PARTE 2: EN EL FUNERAL DE MI PADRE DESCUBRÍ QUE SU ATAÚD ESTABA VACÍO, PERO LO QUE EL FBI GUARDABA EN LA UNIDAD 17 ME OBLIGÓ A DUDAR INCLUSO DE MI MADRE.

El pitido volvió a sonar.

Una vez.

Luego otra.

La agente del FBI extendió un brazo delante de mí.

—No abras todavía.

Miré la puerta metálica de la Unidad 17.

—Mi padre me mandó aquí.

—Y también dejó instrucciones sobre cómo entrar.

Sacó de su bolsillo una pequeña tarjeta plastificada.

En ella había una frase escrita con la letra de Raymond Mercer:

PRIMERO CORTEN LA ENERGÍA. DESPUÉS USEN LA LLAVE.

El frío me recorrió la espalda.

—¿Qué es ese sonido?

La mujer señaló una caja eléctrica instalada junto a la puerta.

—Un sistema de respaldo independiente. Tu padre lo diseñó para detectar una apertura incorrecta.

—¿Una alarma?

—Algo más sofisticado.

No explicó más.

Caminó hasta el lateral del edificio, abrió un panel con otra llave y bajó dos interruptores.

El pitido murió.

—Ahora.

Introduje la llave de latón.

El número 17 quedó oculto entre mis dedos.

Giré.

La puerta se levantó lentamente.

Esperaba cajas.

Muebles.

Quizá archivadores.

En cambio, encontré una habitación que parecía una oficina de inteligencia construida dentro de un almacén.

Había mapas de Nueva Jersey, Nueva York, Virginia y Washington pegados a una pared.

Fotografías.

Expedientes.

Un ordenador antiguo sin conexión externa.

Una caja fuerte.

Y en el centro, una mesa cubierta por carpetas negras.

Me quedé inmóvil.

—¿Cuánto tiempo sabía el FBI que esto existía?

—Yo lo sé desde hace seis meses.

La miré.

—¿Quién eres?

Sacó nuevamente la placa.

—Agente especial Rebecca Shaw.

—Eso no responde la pregunta.

Rebecca sostuvo mi mirada.

—Tu padre se puso en contacto conmigo hace seis meses porque alguien dentro de una investigación federal estaba filtrando información.

—¿Qué investigación?

Se acercó a la mesa.

—Una relacionada con contratos de defensa, empresas pantalla y dinero desviado durante más de dos décadas.

Sentí cómo mi entrenamiento sustituía lentamente al duelo.

—¿Mi padre trabajaba para ustedes?

—No oficialmente.

—Entonces, ¿qué hacía?

Rebecca abrió una carpeta.

Dentro había una fotografía de mi padre tomada veinte años atrás.

Mucho más joven.

Sentado frente a tres hombres con traje.

Reconocí a uno.

El general retirado Malcolm Voss.

Había pronunciado un discurso en mi ceremonia de ascenso a coronel.

—¿Qué demonios es esto?

—Tu padre comenzó a reunir pruebas después de descubrir irregularidades en una empresa para la que trabajó como asesor.

—Papá era ingeniero civil.

—Eso era lo que casi todos creían.

La frase me hizo girar.

—No juegues conmigo.

—No lo hago.

Rebecca sacó otro documento.

El encabezado pertenecía al Departamento de Defensa.

Gran parte estaba censurada.

Pero el nombre de mi padre aparecía claramente.

RAYMOND MERCER — CONSULTOR ESPECIAL.

Me senté.

Durante toda mi vida había pensado que mi padre era el hombre más predecible del mundo.

Trabajo.

Casa.

Pesca los domingos.

El mismo café.

El mismo periódico.

Ahora estaba viendo una versión de él que nunca había conocido.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Mamá.

Esta vez llegó un mensaje.

Natalie, sé que estás en la Ruta 9. Sal de allí ahora.

Le mostré la pantalla a Rebecca.

Su mandíbula se tensó.

—¿Cómo sabe dónde estás?

—Eso iba a preguntarte.

—Yo no se lo dije.

—Yo tampoco.

Entonces comprendí algo.

Miré alrededor.

—Mi camioneta.

Rebecca reaccionó inmediatamente.

Salimos.

Se agachó junto al parachoques trasero.

Treinta segundos después arrancó un pequeño dispositivo magnético.

Un rastreador.

Sentí que se me congelaba la sangre.

—¿Quién pudo colocarlo?

—Cualquiera que tuviera acceso al estacionamiento del funeral.

Pensé en todos los asistentes.

Vecinos.

Familiares.

Militares.

Mi madre.

Y el sepulturero.

—Tenemos que movernos —dijo Rebecca.

—No hasta que vea qué dejó mi padre.

Volvimos dentro.

Abrí la primera carpeta.

Había transferencias bancarias entre empresas que jamás había oído mencionar.

La segunda contenía fotografías de reuniones privadas.

La tercera hizo que mi respiración se detuviera.

Mi nombre estaba en la pestaña.

NATALIE MERCER.

La abrí.

Dentro había copias de mis destinos militares.

Ascensos.

Evaluaciones.

Incluso mis solicitudes de acceso de seguridad.

—¿Por qué mi padre tenía mi expediente?

Rebecca negó lentamente.

—No creo que él lo reuniera.

Encontré una nota manuscrita.

«Natalie fue observada desde antes de su ingreso en West Point».

Mis dedos se detuvieron.

—¿Observada por quién?

Rebecca señaló la siguiente página.

Había una lista de nombres.

Algunos desconocidos.

Otros no.

General Malcolm Voss.

Senador Henry Caldwell.

Un contratista llamado Sterling Defense Systems.

Y uno que me hizo levantarme.

Elaine Mercer.

Mi madre.

—No.

Rebecca no dijo nada.

—Esto no demuestra nada.

—Estoy de acuerdo.

—Mi padre pudo haber anotado su nombre por cualquier razón.

—También estoy de acuerdo.

Pero mi voz ya no sonaba convencida.

Pasé la página.

Había fotografías de mamá entrando en un hotel de Washington.

Fechadas siete años atrás.

En una de ellas estaba hablando con Malcolm Voss.

En otra aparecía con un hombre cuyo rostro había sido marcado con un círculo rojo.

Debajo, mi padre había escrito:

NO SÉ SI ELAINE ESTÁ CON ELLOS O SI TAMBIÉN LA ESTÁN UTILIZANDO.

Mi corazón golpeó contra mis costillas.

—Necesito hablar con ella.

Rebecca negó.

—Todavía no.

—Es mi madre.

—Precisamente.

Mi teléfono comenzó a sonar otra vez.

Esta vez respondí.

Rebecca intentó detenerme, pero levanté una mano.

—Mamá.

Al otro lado no hubo respuesta inmediata.

Después escuché su respiración.

—Natalie, ¿dónde estás?

—Tú sabes dónde estoy.

Silencio.

—Vuelve a casa.

—¿Por qué?

—Porque esto ha ido demasiado lejos.

Aquellas palabras me hicieron cerrar los ojos.

—¿Qué ha ido demasiado lejos?

—Tu padre…

Se detuvo.

—¿Qué pasa con papá?

—No puedo hablar por teléfono.

—Entonces dime una sola cosa.

Miré la fotografía de ella junto a Voss.

—¿Está muerto?

Silencio.

Cinco segundos.

Diez.

Finalmente mamá susurró:

—No hagas preguntas cuya respuesta pueda conseguir que te maten.

La llamada terminó.

Rebecca me quitó suavemente el teléfono.

—Tenemos que salir.

Entonces el ordenador antiguo de la Unidad 17 se encendió solo.

Ambas nos congelamos.

La pantalla permaneció negra durante unos segundos.

Después apareció una cuenta regresiva.

00:02:59

—¿Qué es eso? —pregunté.

Rebecca corrió hacia el teclado.

—No lo sé.

Debajo del contador apareció una línea:

NATALIE, SI ESTÁS VIENDO ESTO, EL FUNERAL YA TERMINÓ.

Sentí que me faltaba el aire.

La voz de mi padre comenzó a salir por los altavoces.

—Natalie, si llegaste a la Unidad 17, significa que tuve que desaparecer antes de poder explicarte todo.

Rebecca y yo nos miramos.

Mi padre continuó:

—No confíes en la versión oficial de mi muerte. No confíes en ningún documento que hayas firmado esta semana.

Hizo una pausa.

—Y, sobre todo…

La grabación se distorsionó.

Entonces dijo algo que hizo que me quedara completamente inmóvil.

—No culpes a tu madre hasta que sepas qué hicieron con ella hace veintidós años.

La cuenta regresiva bajó a dos minutos.

En la pantalla apareció automáticamente una carpeta.

PROYECTO JANUS.

Rebecca perdió el color del rostro.

—¿Conoces ese nombre?

No respondió.

—Rebecca.

—Natalie, tenemos que irnos ahora.

—¿Qué es Janus?

Entonces escuchamos motores afuera.

Más de uno.

Rebecca apagó la luz.

Nos acercamos lentamente a la puerta.

Tres vehículos negros acababan de entrar en el estacionamiento.

Hombres con chaquetas oscuras bajaron de ellos.

No llevaban marcas identificables.

Uno habló por radio.

—La coronel está dentro.

Mi mano fue automáticamente hacia mi cintura.

Vacía.

Había ido al funeral sin arma.

Rebecca sacó la suya.

—Por la salida trasera.

La voz de mi padre seguía reproduciéndose dentro del almacén.

—Si ellos llegan antes de que termine el mensaje, Natalie, abre la caja fuerte.

Miré al fondo de la unidad.

La caja fuerte tenía un teclado.

La pantalla del ordenador mostró seis números.

Rebecca me miró.

—No tenemos tiempo.

Pero afuera alguien levantó la puerta principal del edificio.

Pasos.

Cada vez más cerca.

Corrí hacia la caja fuerte e introduje el código.

La cerradura hizo clic.

Dentro había un solo objeto.

Una fotografía tomada apenas cuarenta y ocho horas antes del funeral.

Mi padre estaba vivo.

De pie junto a mi madre.

Y entre ambos había un periódico cuya fecha correspondía al día posterior a su supuesta muerte.

En el reverso, Raymond había escrito:

«NATALIE, TU MADRE NO ME TRAICIONÓ. YO FINGÍ MI MUERTE PARA EVITAR QUE TE MATARAN A TI.»

Debajo había una segunda frase.

Más reciente.

Escrita con otra letra.

«LLEGASTE DEMASIADO TARDE. RAYMOND YA ESTÁ CON NOSOTROS.»

Y en ese momento alguien comenzó a levantar desde fuera la puerta metálica de la Unidad 17.

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