Me levanté de la silla tan rápido que mi jefe de seguridad, Samuel, tuvo que interponerse delante de la puerta.
—Señor, espere.
—Quítate.
—Si entra ahora, Patricia sabrá que la estábamos vigilando. Si esto lleva meses ocurriendo, necesitamos saber hasta dónde llega.
Miré otra vez las pantallas.
Martina había recuperado su conejo del suelo.
Daniela seguía colocada delante de ella como un pequeño escudo humano.
Mi hija mayor tenía nueve años y ya había aprendido que su trabajo era proteger a su hermana cuando su padre no estaba.
Aquella idea me destruyó.
—Grábalo todo —ordené.
Samuel señaló el panel.
—Ya está respaldándose fuera de la propiedad.
En la pantalla, Patricia volvió a enfrentarse con Rosa.
—Cuando me case con Alejandro, tú desaparecerás de esta casa.
Rosa permaneció inmóvil.
—Eso lo decidirá el señor.
Patricia sonrió.
—Alejandro decide lo que yo le hago creer que debe decidir.
Sentí que me faltaba el aire.
Samuel me miró de reojo.
Yo no dije nada.
Patricia siguió hablando.
—Ya conseguí que sospechara de ti. Una pulsera más, un poco de dinero desaparecido y terminará echándote personalmente.
Rosa palideció.
—¿Usted puso aquella pulsera en mi habitación?
Patricia inclinó ligeramente la cabeza.
—Demostrarlo será difícil.
Ahí estaba.
La acusación contra Rosa nunca había sido una sospecha. Había sido una operación cuidadosamente construida.
Recordé la pulsera de diamantes que había desaparecido dos meses antes.
Patricia la había encontrado milagrosamente debajo de una toalla en el cuarto de Rosa.
Yo no había despedido a Rosa porque llevaba quince años trabajando para mi familia.
Pero la había interrogado.
Había visto sus ojos llenarse de lágrimas.
Y aun así había permitido que Patricia sembrara otra duda dentro de mí.
Me sentí miserable.
Entonces Daniela habló.
—Papá no te creerá para siempre.
Patricia giró hacia ella.
—¿Qué dijiste?
Daniela tragó saliva.
—Papá nos quiere.
Patricia caminó lentamente hasta quedar frente a ella.
—Tu padre está ocupado.
Daniela levantó la barbilla.
—Pero cuando descubra cómo eres…
Patricia le agarró el brazo.
Yo avancé hacia la puerta.
Samuel volvió a detenerme.
—Cinco segundos.
—¡Suéltame!
—Mire.
Rosa se había colocado inmediatamente entre ambas.
—No vuelva a tocarla.
Patricia la miró con una expresión que jamás le había visto.
—Ten cuidado.
—Son niñas.
—Son mi problema desde el momento en que me case con su padre.
Rosa respondió:
—No si yo puedo impedirlo.
Patricia soltó el brazo de Daniela.
Después sonrió.
—Por eso tengo que deshacerme de ti primero.
Salió de la sala.
Samuel comenzó a cambiar entre cámaras.
—Va hacia su habitación.
La seguimos en las pantallas.
Patricia cerró la puerta, sacó su teléfono y realizó una llamada.
El audio tardó unos segundos en activarse.
—Se lo creyó —dijo.
Una voz masculina respondió al otro lado, demasiado baja para identificarla.
Patricia caminó hasta el armario.
—Alejandro está camino de Europa. Tenemos al menos cuatro días.
Mi corazón golpeó con fuerza.
Abrió una caja de zapatos.
Dentro había documentos.
—No, todavía no puedo conseguir su firma —continuó—. Pero después de la boda será más fácil.
Pausa.
—Las niñas son el problema.
Me quedé helado.
Samuel acercó el audio.
—Rosa también sospecha demasiado —añadió Patricia—. Primero necesito sacarla de la casa.
La voz del hombre respondió algo.
Entonces Patricia rió.
—No seas dramático. No voy a hacerles nada. Solo necesito que Alejandro piense que sus hijas están demasiado afectadas emocionalmente para vivir aquí durante un tiempo.
Samuel giró hacia mí.
—¿Escuchó eso?
Yo apenas podía responder.

Patricia continuó:
—Después de la boda podemos enviarlas con la hermana de Alejandro. Él vive viajando. Ni siquiera notará cuándo empieza a pasar menos tiempo con ellas.
Ahí entendí el plan.
No quería convertirse en madre de mis hijas.
Quería eliminarlas lentamente de mi vida.
Pero todavía faltaba algo.
—¿Qué documentos tiene? —pregunté.
Samuel amplió la imagen.
Patricia sacó varios papeles y los extendió sobre la cama.
Uno llevaba el logotipo de mi empresa familiar.
Otro parecía relacionado con una propiedad.
El tercero hizo que Samuel frunciera el ceño.
—Eso parece un poder notarial.
—Yo nunca firmé ningún poder.
—Entonces alguien está preparando uno.
Patricia fotografió las páginas y volvió a guardarlas.
Después tomó otra cosa.
Una pequeña llave.
Samuel amplió la imagen todo lo posible.
La reconocí inmediatamente.
—No puede ser.
—¿Qué abre?
—La caja fuerte del despacho de mi padre.
La caja llevaba nueve años cerrada desde su muerte.
Ni siquiera Patricia sabía oficialmente que existía.
O eso creía yo.
—¿Cómo consiguió esa llave? —preguntó Samuel.
—No lo sé.
Pero alguien se lo había dicho.
Y de repente aquella llamada masculina adquirió una importancia completamente distinta.
Patricia no estaba actuando sola.
Nos quedamos vigilando durante casi una hora.
Rosa llevó a las niñas a la cocina.
Les preparó chocolate caliente.
Martina preguntó:
—¿Papá se fue de verdad?
Rosa dudó.
—Sí, cariño.
Daniela la observó fijamente.
—Patricia es diferente cuando él no está.
Rosa dejó la taza sobre la mesa.
—Lo sé.
—¿Por qué no se lo dijiste?
La pregunta también era para mí.
Rosa respiró profundamente.
—Porque una vez intenté hacerlo.
Me quedé inmóvil.
—¿Cuándo? —susurré.
Como si pudiera escucharme, Rosa respondió a Daniela:
—Hace cinco meses.
Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.
Cinco meses antes Rosa me había pedido hablar conmigo a solas.
Yo estaba saliendo hacia una reunión.
Patricia apareció antes de que pudiera escucharla y dijo que Rosa estaba preocupada por un problema con el personal.
Nunca retomé aquella conversación.
—¿Y papá? —preguntó Martina.
Rosa bajó la mirada.
—La señorita Patricia le dijo que yo estaba celosa.
Cerré los ojos.
Samuel no dijo nada.
No hacía falta.
Yo mismo había ayudado a Patricia a aislar a la única persona que intentó advertirme.
Entonces sonó una alarma silenciosa en el panel.
Samuel miró una cámara exterior.
—Tenemos un vehículo acercándose por la entrada norte.
—¿Quién?
No figuraba ninguna visita programada.
Un automóvil negro se detuvo cerca del garaje secundario.
Un hombre salió.
Patricia apareció en la puerta lateral menos de un minuto después.
No parecía sorprendida.
Lo esperaba.
Samuel amplió el rostro.
Yo dejé de respirar.
—¿Lo conoce?
Sí.
Perfectamente.
Era Eduardo Salazar, mi director financiero y uno de mis amigos más cercanos desde la universidad.
El mismo hombre al que le había pedido que organizara mi propuesta de matrimonio a Patricia.
El mismo hombre que administraba buena parte de mis asuntos cuando yo viajaba.
Patricia lo besó en la mejilla.
No fue romántico.
Fue peor.
Fue familiar.
Cómplice.
Entraron juntos en mi despacho.
Eduardo conocía el código.
Patricia sacó la llave.
Y entonces comprendí por qué la tenía.
Samuel abrió la comunicación con dos guardias.
—¿Los detenemos?
—Todavía no.
Me dolía pronunciar aquellas palabras.
Pero necesitaba saber qué buscaban.
Eduardo abrió el panel oculto detrás de la biblioteca.
La caja fuerte de mi padre apareció.
Patricia introdujo la llave.
La puerta se abrió.
Dentro había documentos que yo no había tocado en casi una década.
Eduardo sacó un sobre antiguo.
—¿Es este?
Patricia lo abrió.
Sonrió.
—Sí.
—Entonces Alejandro nunca puede enterarse de lo que su padre dejó escrito.
Mi pecho se cerró.
Eduardo señaló otro documento.
—Cuando te cases con él, esto cambia todo.
—Siempre que las niñas estén fuera.
—¿Y Rosa?
Patricia sonrió.
—Mañana desaparece.
Samuel volvió hacia mí.
—Señor…
Pero yo ya estaba mirando el sobre en sus manos.
En la parte frontal aparecía mi nombre escrito con la letra de mi padre.
Debajo había una frase que pude leer cuando Patricia lo acercó a la cámara:
«PARA ALEJANDRO: SI ALGÚN DÍA EDUARDO INTENTA CONTROLAR ESTA FAMILIA, ABRE ESTO ANTES DE CONFIAR EN ÉL».
Eduardo miró directamente hacia una de las cámaras.
Por un instante pensé que no podía verla.
Entonces sonrió.
Y extendió la mano hacia el objetivo.
La pantalla se volvió negra.
Después otra.
Y otra.
Samuel comenzó a teclear frenéticamente.
—Están desconectando el sistema desde dentro.
—¿Pueden encontrarnos?
No respondió inmediatamente.
Eso fue suficiente.
Entonces la última cámara activa mostró el pasillo de las niñas.
Martina y Daniela estaban allí con Rosa.
Y detrás de ellas apareció Patricia.
Pero esta vez no estaba sola.
Eduardo cerró la puerta del pasillo desde el otro lado y giró una llave.
Samuel tomó su radio.
Yo ya estaba corriendo hacia la salida secreta.
Porque finalmente entendí que no había regresado a mi casa para descubrir a una ladrona.
Había regresado justo a tiempo para impedir que dos personas en las que confiaba ejecutaran un plan que mi padre había intentado advertirme nueve años antes.