PARTE 2: CUANDO MARCUS DESCUBRIÓ QUE SU PROMETIDA HABÍA ROBADO MI TELÉFONO, PENSÉ QUE SOLO QUERÍA DESPEDIRME EN SILENCIO, PERO EL VIDEO REVELÓ POR QUÉ LLEVABA MESES INTENTANDO BORRARME DE AQUELLA MANSIÓN.

Marcus volvió a reproducir el video.

Vanessa aparecía tomando mi teléfono del carrito, guardándolo dentro de su bolso y alejándose con absoluta tranquilidad.

No parecía una mujer actuando por impulso.

Parecía alguien siguiendo un plan.

—¿Qué había en ese teléfono? —preguntó Marcus.

Apreté a Lily contra mi pecho.

—Fotos de mi hija. Mis horarios. Algunas notas personales. Nada importante.

Marcus no apartó los ojos de la pantalla.

—¿Contraseñas?

—Sí.

—¿Aplicaciones bancarias?

—También.

Su mandíbula se endureció.

Antes de que pudiera responder, Lily volvió a señalar otro monitor.

—Después.

Marcus se quedó quieto.

—¿Qué quieres decir, cariño?

Ella frunció el ceño con la seriedad absoluta de los niños pequeños.

—La señora mala volvió.

Sentí un escalofrío.

Marcus avanzó el metraje.

14:29.

Vanessa regresó al mismo pasillo.

Esta vez llevaba mi teléfono en la mano.

Pero ya no estaba sola.

Un hombre con uniforme de mantenimiento caminaba detrás de ella.

Yo no lo reconocía.

Marcus sí.

Su expresión cambió.

—Ese hombre no trabaja aquí.

Amplió la imagen.

Vanessa le entregó mi teléfono.

El desconocido conectó un pequeño dispositivo al puerto de carga.

—¿Qué está haciendo? —susurré.

Marcus tomó su móvil.

—Seguridad. Sala este. Ahora.

Menos de dos minutos después entraron dos hombres.

Marcus señaló la pantalla.

—Identifíquenlo.

Uno de ellos observó la grabación.

—Nunca lo he visto.

—Entonces averigüen cómo entró.

Vanessa recuperó mi teléfono después de varios minutos.

Pero en lugar de devolverlo al carrito, caminó hacia el ala privada de Marcus.

La cámara siguiente la mostró entrando en su despacho.

Marcus dejó de respirar durante un instante.

—No.

Cambió de pantalla.

Vanessa colocó mi teléfono sobre el escritorio.

Después abrió uno de los cajones de Marcus.

Sacó una llave.

Y abrió un pequeño compartimento oculto detrás de un panel de madera.

El jefe de seguridad murmuró:

—Señor Cole…

Dentro había una caja negra.

Vanessa la sacó.

Marcus se acercó tanto a la pantalla que casi la tocó.

—Esa caja contiene mis llaves de autenticación corporativa.

Yo no entendía completamente.

Pero entendí su tono.

Aquello ya no tenía nada que ver conmigo.

Vanessa abrió la caja, fotografió varios objetos con mi teléfono y después llamó a alguien.

No escuchábamos el audio.

Pero sí vimos cómo sonreía.

Después volvió a guardar todo.

Y finalmente se llevó mi teléfono.

Marcus permaneció inmóvil.

Muy inmóvil.

Era el tipo de silencio que resultaba más inquietante que un grito.

—¿Cuánto dinero puede mover alguien con esas llaves? —pregunté.

Uno de los hombres respondió:

—No se trata solo de dinero.

Marcus lo miró.

—Acceso a contratos. Registros de propiedad. Redes internas. Autorizaciones.

Entonces se volvió hacia mí.

—¿Tu teléfono tenía reconocimiento facial?

Asentí.

—Sí.

—¿Y fotos tuyas suficientes para intentar engañarlo?

Se me heló el cuerpo.

—No lo sé.

El jefe de seguridad intervino.

—Podrían haber clonado parte de sus credenciales o utilizado el dispositivo como punto de entrada. Hay que analizarlo.

—Encuéntrenlo —ordenó Marcus—. Y bloqueen todas las credenciales comprometidas.

—Sí, señor.

Yo seguía procesando aquello cuando Lily apoyó la cabeza en mi hombro.

—Mami, tengo hambre.

La normalidad de aquella frase casi me hizo llorar.

Marcus la miró.

Algo en su expresión se suavizó.

—Marta puede prepararle desayuno.

—No —dije inmediatamente—. Me la llevo.

Marcus frunció el ceño.

—¿A dónde?

—Fuera de aquí.

—¿Por qué?

Lo miré.

—Porque su prometida robó mi teléfono, lo entregó a un extraño y lo utilizó para entrar en su despacho. No pienso quedarme esperando para descubrir qué más sabe sobre mí o sobre Lily.

Marcus abrió la boca.

Pero antes de hablar, su jefe de seguridad recibió una llamada.

Su rostro cambió.

—Señor Cole.

—Habla.

—Encontramos el teléfono.

—¿Dónde?

—Dentro del coche de la señorita Cain.

Vanessa estaba en la mansión.

La noticia se extendió como electricidad.

Marcus salió de la sala sin decir una palabra.

Yo debería haber llevado a Lily a la cocina.

En cambio, me quedé.

Cinco minutos después escuchamos voces en el vestíbulo.

—Marcus, esto es ridículo.

Vanessa.

Sonaba molesta.

No asustada.

Eso me impresionó.

—Dame tu bolso —dijo Marcus.

—¿Disculpa?

—Tu bolso.

Ella se rio.

—No puedes hablarme así.

—Puedo cuando acabamos de encontrar propiedad robada en tu coche.

Silencio.

Después:

—¿Esa criada te está llenando la cabeza?

Apreté a Lily con más fuerza.

Marcus respondió con una calma helada.

—No vuelvas a llamarla así.

Vanessa apareció en la puerta.

Cuando me vio, su cara se transformó.

—Tú.

Lily escondió el rostro contra mi cuello.

Marcus se colocó entre nosotras.

—¿Por qué tomaste su teléfono?

—No lo tomé.

—Tengo el video.

Vanessa palideció.

Solo durante un segundo.

Luego recuperó el control.

—Quería comprobar algo.

—¿Qué?

—Recibí información de que ella estaba vendiendo detalles privados de la casa.

La miré incrédula.

—Eso es mentira.

Vanessa sacó una hoja doblada de su bolso.

—Tengo pruebas.

Marcus la tomó.

Era una captura de pantalla.

Una conversación.

Mi nombre aparecía en la parte superior.

Mensajes supuestamente enviados desde mi cuenta.

«Puedo conseguir fotografías del despacho.»

«Marcus guarda documentos importantes detrás del panel.»

«Necesito cincuenta mil.»

Sentí que me faltaba aire.

—Yo nunca escribí eso.

Vanessa sonrió.

—Por supuesto que vas a decir eso.

Marcus levantó lentamente los ojos.

—¿Cuándo obtuviste estas capturas?

—Ayer.

—¿Antes o después de robarle el teléfono?

Vanessa se quedó callada.

—Marcus…

—Contesta.

—Antes.

El jefe de seguridad apareció detrás de ella.

—Eso es imposible, señor.

Todos lo miramos.

—¿Por qué?

El hombre sostuvo una tableta.

—Los metadatos de esas capturas indican que fueron creadas anoche.

Vanessa perdió color.

—Eso no prueba nada.

—También hay otra cosa.

Mostró la pantalla.

—Los mensajes no proceden de la cuenta de la señora Parker.

Era mi apellido.

Marcus entrecerró los ojos.

—Entonces ¿de dónde?

—De una cuenta clonada.

Vanessa retrocedió.

Yo sentí una presión extraña en el pecho.

De pronto todas aquellas pequeñas cosas de los últimos meses regresaron a mi memoria.

Las acusaciones de Vanessa.

Las quejas sobre mi trabajo.

Una pulsera perdida que apareció inexplicablemente dentro de mi casillero.

Un vaso de cristal roto que ella juró haberme visto tirar.

Y el día en que intentó convencer a Marta de despedirme porque decía que Lily «no pertenecía a una casa como esta».

No habían sido incidentes separados.

—Has estado intentando incriminarme —dije.

Vanessa me miró con odio.

—No te creas tan importante.

—Entonces ¿por qué yo?

No respondió.

Marcus sí.

—Porque estuvo aquí la noche del diecisiete de febrero.

Vanessa giró bruscamente hacia él.

Aquella reacción lo dijo todo.

—¿Qué pasó esa noche? —pregunté.

Marcus me miró.

—Alguien accedió a uno de nuestros sistemas internos y copió información sobre una adquisición valorada en cientos de millones.

Señaló a Vanessa.

—Hasta hoy creíamos que había sido un ataque externo.

El jefe de seguridad añadió:

—Pero el acceso se originó dentro de esta casa.

Entonces recordé algo.

El diecisiete de febrero.

Una tormenta.

Lily había tenido fiebre y Marta me permitió quedarme hasta tarde porque las carreteras estaban peligrosas.

Cerca de medianoche, mientras buscaba una manta, había visto a Vanessa salir del despacho de Marcus.

Ella me había visto también.

Y me había sonreído.

—Yo estaba aquí —susurré.

Marcus asintió.

—Eres probablemente la única empleada que pudo verla.

Vanessa se lanzó hacia la puerta.

Los hombres de seguridad la bloquearon.

—Apártense.

—Señorita Cain —dijo uno—, debe permanecer aquí.

—¡Marcus, diles que se aparten!

Él no lo hizo.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Después al jefe de seguridad.

—¿Qué?

Marcus leyó el mensaje otra vez.

—La empresa que intentó comprar nuestras acciones utilizando información confidencial…

Levantó los ojos hacia Vanessa.

—Está registrada a nombre de tu hermano.

Por primera vez, ella pareció verdaderamente aterrorizada.

—No sabes de qué estás hablando.

Marcus dio un paso hacia ella.

—La boda está cancelada.

Vanessa se quedó blanca.

—No puedes hacerme esto.

—Ya lo hice.

—¡Después de todo lo que hice por ti!

—Eso es precisamente lo que estamos averiguando.

Dos agentes de policía llegaron poco después.

Yo decidí que ya había visto suficiente.

Tomé la mano de Lily.

—Nos vamos.

Marcus me alcanzó antes de la entrada.

—Emma.

Era la primera vez que pronunciaba mi nombre de aquella manera.

No «señora Parker».

No «usted».

Emma.

—Quiero ofrecerte protección hasta que sepamos quién más está involucrado.

Negué con la cabeza.

—Solo quiero llevar a mi hija a un lugar seguro.

—Precisamente.

Miró a Lily.

—Vanessa tenía información sobre tus horarios.

Sentí frío.

—¿Qué información?

Marcus dudó.

Luego me entregó una hoja que la policía acababa de recuperar del bolso de Vanessa.

Había nombres de empleados.

Horarios.

Direcciones.

Y junto al mío aparecía también el nombre de Lily.

Debajo había una anotación:

«NIÑA — 3 AÑOS. ENTRA CON LA MADRE. ÚTIL SI NECESITAMOS PRESIÓN.»

Mis manos comenzaron a temblar.

Marcus tomó la hoja antes de que Lily pudiera verla.

Su voz cambió por completo.

—No vas a salir sola de esta casa.

Antes de que pudiera responder, uno de los agentes apareció desde el pasillo.

—Señor Cole, necesitamos que vea algo más.

Le entregó mi teléfono recuperado.

La pantalla estaba rota, pero seguía encendida.

Habían encontrado una carpeta oculta.

Dentro había varias fotografías tomadas desde lejos.

Fotografías de Marcus.

De su despacho.

De la mansión.

Y después apareció una mía.

Yo estaba recogiendo a Lily de la guardería.

La fotografía había sido tomada tres semanas antes de que yo empezara a trabajar para Marcus Cole.

Sentí que el aire desaparecía.

Marcus levantó la mirada hacia mí.

—Emma…

Deslizó hacia la siguiente imagen.

Era una fotografía de mi solicitud de empleo.

En la esquina aparecía una nota escrita a mano.

«CONTRATARLA. ELLA NOS DARÁ ACCESO.»

Y debajo había una firma.

No pertenecía a Vanessa.

Marcus la reconoció inmediatamente.

Su rostro quedó completamente quieto.

—Esto no empezó con mi prometida —dijo.

—¿Entonces con quién?

Él levantó los ojos.

—Con la persona que te consiguió este trabajo.

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