PARTE 2: MIENTRAS ETHAN CREÍA QUE TENÍA DOS MESES PARA ALEJARSE DE MÍ Y VOLVER CON SU PRIMER AMOR, SOPHIA REGRESÓ ANTES DE TIEMPO CON UN SECRETO QUE CONVIRTIÓ NUESTRA RUPTURA EN ALGO MUCHO MÁS DOLOROSO.

Los primeros diez días de enero fueron extrañamente fáciles.

Ethan dejó de llamarme al salir del trabajo.

Yo dejé de preguntarle si quería cenar conmigo.

Él canceló nuestra cita del viernes porque tenía una reunión.

Yo respondí:

—Está bien.

No pregunté con quién.

No protesté.

Y aquella ausencia de preguntas comenzó a incomodarlo.

El domingo apareció en mi apartamento sin avisar.

—Últimamente estás rara.

Seguí doblando ropa.

—Tengo mucho trabajo.

—Antes también tenías mucho trabajo.

—Entonces supongo que estoy cansada.

Ethan permaneció junto a la puerta observándome.

Había sacado algunas prendas que mantenía en su apartamento. También había llevado a casa mis libros, mis cosméticos y el cargador que siempre dejaba junto a su cama.

Una retirada silenciosa.

Objeto por objeto.

Recuerdo por recuerdo.

—¿Dónde está tu cepillo de dientes? —preguntó.

Mis manos se detuvieron.

—Aquí.

—¿Por qué?

Levanté los ojos.

—Porque es mío.

Su expresión cambió.

—Claire, ¿estás enfadada conmigo?

Qué ironía.

El hombre que estaba preparando nuestra ruptura quería asegurarse de que yo siguiera comportándome como su novia mientras llegaba el momento adecuado para abandonarme.

—No.

Y era verdad.

Ya había pasado la etapa de estar enfadada. Estaba aprendiendo a despedirme.

Ethan se marchó inquieto.

Durante las siguientes semanas ocurrió algo que él no había previsto.

Cuanto menos lo perseguía yo, más se acercaba él.

Empezó a escribirme otra vez.

«¿Ya comiste?»

«¿Quieres que pase a buscarte?»

«Hace frío. Abrígate.»

Yo contestaba educadamente.

Nunca con crueldad.

Pero había eliminado todas aquellas palabras que antes salían de mí automáticamente.

Cariño.

Te extraño.

Te amo.

Una noche llamó después de medianoche.

—¿Por qué ya no vienes?

—Estoy en mi casa.

—Lo sé. Pregunto por qué.

Miré las cajas junto a la pared.

Había aceptado un traslado laboral a Seattle.

Empezaría el primero de marzo.

Ethan no lo sabía.

—Porque también me gusta dormir aquí.

Hubo un largo silencio.

—Claire.

—¿Sí?

—¿Todavía me quieres?

Cerré los ojos.

Aquella pregunta llegó demasiado tarde.

—Buenas noches, Ethan.

Colgué.

A la mañana siguiente recibí un mensaje de un número desconocido.

«Hola, Claire. Soy Sophia Bennett.»

Sentí que el corazón se me detenía.

Debajo apareció una segunda frase.

«He regresado. ¿Podemos hablar?»

Sophia no iba a regresar en marzo.

Ya estaba aquí.

Nos encontramos aquella tarde en una cafetería.

La reconocí inmediatamente.

Seguía siendo hermosa, pero ya no era la chica perfecta que durante años había construido en mi imaginación.

Parecía nerviosa.

—Gracias por venir.

—¿Ethan sabe que estás aquí?

Sophia negó.

—Llegué hace cuatro días.

Me sorprendió.

Si Ethan lo sabía, había conseguido ocultarlo.

—Entonces ¿por qué querías verme?

Sophia apretó la taza.

—Porque antes de hablar con Ethan necesito aclarar algo contigo.

Sacó un sobre.

Lo dejó frente a mí.

—Cuando me fui, Ethan quería venir conmigo.

Eso ya lo sabía.

—Mis padres se opusieron. Yo también tenía miedo. Le dije que debía olvidarme.

Respiró profundamente.

—Pero tres meses después me arrepentí.

La miré.

—¿Qué hiciste?

—Le escribí.

Sacó unas capturas impresas.

Las fechas pertenecían al año en que Ethan y yo todavía no éramos pareja.

Sophia le había pedido que esperara.

Le había prometido regresar.

Y Ethan había respondido:

«Esperaré.»

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Por qué me enseñas esto?

Sophia pasó a la última captura.

La fecha me golpeó.

Era exactamente dos días antes de que Ethan apareciera en mi graduación con aquellos tulipanes y me pidiera que me quedara con él.

El último mensaje de Sophia decía:

«Dame tiempo. Cuando regrese, quiero intentarlo otra vez.»

Ethan había contestado:

«Está bien.»

Mis dedos se enfriaron.

—¿Él empezó conmigo sabiendo que tú pensabas regresar?

Sophia bajó la mirada.

—Eso creía yo.

Me levanté.

Ya había escuchado suficiente.

Pero Sophia dijo:

—Claire, espera. Eso no es lo pendiente.

Me detuve.

—¿Qué quieres decir?

Sacó una pequeña caja.

Dentro había un anillo.

—Ethan me lo dio antes de que me fuera.

No pude hablar.

—Me pidió que me casara con él algún día. Yo me llevé el anillo.

Sophia cerró la caja.

—Regresé porque quiero devolvérselo y terminar correctamente lo que dejamos pendiente.

Aquello debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

—¿Ya no lo amas?

Sophia tardó demasiado en responder.

—No sé qué siento.

Sonreí con tristeza.

—Entonces supongo que los dos tendréis mucho que hablar.

Me marché.

Esa noche Ethan estaba esperándome frente a mi apartamento.

—¿Dónde estabas?

—Fuera.

—Te llamé siete veces.

Intenté abrir la puerta.

Me bloqueó suavemente el paso.

—¿Qué está pasando contigo?

—Nada.

—¡Deja de decir nada!

Por primera vez perdió la paciencia.

—Llevas semanas desapareciendo poco a poco. Sacaste todas tus cosas de mi apartamento. Ya casi nunca me llamas. Cuando intento verte siempre tienes alguna excusa.

Lo miré.

Era exactamente lo que él había planeado hacerme.

Solo que ahora no soportaba estar al otro lado.

—Quizá las personas cambian.

—¿Hay otro hombre?

—No.

—Entonces dime qué hice.

Casi se me escapó una risa.

—¿De verdad quieres saberlo?

Ethan se quedó inmóvil.

Saqué el teléfono.

Abrí una fotografía que había tomado de las capturas de Sophia.

Se la mostré.

Su rostro perdió el color.

—¿Dónde conseguiste eso?

—Sophia regresó.

El nombre quedó suspendido entre nosotros.

Ethan retrocedió.

—¿La viste?

—Esta tarde.

—Claire, puedo explicarlo.

—No necesito explicaciones.

Abrí la puerta.

—Buenas noches.

Me agarró suavemente de la muñeca.

—No. Necesitamos hablar.

Lo miré.

—Tú necesitabas hablar conmigo la noche de Año Nuevo.

Sus dedos se aflojaron.

—¿Qué?

—El balcón.

Ethan palideció.

Entonces lo supo.

Yo había escuchado todo.

—Claire…

—Dos meses, ¿verdad?

Su rostro se quebró.

—No fue así.

—«Iré distanciándome poco a poco. Encontraré una razón adecuada y terminaremos.»

Repetí sus propias palabras.

Ethan soltó mi muñeca.

—Estaba confundido.

—Yo ya no.

Entré y cerré la puerta.

Dos días después entregué oficialmente mi aceptación para Seattle.

Faltaban cinco semanas.

Pensaba marcharme sin dramas.

Pero aquella misma tarde mi jefe apareció junto a mi escritorio.

—Claire, tienes visita.

Levanté la vista.

Sophia estaba esperando.

Tenía los ojos rojos.

Y detrás de ella estaba Ethan.

—¿Qué ocurre?

Sophia colocó un sobre sobre mi mesa.

—Ayer hablé con Ethan.

No respondí.

—Le pregunté por qué empezó una relación contigo si me había prometido esperar.

Ethan cerró los ojos.

Sophia continuó:

—Me dijo que hubo algo que tú nunca supiste.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

Sophia miró a Ethan.

—Díselo tú.

Él permaneció en silencio.

—Ethan.

Finalmente abrió los ojos.

—La noche anterior a nuestra graduación recibí una llamada.

—¿De quién?

Su expresión me resultó imposible de interpretar.

—De tu padre.

Me quedé helada.

Mi padre había muerto hacía dos años.

—¿Qué tiene que ver mi padre con esto?

Ethan tragó saliva.

—Sabía que estabas enamorada de mí.

—¿Y?

—También sabía que Sophia y yo seguíamos en contacto.

Sophia dejó sobre la mesa una segunda hoja.

Era una copia de una transferencia bancaria.

Había una cantidad.

Cien mil dólares.

El remitente era mi padre.

El destinatario…

Ethan Cross.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Qué es esto?

Ethan dio un paso hacia mí.

—Claire, escúchame.

Retrocedí.

—¿Mi padre te pagó?

—No fue exactamente así.

—Entonces dime cómo fue.

Nadie habló.

Miré nuevamente la fecha.

Veinticuatro horas antes de que Ethan me regalara aquellos tulipanes.

La relación que durante casi tres años había considerado el amor más importante de mi vida acababa de adquirir un significado completamente distinto.

Pero entonces Sophia señaló la parte inferior del documento.

—Mira el concepto de la transferencia.

Lo hice.

Solo había cuatro palabras.

«ACUERDO SOBRE CLAIRE BENNETT.»

Levanté lentamente la mirada.

—¿Qué acuerdo?

Ethan palideció.

Y antes de que pudiera responder, Sophia dijo en voz baja:

—Claire, creo que tu padre no le pagó para que saliera contigo. Creo que le pagó para ocultarte algo.

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