PARTE 2: MIENTRAS ÉL PASABA TRES DÍAS CON SU AMOR DEL PASADO, YO VENDÍ TODO LO QUE NOS UNÍA Y ACEPTÉ CASARME EN FRANCIA SIN DECIRLE QUE CUANDO REGRESARA YA NO QUEDARÍA NADA DE MÍ.

El segundo día, Lo Chi Ninh publicó una fotografía desde un restaurante privado.

No aparecía ningún rostro.

Solo dos platos, una botella de vino y una chaqueta masculina colgada en el respaldo de una silla.

Yo reconocí la chaqueta.

Se la había regalado a So Lam por nuestro segundo aniversario.

Debajo, ella había escrito:

«Hay personas que pueden pasar cinco años separadas y aun así seguir ocupando el mismo lugar».

Cerré la aplicación.

No lloré.

Continué embalando.

El tercer día vendí el piano que él había comprado para mí.

Después el proyector donde veíamos películas.

Después la vajilla que habíamos elegido juntos.

Todo el dinero fue transferido a una organización infantil.

Cuando terminé, la villa parecía una casa de exposición.

Hermosa.

Vacía.

Exactamente como nuestra relación.

Mi padre me llamó esa tarde.

—Duong Duong, ya está decidido.

Me quedé inmóvil.

—¿Tan rápido?

—La familia Laurent aceptó adelantar el compromiso. Volarás a París dentro de veintitrés días.

Veintitrés días.

Miré el calendario.

So Lam había desaparecido tres.

Probablemente ni siquiera notaría los veinte restantes.

—Bien.

Mi padre guardó silencio.

—¿Estás segura?

Cerré los ojos.

—Papá, si vuelves a preguntármelo quizá cambie de opinión.

—Entonces no preguntaré.

Antes de colgar añadió:

—El joven Laurent sabe que no lo amas.

Aquello me sorprendió.

—¿Qué?

—Le conté que acabas de terminar una relación.

—¿Y aun así aceptó?

Mi padre soltó una risa extraña.

—Él dijo: «No necesito que me ame el primer día. Solo necesito que llegue voluntariamente».

No supe qué responder.

Aquella noche So Lam regresó.

Eran casi las dos de la madrugada.

Escuché la puerta.

Sus pasos atravesaron el salón.

Después se detuvieron.

—¿Duong Duong?

Yo estaba sentada junto a la ventana del dormitorio.

Entró frunciendo el ceño.

—¿Dónde están las cosas?

—¿Qué cosas?

—El cuadro del salón. El equipo de sonido. El piano.

—Los vendí.

Me miró como si hubiera hablado en otro idioma.

—¿Por qué?

—Ya no los necesitaba.

Se acercó.

—¿Qué te pasa últimamente?

Aquella pregunta casi me hizo reír.

Tres años observando cada mínimo cambio en su humor.

Tres días enteros sin verme.

Y ahora finalmente se daba cuenta de que algo no estaba bien porque faltaban muebles.

—Nada.

So Lam levantó mi barbilla.

Aparté su mano.

Sus ojos se oscurecieron.

—¿Estás enfadada porque he estado ocupado?

—No.

—Entonces deja de comportarte raro.

Sacó una pequeña caja del bolsillo.

—Te traje algo.

La dejó delante de mí.

Unos pendientes.

Diamantes.

Otra compensación.

—No los quiero.

Por primera vez, su expresión cambió de verdad.

—¿Qué has dicho?

—Que no los quiero.

—Duong Duong.

Su voz llevaba aquella advertencia familiar que antes conseguía que yo retrocediera.

Esta vez lo miré directamente.

—¿Qué?

Él permaneció callado.

Quizá porque no reconocía a la mujer frente a él.

Finalmente preguntó:

—¿Quieres casarte?

Mi corazón se detuvo.

Durante tres años había esperado esas palabras.

Pero él continuó:

—Si eso es lo que te está poniendo así, puedo pensar en organizar algo dentro de un tiempo.

Puedo pensar.

Sonreí.

—No hace falta.

—¿Qué significa eso?

—Que ya no tengo prisa.

Su mandíbula se tensó.

Su teléfono vibró.

Lo miró.

Yo también.

Ninh Bao.

So Lam rechazó la llamada esta vez.

—Mírame.

Lo hice.

—¿Alguien te dijo algo?

—¿Sobre qué?

—Sobre mí.

—¿Hay algo que deberían contarme?

Por primera vez, sus ojos mostraron cautela.

Pero recuperó rápidamente la calma.

—No.

Asentí.

—Entonces no hay problema.

Me metí en la cama.

So Lam permaneció de pie durante mucho tiempo.

Aquella noche no intentó acercarse nuevamente.

A la mañana siguiente se fue temprano.

Y yo recibí un correo electrónico.

Billete confirmado: Shanghái–París.

Faltaban diecinueve días.

Comencé a contar.

Dieciocho.

So Lam cenó fuera.

Diecisiete.

Lo Chi Ninh publicó flores.

Dieciséis.

Él me envió un mensaje a medianoche:

«Tengo una reunión. No esperes despierta».

Respondí:

«Vale».

Fue la primera vez que no pregunté dónde estaba.

Cinco minutos después llamó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres que diga?

—Normalmente preguntas cuándo regreso.

—Estás ocupado.

Silencio.

—Duong Duong, últimamente estás extraña.

—Estoy cansada.

Colgué.

El día catorce ocurrió algo inesperado.

Lo Chi Ninh me escribió directamente.

«¿Podemos vernos?»

Observé el mensaje durante casi un minuto.

Luego respondí:

«Claro».

Nos encontramos en la cafetería de un hotel.

En persona se parecía todavía más a mí.

O mejor dicho…

yo me parecía a ella.

Los mismos ojos.

Una forma similar de sonreír.

Incluso llevábamos el cabello casi de la misma longitud.

Se sentó frente a mí.

—Eres más bonita de lo que esperaba.

—Gracias.

—Supongo que sabes quién soy.

—Sí.

Chi Ninh sonrió.

—Entonces será más fácil.

Dejó una tarjeta sobre la mesa.

Era de una inmobiliaria.

—Lam va a comprarme un apartamento.

Miré la tarjeta.

—Qué generoso.

Mi falta de reacción pareció molestarla.

—También dijo que probablemente terminará contigo pronto.

Ahí estaba.

La humillación que había venido a entregar.

La observé.

—¿Probablemente?

Ella frunció el ceño.

—¿No estás enfadada?

—¿Debería?

—Lleváis tres años juntos.

—Exactamente.

Bebí un sorbo de café.

—Tres años son suficientes para saber cuándo algo ha terminado.

Chi Ninh me estudió.

—No pareces una mujer abandonada.

Sonreí.

—Porque todavía no me ha abandonado.

—Lo hará.

—Quizá.

Guardé su tarjeta dentro de mi bolso.

—Pero tendrás que darte prisa.

—¿Qué quieres decir?

Me levanté.

—Nada.

Salí antes de que pudiera detenerme.

Aquella noche So Lam regresó furioso.

Arrojó las llaves sobre la mesa.

—¿Te reuniste con Chi Ninh?

—Sí.

—¿Por qué?

—Ella me invitó.

—¿Qué te dijo?

—Que vas a comprarle una casa.

So Lam apretó la mandíbula.

—Es una amiga.

Lo miré.

—No necesitas explicarme nada.

Aquella frase pareció enfurecerlo todavía más.

—¡Deja de decir eso!

Me sorprendí.

Era la primera vez que elevaba la voz desde que había vuelto.

—¿Decir qué?

—Que no importa. Que no necesitas explicaciones. Que haga lo que haga te da igual.

Se acercó.

—¿Qué demonios estás planeando?

Mi teléfono vibró.

Lo saqué.

Era un mensaje de mi padre.

«Todo listo. La familia Laurent adelantó el vuelo. Sales mañana por la noche».

Mi corazón dio un golpe.

No faltaban trece días.

Faltaban veinticuatro horas.

So Lam miró mi expresión.

—¿Quién es?

Bloqueé la pantalla.

—Mi padre.

—¿Qué quiere?

Guardé el teléfono.

—Que vuelva a casa.

Sus ojos se entrecerraron.

—¿Cuándo?

Lo miré durante un instante.

Después sonreí suavemente.

—Pronto.

So Lam todavía no sabía que «pronto» significaba que, cuando regresara del trabajo al día siguiente, encontraría la villa completamente vacía, mi número cancelado y un billete de avión usado rumbo a Francia.

Pero aquello tampoco era lo que más iba a sorprenderlo.

Porque esa misma noche, mientras él dormía, llegó un segundo mensaje de mi padre.

Esta vez acompañado por una fotografía del hombre con quien debía casarme.

Abrí la imagen.

Y me quedé completamente inmóvil.

Ya había visto aquel rostro.

No una vez.

Muchas.

Era el mismo hombre que aparecía en antiguas fotografías junto a So Lam y Lo Chi Ninh.

Debajo, mi padre escribió:

«Hay algo sobre tu futuro esposo y So Lam que necesitas saber antes de subir al avión».

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