A las seis de la mañana, Gwen seguía dormida cuando salí de aquella habitación húmeda.
Llamé primero al hospital.
Después, a un abogado.
Mi tercera llamada fue al gerente del banco donde había enviado mis remesas durante cuatro años.
A las ocho, ya sabía qué debía hacer.
Bajé a desayunar fingiendo entusiasmo.
—Necesito reunir toda la documentación financiera antes del viernes —anuncié—. La empresa quiere comprobar que el paquete de casi cuatrocientos mil dólares será administrado correctamente.
Margaret dejó inmediatamente su taza.
—Yo puedo ocuparme.
Paige sonrió.
—Mamá administra todo aquí.
Exactamente la respuesta que esperaba.
—Perfecto. Necesito extractos, títulos de propiedad, recibos de compras importantes y cualquier inversión hecha con el dinero que envié.
Mi madre vaciló.
Solo un segundo.
—Claro.
Luego añadió:
—Pero deberíamos poner también la compensación en mi cuenta. Será más sencillo.
Sonreí.
—Eso estaba pensando.
La codicia hizo el resto.
Durante las siguientes horas, Margaret abrió armarios que la noche anterior aseguraba que contenían únicamente papeles viejos.
Paige encendió un portátil.
Sacaron contratos.
Facturas.
Documentos bancarios.
Yo fotografié cada página con la excusa de enviarla al departamento financiero de la empresa.
A las once encontré la primera mentira.
La casa no había costado lo que mi madre afirmaba.
Parte del dinero procedía de mis transferencias, pero la escritura estaba exclusivamente a nombre de Margaret.
La camioneta pertenecía a Paige.
Había pagos a joyerías, hoteles, restaurantes y una clínica estética.
Y durante los cinco meses desde el diagnóstico de Gwen, ellas habían gastado más de dieciocho mil dólares en artículos de lujo.
Gwen había pedido trescientos.
Trescientos dólares.
Y le habían dicho que no había dinero.
—¿Dónde están los ahorros restantes? —pregunté.
Margaret cerró una carpeta.
—Invertidos.
—¿En qué?
—Varias cosas.
—Necesito documentos.
Paige se impacientó.
—¿Por qué tantas preguntas? Vas a recibir cuatrocientos mil más.
La miré.
—Precisamente por eso.
Mi madre tocó su brazo.
—Paige.
Aquella advertencia silenciosa me confirmó que escondían algo más.
Entonces Gwen apareció en la puerta.
Llevaba el gorro puesto.
Margaret frunció inmediatamente el ceño.
—Te dije que cuando haya familia en la mesa no aparezcas con ese aspecto.
Me puse de pie.
—Siéntate, Gwen.
Mi madre me miró.
—Gavin, ella puede comer después.
—He dicho que se siente.
El comedor quedó en silencio.
Gwen ocupó lentamente la silla junto a mí.
Le serví desayuno.
Paige puso los ojos en blanco.
—Ahora que volviste, volverá a hacerse la víctima.
Dejé el tenedor.
—¿Sabías que tiene cáncer?
Paige palideció.
Margaret respondió primero.
—Todavía no sabemos si eso es verdad.
Saqué de mi bolsillo una copia del informe de biopsia.

La puse sobre la mesa.
—Ahora lo sabemos.
Ninguna habló.
—¿Sabías que vendió su cabello para pagar la consulta?
Mi madre apretó los labios.
—Gwen siempre dramatiza.
—¿Vendió su cabello o no?
Silencio.
Gwen bajó la mirada.
Entonces Paige murmuró:
—Nadie le pidió que hiciera eso.
Sentí una rabia tan intensa que tuve que respirar antes de responder.
—Tienes razón.
La miré directamente.
—Yo había enviado dinero para que nunca tuviera que hacerlo.
Mi teléfono vibró.
Era el mensaje que esperaba.
Me levanté.
—Tenemos una reunión esta tarde.
Margaret sonrió inmediatamente.
—¿Por la compensación?
—Sí.
Tres horas después estábamos en una oficina del centro.
Mi madre llevaba sus mejores joyas.
Paige había cambiado de ropa.
Ambas creían que iban a ayudarme a recibir cuatrocientos mil dólares.
Gwen estaba conmigo.
Al entrar, mi abogado, Michael Reeves, nos esperaba junto a una especialista en fraude financiero.
Sobre la mesa había varias carpetas.
La sonrisa de Margaret desapareció.
—¿Por qué hay abogados?
Tomé asiento.
—Porque mentí.
Paige frunció el ceño.
—¿Sobre qué?
—No hay cuatrocientos mil dólares.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué? —preguntó mi madre.
—La planta cerró temporalmente. Eso es todo.
Margaret se levantó.
—¡Nos hiciste perder el tiempo!
—No.
Michael abrió la primera carpeta.
—Conseguí que trajerais voluntariamente los registros que necesitábamos.
Mi madre miró los documentos que ella misma había entregado.
Comprendió la trampa.
—Gavin…
—Durante cuatro años confié en ti.
Saqué una hoja con mis transferencias.
—Mandé ciento diecisiete mil cuatrocientos dólares.
Paige intentó levantarse.
—Yo me voy.
La especialista habló.
—Antes quizá quiera escuchar qué encontramos relacionado con su camioneta.
Paige se quedó inmóvil.
Michael explicó que varios activos se habían adquirido directamente con fondos rastreables hasta mis transferencias.
Pero aquello no era lo peor.
Habían encontrado solicitudes de crédito realizadas utilizando información personal mía mientras yo estaba en Canadá.
Una llevaba una firma falsificada.
Otra utilizaba mis ingresos como garantía.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sabemos —respondió Michael.
Miré a Margaret.
—¿Fuiste tú?
—Todo fue para la familia.
—¿También las joyas?
—Gavin…
—¿Los viajes de Paige?
Silencio.
—¿Mientras Gwen pedía trescientos dólares para una biopsia?
Mi madre golpeó la mesa.
—¡Ella se buscó esto!
Gwen se estremeció.
Yo no.
Aquella frase ya no podía herirme.
Solo podía convertirse en prueba de quién era Margaret.
Me levanté.
—Se acabó.
—¿Qué significa eso?
—Que Gwen y yo nos vamos.
Paige soltó una risa.
—¿Y dónde vais a vivir?
Michael deslizó otra carpeta hacia mí.
—Eso tampoco será un problema.
Mi madre observó la documentación.
—¿Qué es?
—Una propiedad que compré en Yellowknife hace dos años.
Nunca les había contado que mis ingresos reales habían aumentado considerablemente después de convertirme en supervisor de planta.
Tampoco sabían que había dejado de enviarles todo.
Había ahorrado.
Invertido.
Y aquella misma mañana había organizado el traslado inmediato de Gwen a un centro oncológico.
Margaret me miró horrorizada.
—¿Vas a abandonar a tu propia madre?
—No.
Tomé la mano de Gwen.
—Voy a dejar de abandonar a mi esposa.
Salimos.
Pensé que aquel sería el peor descubrimiento del día.
Me equivocaba.
Esa tarde, mientras Gwen realizaba nuevos estudios en el hospital, Michael llamó.
—Gavin, encontramos el resto del dinero.
Me levanté del pasillo.
—¿Cuánto?
—Más de lo esperado.
—¿Dónde?
Hubo una pausa.
—En una cuenta que Margaret no controla sola.
—¿Paige?
—No.
Me envió un documento.
Había dos titulares.
El primero era Margaret.
El segundo hizo que me quedara mirando la pantalla sin comprender.
Gwen.
Entré inmediatamente en su habitación.
—¿Sabes algo de esta cuenta?
Ella miró el nombre del banco.
Su rostro cambió.
—No.
—Figura a tu nombre.
—Gavin, jamás he visto eso.
Michael seguía al teléfono.
—Hay algo más. La cuenta recibió cuarenta y seis mil dólares de tus remesas.
—Entonces falsificaron también la firma de Gwen.
—Eso pensé inicialmente.
Su tono me inquietó.
—¿Inicialmente?
—Pedimos los documentos de apertura.
Escuché papeles al otro lado.
—La firma parece auténtica.
Gwen negó desesperadamente.
—Yo nunca abrí esa cuenta.
Entonces se quedó inmóvil.
—Espera.
La miré.
—¿Qué?
—Hace dos años, Margaret me llevó a un banco.
Su voz empezó a temblar.
—Dijo que necesitaba mi firma para renovar el seguro de la casa.
Michael habló desde el teléfono:
—Gavin, eso explicaría la firma. Pero no explica lo siguiente.
—¿Qué siguiente?
—Hace cinco meses, exactamente cuatro días después del diagnóstico de Gwen, casi todo el dinero salió de esa cuenta.
Sentí un escalofrío.
—¿Adónde fue?
—A una póliza.
Gwen me miró.
—¿Qué póliza?
Michael guardó silencio durante dos segundos.
—Un seguro de vida contratado sobre Gwen.
El mundo pareció detenerse.
—¿Quién es el beneficiario?
Escuché cómo pasaba otra página.
Entonces su voz cambió.
—Gavin…
—Dímelo.
—No es solamente tu madre.
Apreté el teléfono.
—¿Quién más?
Michael pronunció un nombre.
Y Gwen dejó escapar un sonido ahogado.
Porque era el mismo médico que meses atrás le había dicho que podía esperar antes de comenzar el tratamiento.
Entonces comprendí que quizá mi madre no se había limitado a negarle dinero.
Tal vez alguien había tenido una razón financiera para asegurarse de que Gwen siguiera enferma.