Durante los dos días siguientes fingí.
Fingí confusión.
Fingí no recordar nada anterior a la operación.
Y, sobre todo, fingí creer cada palabra de Adrian.
—El accidente fue terrible —me explicó mientras me daba agua—. Pero encontraremos los mejores especialistas.
—¿Volveré a caminar?
La pregunta pareció dolerle.
Qué buen actor.
Me acarició el cabello.
—No lo sabemos.
Bajé la mirada y permití que mis ojos se llenaran de lágrimas.
Adrian me abrazó.
Yo cerré los ojos contra su hombro.
Y memoricé cada mentira.
Aquella tarde apareció Natalie.
La reconocí inmediatamente.
Había trabajado durante años como directora de relaciones públicas de una empresa vinculada a la familia Shaw.
Entró llevando de la mano a una niña pequeña.
Lily.
Tres años.
Cabello oscuro.
Los mismos ojos de Adrian.
—Grace —dijo Natalie con dulzura—, siento muchísimo lo ocurrido.
Miré a la niña.
—¿Quién es?
Adrian respondió demasiado rápido.
—La hija de Natalie.
—¿Y por qué está aquí?
Silencio.
Natalie se agachó junto a Lily.
—Porque quizá pronto pasemos mucho tiempo juntas.
Adrian la fulminó con la mirada.
Ella sonrió.
Entonces comprendí algo.
Natalie no era una víctima secundaria del plan.
Lo disfrutaba.
Cuando salieron, llamé a la enfermera.
Se llamaba Elena Morales.
Llevaba dos noches cuidándome y había notado que yo hacía demasiadas preguntas para una paciente supuestamente confundida.
—Necesito un teléfono.
—Señorita Sullivan, el señor Shaw pidió que…
—Elena.
La miré directamente.
—¿Quién autorizó mi cirugía?
Ella se quedó inmóvil.
—Su prometido.
—¿Yo firmé algo?
Su expresión respondió antes que sus palabras.
—Había un consentimiento.
—¿Con mi firma?
—Sí.
—Yo nunca lo firmé.
Elena palideció.
Saqué fuerzas de donde no tenía.
—Y necesito saber exactamente qué procedimiento realizaron.
Ella revisó mi historial.
Lo que encontró hizo que dejara de respirar.
—Aquí no aparece ninguna histerectomía.
Ahora fui yo quien se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Solo figura la intervención de columna.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho.
Entonces recordé las palabras del médico.
«¿Está seguro de lo de la histerectomía?»
Adrian había ordenado hacerlo.
Pero aparentemente alguien no había obedecido.
—¿Quién me operó?
Elena señaló un nombre.
Doctor Samuel Carter.
No era el médico que había hablado con Adrian.
—Quiero verlo.
Llegó cuarenta minutos después.
Era un hombre de unos sesenta años.
Cerró la puerta antes de hablar.
—Señorita Sullivan, no tenemos mucho tiempo.
—¿Por qué no hicieron la otra operación?
Sus ojos se endurecieron.
—Porque me negué.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Entonces…?
—Su sistema reproductivo está intacto.
Tuve que cubrirme la boca.
Era la primera buena noticia desde el accidente.
Pero Carter continuó:
—También debo decirle otra cosa.
Se sentó.
—Su lesión es grave, pero nadie puede afirmar todavía que su parálisis sea permanente.
Lo miré.
—Adrian dijo…
—El señor Shaw ha insistido en que su pronóstico sea presentado de la forma más pesimista posible.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—¿Puedo recuperarme?
—Existe una posibilidad real de recuperar movilidad con cirugía especializada y rehabilitación.
Las lágrimas cayeron.
Esta vez no eran fingidas.
—Entonces ayúdeme.
Carter negó lentamente.
—No aquí.
Me explicó que el primer médico, el doctor Wallace, estaba vinculado financieramente a Adrian.
También me confesó que había encontrado irregularidades en mi consentimiento quirúrgico.
—Su firma parece falsificada.
—Necesito copias.
—Ya las hice.
Sacó una pequeña memoria USB.
—Historias clínicas, órdenes internas y registros de cambios en su expediente.
La escondí dentro del forro de mi almohada.
—¿Por qué me ayuda?
Carter tardó en responder.
—Porque hace nueve años perdí mi licencia temporalmente por denunciar a alguien poderoso.
Miró hacia la puerta.
—Esta vez no pienso quedarme callado.
Aquella noche conseguí el teléfono de Elena.

Solo hice una llamada.
No a la policía.
Todavía no.
Llamé a Margaret Sullivan, mi tía.
Adrian creía que mi familia estaba fragmentada desde la muerte de mis padres.
No sabía que Margaret había administrado durante veinte años el patrimonio familiar.
—Tía.
—Grace, ¿qué ocurre?
—Necesito que escuches sin interrumpirme.
Le conté todo.
Cuando terminé, hubo un silencio aterrador.
—¿Estás segura?
—Tengo pruebas.
Su voz cambió.
—Entonces no firmes absolutamente nada.
—¿Por qué?
—Porque Adrian llamó ayer.
Se me heló la sangre.
—¿Qué quería?
—Preguntó por tu fideicomiso.
Cerré los ojos.
Claro.
No se trataba únicamente de Lily.
—¿Qué le dijiste?
—Que después de la boda podría discutirse cualquier cambio patrimonial.
Comprendí inmediatamente.
—La boda.
Margaret también lo entendió.
Adrian todavía necesitaba casarse conmigo.
—Grace —dijo—, ¿quieres que te saque de ahí?
Miré mis piernas inmóviles.
Después miré la puerta.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber hasta dónde llega esto.
A la mañana siguiente Adrian entró acompañado por un abogado.
Traía documentos.
—Tengo una sorpresa —dijo.
Sonrió y besó mi frente.
—No vamos a cancelar la boda.
Lo miré como si estuviera emocionada.
—¿Cómo?
—La haremos aquí.
Mi pulso se aceleró.
—¿En el hospital?
—Mañana.
Sacó varios papeles.
—Solo necesitamos resolver unas formalidades.
Ahí estaba.
El verdadero motivo.
Revisé las páginas lentamente.
Había un acuerdo matrimonial modificado.
Poderes.
Autorizaciones.
Y un documento mediante el cual determinadas propiedades de mi fideicomiso podrían utilizarse para crear una nueva sociedad familiar.
—No entiendo estas cosas —susurré.
Adrian sonrió.
—Por eso me tienes a mí.
Casi me reí.
—¿Puedo firmarlo mañana?
Su mandíbula se tensó apenas.
—Preferiría hoy.
—Estoy cansada.
Me observó.
Por un momento temí que hubiera visto detrás de mi actuación.
Entonces acarició mi mejilla.
—Claro.
Cuando salió, fotografié todas las páginas.
Margaret tardó quince minutos en devolverme la llamada.
—Grace, esto es peor de lo que pensábamos.
—¿Qué encontraste?
—La sociedad que aparece en esos documentos ya existe.
—¿Cómo?
—Fue registrada hace cuatro meses.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿A nombre de Adrian?
—En parte.
Escuché papeles.
—El otro accionista es Natalie Brooks.
Cerré los ojos.
—¿Algo más?
Margaret guardó silencio.
—Sí.
Su voz se volvió extrañamente baja.
—Encontré pagos realizados desde esa sociedad al hombre que te atropelló.
Mi mano comenzó a temblar.
—¿Puedes demostrarlo?
—Sí.
Entonces escuché pasos en el pasillo.
—Tengo que colgar.
Escondí el teléfono.
La puerta se abrió.
Era Adrian.
Pero esta vez no estaba solo.
Natalie entró detrás de él llevando a Lily.
La niña llevaba un vestido blanco.
Adrian acercó una silla a mi cama.
—Grace, necesitamos hablar sobre mañana.
—¿Sobre la boda?
—Sobre nuestra familia.
Natalie colocó una carpeta frente a mí.
—Hay una cosa que necesitamos resolver antes de la ceremonia.
La abrí.
Era una solicitud de tutela.
Querían convertirme legalmente en responsable de Lily.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Por qué yo?
Natalie sonrió.
—Porque una niña necesita una madre.
—Ya te tiene a ti.
Su sonrisa desapareció.
Adrian intervino.
—Natalie va a viajar mucho.
—Entonces contraten una niñera.
Su expresión se endureció.
Por primera vez desde mi despertar, dejé que apareciera una pequeña grieta en mi máscara.
Adrian la vio.
—Grace.
Su voz se volvió fría.
—No hagas esto difícil.
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.
El doctor Carter entró.
Miró a Adrian.
Luego a Natalie.
Y finalmente a mí.
Estaba pálido.
—Señorita Sullivan, necesito hablar con usted en privado.
Adrian se levantó.
—Puede hablar delante de mí.
—No.
Aquella respuesta cambió el ambiente.
Carter se acercó a mi cama.
—Acaban de llegar nuevos resultados.
—¿Qué resultados?
Me entregó una hoja.
Al principio no comprendí lo que estaba viendo.
Luego encontré una palabra.
Embarazo.
Mi respiración se detuvo.
—Esto debe ser un error.
Carter negó con la cabeza.
—Hicimos dos pruebas.
Adrian le arrancó prácticamente el documento de las manos.
Leyó.
Su rostro perdió todo el color.
Natalie se quedó completamente inmóvil.
Yo apoyé una mano sobre mi vientre.
—¿Cuánto tiempo?
—Aproximadamente seis semanas.
Seis semanas.
Adrian y yo.
Antes del accidente.
Antes de que intentara quitarme la posibilidad de tener hijos.
Antes de que decidiera convertirme en madre de la hija de Natalie.
Adrian levantó los ojos.
Y por primera vez vi pánico auténtico.
No felicidad.
No sorpresa.
Pánico.
Entonces Natalie susurró algo que ninguno de los dos debería haber oído.
—Eso arruina todo.
La miré.
Adrian también.
—¿Qué arruina? —pregunté.
Natalie comprendió demasiado tarde lo que había dicho.
Y en ese preciso instante, desde el pasillo, aparecieron dos hombres que yo no conocía.
Uno llevaba una placa.
El otro sostenía una carpeta con el nombre del conductor que me había atropellado.
El primero miró directamente a Adrian.
—Señor Shaw, necesitamos hacerle unas preguntas sobre una transferencia de dos millones de dólares.
La habitación quedó en silencio.
Y mientras Adrian palidecía, comprendí que la trampa que habían preparado para encerrarme acababa de cerrarse alrededor de ellos.