La ecografía terminó veinte minutos después.
Veinte minutos durante los cuales intenté olvidar que Alejandro estaba al otro lado de la puerta.
—Todo está bien —dijo la doctora—. Dieciséis semanas. El crecimiento es normal.
Me entregó varias imágenes.
Las sostuve con cuidado.
Mi hijo.
Mi pequeña vida después de tantos meses sintiéndome invisible.
—¿Quieres saber el sexo?
Negué con una sonrisa.
—Todavía no.
Cuando salí, Alejandro seguía allí.
Martín había desaparecido.
También el médico de Claudia.
Solo quedaba él, sentado frente a la consulta, con los codos sobre las rodillas.
Al verme, se levantó.
—¿Está bien?
—Sí.
Sus ojos bajaron hacia las ecografías.
—Déjame verlo.
—No.
La respuesta salió tan rápido que pareció golpearlo.
—Sofía…
—Tengo que irme.
Intenté pasar.
Alejandro se colocó delante de mí.
—Necesito saber si es mío.
—¿Para qué?
—Porque tengo derecho.
Solté una risa amarga.
—Qué curioso que ahora hablemos de derechos.
Su expresión se endureció.
—No sabía que estabas embarazada cuando firmamos.
—Yo tampoco tenía confirmación médica.
—Pero sospechabas.
No respondí.
Alejandro comprendió.
—Firmaste sabiendo que podías estar esperando a mi hijo.
—Sí.
—¿Cómo pudiste ocultármelo?
Aquello terminó de romper la poca paciencia que me quedaba.
—¿Quieres hablar de ocultar cosas?
Lo miré directamente.
—Hablemos de Claudia.
Su rostro cambió.
—Esto no tiene nada que ver con ella.
—Siempre tiene que ver con ella.
—Sofía…
—Nuestra boda tuvo que cambiar de fecha porque Claudia tuvo una crisis. Cancelaste nuestro segundo aniversario porque Claudia te necesitaba. Me dejaste sola en urgencias porque Claudia te llamó llorando.
Mi voz comenzó a temblar.
—Y dos veces dijiste su nombre mientras estabas conmigo.
Alejandro se quedó inmóvil.
Por su expresión comprendí que ni siquiera sabía que yo lo había escuchado.
—Sofía, yo…
—No.
Retrocedí.
—Durante tres años me convencí de que si era suficientemente paciente algún día dejarías de mirar hacia atrás.
Me acaricié el vientre.
—No voy a enseñar a mi hijo a vivir así.
Alejandro tardó varios segundos en responder.
—Claudia está enferma.
—Lo sé.
—Su situación es más grave de lo que crees.
—Entonces cuídala.
Aquello lo dejó sin palabras.
—Pero déjanos tranquilos.
Salí del hospital.
Creí que había terminado.
A las siete de aquella tarde llamaron a mi puerta.
Miré por la mirilla.
Alejandro.
No abrí.
—Sé que estás ahí.
Permanecí en silencio.
—No voy a marcharme hasta que hablemos.
Cinco minutos.
Diez.
Veinte.
Finalmente abrí.
Alejandro miró el pequeño apartamento.
No había lujo.
No había empleados.
Solo cajas, muebles sencillos y una habitación al fondo donde ya había empezado a montar una cuna.
Sus ojos se quedaron clavados allí.
—¿Ibas a criar a nuestro hijo aquí sin decirme nada?
—Ese era el plan.
—¿Por qué no pediste nada en el divorcio?
—Porque quería salir.
—Podías haberte quedado con la casa.
—No quería tu casa.
—Dinero.
—Tampoco.
Me miró como si aquella posibilidad jamás se le hubiera ocurrido.
—Entonces ¿qué querías?
—Paz.
Alejandro bajó la mirada.
Después sacó algo del bolsillo.
Las ecografías.
Me tensé.
—¿Cómo las conseguiste?
—Se te cayó una en el pasillo.
Observó aquella pequeña silueta.
Sus dedos temblaban ligeramente.
—Es mío.
No era una pregunta.
—Sí.
Alejandro cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos estaban húmedos.
—Tengo un hijo.
—Tenemos un hijo biológico. Eso no significa que volvamos a ser marido y mujer.
—Podemos cancelar el divorcio.
Lo miré incrédula.
—Ya está finalizado.
—Entonces nos casamos otra vez.
Por primera vez casi sentí lástima.
Seguía creyendo que los problemas podían solucionarse tomando una decisión y esperando que todos obedecieran.
—No quiero casarme contigo.
Alejandro palideció.
—Estás enfadada.
—Ya no.
Y esa respuesta le dolió mucho más.
—Te quise durante años. Después te esperé. Después sufrí. Finalmente me cansé.
—Dame otra oportunidad.
—¿Y Claudia?
Silencio.
Eso fue suficiente.
Abrí la puerta.
—Buenas noches, Alejandro.

Él no se movió.
—Hay algo que no sabes.
—No quiero saberlo.
—Deberías.
Su voz cambió.
—Claudia fue quien pidió que me divorciara de ti.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
—Hace dos meses apareció un informe médico.
Alejandro apretó la ecografía entre los dedos.
—Decía que Claudia necesitaba un tratamiento experimental y que probablemente le quedaba menos de un año.
Sentí un escalofrío.
—¿Y por eso te divorciaste?
—Ella me pidió una última cosa.
Ya sabía que no quería escucharla.
—¿Cuál?
Alejandro sostuvo mi mirada.
—Que me casara con ella.
El aire desapareció de mis pulmones.
—¿Aceptaste?
No respondió.
—Alejandro.
—Acepté considerarlo.
Me reí.
No pude evitarlo.
—Y ahora vienes aquí hablando de casarte otra vez conmigo.
—Porque hoy descubrí que ese informe tiene problemas.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué problemas?
Sacó el teléfono.
—El médico cuyo nombre aparece firmado murió tres meses antes de que el informe fuera emitido.
Lo miré.
—Eso es imposible.
—Martín lo descubrió esta tarde.
Alejandro deslizó varias imágenes en la pantalla.
—Y hay algo más.
Una transferencia bancaria.
Cincuenta mil euros.
Ordenante: una sociedad que no conocía.
Beneficiaria: una administrativa de la clínica.
—¿Qué significa esto?
—Todavía no lo sé.
Su teléfono sonó.
Martín.
Alejandro respondió y activó el altavoz.
—Dime.
La voz de Martín sonaba tensa.
—Tenemos los registros.
—¿Qué registros?
—Los accesos al expediente médico de Claudia.
Hubo una pausa.
—Y encontré también accesos al de Sofía.
Sentí que se me helaba la espalda.
—¿Al mío?
—Sí —respondió Martín—. Alguien consultó sus análisis ginecológicos varias veces antes del divorcio.
Alejandro levantó la cabeza hacia mí.
—¿Quién?
—La misma cuenta que modificó el informe de Claudia.
Silencio.
Me llevé una mano al vientre.
—Martín, dime quién.
—No puedo confirmar quién utilizaba físicamente el acceso, pero la cuenta pertenecía a una persona del entorno de Claudia.
Alejandro apretó el teléfono.
—Nombre.
Entonces Martín lo dijo.
Y esta vez fue Alejandro quien perdió el color.
Porque no era Claudia.
Era alguien que había tenido acceso a nuestra casa durante los tres años de nuestro matrimonio.
Alguien que sabía cuándo intentábamos tener hijos.
Alguien que había estado presente incluso el día que firmamos el divorcio.
Teresa Mendoza.
Mi exsuegra.
Antes de que pudiera decir una palabra, llegó un mensaje al teléfono de Alejandro.
Una fotografía.
Claudia estaba entrando en un coche frente al hospital.
A su lado caminaba Teresa.
Debajo, Martín había escrito:
«Alejandro, no vayas a casa. Tu madre y Claudia ya saben que descubrimos los expedientes.»
Levanté lentamente la mirada.
Y entonces llamaron a mi puerta.
Tres golpes.
Pausa.
Otros tres.
Alejandro se puso delante de mí.
—¿Esperas a alguien?
Negué.
Desde el otro lado llegó una voz de mujer que conocía demasiado bien.
—Sofía, cariño, abre.
Sentí que mi hijo se movía bajo mi mano.
Era Teresa.
Y por primera vez comprendí que quizá mi embarazo no había sido el secreto más peligroso de nuestro matrimonio.