El doctor Lam llegó diez minutos después.
Para entonces, media planta fingía trabajar mientras observaba desde lejos.
Yo seguía retenida por dos guardias.
Tenía ambas mejillas ardiendo y el teléfono roto sobre una mesa.
Cuando el doctor vio la escena, se detuvo.
—Señora Tham, ¿qué ocurre?
Tham Mong Ninh cruzó los brazos.
—Examina a esta mujer.
—¿Perdón?
—Quiero saber si tiene alguna enfermedad.
El médico me miró y luego a los guardias.
—No puedo examinar a nadie sin consentimiento.
El rostro de Mong Ninh se endureció.
—Mi esposo paga tus honorarios.
—Eso no cambia nada.
Por primera vez desde que había comenzado aquel absurdo, alguien se atrevía a contradecirla.
Ella señaló la puerta.
—Entonces lárgate.
El doctor no discutió.
Pero antes de marcharse me preguntó:
—¿Necesita que llame a la policía?
Mong Ninh golpeó la mesa.
—¡Fuera!
Yo respiré lentamente.
—Sí.
Todos quedaron inmóviles.
Miré directamente al médico.
—Llame a la policía. Y dígales que estoy siendo retenida contra mi voluntad.
Mong Ninh soltó una carcajada.
—¿Todavía estás actuando?
Entonces apareció una mujer con uniforme corporativo.
—Señora Tham, el director Ky está bajando.
La expresión de Mong Ninh cambió.
—Perfecto.
Me miró con una sonrisa venenosa.
—Ahora veremos qué dice mi marido cuando descubra que su amante vino directamente a provocarme.
Dos minutos después se abrieron las puertas del ascensor.
Ky Than Dien salió acompañado por tres ejecutivos.
Estaba hablando cuando levantó la vista.
Se detuvo.
Sus ojos pasaron de mi rostro enrojecido a los guardias que me sujetaban.
Después vio mi teléfono destrozado.
Su cara perdió todo el color.
—Señorita Tieu…
Mong Ninh corrió hacia él.
—Than Dien, llegaste justo a tiempo. Encontré a esta mujer intentando…
Él la apartó.
—¿Qué hiciste?
Ella parpadeó.
—¿Qué?
Ky Than Dien caminó directamente hacia mí.
—¡Suéltenla!
Los guardias obedecieron inmediatamente.
Me froté las muñecas.
—Señorita Tieu, ¿está herida?
Mong Ninh lo miraba como si hubiera dejado de comprender su propio idioma.
—¿Señorita… Tieu?
Me agaché, recogí mi teléfono roto y lo dejé sobre la mesa.
—Director Ky, creo que nuestra reunión tendrá que cancelarse.
—Podemos resolver esto.
—Lo dudo.
Mong Ninh agarró a su marido.
—¿Quién es ella?
Él cerró los ojos.
—La representante del Grupo Tieu Thi.
Ella negó rápidamente.
—¡Mentira! El representante es el director Truong.
—El director Truong se jubiló el mes pasado.
Silencio.
—Entonces… ¿ella trabaja para Tieu Thi?
Ky Than Dien me miró antes de responder.
—Es la hija del presidente Tieu.
Mong Ninh soltó lentamente el brazo de su marido.
Los empleados que observaban desde los escritorios quedaron completamente callados.
Yo saqué una tarjeta de presentación de mi bolso.
La puse delante de ella.
TIEU VAN TAM
ASISTENTE ESPECIAL DE PRESIDENCIA
TIEU THI GROUP
Mong Ninh la miró.
—Eso puede falsificarse.
Casi admiré su insistencia.
—Claro.
Pedí prestado un teléfono a una empleada y llamé a mi padre.
Contestó inmediatamente.
—¿Terminaste la firma?
—No habrá firma hoy.
Ky Than Dien palideció.
—Van Tam…
Activé el altavoz.

—Papá, la señora Tham considera que soy una impostora y ordenó a los guardias que me retuvieran. También rompió mi teléfono y quiso obligarme a someterme a un examen médico porque cree que tengo una relación con su esposo.
El silencio al otro lado duró tres segundos.
—Pásame a Ky Than Dien.
Le entregué el teléfono.
Él lo tomó con ambas manos.
—Presidente Tieu…
No pude escuchar todo lo que mi padre dijo.
No hizo falta.
El sudor apareció en la frente de Ky Than Dien.
—Sí… entiendo.
Pausa.
—Por favor, denos una oportunidad de explicar…
Otra pausa.
Su rostro se volvió gris.
Finalmente bajó el teléfono.
—¿Qué dijo? —preguntó Mong Ninh.
Él la miró.
—El Grupo Tieu suspende la firma del proyecto.
Ella abrió los ojos.
—¿Por esta tontería?
Ky Than Dien perdió el control.
—¡Ese proyecto representa casi el cuarenta por ciento de nuestros ingresos previstos para los próximos dos años!
Mong Ninh retrocedió.
—Pero puedes conseguir otro.
Uno de los ejecutivos dejó escapar una respiración nerviosa.
Ky Than Dien la miró con incredulidad.
—Llevamos once meses negociándolo.
Me volví hacia él.
—Y mi padre aceptó porque usted le pidió personalmente otra oportunidad después de que otros dos socios se retiraran.
Su expresión confirmó mis palabras.
Mong Ninh empezó a comprender.
—Van Tam, yo… no sabía quién eras.
—Ese no es el problema.
La miré directamente.
—Aunque yo hubiera sido una recepcionista, una limpiadora o una empleada recién contratada, tampoco tendrías derecho a tratarme así.
Nadie habló.
—¿Cuántas mujeres han sufrido esto antes que yo?
Varias empleadas bajaron la cabeza.
Eso fue suficiente.
Me dirigí hacia una joven que llevaba uniforme administrativo.
—¿También os prohíbe maquillaros?
La mujer miró nerviosamente a Mong Ninh.
—Puede hablar —dije.
—Sí.
Otra empleada levantó la voz desde atrás.
—También mide nuestras faldas.
Una tercera añadió:
—Revisa nuestros teléfonos si cree que hablamos demasiado con el director Ky.
El rostro de Ky Than Dien cambió.
—¿Qué?
Mong Ninh se volvió.
—¡Lo hice por nuestro matrimonio!
—¿Entrabas aquí y registrabas a mis empleados?
—¡Son mujeres que intentan seducirte!
—¡Son empleados!
La discusión apenas comenzaba cuando llegaron dos policías.
El doctor Lam había cumplido su palabra.
Expliqué lo sucedido.
Las cámaras de seguridad habían registrado casi todo.
Ky Than Dien ordenó inmediatamente preservar las grabaciones.
Mong Ninh lo miró horrorizada.
—¿Vas a ponerte de su lado?
—No puedo borrar lo que hiciste.
—¡Soy tu esposa!
Él soltó una risa amarga.
—Y acabas de poner a la empresa al borde de perder su contrato más importante.
Mientras los agentes recogían declaraciones, uno de los ejecutivos se acercó discretamente.
—Señorita Tieu, hay algo que debería saber.
—¿Qué?
Miró a Ky Than Dien.
—La llamada que recibió antes.
—¿La invitación a cenar?
Asintió.
—La habitación 3023 no es una habitación de hotel.
Fruncí el ceño.
—Entonces ¿qué es?
—Es la sala privada 3023 del Club Financiero Central. El director Ky reservó allí una cena con usted porque su padre pidió privacidad para discutir la inversión.
Todo el malentendido resultaba todavía más absurdo.
Pero el ejecutivo no se marchó.
—Hay otra cosa.
Bajó la voz.
—Cuando usted dijo que cancelaría la cooperación, recordé algo.
—¿Qué?
—Hace tres semanas aparecieron documentos internos indicando que Tieu Thi ya había aprobado la transferencia inicial.
—Eso es imposible.
Yo había revisado personalmente el expediente.
No existía ninguna autorización.
—¿Quién presentó esos documentos?
El ejecutivo miró hacia la oficina del presidente.
—Llegaron desde la cuenta corporativa del director Ky.
Me volví hacia él.
Ky Than Dien estaba hablando con la policía.
—¿Está diciendo que falsificó nuestra aprobación?
—No sé quién lo hizo.
Hizo una pausa.
—Pero sobre esa supuesta aprobación consiguieron un préstamo puente de ochenta millones.
Sentí que se me helaba la espalda.
Aquello ya no era una esposa celosa causando un escándalo.
—Quiero ver esos documentos.
Entramos en una sala de reuniones.
El ejecutivo abrió el sistema.
Encontró el archivo.
En la última página aparecía una firma digital.
La mía.
—Yo nunca firmé esto.
Ky Than Dien entró justo entonces.
Miró la pantalla.
—¿Qué ocurre?
Giré el portátil hacia él.
—Explíquemelo usted.
Su rostro cambió.
—Nunca había visto ese documento.
—Salió de su cuenta.
—Alguien tuvo que acceder a ella.
Mong Ninh, que estaba acompañada por uno de los agentes, escuchó desde la puerta.
Y entonces dijo algo inesperado.
—Yo sé quién.
Todos la miramos.
Por primera vez desde que la conocía, no había arrogancia en su rostro.
Había miedo.
—Mong Ninh —advirtió su marido.
Ella ignoró la advertencia.
—Hace un mes encontré a una mujer dentro de tu despacho.
Ky Than Dien se quedó inmóvil.
—¿Qué mujer?
—Me dijiste que era una consultora.
—¿Cómo se llamaba?
Mong Ninh miró hacia mí.
—No recuerdo su nombre.
Luego señaló mi tarjeta de presentación.
—Pero llevaba el mismo apellido que tú.
Mi corazón dio un golpe.
—¿Tieu?
Ella asintió.
Saqué el teléfono prestado y abrí una fotografía familiar.
—¿Era alguna de estas personas?
Mong Ninh observó la pantalla.
Entonces levantó lentamente un dedo.
Señaló a la mujer que estaba junto a mi padre.
Mi tía Tieu Minh Chau.
La actual vicepresidenta financiera de nuestro grupo.
La persona que me había entregado personalmente aquella mañana los documentos que yo debía firmar con Ky Thi.
—Era ella.
La habitación quedó en silencio.
Y entonces recordé algo que hasta ese instante había parecido insignificante.
Antes de salir de nuestra sede, mi tía me había sonreído y había dicho:
«Van Tam, procura que hoy no llegues a firmar demasiado pronto».
En aquel momento pensé que era una broma.
Ahora, mirando mi firma falsificada en un préstamo de ochenta millones, comprendí que quizá Tham Mong Ninh nunca había sido el verdadero peligro que me esperaba dentro de aquella empresa.