PARTE 2: MI COMPAÑERA EXIGIÓ QUE MOSTRARA EL RECIBO PARA DEMOSTRAR QUE NO HABÍA ROBADO SU LÁPIZ LABIAL DE EDICIÓN LIMITADA, PERO CUANDO REVISÉ SU SUPUESTA PRUEBA DESCUBRÍ EL DETALLE QUE CONVIRTIÓ SU ACUSACIÓN EN UNA TRAMPA CONTRA ELLA.

No saqué mi teléfono.

Tampoco intenté explicar de dónde había salido mi lápiz labial.

Simplemente extendí la mano.

—Déjame ver tu pedido.

Trieu Can Hinh apretó el móvil contra el pecho.

—¿Para qué?

—Acabas de enseñárselo a toda la oficina. ¿Ahora no puedo mirarlo de cerca?

Algunos compañeros intercambiaron miradas.

Ella dudó.

Ese segundo fue suficiente para despertar mi curiosidad.

Finalmente volvió a levantar la pantalla.

Me acerqué.

Marca correcta.

Colección correcta.

Color correcto.

Pedido internacional.

Todo parecía perfecto.

Hasta que vi la fecha.

Sonreí.

—Can Hinh, ¿cuándo dijiste que perdiste tu lápiz labial?

—Anteayer.

—¿Y cuánto tiempo llevabas usándolo?

—Unas semanas. ¿Qué importa?

—Muchísimo.

Señalé la pantalla.

Este pedido se realizó anoche a las once y cuarenta y siete.

La oficina quedó en silencio.

Can Hinh retiró el teléfono de golpe.

—¡Eso no demuestra nada!

—Demuestra que esta compra no puede ser la del lápiz labial que supuestamente perdiste anteayer después de utilizarlo durante semanas.

Una compañera se inclinó hacia otra.

—Es verdad.

Can Hinh comenzó a ponerse roja.

—¡Compré otro después de perder el primero!

—Perfecto.

Asentí.

—Entonces enséñanos el pedido del primero.

Silencio.

—Dijiste que era prácticamente imposible conseguirlo aquí y que tu historial de compra demostraba que el mío tenía que ser tuyo.

Di un paso hacia ella.

Pero acabas de mostrarnos la compra de un reemplazo hecha después de acusarme.

La compañera que la había defendido intentó intervenir.

—Bueno, quizá no encuentra el pedido anterior…

La miré.

—Entonces tampoco tiene ninguna prueba de que el mío le pertenezca.

Nadie respondió.

Can Hinh golpeó el escritorio.

—¡Muy bien! Aunque no encuentre el recibo antiguo, sé reconocer mis propias cosas.

—Entonces será sencillo.

Abrí mi bolso.

Saqué el lápiz labial.

Lo dejé sobre la mesa.

Los ojos de Can Hinh brillaron.

—¡Ese es!

—No lo toques.

Su mano se detuvo.

Me puse unos guantes desechables que guardaba en mi cajón para manipular muestras de producto.

Las risas desaparecieron.

—¿Qué estás haciendo?

Giré lentamente el tubo.

En la parte inferior había una pequeña etiqueta transparente.

—Mi hermana trabaja para la distribuidora regional de la marca. Me regaló este lápiz labial por mi cumpleaños antes del lanzamiento oficial.

Can Hinh palideció ligeramente.

—Eso te lo acabas de inventar.

—Puede ser.

Saqué el teléfono.

—Por eso no necesito que me creas.

Abrí una fotografía tomada durante mi cumpleaños.

Allí estaba yo.

Mi hermana estaba a mi lado sosteniendo una pequeña caja de regalo.

Amplié la imagen.

La misma colección.

La fecha era de seis semanas atrás.

Se escucharon murmullos.

Pero todavía no había terminado.

—Cada unidad promocional que recibió mi hermana tenía un código interno.

Giré el lápiz labial.

—Este es el mío.

Can Hinh retrocedió.

—¿Y qué?

—Que puede rastrearse.

La compañera que antes me había pedido mi historial de compras dejó de mirarme.

Yo guardé el lápiz labial.

—Ahora tenemos una fotografía anterior a tu supuesta pérdida y un identificador que puede comprobarse con la distribuidora.

Miré a Can Hinh.

—¿Seguimos?

—Esto es ridículo.

Cogió su bolso.

—Tengo trabajo.

—Yo también.

Me senté.

Pensé que terminaría allí.

Me equivocaba.

A las tres de la tarde recibí un correo de Recursos Humanos.

Denuncia formal por apropiación de bienes personales.

Can Hinh había presentado la acusación oficialmente.

Y había añadido algo nuevo.

Según ella, no era la primera vez.

Afirmaba que durante los últimos meses habían desaparecido pequeños objetos del departamento después de que yo estuviera cerca.

Un perfume.

Un cargador.

Un broche.

Incluso dinero.

Me quedé mirando la pantalla.

Aquello ya no era una discusión sobre maquillaje.

Alguien estaba intentando construir un historial.

Guardé inmediatamente todos los mensajes y pedí que preservaran las grabaciones de seguridad de la oficina.

A las cuatro me llamaron a una reunión.

Can Hinh ya estaba dentro.

También estaban el director del departamento y la responsable de Recursos Humanos.

Sobre la mesa había una bolsa transparente.

Dentro había un lápiz labial idéntico al mío.

Can Hinh tenía los ojos hinchados.

—Lo encontraron —dijo.

La responsable de Recursos Humanos mantuvo un tono neutral.

—Nham Chieu, este artículo apareció dentro del cajón inferior de tu escritorio.

La miré.

—¿Quién lo encontró?

—Trieu Can Hinh.

Solté una pequeña risa.

—Naturalmente.

Can Hinh se levantó.

—¡Sabía que eras tú!

—Si yo hubiera robado tu lápiz labial, ¿por qué estaría utilizando públicamente otro idéntico mientras guardaba el supuesto original en mi propio escritorio?

Ella abrió la boca.

No respondió.

—Además —continué—, solicito que nadie toque esa bolsa.

El director frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque quiero que revisemos las cámaras.

Can Hinh se quedó inmóvil.

—Las cámaras no apuntan directamente a los escritorios.

—Lo sé.

Sonreí.

—Pero la cámara del pasillo sí registra quién entra y sale del departamento.

La responsable de Recursos Humanos llamó a seguridad.

Veinte minutos después teníamos las imágenes.

A las doce y treinta y seis, casi todos habíamos salido a almorzar.

Yo aparecía abandonando la oficina.

Can Hinh salió cuatro minutos después.

Pero a las doce y cuarenta y ocho…

regresó sola.

Permaneció dentro seis minutos.

Can Hinh se puso de pie.

—¡Olvidé mi teléfono!

—Entonces veremos si saliste con él —dije.

Seguridad retrocedió la grabación.

Cuando Can Hinh abandonó la oficina antes del almuerzo, llevaba claramente el teléfono en la mano.

Nadie dijo una palabra.

Su rostro se volvió blanco.

—Tal vez regresé por otra cosa.

—¿Qué cosa?

—No recuerdo.

—Qué conveniente.

La responsable de Recursos Humanos intervino.

—Necesitamos revisar esto formalmente.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

El responsable de seguridad recibió una llamada.

Escuchó durante varios segundos.

Después nos miró.

—Hay otra cámara.

Can Hinh giró bruscamente.

—¿Dónde?

—Se instaló temporalmente hace dos semanas después de varias denuncias por objetos desaparecidos.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Qué muestra?

El hombre conectó otra grabación.

La imagen enseñaba una parte lateral de la oficina.

No se veía perfectamente mi escritorio.

Pero sí el reflejo en la pared de cristal.

A las doce y cuarenta y nueve apareció Can Hinh.

Caminó directamente hacia mi zona.

Se inclinó.

Abrió algo.

Y después se marchó.

La responsable de Recursos Humanos pausó el vídeo.

—Can Hinh, ¿quieres explicarlo?

Ella comenzó a llorar.

—Yo solo quería recuperar lo mío.

—Entonces ¿por qué no informaste a Recursos Humanos antes de registrar el escritorio de otra empleada?

No respondió.

Yo observé la bolsa transparente.

Algo seguía molestándome.

—Quiero comprobar el código del lápiz encontrado.

Can Hinh levantó la cabeza de golpe.

Demasiado rápido.

La responsable autorizó la revisión.

Fotografié el código y se lo envié a mi hermana.

La respuesta llegó cinco minutos después.

La leí dos veces.

—Esto es imposible.

—¿Qué ocurre? —preguntó el director.

Giré el teléfono.

Mi hermana había comprobado el número de serie.

El lápiz encontrado en mi cajón no pertenecía a ninguna venta internacional realizada a Can Hinh.

Formaba parte del mismo lote promocional que el mío.

Solo doce unidades habían llegado a nuestra ciudad.

Y había algo peor.

Mi hermana acababa de enviarme la lista de destinatarios.

Recorrí los nombres.

El mío estaba allí.

El de Can Hinh no.

Pero reconocí otro.

Levanté lentamente la mirada hacia la compañera que aquella mañana había salido inmediatamente a defenderla y había exigido que yo mostrara mi historial de compras.

Ella dejó de sonreír.

—¿Por qué me miras así?

Puse el teléfono sobre la mesa.

—Porque hay doce unidades de ese lote.

Señalé su nombre.

Y una de ellas fue entregada a ti.

Can Hinh se volvió hacia ella.

—¿Qué?

La mujer palideció.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo —dije.

Pero antes de que pudiera responder, Recursos Humanos recibió un nuevo mensaje.

La responsable lo abrió.

Su expresión se endureció.

—Tenemos un problema mucho mayor.

Giró la pantalla.

Seguridad había revisado las denuncias anteriores.

El perfume.

El cargador.

El broche.

El dinero.

En cada fecha aparecía la misma persona entrando en la oficina fuera del horario habitual.

No era yo.

Y tampoco era Can Hinh.

Era precisamente la mujer cuyo lápiz labial promocional acababa de aparecer dentro de mi escritorio.

Entonces Can Hinh susurró algo que hizo que todos nos quedáramos inmóviles.

—Tú me dijiste que Nham Chieu era quien robaba las cosas.

Su amiga cerró los ojos.

—Cállate.

Tú me dijiste que pusiera el lápiz labial en su cajón.

Y en ese instante comprendí que Can Hinh quizá había intentado incriminarme…

pero alguien llevaba mucho más tiempo utilizándola para construir una trampa cuyo verdadero objetivo todavía no conocíamos.

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