PARTE 2: LUCAS DESCUBRIÓ QUE EL NIÑO QUE HABÍA CRIADO SOLA DURANTE CINCO AÑOS ERA SU HIJO, PERO CUANDO EXIGIÓ SABER POR QUÉ SE LO OCULTÉ, TUVE QUE REVELARLE LA VERDAD SOBRE SU MADRE, MI ENFERMEDAD Y LA RAZÓN POR LA QUE HABÍA REGRESADO.

—Emma.

Lucas dio otro paso hacia mí.

—Dime que ese niño no nació siete meses después de que me dejaste.

Miré a Theo detrás del cristal.

Ya no podía seguir huyendo.

—Sí.

Lucas quedó inmóvil.

—¿Sí qué?

—Theo es tu hijo.

Durante varios segundos no hubo expresión alguna en su rostro.

Después cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, había una furia contenida que me dio más miedo que cualquier grito.

—Cinco años.

—Lucas…

—¿Cinco años sabiendo que tenía un hijo?

—Déjame explicarte.

—¿Explicarme qué? ¿Que decidiste por mí que no necesitaba conocerlo?

Theo nos observaba desde la cama.

Bajé la voz.

—Aquí no.

Lucas miró al niño y se obligó a contenerse.

Entramos en la habitación.

Theo me extendió los brazos.

—Mamá.

Me senté junto a él.

Lucas permaneció cerca de la puerta, incapaz de apartar la mirada.

Theo lo estudió con la curiosidad despreocupada de un niño.

—¿Eres amigo de mamá?

Lucas tardó demasiado en responder.

—Nos conocíamos hace mucho tiempo.

—¿Eres soldado?

—Sí.

Theo sonrió.

—Yo quiero conducir tanques.

Por primera vez vi quebrarse algo en Lucas.

Se giró hacia la ventana.

Aquella pequeña conversación le estaba mostrando todo lo que había perdido.

Cinco cumpleaños.

Primeras palabras.

Primeros pasos.

Cinco años que nadie podía devolverle.

Cuando Theo se quedó dormido, Lucas salió al pasillo.

Lo seguí.

—Quiero una prueba de ADN.

—La tendrás.

—Mañana.

—Cuando quieras.

Mi ausencia de resistencia pareció desconcertarlo.

—¿Ni siquiera vas a discutir?

—No tengo motivos.

Entonces su mirada cayó sobre mi rostro.

—¿Por qué llevabas mascarilla en la base?

Me tensé.

—Costumbre.

—Mientes fatal.

—Lucas…

—También te sangró la nariz.

No respondí.

Su expresión cambió.

Antes de que pudiera insistir, apareció una enfermera.

—Señora Carter, Hematología necesita confirmar su cita de mañana. El doctor Patel quiere revisar los últimos resultados antes de iniciar el siguiente ciclo.

El silencio fue devastador.

Lucas miró a la enfermera.

Después a mí.

—¿Hematología?

La enfermera comprendió demasiado tarde.

—Lo siento.

Se marchó.

Lucas esperó.

No tenía sentido ocultarlo.

—Tengo leucemia.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Qué?

—Aguda. De alto riesgo.

—¿Desde cuándo?

—Hace unas semanas.

Lucas retrocedió como si necesitara espacio para respirar.

—Por eso volviste.

Asentí.

Y vi cómo interpretaba todo.

Mi ropa gastada.

El trabajo de reparto.

Los trescientos mil que había aceptado.

Theo.

—No viniste por mí.

—No.

Aquello le dolió.

Pero necesitaba la verdad.

—Vine porque existe la posibilidad de que Theo tenga que crecer sin mí.

Lucas se pasó una mano por el rostro.

—¿Y pensabas entregármelo junto con una tarjeta bancaria y desaparecer?

—Pensaba asegurarme de que tuviera a su padre.

—¡Ya tenía un padre! —susurró con furia—. ¡Me quitaste la oportunidad de serlo!

Las lágrimas finalmente llegaron.

—Lo sé.

—Entonces dime por qué.

Saqué el teléfono.

Durante cinco años había conservado una fotografía.

La tarjeta bancaria que Victoria Hayes había dejado sobre aquella mesa.

Y un mensaje que mi madre me había enviado después.

Se lo mostré.

«Cinco millones o no habrá boda. Si los Hayes quieren a mi hija, que paguen.»

Lucas leyó lentamente.

—¿Qué demonios es esto?

—Mi madre fue a ver a la tuya.

Le conté todo.

La casa exigida para mi hermano.

Los cinco millones.

La conversación con Victoria.

Mi miedo de que Marianne utilizara nuestro matrimonio para extorsionar a su familia durante años.

Lucas escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, preguntó:

—¿Mi madre te pidió que me dejaras?

—No exactamente.

—Emma.

—Me dijo que no podía permitir que mi familia se aferrara a ti.

Su mandíbula se endureció.

—¿Te ofreció dinero?

—Sí.

—¿Lo aceptaste?

—No.

Lucas soltó una risa sin humor.

—Claro que no.

Miró hacia la habitación de Theo.

—Pero hoy aceptaste el mío.

—Hoy tengo un hijo.

Aquello lo silenció.

—Ya no puedo permitirme convertir mi orgullo en su problema.

A la mañana siguiente hicimos la prueba.

Lucas canceló todo.

No volvió a la base.

No habló de su prometida.

Solo permaneció cerca de Theo.

Dos días después llegó el resultado.

Probabilidad de paternidad: 99,99 %.

Lucas leyó el informe sentado junto a la cama del niño.

Theo estaba dibujando un tanque.

—¿Por qué estás triste? —preguntó.

Lucas levantó la mirada.

—Porque descubrí que perdí algo muy importante.

Theo pensó un momento.

—Mi mamá encuentra cosas perdidas muy bien.

Lucas tuvo que girar el rostro.

Yo también.

Aquella tarde apareció Victoria Hayes.

Entró acompañada por un ayudante militar.

Me vio.

Después vio a Theo.

Y se quedó completamente quieta.

No necesitó una prueba.

—Dios mío.

Lucas se interpuso.

—¿Sabías que Emma estaba embarazada?

—¿Qué?

—Contéstame.

—No.

Miré cuidadosamente su reacción.

Parecía sincera.

Lucas le entregó la copia del mensaje de Marianne.

—¿Fuiste tú quien la obligó a marcharse?

Victoria leyó.

Su rostro se endureció.

—Le dije que tu matrimonio sería imposible mientras su madre intentara comprarte y venderte como ganado.

—¿Y los cinco millones?

—Los puse sobre la mesa para demostrarle a Emma que su madre ya había fijado un precio.

Me miró.

—Pero Emma nunca tomó un centavo.

Lucas apretó la mandíbula.

—Entonces ¿por qué no me lo contaste?

Victoria respondió:

—Porque ella me hizo prometer que no lo haría.

Lucas me miró.

Yo bajé los ojos.

Victoria se acercó a Theo.

No lo tocó.

—¿Puedo?

Asentí.

Se sentó junto a él.

—Hola.

Theo sonrió.

—Hola.

—Soy Victoria.

—Tienes el mismo ceño que él.

Señaló a Lucas.

Victoria soltó una risa ahogada.

Entonces alguien apareció en la puerta.

Mi sangre se heló.

Marianne.

Mi madre.

Llevaba un bolso caro y la misma expresión calculadora que recordaba.

—Emma, por fin te encuentro.

Lucas se levantó.

—Fuera.

Ella lo ignoró.

Sus ojos fueron directamente hacia Theo.

Después sonrió.

—Así que finalmente se lo dijiste.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabías dónde estábamos?

—Eso no importa.

—Sí importa —dijo Lucas.

Marianne lo observó.

—General Hayes. Has prosperado.

—Salga de la habitación de mi hijo.

Su sonrisa creció.

—Precisamente sobre tu hijo quería hablar.

Sacó una carpeta.

—Cinco años sin pagar manutención pueden convertirse en una cantidad bastante interesante.

Me puse de pie.

—No tienes ningún derecho sobre Theo.

—Soy su abuela.

—Eres la razón por la que crecí huyendo.

La máscara de amabilidad desapareció.

—Ten cuidado, Emma. Estás enferma. Quizá deberías pensar quién administrará el dinero cuando ya no puedas hacerlo.

Lucas dio un paso hacia ella.

—Seguridad está subiendo.

Marianne dejó la carpeta sobre una silla.

—Entonces será mejor que leas esto rápido.

Victoria la abrió.

Dentro había copias de transferencias antiguas.

Su rostro cambió.

—Esto es imposible.

Lucas tomó los documentos.

—¿Qué?

Victoria señaló una transferencia de hacía cinco años.

Cinco millones de dólares.

Enviados desde una cuenta vinculada a la familia Hayes.

A una sociedad relacionada con Marianne Carter.

Miré a Victoria.

—Me dijiste que ella nunca recibió el dinero.

—No de mí.

Lucas pasó a la segunda página.

Había una autorización.

Y al final aparecía una firma.

Su expresión se congeló.

—No.

Victoria se levantó.

—Lucas, yo nunca firmé eso.

—No es tu firma.

Levantó lentamente los ojos.

—Es la de mi padre.

El general Richard Hayes.

El hombre que cinco años atrás me había tratado como a una hija.

El hombre que había muerto creyendo que Lucas y yo simplemente habíamos dejado de amarnos.

Marianne sonrió desde la puerta.

—Parece que todavía quedan algunas cosas que la honorable familia Hayes nunca te contó.

Y mientras Lucas observaba aquella transferencia, yo comprendí algo todavía peor.

Tal vez mi madre no había conseguido separarnos sola.

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