PARTE 2: LA CAMARERA CREYÓ QUE HABÍA SALVADO LA VIDA DE UN DESCONOCIDO Y QUE TODO TERMINARÍA CON CIEN DÓLARES, PERO A LA MAÑANA SIGUIENTE UN COCHE DE MEDIO MILLÓN DE DÓLARES ESTABA ESPERANDO FRENTE A SU EDIFICIO.

Nema bajó los tres pisos con una bolsa de ropa sucia bajo el brazo y la capucha puesta.

Todavía no había llegado al último escalón cuando se detuvo.

A través del cristal de la puerta principal vio un automóvil negro estacionado junto a la acera.

No pertenecía a aquel barrio.

La carrocería brillaba bajo el cielo gris de la mañana. Los cristales oscuros, las ruedas impecables y la discreta insignia del capó hacían que pareciera una criatura exótica abandonada accidentalmente entre camionetas oxidadas y contenedores de basura.

Nema reconoció la marca porque una vez había servido café a un vendedor de coches que no dejó de hablar de ella durante cuarenta minutos.

Casi medio millón de dólares.

Su primer pensamiento fue sencillo.

Dom.

Su segundo fue peor.

Tommy.

Retrocedió.

La puerta trasera del vehículo se abrió.

Un hombre de unos cincuenta años salió con un abrigo gris. Tenía el cabello corto, un auricular transparente y la postura de alguien que nunca necesitaba levantar la voz.

—Señorita Reyes.

Nema apretó la bolsa contra su cuerpo.

—Se equivoca de persona.

—No.

El hombre sostuvo una tarjeta.

—Mi nombre es Victor Hale. Trabajo para el señor Dominic Moretti.

Así que Dom tenía apellido.

Y era exactamente el apellido que Nema esperaba no escuchar jamás.

Moretti.

Incluso quienes evitaban los problemas conocían ese nombre.

Restaurantes.

Construcción.

Importaciones.

Casinos al otro lado del estado.

Y rumores que jamás aparecían escritos en ningún documento oficial.

Nema miró hacia la calle.

—Dígale que estamos a mano.

Victor pareció casi divertido.

—El señor Moretti no cree que salvarle la vida a alguien pueda pagarse con cien dólares.

—Entonces que me dé otros cien y terminamos.

—Quiere hablar con usted.

—No.

Victor no se movió.

—Señorita Reyes, si hubiéramos venido a hacerle daño, esta conversación no estaría ocurriendo en la acera.

Aquello no la tranquilizó en absoluto.

—Eso probablemente debería hacerme sentir mejor.

—No era mi intención.

La puerta delantera del edificio se abrió detrás de ella.

Su vecino del segundo piso salió con un perro pequeño y se quedó mirando descaradamente el coche.

Nema comprendió de inmediato el problema.

La gente comenzaría a preguntar.

Y cuanto más tiempo permaneciera allí aquel automóvil, menos invisible sería ella.

—Cinco minutos —dijo.

Victor abrió la puerta trasera.

—Eso dependerá del señor Moretti.

Nema lo fulminó con la mirada.

—Entonces ya no quiero ir.

Por primera vez, Victor sonrió.

—Ahora entiendo por qué le cayó bien.

Dom la esperaba en un restaurante italiano cerrado al público.

A plena luz del día parecía incluso más peligroso.

No porque llevara un arma visible.

Porque no necesitaba mostrar ninguna.

Estaba sentado solo frente a una mesa junto a una ventana. Un café negro intacto esperaba delante de él.

Nema miró la taza.

Dom siguió su mirada.

—Hoy la preparé yo mismo.

—Buena costumbre.

Él señaló la silla.

Nema permaneció de pie.

—Dijiste cinco minutos —comentó.

—Se los dije a tu hombre.

—Victor no es mi hombre.

—Eso suena exactamente como algo que diría alguien que tiene hombres.

Una sombra de diversión cruzó el rostro de Dom.

Después desapareció.

—Tommy está muerto.

El estómago de Nema se contrajo.

—No quiero saber nada.

—No dije que yo lo matara.

—Tampoco quiero saber eso.

Dom la estudió.

—Lo encontraron esta mañana.

Nema sintió frío.

La expresión de odio que Tommy le había lanzado antes de salir del restaurante regresó a su memoria.

—Entonces esto no terminó anoche.

—No.

Dom empujó una carpeta hacia ella.

—Y tú estás involucrada aunque no quieras.

Nema no tocó la carpeta.

—Yo derramé café.

—Viste un intento de asesinato.

—Vi polvo.

—Y Tommy sabía que lo viste.

Eso sí la hizo callar.

Dom se inclinó ligeramente hacia delante.

—Tommy trabajaba conmigo desde hacía diecisiete años. Si alguien consiguió comprarlo, significa que alguien cercano está moviendo piezas.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

—Eres la única persona viva que vio lo que hizo.

—Tú también lo sabes.

—Yo sé lo que tú me dijiste con una historia sobre ratas.

Señaló la carpeta.

—Pero no sé quién estaba detrás.

Nema finalmente se sentó.

—Yo tampoco.

—Eso espero.

La frase llevaba una advertencia.

Nema endureció la mirada.

—Si crees que formo parte de esto, déjame ir y llama a la policía.

Dom soltó una risa breve.

—¿La policía?

—Sí. Es una institución bastante conocida.

—Algunos de ellos también están en esa carpeta.

Nema volvió a mirar los documentos.

No quería abrirlos.

Los abrió.

Había fotografías de Tommy reuniéndose con varias personas.

Un concejal.

Un empresario.

Un hombre que Nema no reconoció.

Y una mujer.

Al ver la última fotografía, sus dedos se detuvieron.

—¿La conoces? —preguntó Dom.

Nema cerró la carpeta.

Demasiado tarde.

Él había visto su reacción.

—No.

—Mientes mal.

—Entonces deja de hacer preguntas.

Dom se reclinó.

—Se llama Elena Voss.

Nema sintió que el aire se hacía más pesado.

No había visto a Elena en seis años.

No desde la noche en que su hermana había desaparecido.

—¿Cómo la conoces?

—No la conozco.

Dom permaneció en silencio.

Nema sostuvo su mirada durante varios segundos antes de ceder.

—Trabajaba para una organización benéfica donde estaba mi hermana.

—¿Dónde está tu hermana ahora?

—No lo sé.

Aquello sí era verdad.

Lena Reyes había desaparecido a los veintidós años.

La policía había tratado el caso como una fuga voluntaria.

Nema jamás lo creyó.

Dom abrió otra carpeta.

—Entonces quizá quieras ver esto.

Dentro había una fotografía de Lena.

Más joven.

Sonriendo.

Tomada años atrás.

Nema dejó de respirar.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Estaba en el apartamento de Tommy.

—No.

—Nema.

—No.

Se puso de pie tan rápido que la silla raspó el suelo.

—Mi hermana no conocía a Tommy.

Dom también se levantó.

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

—No existe ningún “tenemos”.

Agarró su chaqueta.

—Me voy.

Dom habló antes de que llegara a la puerta.

—Alguien entró en tu apartamento esta mañana.

Nema se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Mientras venías aquí.

Giró lentamente.

—¿Tú mandaste a alguien?

—Mandé a Victor a vigilar el edificio. Vio entrar a un hombre por la escalera de incendios.

La sangre abandonó su rostro.

—¿Está todavía allí?

—No.

—¿Qué se llevó?

Dom no respondió.

Nema sintió que el pánico empezaba a subirle por el pecho.

—¿Qué se llevó?

—Nada.

—Entonces ¿para qué entró?

Dom caminó hasta ella.

—Dejó algo.

Veinte minutos después estaban frente a su apartamento.

La cerradura no parecía forzada.

Todo estaba exactamente como ella lo había dejado.

Excepto la mesa de la cocina.

En el centro había una pequeña caja blanca.

Nema se acercó despacio.

—No la toques —dijo Dom.

Victor fotografió la caja antes de abrirla con guantes.

Dentro había un viejo teléfono móvil.

Y una pulsera plateada.

Nema dejó escapar un sonido ahogado.

—Es de Lena.

Dom la miró.

—¿Estás segura?

—Se la regalé cuando cumplió dieciocho.

Victor encendió el teléfono.

Había un único archivo de vídeo.

Dom lo reprodujo.

La imagen era oscura y temblorosa.

Después apareció un rostro.

Nema tuvo que agarrarse al borde de la mesa.

Era su hermana.

Más delgada.

Mayor.

Pero viva.

Lena miraba directamente a la cámara.

—Nema, si estás viendo esto, significa que encontraron a Tommy antes de que pudiera sacarme.

Nema dejó de respirar.

La grabación continuó.

—No confíes en la policía. No confíes en Elena. Y, sobre todo…

Lena miró hacia alguien fuera de cámara.

Su expresión cambió.

El vídeo se cortó.

—¿Sobre todo qué? —susurró Nema.

La pantalla se volvió negra.

Entonces apareció una segunda línea de texto.

NO CONFÍES EN DOMINIC MORETTI.

El apartamento quedó en silencio.

Nema levantó lentamente los ojos.

Dom seguía a menos de dos metros de ella.

Y por primera vez desde que lo había conocido, la calma desapareció de su rostro.

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