El pánico de Ethan duró exactamente ocho segundos.
Después volvió a convertirse en director ejecutivo.
—Doctor —preguntó—, ¿cuáles son los riesgos?
Yo levanté una ceja.
Ni «cuatro hijos».
Ni «voy a ser padre por cuadruplicado».
Directamente análisis de riesgos.
Muy Ethan Grant.
El médico explicó que un embarazo de cuatrillizos necesitaba vigilancia estricta, controles frecuentes y mucho descanso.
Beatrice escuchó cada palabra con la concentración de alguien recibiendo instrucciones para proteger las reservas de oro nacionales.
Cuando terminó, se levantó.
—Desde hoy, Clara no hace absolutamente nada.
Parpadeé.
—Mamá, todavía puedo caminar.
—No es necesario.
—¿Cómo que no?
Se volvió hacia su asistente.
—Compra una silla de ruedas.
—¡NO!
Hasta Ethan me miró.
—Puedo caminar perfectamente.
Beatrice frunció el ceño.
—Llevas cuatro Grant dentro. Tus piernas ya no son solamente tuyas.
Me quedé mirándola.
Había pasado oficialmente de nuera a transporte estratégico de herederos.
Al regresar a la mansión comenzó la locura.
Un obstetra especializado se incorporó al equipo.
La nutricionista recibió una habitación propia.
Cambió mi colchón.
Cambió mis almohadas.
Beatrice incluso ordenó cubrir las esquinas de los muebles.
—¿Qué cree que voy a hacer? ¿Correr una maratón alrededor de la mesa?
—No bromees con cosas peligrosas.
Aquella noche abrí el contrato matrimonial.
Había una cuestión importantísima.
Un millón por quedar embarazada.
Otro bono si daba a luz un varón.
Pero no decía absolutamente nada sobre embarazos múltiples.
Sonreí.
Abrí la calculadora.
Si cuatro bebés significaban cuatro bonos…
Ethan entró justo cuando estaba multiplicando números.
—¿Qué haces?
Bloqueé el teléfono.
—Educación prenatal.
—Estabas usando una calculadora.
—Educación prenatal financiera.
Me observó durante unos segundos.
—No recibirás cuatro millones.
—¿Quién habló de cuatro millones?
—Tu cara.
Me sentí profundamente ofendida.
—Señor Grant, soy tu esposa. ¿Así de materialista crees que soy?
—Sí.
—Qué falta de confianza matrimonial.
Por primera vez, vi cómo la comisura de su boca se movía.
Casi una sonrisa.
Casi.
Aquello fue más aterrador que los cuatrillizos.
Los días siguientes Ethan empezó a regresar temprano.
Primero pensé que Beatrice lo obligaba.
Después descubrí que no.
Una noche entró con una carpeta.
—He reorganizado mi agenda.
—¿Por qué?
—El médico dijo que no debes quedarte sola.
Miré hacia la puerta.
Había dos empleadas, una enfermera y probablemente mi suegra escondida detrás de alguna columna.
—Ethan, aquí hay más personas vigilándome que en una prisión federal.
—Aun así.
Dejó la carpeta.
—Trabajaré desde casa tres días por semana.
Lo miré con sospecha.
—¿Estás enfermo?
—No.
—¿Grant Group quebró?
—No.
—¿Tu madre te amenazó?
—Clara.
—Solo estoy descartando posibilidades.
No respondió.
Pero aquella noche, cuando me quedé dormida en el sofá, desperté con una manta sobre mí.
Ethan estaba trabajando enfrente.
Y algo empezó a incomodarme.
Ese hombre estaba empezando a comportarse como un marido.
Eso no figuraba en nuestro contrato.
El verdadero problema apareció una semana después.
Beatrice convocó al abogado de la familia.
Entré al salón y encontré documentos nuevos sobre la mesa.

—¿Qué es esto?
Mi suegra sonrió.
—Una pequeña modificación.
Leí.
Y dejé de sonreír.
El contrato original establecía que, después del nacimiento del heredero, podía solicitar el divorcio y conservar todas las compensaciones acordadas.
El nuevo documento cambiaba esa cláusula.
Si nacían varios herederos, la madre debía permanecer dentro de la familia Grant hasta que los niños cumplieran dieciocho años.
Levanté lentamente la cabeza.
—No voy a firmarlo.
Beatrice pareció sorprendida.
—Clara, piensa en los niños.
—Estoy pensando en ellos.
Empujé los papeles.
—También estoy pensando en mí.
—Tendrás dinero, personal, cualquier cosa que necesites.
—Eso no significa que puedan comprar dieciocho años de mi vida.
Su expresión se enfrió.
Por primera vez desde que anuncié mi embarazo, volvió a mirarme como aquella chica del orfanato que había seleccionado para cumplir una función.
—No olvides por qué entraste en esta familia.
La frase dolió más de lo que esperaba.
Sonreí.
—No lo he olvidado.
Me levanté.
—Precisamente por eso leo los contratos.
Cuando llegué a la puerta, Beatrice habló:
—Los cuatro bebés son Grant.
Me detuve.
—También son míos.
—Y esta familia tiene recursos para garantizar que permanezcan aquí.
Giré lentamente.
Aquello ya no sonaba como una conversación.
Sonaba como una amenaza.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que deberías pensar cuidadosamente antes de tomar decisiones impulsivas.
Entonces una voz llegó desde la entrada.
—Madre. Basta.
Ethan.
No sabía cuánto había escuchado.
Pero por su expresión, suficiente.
Entró, tomó el contrato y lo leyó.
Luego lo rompió por la mitad.
Beatrice se levantó.
—¡Ethan!
Lo rompió otra vez.
—El contrato original se mantiene.
—¡Estamos hablando de cuatro herederos!
—Estamos hablando de mi esposa.
El salón quedó completamente silencioso.
Yo también.
¿Su esposa?
Ethan se volvió hacia el abogado.
—Cualquier modificación futura necesita la aprobación de Clara.
—Pero señor Grant…
—¿No fui claro?
—Perfectamente.
Beatrice estaba roja.
—¿Has perdido la cabeza por esa mujer?
Ethan respondió sin siquiera levantar la voz:
—Esa mujer lleva a mis cuatro hijos.
Después me miró.
—Y no es propiedad de la familia.
Algo extraño golpeó mi pecho.
Muy extraño.
Muy inconveniente.
Aquello empezaba a desviarse peligrosamente del plan de «tener bebé, cobrar bono, jubilarme».
Regresé a mi habitación.
Diez minutos después Ethan llamó.
Traía otro documento.
Retrocedí.
—Si es otro contrato, voy a usarlo para envolver pescado.
—No es un contrato.
Me entregó cuatro hojas.
Eran documentos bancarios.
Había abierto cuatro fideicomisos.
Uno para cada bebé.
La cantidad inicial hizo que contara los ceros dos veces.
—Ethan…
—Serán exclusivamente de ellos.
Pasé a la última página.
Había algo más.
Una transferencia de cuatro millones de dólares a mi nombre.
Lo miré.
—¿Qué es esto?
—Tu bono.
—El contrato dice uno.
—El contrato esperaba un bebé.
—¿Entonces estás pagando por unidad?
Su expresión se volvió extraña.
—No vuelvas a decirlo así.
Me reí.
Él no.
Entonces señaló otra línea.
—Además, he eliminado la cláusula que condicionaba tu segunda compensación a que naciera un varón.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Por qué?
—Porque no me importa si son niños o niñas.
Aquello era algo que Beatrice jamás habría dicho.
—Ethan…
—Descansa.
Se marchó antes de que pudiera preguntarle nada más.
Pero esa misma noche desperté cerca de las dos.
Escuché voces en el pasillo.
Beatrice.
Y Ethan.
—Estás olvidando el acuerdo —susurraba ella.
—No.
—Entonces recuerda para qué elegimos a Clara.
Me quedé inmóvil.
Ethan respondió algo demasiado bajo.
Me acerqué a la puerta.
Beatrice continuó:
—Si descubre por qué su expediente médico estaba entre los documentos de tu padre mucho antes de aquella selección, empezará a hacer preguntas.
Mi mano se congeló sobre el picaporte.
¿Qué expediente?
Yo había conocido a los Grant apenas un año antes.
El padre de Ethan llevaba cinco años muerto.
—Ella no debe saberlo todavía —dijo Ethan.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
Beatrice bajó todavía más la voz.
—Con cuatro bebés ya no podemos seguir ocultándolo.
—Yo decidiré cuándo decírselo.
Retrocedí.
De pronto el contrato matrimonial, la selección, mis análisis médicos perfectos y aquella supuesta casualidad dejaron de parecer casualidades.
Entré en mi habitación y cerré silenciosamente.
Después abrí el cajón donde guardaba mi copia del contrato.
Por primera vez, no miré las cláusulas económicas.
Miré la página que contenía los datos de la empresa encargada de mi evaluación médica.
Y allí lo vi.
Un nombre que nunca me había molestado en investigar.
GRANT BIOMEDICAL FOUNDATION.
Debajo figuraba la fecha en que habían abierto mi expediente.
No era del año anterior.
Ni siquiera de hacía cinco años.
Mi expediente había sido creado cuando yo tenía seis meses de edad.
Me quedé mirando la pantalla.
Yo había crecido en un orfanato.
No conocía a mis padres.
Y según aquellos documentos, la familia Grant sabía quién era yo décadas antes de que Ethan supuestamente me eligiera como esposa.