No llegué al ascensor.
—Emma.
Adrian salió detrás de mí.
Seguí caminando.
—Estudiante Morgan.
Me detuve.
Me giré lentamente.
—Decídase, profesor Reed. ¿Emma cuando estamos solos y estudiante Morgan cuando alguien puede escucharnos?
Su expresión cambió.
Isabella seguía junto a la puerta.
—No es lo que piensas.
—No sé qué pensar. Ese es precisamente el problema.
Entré al ascensor.
Adrian dio un paso hacia mí, pero Isabella lo llamó.
—Adrian, el decano está esperando una respuesta.
Las puertas se cerraron.
Por primera vez desde que nos casamos, aquella noche no regresé directamente a casa.
Fui a la biblioteca.
Necesitaba pensar.
Yo había aceptado un matrimonio secreto porque creía que ambos queríamos distancia.
Pero Adrian compraba mi leche favorita, cocinaba cuando estaba enferma y se enfadaba porque otro hombre me ofrecía té.
Quería comportarse como marido cuando nadie miraba.
En público, sin embargo, yo ni siquiera existía.
Mi teléfono vibró.
Lucas.
“¿Todo bien? Reed parecía bastante enfadado.”
Respondí que sí.
Entonces llegó otro mensaje.
“Tengo una entrada extra para la cena de bienvenida. ¿Quieres venir? Martin dijo que deberíamos hacer más contactos profesionales.”
Miré la pantalla.
No era una cita.
Y yo no tenía ninguna razón para esconderme en casa porque mi esposo quería fingir que estaba soltero.
“Claro.”
La cena se celebró en un hotel cercano.
Cuando entré con Lucas y otros dos residentes, las conversaciones continuaron normalmente.
Hasta que vi a Adrian.
Estaba sentado junto al decano.
Isabella ocupaba la silla a su derecha.
Perfecto.
Lucas acercó una silla para mí.
—Siéntate aquí.
Adrian levantó la mirada.
Primero me vio a mí.
Después la mano de Lucas sobre el respaldo de mi silla.
Su expresión se volvió glacial.
Durante la cena apenas habló.
Pero cada vez que Lucas me servía agua o me preguntaba algo, yo sentía aquellos ojos sobre nosotros.
Finalmente el decano sonrió.
—Reed, todos queremos saber algo.
Adrian levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—¿Cuándo vas a dejar de vivir únicamente para el hospital?
Varias personas rieron.
Isabella sonrió.
—Eso llevo años diciéndole.
Una enfermera añadió:
—Primero necesitamos confirmar si el doctor Reed sabe tener una cita.
Más risas.
Yo bajé los ojos.
Entonces Lucas murmuró:
—Parece que Reed está casado con la neurocirugía.
Algo golpeó suavemente la mesa.
Adrian había dejado los cubiertos.
—No.
Todos callaron.
—¿No qué? —preguntó el decano.
Adrian me miró.
Directamente.
—No estoy casado con la neurocirugía.
Mi corazón empezó a acelerarse.
Isabella giró hacia él.
—Adrian…
Él se levantó.
—Estoy casado con Emma Morgan.
Silencio absoluto.
Lucas casi dejó caer el vaso.
La enfermera del mostrador que aquella mañana especulaba sobre la misteriosa esposa abrió la boca.
Yo me quedé inmóvil.
Adrian caminó hasta mi silla.
—Desde hace tres meses.
Alguien soltó:
—¿Qué?
Adrian continuó:
—Pedí mantenerlo privado porque Emma todavía es estudiante de posgrado y trabaja en un entorno académico relacionado con el hospital. No quería que nadie atribuyera sus logros a mí ni que surgieran dudas sobre favoritismos.
Lo miré sorprendida.
Aquello explicaba una parte.
No toda.
—Pero debí hablarlo mejor con ella —añadió—. Privacidad no debería haber significado tratar a mi esposa como una desconocida.
Por primera vez vi al hombre más frío del hospital completamente incómodo.
—Y tampoco debí arrastrarla a mi oficina porque otro hombre le compró té.
Algunas personas comenzaron a reír.
Lucas levantó ambas manos.
—Era té con leche, profesor. No una propuesta matrimonial.
Las orejas de Adrian se pusieron rojas.
—Lo sé.
—¿Seguro?
Esta vez hasta yo me reí.
Isabella no.
Se levantó lentamente.
—¿Estás casado?
—Sí.
—¿Y nunca me lo dijiste?
Adrian frunció el ceño.
—No se lo dije a casi nadie.
—Pensé que la razón era…
Se detuvo.
—¿Qué razón? —pregunté.
Isabella me miró.
Y entonces entendí que existía otra historia.
Años antes, mientras estudiaban en el extranjero, Isabella le había confesado sus sentimientos.
Adrian la rechazó.
Cuando regresó al hospital y descubrió que seguía sin mencionar pareja alguna, interpretó su silencio como una segunda oportunidad.
—Nunca te prometí nada —dijo Adrian.
—No.
Isabella sonrió con tristeza.
—Pero tampoco sabía que ya había una señora Reed.
Me miró.
—Supongo que ahora sí.
Se marchó sin hacer una escena.
Más tarde, en casa, dejé mi bolso sobre el sofá.

—No creas que anunciarlo delante de cincuenta personas resuelve todo.
—Lo sé.
Adrian se quitó las gafas.
—Entonces explícame algo. ¿Por qué nunca me dijiste la verdadera razón?
—Porque pensé que sería injusto decirte que quería proteger tu carrera. Sonaba como si creyera que necesitabas mi protección.
—¿Y fingir que apenas me conocías era mejor?
—No.
Lo dijo inmediatamente.
Sin excusas.
—Me equivoqué.
Me senté frente a él.
—¿Y por qué te casaste conmigo?
Adrian tardó demasiado en responder.
—Porque quería hacerlo.
—Eso no significa nada.
—Para mí sí.
Entonces hizo algo inesperado.
Fue a su estudio.
Regresó con una caja.
Dentro había recibos.
La crema de manos.
La leche.
Un libro que yo había mencionado.
Incluso una pequeña bufanda que todavía no me había dado.
Lo miré.
—¿Qué es esto?
—Cosas que compré para ti y después inventé razones estúpidas porque no sabía cómo dártelas.
Tuve que contener la risa.
—¿Investigación nutricional?
Adrian cerró los ojos.
—Fue una mala excusa.
—Terrible.
—Entré a aquella cita arreglada sabiendo quién eras.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Cómo?
Resultó que me había visto dos años antes durante una presentación académica.
Yo ni siquiera lo recordaba.
Adrian sí.
Después preguntó por mi investigación.
Leyó un artículo en el que yo había colaborado.
Cuando nuestras familias propusieron la cita, él ya sabía perfectamente quién iba a sentarse frente a él.
—¿Entonces por qué actuaste como si te diera igual?
—Porque me preguntaste qué pensaba del matrimonio y entré en pánico.
Lo miré incrédula.
—¿Tú?
—Sí.
—Eres neurocirujano.
—El cerebro humano es más sencillo que tú cuando estás enfadada.
Me reí.
No pude evitarlo.
Pero establecí una condición.
Nuestro matrimonio podía ser privado.
Nunca volvería a ser secreto.
En el hospital seguimos siendo profesionales.
No hubo privilegios.
Adrian se apartó formalmente de cualquier evaluación académica que pudiera afectarme directamente.
Yo seguí trabajando con el profesor Martin.
Y Lucas continuó comprando té con leche para medio departamento, principalmente porque descubrió cuánto molestaba a Adrian.
Seis meses después defendí mi investigación.
Cuando terminé, encontré un vaso esperando fuera.
Té con leche.
Levanté una ceja.
Adrian estaba apoyado contra la pared.
—Poca azúcar —dijo—. Para tu estómago.
—¿Investigación nutricional?
—No.
Me entregó el vaso.
—Lo compré para mi esposa.
Dos enfermeras pasaron junto a nosotros.
Una susurró:
—Entonces era ella.
La otra respondió:
—Te dije que tenía marca de anillo.
Adrian las escuchó.
Yo también.
Esta vez ninguno fingió.
Tomó mi mano.
Y entendí que nuestro problema nunca había sido casarnos sin amor.
Era que ambos habíamos decidido demasiado pronto que el otro no sentía nada.
Yo confundí su torpeza con indiferencia.
Él confundió proteger mi independencia con esconderme.
Y durante tres meses vivimos como dos personas intentando no enamorarse dentro del mismo apartamento.
Hasta que un residente apareció con un vaso de té con leche.
Resultó que mi esposo podía mantener nuestro matrimonio oculto ante todo un hospital.
Lo que no podía ocultar…
eran los celos cada vez que otro hombre recordaba qué bebida me gustaba.