PARTE 2: CUANDO ABRÍ LA HABITACIÓN QUE MI ESPOSA EMBARAZADA ME HABÍA PROHIBIDO TOCAR, DESCUBRÍ QUE CLAIRE NO SOLO HABÍA PLANEADO DEJARME: LLEVABA MESES INVESTIGANDO UNA TRAICIÓN DENTRO DE MI PROPIO IMPERIO.

La llave seguía donde Claire siempre guardaba las cosas que creía que yo jamás buscaría.

Dentro de una pequeña caja de costura.

Abrí la puerta de la guardería.

Esperaba encontrar una cuna.

Ropa diminuta.

Quizá fotografías de ecografías que me hicieran sentir todavía peor por todas las citas a las que no había ido.

Encontré todo aquello.

Pero también encontré una pared cubierta de fotografías, documentos bancarios y nombres de hombres que trabajaban para mí.

Me quedé inmóvil.

Michael apareció detrás de mí.

—¿Qué demonios es esto?

No respondí.

Sobre el escritorio había tres carpetas.

La primera decía:

EMPRESAS FANTASMA.

La segunda:

TRANSFERENCIAS.

La tercera llevaba un solo nombre.

MICHAEL REED.

Sentí cómo el hombre detrás de mí dejaba de respirar.

Giré lentamente.

—¿Quieres explicármelo?

Michael miró la carpeta.

Después a mí.

—No sé qué es.

Mentía.

Había conocido mentirosos toda mi vida.

—Sal.

—Daniel…

—He dicho que salgas.

Esperó un segundo.

Después obedeció.

Cerré la puerta con llave.

Abrí la primera carpeta.

Claire había documentado pagos procedentes de cuatro de mis empresas. Cantidades suficientemente pequeñas para pasar desapercibidas por separado, pero juntas sumaban casi tres millones de dólares en dieciocho meses.

El dinero terminaba en sociedades que no reconocía.

Pero Claire sí había encontrado la conexión.

Todas estaban vinculadas indirectamente a personas de mi organización.

Y en cada ruta aparecía Michael.

Entonces encontré una nota escrita a mano.

«Daniel cree que Michael le ha sido leal durante quince años. Si se lo digo sin pruebas, elegirá creerle a él.»

Me senté.

Aquello dolió porque era verdad.

Meses antes, Claire había intentado preguntarme por determinadas facturas.

Yo le había dicho que dejara los negocios en mis manos.

Después había salido.

Con otra mujer.

Seguí leyendo.

Había fotografías de reuniones que jamás autoricé.

Registros de almacenes.

Contratos duplicados.

Y una lista de fechas.

Una de ellas me heló la sangre.

Era la noche en que había faltado a la cita prenatal de Claire.

Junto a la fecha había escrito:

«Michael sabía exactamente dónde estaba Daniel. Alguien se aseguró de mantenerlo ocupado.»

Mi teléfono sonó.

Michael.

No contesté.

En cambio llamé a Vincent Russo, el único hombre de mi círculo que Michael no había contratado ni recomendado.

—Necesito que vengas solo.

—¿Problemas?

Miré la pared.

—Todavía no sé cuántos.

Vincent llegó cuarenta minutos después.

Leyó los documentos sin hablar.

Finalmente levantó la cabeza.

—¿Claire encontró esto?

—Sí.

—¿Y desapareció justo después?

Aquella pregunta cambió algo.

—Ella me dejó por mi aventura.

Vincent negó lentamente.

—Quizá esa fue la razón por la que dejó de protegerte.

—¿Qué quieres decir?

Señaló una hoja.

—Mira las fechas.

Las últimas investigaciones de Claire eran posteriores al momento en que había descubierto mi infidelidad.

No había estado preparando únicamente un divorcio.

Había seguido investigando incluso después de decidir abandonarme.

—Estaba intentando terminar esto antes de irse —murmuré.

Vincent encontró entonces un sobre pegado debajo del escritorio.

Mi nombre estaba escrito en él.

DANIEL.

Lo abrí.

Solo había una memoria USB y una nota.

«Si estás viendo esto, significa que finalmente abriste una puerta cuando ya era demasiado tarde.»

Cerré los ojos.

Incluso ausente, Claire sabía exactamente dónde golpearme.

Conectamos la memoria a un portátil sin conexión.

Apareció un vídeo.

Claire estaba sentada en aquella misma habitación.

Parecía cansada.

Su embarazo ya era evidente.

—Daniel, si encontraste esto, probablemente ya me fui.

Mi garganta se cerró.

—No sé si alguna vez descubrirás todo. Tampoco sé si vas a creerme. Pero alguien está utilizando tus empresas para mover dinero y creo que el objetivo no es simplemente robarte.

Claire levantó varios documentos.

—Están comprando deuda de tus compañías a través de intermediarios. Si continúan, podrían controlar suficiente deuda como para provocar una crisis y obligarte a vender activos estratégicos.

Vincent murmuró una maldición.

Claire continuó:

—Michael aparece demasiadas veces para ser coincidencia.

Entonces hizo una pausa.

—Pero no creo que sea quien manda.

El vídeo terminó.

—¿Eso es todo? —preguntó Vincent.

Había otro archivo.

Un audio.

Lo reproduje.

Primero escuché la voz de Michael.

Después una voz femenina.

—¿Cuánto falta?

—Poco —respondió Michael—. Daniel está distraído.

—¿Por la esposa?

—Por ambas mujeres.

La mujer rio.

Reconocí aquella risa.

Mi estómago se revolvió.

Vincent me miró.

—¿Quién es?

No pude responder inmediatamente.

Era Sophia Lane.

La mujer con la que había estado engañando a Claire.

Reproduje el audio desde el principio.

Sophia habló otra vez:

—Mientras crea que yo estoy aquí porque lo deseo, seguirá sin mirar sus cuentas.

Michael respondió:

—¿Y Claire?

—Ya sospecha.

—Entonces habrá que sacarla del medio antes de que nazca la niña.

Me levanté tan rápido que la silla cayó.

Vincent me agarró del brazo.

—Piensa.

—Mi esposa está embarazada y desapareció mientras dos personas hablan de sacarla del medio.

—Precisamente. Piensa.

Llamé inmediatamente a Rebecca.

Contestó después de varios tonos.

—¿Qué quieres?

—Necesito hablar con Claire.

—No.

—Rebecca, escucha. Esto no es sobre nosotros.

—Para Claire todo terminó siendo sobre vosotros.

—Encontré la guardería.

Silencio.

—Encontré los archivos.

Su respiración cambió.

—Entonces finalmente lo sabes.

—¿Dónde está?

—No puedo decírtelo.

—Podría estar en peligro.

—Ya lo estaba contigo.

La frase me atravesó.

Pero esta vez no discutí.

—Tienes razón.

Rebecca calló.

—Fui un marido miserable. Le mentí. La traicioné. Y si nunca quiere volver a verme, lo aceptaré.

Respiré.

—Pero Michael y Sophia estaban hablando de ella.

Silencio absoluto.

—¿Sophia? —preguntó finalmente.

—Sí.

Rebecca soltó algo en voz baja.

—¿Qué?

—Claire tenía razón.

—¿Sobre qué?

—Pensaba que tu amante no había aparecido casualmente.

Sentí frío.

—Rebecca, dime dónde está.

—No.

—Por favor.

—No está en Chicago.

—¿Está segura?

La pausa duró demasiado.

—Lo estaba cuando hablamos ayer.

—¿Y hoy?

No respondió.

Entonces escuché que alguien llamaba a su puerta.

Rebecca se alejó del teléfono.

—Espera.

Oí voces.

Después un silencio extraño.

—Rebecca.

Nada.

—¿Qué ocurre?

Cuando volvió, su voz temblaba.

—Acaban de dejarme un paquete.

—No lo abras.

Demasiado tarde.

Escuché papel.

Luego Rebecca jadeó.

—Dios mío.

—¿Qué hay dentro?

—Una fotografía de Claire.

Mi sangre se congeló.

—¿Dónde?

—Parece reciente.

—¿Está herida?

—No. Está saliendo de un edificio.

Entonces Rebecca leyó algo.

—Hay una nota.

—¿Qué dice?

Su voz apenas fue un susurro.

«Dile a Daniel que deje de buscar. La próxima fotografía será de la niña.»

Todo dentro de mí se quedó inmóvil.

—Rebecca, llama a la policía. Ahora.

Colgué.

Vincent ya estaba de pie.

—¿Qué pasó?

—Saben dónde está Claire.

En ese momento alguien golpeó la puerta de la guardería.

Tres veces.

Lento.

Seguro.

Vincent sacó su teléfono.

Yo abrí.

Michael estaba al otro lado.

Solo.

—Tenemos un problema —dijo.

Lo miré.

—Sí. Tú.

Su expresión no cambió.

—Encontraste las carpetas.

No era una pregunta.

—¿Dónde está mi esposa?

Michael sonrió apenas.

—Si yo quisiera hacerle daño, Daniel, no habría venido aquí.

—Entonces habla.

Miró hacia el interior de la guardería.

—Claire cometió un error.

—¿Cuál?

—Creyó que yo trabajaba para Sophia.

Hizo una pausa.

—Sophia trabaja para alguien mucho más cercano a ti.

Sacó un teléfono y lo dejó frente a mí.

En la pantalla había una fotografía tomada aquella misma mañana.

Claire estaba viva.

Caminaba hacia un hospital.

Debajo aparecía un mensaje recibido hacía seis minutos:

«EL PARTO SE ADELANTÓ. BENNETT ESTÁ EN POSICIÓN. ESPERAMOS TU ORDEN.»

Levanté la mirada.

—¿Quién demonios es Bennett?

Por primera vez, Michael pareció realmente asustado.

—El hombre que lleva veinte años esperando quedarse con todo lo tuyo.

Su teléfono vibró otra vez.

Michael miró el nuevo mensaje.

Y palideció.

—Daniel…

—¿Qué?

Giró la pantalla hacia mí.

Solo había cuatro palabras:

«LA NIÑA YA NACIÓ.»

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