PARTE 2: CUANDO DANIEL PIDIÓ VERIFICAR MI DINERO, DESCUBRIÓ QUIÉN PAGABA SU VIDA

—Exijo verificación financiera.

La voz de Daniel atravesó el salón.

Las conversaciones murieron.

El presentador dejó el martillo suspendido.

—Señor Carter, ¿está impugnando la capacidad financiera de la sala número ocho?

—Sí.

Daniel me miraba desde el otro lado.

Todavía no podía verme claramente detrás del cristal polarizado.

—Quiero pruebas de que puede pagar cuarenta y tres millones ciento cincuenta mil.

Sonreí.

—Acepto.

Mi asesora me miró.

—¿Qué documentación autorizamos?

—Toda.

Treinta segundos después, el director de la casa de subastas recibió la confirmación bancaria.

La leyó.

Después volvió a leerla.

Su expresión cambió.

—La capacidad financiera de la sala número ocho queda verificada sin restricciones.

Un murmullo recorrió el salón.

Daniel frunció el ceño.

—Entonces continúo.

Levantó la tarjeta.

—Cincuenta millones.

Olivia le agarró el brazo.

—Daniel, basta.

Él sonrió para tranquilizarla.

—Confía en mí.

Yo casi sentí lástima.

Casi.

Levanté un dedo.

—Cincuenta millones diez mil.

Daniel respondió inmediatamente.

—Sesenta millones.

—Sesenta millones diez mil.

—Setenta.

—Setenta millones diez mil.

Ya nadie se reía.

Entonces el teléfono de Daniel vibró.

Contestó.

—¿Qué?

Su rostro cambió.

—Eso es imposible.

Escuchó durante unos segundos.

—¡El dinero fue transferido ayer!

Su director financiero debía estar explicándole finalmente la situación.

Los treinta millones nunca habían sido un regalo.

Eran capital condicionado para un proyecto específico.

Daniel no podía utilizarlos para comprar diamantes.

Y después de detectar movimientos incompatibles con el acuerdo, mi empresa había activado las cláusulas de protección.

Olivia susurró:

—¿Qué ocurre?

Daniel colgó.

—Nada.

Pero sí ocurría.

Su segunda tarjeta fue rechazada.

Después la tercera.

Entonces mi teléfono vibró.

Mensaje del abogado:

“Demanda preparada. También encontramos algo más. Llámame.”

No llamé.

Todavía.

El presentador preguntó:

—¿La sala cinco mantiene su oferta de setenta millones?

El asesor de Daniel guardó silencio.

Yo podría haber ganado el diamante.

Pero ya no lo quería.

—Retiro mi última oferta válida conforme a las reglas aplicables —dije a mi asesora—. Que la casa determine la puja vigente y la solvencia del comprador.

Daniel me escuchó.

Entonces abrió completamente la puerta que separaba las salas.

Y me vio.

Su rostro se vació.

—¿Victoria?

Me puse de pie.

Olivia también me vio.

Saltó inmediatamente de sus piernas.

—Victoria, esto no es lo que parece.

Miré el lugar donde había estado sentada.

—Entonces tienes una definición fascinante de “parece”.

Daniel se acercó.

—¿Qué haces aquí?

—Celebrando nuestro aniversario.

Se quedó callado.

—Tú dijiste que estabas fuera de la ciudad.

—Puedo explicarlo.

—No hace falta.

Le mostré mi teléfono.

Fotografías.

Facturas.

Reservas de hoteles.

Transferencias.

Dos versiones de cada regalo.

Daniel perdió el color.

—¿Revisaste mis cuentas?

—Revisé las cuentas vinculadas a mi empresa.

Entonces llegó mi abogado.

Le entregó un sobre.

—Señor Carter.

Daniel no lo tomó.

—¿Qué es?

Respondí yo.

—El final de nuestro matrimonio.

Olivia empezó a llorar.

—Victoria, por favor. Daniel solo intentaba cuidarme después de que murió su hermano.

La miré.

—¿En hoteles también necesitabas cuidados?

Silencio.

Daniel apretó la mandíbula.

—No puedes dejarme sin nada. Construimos todo juntos.

Aquello sí me hizo reír.

—Perfecto. Hablemos de lo que construimos juntos.

Mi abogado abrió otra carpeta.

La casa donde vivíamos estaba a nombre de un fideicomiso mío anterior al matrimonio.

Las acciones mayoritarias de mi compañía también eran patrimonio previo.

Los vehículos de Daniel estaban financiados mediante una sociedad corporativa.

Incluso varias tarjetas que utilizaba dependían de cuentas empresariales sujetas a políticas de uso.

Daniel había construido una imagen de multimillonario independiente.

Pero una parte enorme de aquella imagen descansaba sobre mis activos.

—Tu empresa vale cientos de millones gracias a mí —dijo.

—Entonces será fácil demostrarlo durante el proceso.

No respondió.

Porque ambos conocíamos la verdad.

Su proyecto más reciente necesitaba mis treinta millones precisamente porque los bancos ya no querían asumir más riesgo.

Entonces mi abogado me llevó aparte.

—Encontramos el motivo.

—¿De qué?

—De los regalos duplicados.

Pensé que ya lo sabía.

Me equivocaba.

Durante casi dos años, Daniel había presentado algunos regalos destinados a Olivia como gastos relacionados con clientes y representación del proyecto.

Pero había algo peor.

Una sociedad vinculada a Olivia había recibido pagos por servicios de consultoría que los auditores no podían verificar.

Más de nueve millones.

Miré a Daniel.

—¿Olivia trabaja para tu empresa?

Se quedó inmóvil.

Olivia dejó de llorar.

Respuesta suficiente.

—Eso no tiene relación con nuestro matrimonio —dijo Daniel.

—Correcto.

Entregué la carpeta a mi abogado.

—Por eso irá directamente a auditoría.

Olivia agarró su bolso.

—Yo me voy.

Daniel intentó detenerla.

—Olivia.

—Me dijiste que el proyecto estaba financiado.

—Lo estará.

—¿Con qué?

Esa pregunta fue perfecta.

Lo dejó allí.

Daniel me siguió hasta la salida.

—Victoria.

No me detuve.

—Cometí errores.

Seguí caminando.

—¡Te amo!

Entonces sí me giré.

—No.

Me quité el anillo.

—Amabas la vida que mi dinero te permitía representar.

Tres meses después, el divorcio seguía su curso.

Daniel no terminó literalmente en la calle.

La ley no funciona como una rabieta.

Recibió lo que legítimamente le correspondía.

Pero perdió el acceso a mis activos, mis tarjetas, mi casa y mi capital empresarial.

Su proyecto se quedó sin mi financiación.

Tuvo que buscar nuevos inversionistas.

Olivia desapareció de su vida poco después de que comenzaron las revisiones financieras.

El diamante rosa tampoco terminó conmigo.

Y me alegré.

Ya no quería una piedra que representara aquella noche.

En nuestro siguiente aniversario —el primero después de separarnos— compré algo mucho más barato.

Una pequeña botella de bourbon.

Me senté en la terraza de mi casa y brindé sola.

Mi secretaria preguntó:

—¿Nunca lamentaste congelar aquellos treinta millones?

—No.

—¿Y perder a Daniel?

Pensé unos segundos.

—Tampoco.

Daniel había querido demostrarle a Olivia cuánto valía ella gastando una fortuna.

El problema era que nunca se había preguntado de quién era realmente aquella fortuna.

Pidió verificar mi capacidad financiera para humillarme delante de todos.

Y terminó verificando algo mucho más doloroso:

el hombre que presumía poder comprar un diamante de setenta millones ni siquiera podía pagar la vida que llevaba cuando mi dinero dejó de sostenerla.

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