PARTE 2: RENATA DESCUBRIÓ QUE LA “MUERTA DE HAMBRE” PODÍA CERRAR LA EMPRESA DE SU FAMILIA

Renata miró primero a mi padre.

Después a mí.

—¿Hija?

Mi padre no respondió.

Tomó otra servilleta y me ayudó a retirar el vino que todavía goteaba de mi cabello.

El abogado corporativo, licenciado Mendoza, se acercó.

—Señorita Cortés, podemos posponer la reunión.

Eso terminó de destruir la sonrisa de Renata.

—¿Cortés?

La miré.

—Valeria Cortés.

—Tú nunca dijiste…

—Nunca preguntaste.

Su rostro perdió el color.

El gerente del restaurante apareció con varias servilletas limpias y ofreció llevarme a una sala privada.

Negué con la cabeza.

—Estoy bien.

Después abrí el expediente.

Renata observó la cifra escrita en la primera página.

$80,000,000 MXN.

—¿Qué es eso?

—El monto de contratos que estamos revisando relacionados con Materiales Salgado.

Su respiración cambió.

—Mi padre trabaja directamente con Grupo Cortés.

—Lo sé.

Pasé la primera página.

—Por eso estoy investigándolo.

Renata dio un paso hacia mí.

—Esto es ridículo. Mi papá conoce personalmente al presidente.

Mi padre levantó la vista.

—Sí. Lo conozco.

—Señor Cortés, entonces usted sabe que mi familia…

—Sé exactamente quién es tu familia.

Su voz permaneció tranquila.

—Y también sé quién es mi hija.

Renata finalmente comprendió.

La estudiante que llegaba en Metro.

La bibliotecaria.

La muchacha a la que había llamado oportunista durante años.

Era hija del hombre cuya empresa representaba uno de los mayores clientes de su familia.

Pero aquella era solamente la parte incómoda.

El verdadero problema estaba dentro del expediente.

Me senté.

—Renata, ya que mencionaste públicamente que Materiales Salgado es nuestra “socia estratégica”, quizá puedas aclararme algo.

El abogado intentó intervenir.

—Valeria…

—No voy a pedirle información confidencial.

Miré a Renata.

—Solo quiero saber si todavía trabaja allí.

—Soy directora de Relaciones Institucionales.

Aquello fue interesante.

Mendoza y los auditores intercambiaron miradas.

—Entonces probablemente reconozcas esto.

Giré una hoja.

Era una copia de una certificación de calidad presentada meses atrás.

—Por supuesto.

—¿Esta firma es tuya?

Renata miró el documento.

Tardó demasiado en responder.

—Mi departamento procesa cientos de documentos.

—No te pregunté eso.

Su prometido, Mauricio, apareció desde otra mesa.

Había observado todo desde lejos.

—Renata, vámonos.

Ella no se movió.

—¿Firmaste esa certificación? —repetí.

—No recuerdo.

Cerré la carpeta.

—Perfecto. Entonces dejemos que la auditoría determine quién lo hizo.

Mi padre hizo una señal a Mendoza.

—Continuemos en privado.

Renata pareció recuperar algo de valor.

—¿Así que vas a destruir la empresa de mi padre porque te tiré una copa?

La miré sorprendida.

—La investigación comenzó antes de que entraras al restaurante.

—Qué conveniente.

Saqué mi teléfono.

Mostré la hora en que había recibido el expediente.

Tres horas antes.

—Tu copa de vino no creó facturas infladas.

Me levanté.

—Y tampoco falsificó certificados.

Aquello sí hizo reaccionar a Mauricio.

—¿Certificados falsificados?

Renata giró hacia él.

—No sabes de qué hablan.

Mauricio se apartó cuando ella intentó tocarlo.

—Mi empresa compra componentes a Materiales Salgado.

El silencio volvió.

Renata palideció todavía más.

Yo tampoco sabía quién era Mauricio.

La coincidencia acababa de convertir una auditoría interna en algo mucho mayor.

Dos semanas después, la revisión preliminar encontró suficientes inconsistencias para suspender nuevas órdenes mientras se investigaban las entregas cuestionadas.

No cerré Materiales Salgado.

No tenía autoridad para hacerlo por capricho.

Tampoco quería destruir cientos de empleos inocentes.

Pero Grupo Cortés suspendió temporalmente contratos afectados y exigió una auditoría independiente.

Entonces apareció la verdad.

El padre de Renata, Roberto Salgado, no había iniciado el esquema.

Había sido su director financiero junto con dos responsables de compras.

Pero Roberto sí había descubierto irregularidades meses antes.

Y había decidido ocultarlas.

¿Por qué?

Porque Materiales Salgado estaba endeudada.

Si Grupo Cortés cancelaba los contratos, podían perder líneas de crédito esenciales.

Así que eligió el silencio.

Renata sabía una parte.

Más de lo que había admitido aquella noche.

Su firma aparecía en documentos enviados después de que su padre ya conociera las inconsistencias.

Cuando volvió a verme, ya no llevaba ropa de diseñador ni aquella sonrisa arrogante.

Llegó acompañada por un abogado.

—Quiero cooperar.

—Habla con los auditores.

—Valeria…

—Con los auditores.

—Necesito decirte algo.

La miré.

—Aquella cuenta de la universidad…

Me quedé inmóvil.

—¿Qué cuenta?

—La que publicaba cosas sobre ti.

—Sé cuál.

Bajó los ojos.

—Fui yo.

No sentí sorpresa.

Solo cansancio.

—También pagué a Claudia para acusarte del robo.

Finalmente lo había admitido.

Cinco años antes habría dado cualquier cosa por escuchar aquella confesión.

Ahora apenas me importaba.

—¿Por qué?

Renata empezó a llorar.

—Porque me irritabas.

—¿Por ser pobre?

Negó con la cabeza.

—Porque nunca parecías avergonzada de serlo.

Aquello me sorprendió.

—Yo necesitaba que todos supieran quién era mi padre, qué coche tenía, dónde viajábamos. Tú llegabas en Metro y aun así los profesores te respetaban.

Sonrió amargamente.

—Te odiaba porque no necesitabas nada de lo que yo necesitaba para sentirme importante.

Me quedé observándola.

Por primera vez entendí que Renata había pasado años intentando hacerme sentir pequeña porque ella necesitaba sentirse grande.

Pero comprenderlo no significaba perdonarlo.

—Coopera con la investigación.

Fue todo lo que dije.

Meses después, Materiales Salgado sobrevivió.

Pero no igual.

Roberto dejó la dirección.

Se renegociaron contratos únicamente después de nuevas verificaciones, controles externos y cambios administrativos.

Renata también salió de la empresa.

Mauricio canceló el compromiso.

No porque yo se lo pidiera.

Ni siquiera volví a hablar con él.

Mi vida tomó otro camino.

Mi padre me nombró directora de una división de Grupo Cortés.

El primer día encontró mi viejo vestido manchado guardado en una bolsa.

—¿Por qué no lo tiraste?

Toqué aquella mancha roja que nunca salió completamente.

—Porque me recuerda algo.

—¿A Renata?

Negué.

—A ti.

Mi padre sonrió.

—¿Por qué?

—Porque aquella noche entendí finalmente por qué me hiciste vivir sin utilizar nuestro apellido.

Él se sentó frente a mí.

—¿Y valió la pena?

Pensé en la universidad.

En las mentiras.

En el restaurante.

En una copa de vino que Renata creyó que podía utilizar para volver a colocarme debajo de ella.

—Sí.

Mi padre tenía razón desde el principio.

El dinero atraía sonrisas.

Pero creer que alguien no tenía dinero revelaba muchísimo más.

Renata pensó que había encontrado a la misma muchacha humilde que podía humillar sin consecuencias.

Lo que nunca supo fue que yo jamás había sido una muerta de hambre.

Simplemente había aprendido a vivir sin necesitar demostrar cuánto tenía.

Y cuando finalmente puse aquel expediente de ochenta millones sobre la mesa, no necesité arrojarle una sola copa.

La verdad hizo mucho más ruido que el vino.

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