PARTE 2: CUANDO EMPECÉ A INVESTIGAR QUIÉN DESTROZÓ LA MANDÍBULA DE MI HIJA, DESCUBRÍ QUE LAS CÁMARAS DEL CAMPUS HABÍAN SIDO BORRADAS Y QUE ALGUIEN MUY PODEROSO QUERÍA MANTENERME LEJOS DE LA VERDAD.

A las dos de la madrugada llegaron dos agentes de la policía universitaria.

El primero se presentó como teniente Robert Keller.

El segundo apenas habló.

Keller me aseguró que estaban haciendo todo lo posible.

—Señor Mercer, entendemos que está preocupado.

—No estoy preocupado.

Miré a Lily.

—Quiero saber quién hizo esto.

—Y nosotros también.

—Entonces enséñeme las grabaciones.

Su expresión cambió apenas.

—No podemos compartir pruebas de una investigación activa.

—¿Las tienen?

Pausa.

Demasiado larga.

—Estamos recopilándolas.

Aquella respuesta me molestó más que una negativa.

—Hace una hora me dijeron que estaban revisándolas.

Keller cruzó los brazos.

—Quizá hubo un malentendido.

Lo observé en silencio.

Durante años había trabajado con personas entrenadas para ocultar información bajo frases perfectamente razonables.

Keller estaba haciendo exactamente eso.

Antes de marcharse añadió:

—Le recomiendo que se concentre en su hija y nos permita hacer nuestro trabajo.

Esperé hasta que cerró la puerta.

Después miré a Lily.

—Cariño, si sabes quién fue, no necesitas hablar.

Sus ojos se abrieron ligeramente.

Cogí una libreta.

Escribí:

¿CONOCÍAS A LA PERSONA QUE TE HIZO ESTO?

Le pedí que apretara mi mano una vez para sí.

Dos veces para no.

Sus dedos se cerraron una vez.

Sentí que se me helaba el pecho.

Escribí otra pregunta.

¿ERA ESTUDIANTE?

Una vez.

¿UN HOMBRE?

Una vez.

Continué.

¿ESTABA SOLO?

Lily no respondió.

Sus ojos cambiaron.

Miedo.

Puro miedo.

Entonces miró hacia la puerta.

Comprendí.

Cerré la libreta inmediatamente.

Una enfermera entró segundos después.

—Señor Mercer, hay alguien preguntando por Lily.

—¿Quién?

—Una estudiante. Dice que es su compañera de habitación.

Me levanté.

La joven se llamaba Emma Walsh.

Estaba empapada por la lluvia y tenía los ojos rojos.

Cuando vio a Lily, comenzó a llorar.

—Dios mío.

Lily intentó levantar una mano.

Emma corrió hacia ella.

Después me miró.

—Señor Mercer, necesito hablar con usted.

Salimos al pasillo.

—Lily estaba asustada desde hace dos semanas —susurró.

—¿Por quién?

Emma miró alrededor antes de contestar.

Ryan Caldwell.

No conocía el nombre.

—¿Quién es?

—Estudiante de último año. Su padre es importante.

—¿Importante cómo?

—Martin Caldwell. Presidente del consejo de administración de la universidad.

Todo empezó a encajar demasiado rápido.

—¿Qué quería Ryan de Lily?

Emma tragó saliva.

—Ella vio algo.

—¿Qué?

—No me lo dijo. Solo dijo que había grabado algo que podía meter a varias personas en problemas.

—¿Dónde está la grabación?

—No sé.

Emma sacó su teléfono.

—Pero ayer me envió esto.

Era un mensaje de Lily.

«Si mañana me pasa algo, no creas que fue un accidente.»

Sentí un vacío en el estómago.

—Envíamelo.

Emma lo hizo.

Después añadió:

—Hay algo más. Cuando encontramos su mochila…

—¿Tú la encontraste?

Asintió.

—Estaba cerca del laboratorio. Pero su portátil había desaparecido.

—¿Y su teléfono?

—También.

Sin embargo, la bolsa de pruebas del hospital no incluía ninguno de los dos.

Regresé inmediatamente a la habitación.

—¿Dónde están las pertenencias que faltan de mi hija?

La enfermera revisó el inventario.

—Esto es todo lo que recibimos.

A las seis de la mañana llamé a un antiguo compañero.

Marcus Hale había servido conmigo antes de trabajar durante años en investigaciones federales.

No le pedí favores ilegales.

Solo le expliqué lo que sabía.

Su respuesta fue inmediata.

—Daniel, documenta todo y consigue un abogado antes de enfrentarte a nadie.

—Ya han desaparecido su teléfono y su ordenador.

—Entonces no estás buscando solamente a un agresor.

Hizo una pausa.

Alguien está intentando controlar las pruebas.

Dos horas después llegó mi abogada, Rebecca Shaw.

Solicitamos formalmente que la universidad preservara todas las grabaciones, registros de acceso y datos electrónicos relacionados con el edificio de ciencias.

La respuesta llegó aquella misma tarde.

Y fue exactamente lo que temía.

Tres cámaras habían dejado de grabar durante cuarenta y siete minutos.

Todas cubrían el recorrido entre el laboratorio y el lugar donde encontraron a Lily.

—¿Fallo técnico? —pregunté.

Rebecca negó lentamente.

—Las demás cámaras funcionaron.

—Entonces alguien las desactivó.

—Todavía no podemos afirmarlo.

Pero su rostro decía que pensaba lo mismo.

Al día siguiente apareció Martin Caldwell.

No su hijo.

Él.

Entró en la sala de espera acompañado por un abogado.

Traje caro.

Cabello perfectamente peinado.

Una expresión ensayada de preocupación.

—Señor Mercer, lamento profundamente lo ocurrido.

No le ofrecí la mano.

—¿Dónde está Ryan?

Su sonrisa se tensó.

—Mi hijo no tiene relación con esto.

—No he dicho que la tuviera.

Silencio.

Acababa de cometer su primer error.

Rebecca intervino.

—Señor Caldwell, cualquier conversación deberá realizarse a través de representación legal.

Él ignoró a Rebecca.

—Daniel, ambos somos padres.

—Entonces entenderá por qué quiero respuestas.

Caldwell bajó la voz.

—A veces los jóvenes se meten en situaciones que los adultos interpretamos mal.

Sentí que toda mi atención se concentraba en aquella frase.

—¿Qué situación?

Su abogado lo tocó discretamente en el brazo.

Caldwell se detuvo.

Después sonrió.

—Espero que Lily se recupere.

Se marchó.

Aquella noche, Lily despertó después de otra intervención.

Me senté junto a ella.

—Ryan Caldwell vino a verme.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Negó frenéticamente con la cabeza.

—Tranquila.

Tomé su mano.

—Su padre. Martin.

Lily comenzó a llorar.

Busqué la libreta.

Ella me la quitó.

Con manos temblorosas escribió tres palabras:

NO FUE RYAN.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Escribió otra línea.

RYAN INTENTÓ AYUDARME.

Todo lo que creía saber se derrumbó.

—Entonces ¿quién fue?

Lily comenzó a escribir.

Se detuvo.

Volvió a intentarlo.

Finalmente puso:

PREGUNTA POR EL LABORATORIO 4.

Rebecca consiguió los registros de acceso aquella tarde.

El Laboratorio 4 debía estar cerrado aquella noche.

Sin embargo, cuatro tarjetas habían entrado entre las diez y las once.

Una pertenecía a Lily.

Otra a Ryan Caldwell.

La tercera pertenecía a un profesor.

La cuarta estaba registrada a nombre del teniente Robert Keller.

El mismo policía universitario que había venido al hospital.

El mismo que me había dicho que dejara trabajar a la policía.

—¿Qué hacía Keller dentro de un laboratorio universitario? —pregunté.

Rebecca no respondió.

Su teléfono sonó.

Escuchó unos segundos.

Después su rostro perdió color.

—Daniel.

—¿Qué?

—Acaban de localizar el portátil de Lily.

Me levanté.

—¿Dónde?

—Alguien intentó destruirlo y lo abandonó fuera del campus.

—¿Pudieron recuperar algo?

Rebecca tragó saliva.

—Una carpeta.

—¿Qué contiene?

Giró su teléfono hacia mí.

Había fotografías de documentos, registros de pagos y varios archivos de vídeo.

En la parte superior aparecía un nombre:

PROYECTO NIGHTFALL.

Debajo figuraban nombres de profesores, administradores y empresas privadas.

Y entonces vi uno que reconocí.

No pertenecía a la universidad.

Era el nombre de una compañía para la que había trabajado años atrás durante mi carrera militar.

—Esto no tiene sentido.

Abrí el primer archivo.

La imagen mostraba el Laboratorio 4.

Lily estaba grabando desde detrás de una puerta.

Ryan aparecía frente a ella, discutiendo con alguien fuera de cámara.

Entonces una tercera persona entró en la imagen.

Sentí que dejaba de respirar.

Era el teniente Keller.

Pero antes de que pudiera escuchar lo que decía, el vídeo terminó.

—Hay otro archivo —susurró Rebecca.

Lo abrí.

Solo duraba nueve segundos.

La cámara temblaba.

Lily corría.

Una voz gritaba detrás de ella.

Y justo antes de que la grabación terminara, se escuchó claramente:

—¡Atrápenla antes de que llame a su padre!

Mi sangre se heló.

No habían atacado a Lily simplemente porque hubiera visto algo.

Sabían exactamente quién era yo.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Era una fotografía tomada desde el pasillo del hospital.

Se veía la puerta de la habitación de Lily.

La fotografía había sido tomada hacía menos de un minuto.

Debajo había una frase:

«CORONEL MERCER, USTED SOBREVIVIÓ A NIGHTFALL UNA VEZ. SU HIJA NO TENDRÁ UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD.»

Levanté la cabeza hacia el pasillo.

Y en ese mismo instante, todas las luces de nuestra planta se apagaron.

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