Sophie seguía aferrando la chaqueta de Lorenzo alrededor de sus hombros.
—¿Un ascenso?
Lorenzo no respondió de inmediato.
Miró al señor Henderson.
El director del hotel parecía haber olvidado cómo respirar.
—¿Cuánto cobra esta joven por noche?
Henderson tragó saliva.
—Ella… no trabaja directamente para nosotros. Viene de una agencia temporal.
—No fue lo que pregunté.
—Ciento sesenta dólares por turno, señor.
Lorenzo miró de nuevo a Sophie.
Diez horas de pie.
Champán en el pelo.
Una amenaza de despido.
Y ciento sesenta dólares.
—Ya veo.
Sophie notó algo extraño en su expresión.
No era compasión.
Lorenzo Moretti no parecía un hombre acostumbrado a sentir lástima.
Era irritación.
—No necesito caridad —dijo ella rápidamente.
Algunos invitados contuvieron la respiración.
Silas, que acababa de llegar junto a Isabella, levantó ligeramente las cejas.
Muy poca gente hablaba así con Lorenzo.
Él, sin embargo, pareció casi divertido.
—Perfecto. Yo tampoco la ofrezco.
—Entonces ¿qué quiso decir con ascenso?
Antes de que contestara, Isabella tiró suavemente de la manga de Sophie.
—¿Puedes sentarte conmigo?
Sophie miró a la anciana.
Su expresión seguía frágil.
Asustada.
—Por supuesto.
Lorenzo observó cómo Sophie llevaba a su madre hacia un sofá apartado del ruido.
No pidió permiso.
No intentó agradarle.
Simplemente fue con Isabella porque ella la necesitaba.
Eso, más que enfrentarse a Beatrice, fue lo que terminó de decidirlo.
Quince minutos después, una enfermera llegó.
Sophie se levantó.
—Ahora sí debería volver al trabajo.
—No —dijo Lorenzo.
—Señor Moretti…
—Tu turno terminó.
—Si me voy antes no me pagarán.
Silas miró a Lorenzo.
Lorenzo sacó una tarjeta.
—Dale esto a tu agencia mañana.
Sophie ni siquiera la tomó.
—No.
Por segunda vez aquella noche, Silas casi sonrió.
Lorenzo inclinó ligeramente la cabeza.
—¿No?
—No quiero que alguien piense que ayudé a su madre esperando dinero.
Los ojos de Lorenzo permanecieron sobre ella unos segundos.
—¿Siempre eres así de difícil?
—Solo cuando hombres ricos intentan decidir cosas por mí.
Silas tosió para ocultar una risa.
Lorenzo lo miró.
Silas recuperó inmediatamente una expresión neutra.
—Entonces hagamos algo diferente —dijo Lorenzo—. Mañana, nueve de la mañana. Edificio Moretti Logistics.
Sophie parpadeó.
—¿Para qué?
—Una entrevista.
—¿De qué trabajo?
—Acompañante personal de mi madre.
Ella miró a Isabella.
—¿Quiere que sea su cuidadora?
—No exactamente.
Lorenzo bajó la voz.
—Tiene enfermeras. Especialistas. Conductores. Gente profesional.
Hizo una pausa.
—Pero cuando todos los demás la miraron como un problema, tú la trataste como una persona.
Sophie dejó de discutir.
Eso sí lo entendía.
Su propia abuela había pasado los últimos años de su vida confundiendo nombres y fechas.
Sophie todavía recordaba lo mucho que dolía ver a personas hablando sobre ella como si no estuviera presente.
—Tengo otro trabajo por las mañanas —dijo.
—Ven cuando termines.
—¿Y si digo que no?
Lorenzo la miró fijamente.
—Entonces dirás que no.
La respuesta la sorprendió más que cualquier amenaza.
Sophie asintió lentamente.
—Pensaré en ello.
Cuando salió del hotel aquella noche, todavía llevaba la chaqueta de Lorenzo.
Solo se dio cuenta al llegar a la parada del autobús.
Dentro del bolsillo encontró algo.
No dinero.
Una tarjeta.
Atrás había un número escrito a mano.
Y cuatro palabras:
“Por si Isabella pregunta.”
Sophie sonrió sin querer.
Al día siguiente no fue al edificio Moretti.
Tampoco al siguiente.
Tenía demasiados problemas reales.
El propietario había dejado una nueva advertencia bajo la puerta.
Toby necesitaba su medicamento.
La agencia de eventos la había despedido oficialmente “por conducta inapropiada ante un cliente”.
El viernes por la mañana, Sophie estaba sentada en la cocina contando billetes cuando su hermano apareció.

—¿Cuánto falta?
—Nada.
—Sophie.
—Toby, ve a clase.
—Te escuché anoche hablando con la farmacia.
Ella levantó los ojos.
Él ya no era un niño.
Pero seguía siendo su hermano pequeño.
—Lo resolveré.
Toby señaló la chaqueta de diseñador colgada detrás de la puerta.
—Podrías vender eso.
Sophie casi se atragantó.
—Definitivamente no.
—¿De quién es?
—De alguien peligroso.
—Eso suena tranquilizador.
Entonces llamaron a la puerta.
Sophie se puso tensa.
Al abrir encontró a Silas.
El enorme jefe de seguridad ocupaba casi todo el marco.
—Buenos días.
Sophie cruzó los brazos.
—Si Moretti lo envió porque no fui, puede decirle que esto es exactamente por lo que no fui.
—No me envió.
Silas levantó una bolsa de papel.
—Isabella sí.
Sophie quedó desconcertada.
Dentro había pan recién horneado, galletas y una bufanda tejida a mano de manera irregular.
También había una nota.
“Para la chica amable. Enzo dice que no debo caminar sola, pero creo que exagera.”
Sophie soltó una pequeña risa.
—¿Ella escribió esto?
—Dictó la mitad. Olvidó la otra mitad. Volvió a empezar tres veces.
Silas miró hacia el interior del pequeño apartamento.
Vio los frascos de medicamentos.
Las facturas.
A Toby preparando su mochila.
No dijo nada.
—La señora Moretti ha preguntado por usted todos los días.
Sophie miró la nota otra vez.
—¿Está bien?
—Tiene días mejores y peores.
—¿Y hoy?
Silas tardó un segundo.
—Hoy cree que tiene veinte años y que su esposo llegará a recogerla del trabajo.
Sophie sintió un dolor familiar en el pecho.
—Su esposo murió, ¿verdad?
Silas asintió.
Dos horas después, Sophie estaba entrando en Moretti Logistics.
Esperaba mármol, hombres armados y una atmósfera siniestra.
Encontró algo mucho más normal.
Recepcionistas.
Empleados.
Pantallas con rutas de transporte.
Un edificio corporativo aparentemente legítimo.
Hasta que llegó al piso superior.
Lorenzo estaba junto a una ventana.
—Llegas cuatro días tarde.
—Nunca acepté la entrevista.
—Cierto.
Se giró.
—¿Entonces por qué estás aquí?
—Por su madre.
Una sombra de satisfacción cruzó su rostro.
—Eso pensé.
Sophie se sentó.
—Puedo acompañarla algunas tardes. Nada más.
—El horario es flexible.
—Y quiero un contrato real.
Lorenzo levantó una ceja.
—¿Algo más?
—Sí. No quiero favores.
—El salario no será un favor.
Le deslizó una hoja.
Sophie vio la cifra.
La volvió a mirar.
—Esto es demasiado.
—No para alguien a quien confío a mi madre.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Isabella entró apresuradamente.
—¡Sophie!
La abrazó.
Sophie quedó rígida un instante antes de devolverle el abrazo.
Lorenzo miró hacia otro lado.
Como si aquello fuera demasiado privado.
Durante las semanas siguientes, Sophie comenzó a formar parte de una rutina que jamás habría imaginado.
Llevaba a Isabella a pasear.
Escuchaba historias repetidas.
Aprendía qué canciones la calmaban.
Y descubrió algo inesperado sobre Lorenzo.
Con todos los demás era frío.
Con su madre era paciente.
Le cortaba la comida cuando sus manos temblaban.
Le respondía la misma pregunta veinte veces.
Nunca la corregía cuando lo llamaba por el nombre de su padre.
Una tarde, Isabella se quedó dormida en el sofá.
Sophie la cubrió con una manta.
—No eres lo que dicen.
La voz de Lorenzo llegó desde detrás.
—Eso podría ser un cumplido o un insulto.
—Todavía no lo he decidido.
Lorenzo se acercó.
—Deberías tener cuidado con lo que preguntas sobre mí.
—No pregunté nada.
—Pero observas.
Sophie lo miró.
—Es difícil no hacerlo cuando todos dejan de respirar cada vez que entras en una habitación.
Él casi sonrió.
Entonces sonó el teléfono de Silas.
Su expresión cambió inmediatamente.
—Señor.
Lorenzo se volvió.
—¿Qué?
Silas le mostró la pantalla.
La pequeña tranquilidad de la habitación desapareció.
—¿Cuándo? —preguntó Lorenzo.
—Hace diez minutos.
Sophie miró entre ambos.
—¿Qué ocurrió?
Nadie respondió.
Lorenzo tomó su abrigo.
—Sophie, hoy te llevará un conductor.
—Puedo tomar el autobús.
—No.
Su voz ya no tenía nada de amable.
Silas se acercó a Isabella.
—Tenemos que moverla.
Sophie sintió que algo iba mal.
Muy mal.
—¿Por qué?
Lorenzo se detuvo en la puerta.
Durante varios segundos pareció debatirse entre mentirle o no.
Finalmente habló.
—Beatrice Vain no vino sola a aquella gala.
Sophie frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Silas giró el teléfono hacia ella.
Había una fotografía tomada esa misma mañana.
Sophie salía de su edificio.
Toby caminaba a su lado.
La imagen había sido tomada desde el interior de un coche.
Debajo había un mensaje.
“LA CAMARERA ES SU NUEVA DEBILIDAD.”
El rostro de Sophie perdió el color.
—¿Quién envió esto?
Lorenzo guardó silencio.
—¿Quién?
Sus ojos se endurecieron.
—Alguien que lleva años intentando encontrar una forma de llegar hasta mí.
Sophie miró otra vez la fotografía de Toby.
—Mi hermano no tiene nada que ver contigo.
—Lo sé.
—Entonces sácalo de esto.
—Eso voy a hacer.
Ella tomó su bolso.
—Voy por él.
Lorenzo bloqueó la puerta.
—No.
—Apártate.
—Sophie, escucha.
—¡Es mi hermano!
Entonces el teléfono de Sophie comenzó a sonar.
Toby.
Respondió inmediatamente.
—¿Dónde estás?
No hubo respuesta.
Solo respiración.
Luego una voz masculina desconocida habló desde el otro lado.
—Señorita Clark.
Sophie dejó de respirar.
—¿Quién es usted?
La voz se rio suavemente.
—Dile al Arquitecto que si quiere volver a ver al chico, esta vez tendrá que venir sin su ejército.
La llamada terminó.
Sophie levantó lentamente los ojos hacia Lorenzo.
Por primera vez desde que lo conocía, el Dios del Silencio parecía verdaderamente furioso.
Pero cuando habló, su voz fue apenas un susurro.
—Silas.
—Sí, señor.
Lorenzo miró la pantalla apagada del teléfono de Sophie.
—Encuentra a Toby antes de que quienes me están buscando descubran que acaban de cometer el peor error de sus vidas.