Tran Hao abrió el primer certificado.
Luego el segundo.
Cuando llegó al tercero, sus dedos ya no se movían con naturalidad.
—¿Estos apartamentos son tuyos?
Thanh Van tomó tranquilamente un sorbo de agua.
—Los tres.
—¿Desde cuándo?
—El primero lo compré hace cinco años. Los otros dos, hace tres.
Tran Hao volvió a mirar el documento correspondiente al apartamento donde estaban sentados.
—Pero el agente dijo que…
Se detuvo.
Thanh Van levantó lentamente los ojos.
—¿Qué agente?
Él tardó dos segundos demasiado largos en responder.
—El agente que… habló con mis padres.
—Curioso.
Ella cerró la carpeta roja.
—Porque este apartamento nunca estuvo a la venta ni perteneció a tus padres.
La cena quedó olvidada.
Tran Hao intentó sonreír.
—Van, creo que hubo un malentendido.
—Entonces explícamelo.
—Mis padres me dijeron que habían comprado esta propiedad como vivienda matrimonial.
—¿Y también decidieron cobrarme doce mil yuanes mensuales?
—Solo querían que aprendiéramos a asumir responsabilidades juntos.
Thanh Van casi se rio.
Doce mil al mes.
Ciento cuarenta y cuatro mil al año.
Por vivir en una casa que era de ella.
—¿A qué cuenta debía transferir el alquiler?
Tran Hao permaneció callado.
—Te he hecho una pregunta.
Finalmente sacó el teléfono.
—A la de mi madre.
Thanh Van extendió la mano.
—Enséñamela.
—¿Para qué?
—Porque quiero comprobar algo.
Su marido apretó el teléfono.
Aquella resistencia confirmó la primera sospecha.
Thanh Van abrió su propia aplicación bancaria.
Buscó un nombre.
Liu Meizhen.
La madre de Tran Hao.
Entonces recordó una transferencia que había visto meses antes al revisar las cuentas operativas de un pequeño centro comercial gestionado por su empresa.
No era una cifra enorme.
Pero el nombre le había resultado familiar.
Nunca investigó porque no tenía relación con su departamento.
Ahora sí.
—¿Tu madre tiene alguna empresa?
—No.
—¿Seguramente?
—Está jubilada.
Thanh Van asintió.
—Perfecto.
Guardó los certificados.
—Mañana lo comprobaré.
Tran Hao se levantó inmediatamente.
—¿Comprobar qué?
—Todo.
Por primera vez en dos años, la paciencia perfecta desapareció de su rostro.
—Van, acabamos de casarnos. ¿Vas a investigar a mi familia por doce mil yuanes?
Ella lo miró.
—No.
Hizo una pausa.
—Voy a investigar por qué mi marido intentó cobrarme alquiler por mi propia casa la noche en que registramos nuestro matrimonio.
Tran Hao no durmió en el dormitorio aquella noche.
A las siete de la mañana siguiente, Thanh Van ya estaba en la oficina.
No necesitó mucho tiempo.
Su asistente encontró la primera anomalía antes de las nueve.

—Directora Thanh, preguntó por Liu Meizhen.
Colocó varios documentos frente a ella.
—Figura como representante de una pequeña empresa llamada Meizhen Property Services.
Thanh Van frunció el ceño.
—¿Servicios inmobiliarios?
—Se constituyó hace dieciocho meses.
Dieciocho meses.
Seis meses después de que ella comenzara su relación con Tran Hao.
—¿Qué relación tiene con nosotros?
Su asistente giró la pantalla.
—Ha facturado servicios de mantenimiento y diseño a dos propiedades administradas por nuestra división.
Thanh Van sintió un frío lento recorrerle la espalda.
—¿Quién recomendó al proveedor?
—Estoy revisándolo.
Media hora después recibió la respuesta.
El proveedor había entrado a través de un subcontratista.
Y el responsable de diseño de aquel subcontratista había trabajado anteriormente con…
Space Aesthetic Design Studio.
El estudio de Tran Hao.
Thanh Van se quedó mirando la pantalla.
Aquel grano de arena que había sentido durante dos años acababa de convertirse en una piedra.
Llamó a Trieu Tieu Hoa.
—Necesito pedirte un favor.
—¿Qué pasó?
—¿Recuerdas cuando me dijiste que Tran Hao parecía demasiado perfecto?
—Sí.
—Quiero saber dónde vivía realmente antes de casarnos.
Su amiga guardó silencio.
—Van, ¿qué encontraste?
—Todavía no lo suficiente.
Dos horas después, Tieu Hoa apareció personalmente.
Dejó su teléfono frente a ella.
—Creo que deberías ver esto.
Había encontrado fotografías antiguas publicadas por uno de los empleados de Tran Hao.
Una cena del estudio.
Un cumpleaños.
Una reunión de Año Nuevo.
En varias imágenes aparecía el mismo apartamento moderno.
Tran Hao había asegurado durante dos años que su casa estaba siendo renovada o que su madre se alojaba allí.
Pero una fotografía tenía ubicación.
Thanh Van la amplió.
Era un complejo residencial a cuarenta minutos de distancia.
—¿De quién es?
—Busqué el registro disponible.
Tieu Hoa tragó saliva.
—No pertenece a Tran Hao.
—¿A sus padres?
—Tampoco.
Le mostró un nombre.
Zhou Lili.
Thanh Van no lo reconoció.
—¿Quién es?
Tieu Hoa deslizó hacia la siguiente fotografía.
Una mujer joven estaba junto a Tran Hao durante la inauguración de su estudio.
Demasiado cerca.
En el reverso digital de la publicación aparecía una frase:
«Cinco años construyendo nuestro sueño.»
La fotografía había sido publicada tres años antes de que Thanh Van conociera a Tran Hao.
—Tal vez era su socia —dijo Thanh Van.
Pero ni ella misma creyó sus palabras.
Tieu Hoa no respondió.
Simplemente abrió otra captura.
Era una publicación antigua de Zhou Lili.
Había una fotografía de dos manos sosteniendo unas llaves.
Una masculina.
Reconoció inmediatamente el Omega de Tran Hao.
El texto decía:
«Por fin tenemos nuestro hogar.»
Fecha: cuatro años atrás.
Thanh Van cerró los ojos.
Aquella noche no enfrentó a su marido.
Hizo algo que Tran Hao jamás habría esperado.
Continuó actuando normalmente.
Cuando él llamó, contestó.
—¿Cenamos juntos?
—Tengo una reunión.
—Van, sobre lo de ayer…
—Hablaremos después.
Su tranquilidad empezó a inquietarlo.
A las seis de la tarde recibió tres llamadas suyas.
No respondió a ninguna.
A las ocho, su departamento legal interno le envió los resultados preliminares de las facturas relacionadas con Meizhen Property Services.
Thanh Van leyó dos veces.
Había más de 860.000 yuanes en contratos sospechosos.
Pero lo verdaderamente extraño era otra cosa.
Parte de aquel dinero terminaba en una cuenta vinculada al estudio de Tran Hao.
Y desde allí salían transferencias periódicas hacia Zhou Lili.
Thanh Van imprimió todo.
Cuando regresó a casa, encontró a Tran Hao y a sus padres esperándola.
Liu Meizhen estaba sentada en el sofá como si fuera la dueña.
Su suegro fumaba junto a la ventana.
Tran Hao se levantó.
—Van, mis padres han venido para aclarar el malentendido.
Liu Meizhen habló inmediatamente.
—Somos familia ahora. No deberías esconder propiedades de tu marido.
Thanh Van dejó el bolso.
—¿Yo escondí propiedades?
—Hao no sabía que tenías tres apartamentos.
—Y yo no sabía que ustedes pretendían cobrarme alquiler por uno de ellos.
La mujer no se avergonzó.
—Eso ya no importa. Ahora que sabemos que son tuyos, podemos organizarnos mejor.
—¿Organizarnos?
—Sí.
Liu Meizhen sonrió.
—Podéis vivir aquí. Los otros dos apartamentos pueden alquilarse. El dinero ayudará al estudio de Hao.
Thanh Van la observó varios segundos.
Entonces entendió algo.
No habían venido a disculparse. Habían venido a repartir sus propiedades.
—No.
La sonrisa de Liu Meizhen desapareció.
—¿Qué has dicho?
—Mis apartamentos no financiarán el negocio de nadie.
Tran Hao intervino.
—Van, no seas tan calculadora. Ya estamos casados.
—Precisamente.
Sacó unos documentos de su bolso.
—Por eso quiero claridad.
El rostro de Tran Hao cambió al reconocer el encabezado de una de las hojas.
—¿Qué es eso?
—Ochocientos sesenta mil yuanes.
El salón quedó en silencio.
Liu Meizhen palideció.
Thanh Van dejó las facturas sobre la mesa.
—Me gustaría saber por qué una empresa registrada a nombre de mamá ha recibido contratos relacionados con proyectos donde aparece tu estudio.
Tran Hao no respondió.
—Y también quiero saber quién es Zhou Lili.
Esta vez la reacción fue brutal.
Su suegra dejó caer la taza.
Tran Hao se puso completamente blanco.
Su padre apagó el cigarrillo de inmediato.
Los tres conocían ese nombre.
Thanh Van sonrió sin alegría.
—Perfecto. Al menos ahora sé que estoy haciendo la pregunta correcta.
Tran Hao se acercó.
—Van, escucha…
—No.
Sacó una última fotografía.
La de las llaves.
—Durante dos años nunca me llevaste a tu casa porque esa casa no era tuya, ¿verdad?
Él apretó los puños.
—Puedo explicarlo.
—Entonces explica quién es ella.
Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Lentos.
Thanh Van abrió.
Una mujer estaba en el pasillo.
Treinta años aproximadamente.
Abrigo beige.
Rostro pálido.
Era Zhou Lili.
Miró primero a Thanh Van.
Después a Tran Hao.
Y finalmente al certificado de matrimonio que todavía estaba sobre el aparador.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Así que era verdad.
Tran Hao corrió hacia ella.
—Lili, ¿qué haces aquí?
Ella retrocedió.
—Vine porque ya no pienso seguir mintiendo por ti.
Luego miró directamente a Thanh Van.
—Señorita Thanh, hay algo que necesita saber antes de decidir qué hacer con este matrimonio.
Sacó una carpeta de su bolso.
—Tran Hao no se acercó a usted por casualidad en aquella conferencia de hace dos años.
Thanh Van dejó de respirar.
Zhou Lili colocó sobre la mesa una fotografía impresa.
Era una captura de una conversación fechada tres semanas antes de que Tran Hao le entregara aquella primera tarjeta de presentación.
En ella aparecía una fotografía de Thanh Van, su puesto, sus ingresos aproximados y una lista de propiedades vinculadas a su nombre.
Debajo, Tran Hao había escrito una sola frase:
«TRES APARTAMENTOS, SIN PADRES CERCA Y MÁS DE UN MILLÓN AL AÑO. ESTA ES LA ADECUADA.»