Parte 2: EL COMPROMISO ERA CONMIGO Y GABRIEL LLEVABA CUATRO MESES ESPERANDO QUE DEJARA DE HUIR

Me quedé inmóvil frente al automóvil.

—¿Qué acabas de llamarme?

Gabriel cerró la puerta que acababa de abrir.

—Mi prometida.

—No soy tu prometida.

—Todavía no oficialmente.

—¡Gabriel!

Varias personas que salían del aeropuerto voltearon.

Él ni siquiera pestañeó.

—Sube al coche, Emma.

—Vine al compromiso de tu novia.

—Lo sé.

—Entonces ve a recogerla a ella.

Gabriel inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso estoy haciendo.

Sentí que mi cerebro dejaba de funcionar.

—Luna dijo que llevabas meses saliendo con alguien.

—Correcto.

—Que estabas comprometido.

—También correcto.

—¡Y jamás dijo que fuera yo!

Por primera vez, Gabriel sonrió de verdad.

—Porque le pedí que no lo hiciera.

Abrí la boca.

La cerré.

—Estás loco.

—Probablemente.

Tomé mi maleta.

—Voy a pedir un taxi.

Gabriel no intentó detenerme.

Solo dijo:

—La fiesta de compromiso empieza a las siete. Tu vestido está en casa de Luna.

Me giré.

—¿Mi vestido?

—Lo eligió ella.

—¿Luna está metida en esto?

—Desde el principio.

Cinco minutos después estaba dentro de su automóvil llamando furiosamente a mi mejor amiga.

Contestó al segundo tono.

—¡Ya llegaste!

—LUNA GU.

Silencio.

—Ah.

—¿“Ah”? ¿Eso es todo?

—¿Ya viste a mi hermano?

—Me llamó su prometida.

Luna soltó una carcajada.

—Entonces todo salió perfecto.

—¡Me dijiste que tenía novia!

—La tiene.

—¡Yo no sabía que era yo!

—Eso ya no es culpa mía.

—¡Claro que es culpa tuya!

Gabriel conducía tranquilamente como si aquello fuera una conversación completamente normal.

—Emma —dijo Luna—, antes de que me mates, déjame explicarte algo. Mi hermano lleva años enamorado de ti.

Miré a Gabriel.

Él no reaccionó.

—Eso es imposible.

—No.

—Nunca me dijo nada.

—Porque eres mi mejor amiga y él creía que si te presionaba iba a complicarme la vida.

Gabriel intervino:

—También porque cada vez que intentaba hablar contigo, desaparecías.

—¡No desaparecía!

Luna se rio.

—Emma, cuando mi hermano entraba en una habitación tú literalmente recordabas que tenías algo urgente que hacer en otro continente.

No tenía defensa para eso.

Colgué.

Después miré a Gabriel.

—¿Años?

—Seis.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—Hace seis años yo tenía veintitrés.

—Y yo veinticinco.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

—Porque eras la mejor amiga de mi hermana, estabas empezando tu carrera y cada vez que me acercaba demasiado parecías querer saltar por una ventana.

—Tú dabas miedo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Llegamos a la residencia Gu.

Antes de bajar, Gabriel apagó el motor.

—Emma.

Lo miré.

Su expresión había cambiado.

—No existe ningún compromiso legal. No he anunciado nada públicamente. Si esta noche me dices que no quieres estar conmigo, se termina.

Aquello me sorprendió.

—Entonces ¿por qué dijiste que soy tu prometida?

—Porque quería que dejaras de esconderte detrás de una mujer imaginaria.

Me quedé mirándolo.

—Eso es manipulación.

—Un poco.

—Gabriel.

—Lo sé.

Respiró.

—Y no volveré a hacerlo.

Por primera vez desde el aeropuerto sentí que podía pensar.

—¿Qué pasó después de que me fui?

Su expresión se endureció.

—Desperté solo.

—Lo siento.

—Encontré la taza del medicamento, la compresa y tu arete debajo de mi almohada.

Me llevé una mano instintivamente a la oreja.

Había perdido aquel arete.

—Te escribí.

—Apagué el teléfono.

—Llamé.

—También bloqueé tu número.

—Lo noté.

—Lo siento.

—Después averigüé que habías volado a Sri Lanka.

Lo miré.

—¿Cómo?

—Nathan.

—¿Tu asistente rastreó mi vuelo?

—Luna le pidió que confirmara que habías llegado bien.

Eso sonaba mucho más razonable.

Gabriel añadió:

—Yo quería ir por ti.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque Nathan me dijo algo inteligente por primera vez en su vida.

—¿Qué?

—Que perseguir a una mujer que había huido aterrorizada probablemente no ayudaría.

No pude evitar reír.

—Nathan me cae mejor ahora.

—A mí menos.

Entramos.

Luna apareció corriendo y me abrazó.

—¡Mi cuñada!

—No empieces.

—Pero técnicamente…

—Luna.

—Está bien.

Me arrastró escaleras arriba.

En su habitación había un vestido azul oscuro.

—No pienso ponerme eso para fingir un compromiso.

Luna se sentó.

—Entonces úsalo para cenar.

—¿Qué clase de fiesta es esta?

Su sonrisa desapareció.

—En realidad… aquí viene el problema.

Me quedé quieta.

—¿Qué problema?

—Mi madre.

Aquello no me sorprendió.

La señora Gu siempre había sido educada conmigo, pero también extremadamente cuidadosa con las relaciones de Gabriel.

—¿Qué hizo?

—Invitó a Celeste Wang.

Reconocí el nombre.

Hija de una familia empresarial cercana a los Gu.

—¿Por qué?

Luna hizo una mueca.

—Porque durante meses intentó emparejarla con Gabriel.

—¿Y esta noche?

—Mi madre cree que Gabriel anunciará un compromiso con Celeste.

Abrí mucho los ojos.

—¿Entonces existe una segunda prometida imaginaria?

—No exactamente.

La puerta se abrió.

Gabriel estaba allí.

—Mi madre se adelantó.

—¿Qué significa eso?

—Significa que informó a varios familiares de que habría un anuncio.

—¿Sin preguntarte con quién?

—Correcto.

—Tu familia está loca.

—También correcto.

A las siete, la residencia estaba llena.

Yo quería esconderme en la cocina.

Luna no me dejó.

—Ni se te ocurra escapar otra vez.

Cuando bajé, Gabriel estaba conversando con varios invitados.

Al verme, dejó de hablar.

Sus ojos permanecieron sobre mí demasiado tiempo.

La señora Gu apareció antes de que pudiera acercarse.

—Emma. Qué sorpresa.

Su tono decía exactamente lo contrario.

—Señora Gu.

—Pensé que estabas trabajando en el extranjero.

—Regresé hace unas horas.

Miró a Gabriel.

—Esta noche es importante para nuestra familia. Espero que entiendas que ciertas relaciones deben mantenerse dentro de límites apropiados.

Antes habría bajado la mirada.

Esta vez pregunté:

—¿Qué límites?

Su sonrisa se tensó.

—Eres como una hermana menor para Gabriel.

Una voz detrás de ella respondió:

—No.

Gabriel.

Su madre se volvió.

—¿Qué?

Él se colocó a mi lado.

—Emma nunca ha sido como una hermana para mí.

La sala empezó a quedarse silenciosa.

Celeste Wang estaba cerca del piano.

No parecía enamorada.

Parecía incómoda.

La señora Gu bajó la voz.

—Gabriel, hablaremos después.

—No.

Tomó una copa de la bandeja de un camarero, pero no bebió.

—Ya que todos han venido esperando un anuncio, hagámoslo ahora.

Mi corazón comenzó a golpearme.

Lo agarré del brazo.

—Gabriel.

Él me miró.

—¿Quieres que me detenga?

Todo el salón esperaba.

Yo podía decir sí.

Y él lo haría.

Comprendí entonces que, detrás de todo su carácter controlador, en ese instante me estaba devolviendo la elección.

Negué lentamente.

Gabriel se volvió hacia los invitados.

—Ha habido cierta confusión. No existe ningún compromiso entre Celeste Wang y yo.

Celeste soltó un suspiro audible.

Después levantó su copa.

—Gracias a Dios.

Varias personas rieron.

La madre de Gabriel palideció.

Celeste añadió:

—Con todo respeto, señora Gu, llevo dos años saliendo con alguien.

Ahora fue Luna quien casi dejó caer su bebida.

—¿Qué?

Celeste sonrió.

—Mi familia tampoco lo sabe todavía.

La tensión se rompió durante unos segundos.

Entonces Gabriel tomó mi mano.

—La mujer con la que quiero construir una relación está aquí.

Todos me miraron.

Quise desaparecer.

Pero no solté su mano.

—Sin embargo —continuó—, ella todavía no ha aceptado casarse conmigo.

Giré la cabeza.

—Gracias por esa aclaración.

Luna empezó a reír.

Gabriel también.

Su madre no.

—Esto es absurdo —dijo—. Emma ni siquiera pertenece a nuestro círculo.

El salón volvió a quedar en silencio.

Gabriel respondió:

—Pertenece al único círculo que importa en esta decisión: el mío.

—Esa mujer huyó del país después de pasar una noche contigo.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—Mamá —dijo Gabriel.

Pero ya era tarde.

Varios invitados fingieron no haber escuchado.

Luna estaba horrorizada.

Yo miré a la señora Gu.

—¿Cómo sabe eso?

Silencio.

Gabriel también la miró.

—Mamá.

Ella apartó la vista.

Y ahí apareció el giro que nadie esperaba.

Nathan, el asistente de Gabriel, se acercó desde el fondo del salón.

—Señor Gu, creo que debería saber algo.

—Habla.

Nathan sostuvo su teléfono.

—La mañana en que Emma se fue, su madre me pidió los registros de salida de la villa.

Gabriel quedó inmóvil.

—¿Qué?

—También me pidió averiguar a qué aeropuerto había ido.

La señora Gu explotó:

—¡Solo estaba protegiendo a mi hijo!

Nathan continuó:

—Después llamó a Emma.

La miré.

Y entonces recordé.

Una llamada de número desconocido recibida mientras esperaba mi conexión en Colombo.

Una mujer que dijo:

“Si aprecias a Luna, olvida lo ocurrido con Gabriel. No conviertas un error en una humillación para dos familias.”

Yo había asumido que era alguna asistente.

Nunca pregunté.

—Fuiste tú —susurré.

La señora Gu no respondió.

Gabriel tenía una expresión que jamás le había visto.

—¿Le dijiste que se alejara de mí?

—Estaba protegiéndote.

—No.

Su voz fue baja.

—Estabas decidiendo por mí.

Me miró.

—¿Eso influyó en que te quedaras lejos?

Tragué saliva.

—Sí.

La madre de Gabriel palideció.

—Emma no era adecuada.

Gabriel soltó mi mano.

Durante un segundo pensé que se alejaba de mí.

En cambio, se acercó a su madre.

—La mujer que quiero acaba de regresar después de cuatro meses creyendo que yo había olvidado lo que pasó porque tú ayudaste a convencerla de que debía desaparecer.

—Gabriel…

—No vuelvas a intervenir.

No gritó.

No amenazó.

Simplemente puso un límite.

Después regresó conmigo.

—Vámonos.

Salimos de la fiesta.

—¿A dónde vamos?

—A cenar.

—¿Acabas de abandonar tu propia fiesta de compromiso?

—No había compromiso.

—Había como cien personas.

—Luna puede entretenerlas.

Mi teléfono vibró.

Mensaje de Luna:

“LOS ODIO. TRAIGAN POSTRE.”

Me reí.

Terminamos comiendo fideos en un restaurante pequeño que permanecía abierto hasta tarde.

Sin familias.

Sin anuncios.

Sin promesas absurdas.

Gabriel me preguntó:

—¿Qué quieres tú?

La pregunta me sorprendió.

Pensé durante mucho tiempo.

—Quiero conocerte sin huir.

Asintió.

—Bien.

—Y nada de llamarme prometida.

—De acuerdo.

—Ni investigar vuelos.

—De acuerdo.

—Ni pedirle a Luna que me manipule.

—Eso será difícil. Ella se manipula sola.

Sonreí.

—Y tú.

—¿Yo qué?

—Tienes que dejar de asumir que porque estás seguro de algo yo también lo estoy.

Gabriel asintió.

—Justo.

Empezamos desde cero.

De verdad.

Citas.

Conversaciones.

Discusiones.

Silencios incómodos.

Aprendí que Gabriel no era tan frío como parecía.

Él aprendió que cuando me asustaba, mi primer impulso era comprar un boleto de avión.

Seis meses después regresamos juntos a Sri Lanka.

Cuando aterrizamos, Gabriel miró alrededor.

—Así que aquí te escondiste.

—Era precioso.

—Yo estaba sufriendo.

—También era muy barato.

Me miró indignado.

Me reí.

Aquella noche, caminando junto al océano, se detuvo.

Sacó una caja pequeña.

—Emma.

Lo señalé.

—No te atrevas a llamarme prometida antes de tiempo.

—Estoy aprendiendo.

Abrió la caja.

—Esta vez voy a preguntar.

No hubo público.

No hubo fiesta.

No hubo familias tomando decisiones por nosotros.

Solo él y yo.

—¿Quieres casarte conmigo?

Lo hice esperar unos segundos.

Por venganza.

Después sonreí.

—Sí.

Gabriel cerró los ojos como si acabara de ganar una negociación imposible.

—¿Ahora puedo llamarte mi prometida?

—Ahora sí.

Un año después nos casamos.

Luna lloró más que yo.

Nathan terminó siendo su pareja, aunque él todavía insiste en que aquella historia comenzó porque fue víctima de un secuestro alcohólico.

La señora Gu tardó mucho más en aceptar sus errores.

Nuestra relación nunca se volvió perfecta.

Pero aprendió una regla fundamental:

mi vida con Gabriel no necesitaba su aprobación.

A veces todavía pienso en aquella mañana en que desperté aterrorizada y tomé el primer vuelo que encontré.

Creía que estaba escapando de Gabriel.

En realidad, estaba escapando de una conversación que llevaba años evitando.

Y él cometió su propio error al creer que podía anunciar un compromiso antes de preguntarme.

Pero finalmente entendimos algo.

Gabriel no necesitaba perseguirme.

Yo no necesitaba seguir huyendo.

Solo necesitábamos llegar al mismo lugar, al mismo tiempo, y decir en voz alta lo que ambos llevábamos demasiado tiempo fingiendo que no sentíamos.

Y la próxima vez que me recibió en un aeropuerto llamándome “mi prometida”…

ya llevaba el anillo puesto.

Related Posts

PARTE 2: CUANDO SUBÍ A LA GALA Y VI A MI MARIDO POSANDO CON OTRA MUJER Y UN NIÑO COMO SU «VERDADERA FAMILIA», MI HERMANO YA HABÍA EMPEZADO A RETIRAR TODO EL DINERO QUE MANTENÍA EN PIE SU IMPERIO.

Víctor tardó menos de quince minutos. No llegó solo. Cuando las puertas giratorias del hotel se abrieron, entró acompañado por dos abogados, un hombre del departamento financiero…

Parte 2: DANIEL LLEVÓ MIS MORETONES AL TRIBUNAL PARA QUITARME TODO… Y TERMINÓ EXPLICANDO QUIÉN ME LOS HABÍA HECHO

Saqué un sobre grueso del interior de mi abrigo. Curtis Hale se levantó inmediatamente. —Objeción, señoría. No hemos recibido ninguna prueba adicional. —Todavía no la he admitido…

PARTE 2: FINGÍ VOLAR A EUROPA PARA DESCUBRIR QUIÉN TRAICIONABA A MI FAMILIA, PERO CUANDO VI LO QUE MI PROMETIDA HACÍA CON MIS HIJAS A PUERTA CERRADA, ENTENDÍ QUE ROSA LLEVABA MESES PROTEGIÉNDOLAS DE UNA MUJER QUE HABÍA ENTRADO EN MI CASA CON UN PLAN MUCHO MÁS OSCURO.

Me levanté de la silla tan rápido que mi jefe de seguridad, Samuel, tuvo que interponerse delante de la puerta. —Señor, espere. —Quítate. —Si entra ahora, Patricia…

PARTE 2: MI ESPOSO MULTIMILLONARIO FIRMÓ EL DIVORCIO MIENTRAS YO MORÍA TRAS DAR A LUZ A NUESTROS TRILLIZOS, PERO AL ABANDONARME ACTIVÓ UNA CLÁUSULA SECRETA QUE PODÍA QUITARLE EL IMPERIO QUE CREÍA SUYO.

—Necesitamos hablar. La voz de Grant llegó por teléfono cinco días después de que despertara. Yo estaba sentada junto a las incubadoras de nuestros trillizos. Todavía necesitaba…

Parte 2: EL NIÑO SALVÓ A ALEJANDRO DE LA CARRETERA, PERO EL VERDADERO OBJETIVO DE VALERIA ESTABA ESCONDIDO EN SU PROPIA EMPRESA

Don Ernesto no volvió a explicar nada por teléfono. —Ven solo —repitió—. Y procura que nadie sepa dónde estás. Alejandro miró por el retrovisor. —Hay un niño…

PARTE 2: MIS HIJOS ME DIERON VEINTE MINUTOS PARA ENTREGARLES LOS TRES MILLONES DE DÓLARES, PERO CUANDO EL RELOJ LLEGÓ A CERO, LA CÁMARA QUE HABÍAN IGNORADO YA HABÍA CONVERTIDO SUS AMENAZAS, SUS GOLPES Y SU FIRMA FALSIFICADA EN PRUEBAS CONTRA ELLOS.

Marcus miró su reloj. —Diecinueve minutos. Seguía arrodillada junto a la encimera, sujetándome las costillas. Cada respiración dolía. Pero mi sonrisa no desapareció. Rachel fue la primera…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *