre lo observó.
—¿Qué matrimonio?
Caleb palideció.
—Mi madre está dispuesta a reunirse con ustedes. Sólo pide que…
Mi padre levantó una mano.
—Joven, mi hija va a casarse con Nathan.
—Pero Ivy me siguió durante años.
Mi madre respondió desde el salón:
—Ése era precisamente el problema.
Caleb me miró como si esperara que finalmente cediera.
No lo hice.
Se marchó.
Pensé que aquello sería el final.
Me equivocaba.
Una semana antes de mi boda apareció Lily.
Venía llorando.
—Caleb está arruinado.
No esperaba aquello.
—¿Qué ocurrió?
Entonces descubrí algo que en mi vida anterior había sabido demasiado tarde.
El dinero que Caleb decía donar a estudiantes pobres no siempre llegaba a ellos.
Durante años, Lily había administrado las supuestas ayudas porque trabajaba cerca de la escuela.
Una parte sí se utilizaba correctamente.
Otra terminaba pagando sus gastos.
Ropa.
Viajes.
Regalos.
Incluso aquel vestido de cumpleaños.
Caleb finalmente había descubierto las inconsistencias.
—¿Y qué quieres de mí?
Lily empezó a llorar.
—Que hables con él. Dice que desperdició su vida protegiéndome.
La miré.
—Eso no es responsabilidad mía.
—¡Pero te escuchará!
—Ya no quiero que me escuche.
Cerré la puerta.
Caleb volvió una última vez el día anterior a mi boda.
Esta vez parecía diferente.
No orgulloso.
Derrotado.
—Tenías razón sobre Lily.
—Nunca necesité tener razón sobre ella.
Frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Necesitaba tener razón sobre ti.
Guardó silencio.
—Aunque Lily hubiera sido la mujer más inocente del mundo, tú seguías esperando que yo pagara, cediera, consiguiera sus traslados y aceptara que sus necesidades fueran siempre primero.
Caleb bajó la cabeza.
—Pensé que como me amabas…
—Exactamente.
Lo miré.
—Convertiste mi amor en un recurso infinito.
—Puedo cambiar.
—Espero que sí.
Sus ojos se iluminaron.
Entonces terminé:
—Pero no para mí.
Al día siguiente me casé con Nathan.
La ceremonia fue pequeña.
Cuando llegué al altar, él no me preguntó si estaba segura.
Nunca necesitó presionarme para obtener una respuesta.
Simplemente extendió la mano.
Yo la tomé.
Años después tuvimos una hija.
Nathan siguió cuidando de mis padres como si fueran los suyos.
Y cuando mi trabajo exigía viajar, jamás me preguntaba por qué una mujer casada necesitaba una carrera.
Preparaba mi maleta.
Me recordaba llevar documentos.
Y me esperaba cuando regresaba.
Nunca volví a saber mucho de Lily.
Caleb terminó marchándose del pueblo y rehízo su vida.
Espero sinceramente que haya aprendido algo.
Porque yo sí lo hice.
En mi vida anterior pensé que amar significaba demostrar una y otra vez cuánto estaba dispuesta a sacrificar.
En ésta comprendí que la persona correcta nunca necesita verte agotada para sentirse importante.
Caleb creyó que aquella comida sería la celebración antes de que los tres regresáramos juntos a la ciudad.
No sabía que el pastel que pagué para Lily era el último centavo que gastaría en ellos.
Él eligió quedarse por otra mujer convencido de que yo seguiría esperando.
Yo simplemente tomé el tren.
Y cuando finalmente decidió regresar…
la mujer que había pasado años persiguiéndolo ya estaba caminando hacia el altar con el hombre que nunca necesitó perderme para saber cuánto valía.