PARTE 2: ME ECHÓ DE CASA PARA COMPLACER A SU MADRE, PERO A LA MAÑANA SIGUIENTE DESCUBRIÓ QUE LA EMPRESA QUE CREÍA SUYA NUNCA HABÍA DEJADO DE PERTENECERME.

Salí del edificio poco después de la una de la madrugada.

No miré atrás.

Un coche negro llevaba varios minutos esperando junto a la acera.

Cuando el conductor me vio, bajó inmediatamente y abrió la puerta trasera.

—Señorita Jiang.

Después de tres años escuchando a la familia Zhu llamarme mantenida, inútil y aprovechada, aquellas dos palabras casi me resultaron extrañas.

Me senté.

—Al hotel.

—El presidente Jiang preguntó si desea regresar directamente a casa.

Miré por la ventanilla.

—Todavía no. Primero tengo algunas cosas que terminar.

Mi padre llevaba tres años esperando esa respuesta.

Cuando me casé con Zhu Hao, él se opuso.

No porque despreciara a Zhu Hao.

Sino porque lo había investigado.

—Ese hombre no te ama lo suficiente como para resistir a su madre —me advirtió.

Yo creí que podría demostrarle que estaba equivocado.

Así que rechacé mi cargo en el Grupo Jiang, oculté mi identidad y seguí a Zhu Hao cuando decidió fundar su propia empresa.

Él siempre creyó que los primeros inversores habían confiado en su talento.

Nunca supo que el ochenta por ciento del capital inicial procedía de un fondo controlado por mí.

Nunca supo que los dos contratos que salvaron su compañía durante el primer año habían sido enviados por mi padre.

Y mucho menos sabía que el edificio donde funcionaba su empresa pertenecía a una filial del Grupo Jiang.

Durante tres años fingí trabajar unas horas como agente de atención al cliente porque Zhu Hao decía que un hombre debía sentirse necesario dentro de su casa.

Ridículo.

Había convertido mi vida entera en una actuación para proteger su orgullo.

A las seis de la mañana abrí mi ordenador.

Tenía veintisiete mensajes sin leer.

El último era de mi abogado.

«Señora Jiang, hemos recibido el acuerdo firmado. La renuncia patrimonial de la otra parte no afecta a sus activos prematrimoniales ni a las participaciones mantenidas mediante terceros.»

Sonreí.

Zhu Hao había preparado aquel acuerdo convencido de que yo saldría sin nada.

En realidad, él acababa de firmar la única parte que yo necesitaba: su aceptación del divorcio.

Respondí con una sola frase:

«Ejecuten el plan.»

A las ocho y media, Zhu Hao llegó a su empresa.

Lo supe después por las cámaras del vestíbulo.

A las ocho treinta y siete, Recursos Humanos recibió una orden del consejo.

Congelación inmediata de nuevas contrataciones.

Suspensión de tres proyectos.

Revisión extraordinaria de todos los departamentos.

A las nueve, comenzaron los despidos.

Zhu Hao irrumpió en la oficina del director financiero.

—¿Quién autorizó esto?

El hombre apenas levantó la cabeza.

—El accionista mayoritario.

—¡Yo soy el fundador!

—Fundador, sí.

Hizo una pausa.

—Accionista mayoritario, no.

Zhu Hao se quedó inmóvil.

Durante años nunca se había molestado en entender por qué ciertos fondos aparecían exactamente cuando la empresa estaba al borde de quedarse sin liquidez.

Su teléfono comenzó a sonar.

Era su madre.

Qian Yumei gritaba tan fuerte que varios empleados pudieron oírla.

—¡Hijo! ¡Mi tarjeta no funciona!

Zhu Hao frunció el ceño.

—¿Qué tarjeta?

—¡La negra! ¡La que Jiang Ning pagaba todos los meses!

Aquella tarjeta era una extensión de una cuenta a mi nombre.

La había cancelado a las siete.

—Mamá, déjame trabajar.

—¡Pero estaba comprando un brazalete!

—¡Luego hablamos!

Colgó.

Cinco minutos después recibió otra llamada.

El propietario del apartamento donde vivíamos exigía confirmar quién asumiría el siguiente alquiler.

Zhu Hao quedó perplejo.

—¿Qué alquiler? Esa vivienda es nuestra.

—No, señor Zhu. El contrato está a nombre de la señora Jiang Ning.

Silencio.

—¿Qué?

—Ella pagó tres años por adelantado. El periodo termina este mes.

La respiración de Zhu Hao se volvió pesada.

Por primera vez comenzó a comprender que la esposa que había considerado una carga había estado sosteniendo demasiadas cosas a su alrededor.

A las diez y veinte me llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegaron mensajes.

«Jiang Ning, ¿qué hiciste?»

«¿Conoces a los accionistas?»

«Vuelve y hablemos.»

El cuarto mensaje fue diferente.

«Mi madre estaba alterada anoche. Yo también bebí demasiado. No deberías tomarte una bofetada tan en serio.»

Miré aquella frase durante varios segundos.

Entonces lo bloqueé.

A las once, entré en la sede central del Grupo Jiang.

Habían pasado tres años desde la última vez que cruzaba aquellas puertas.

Los empleados más antiguos todavía me reconocieron.

—Señorita Jiang.

—Bienvenida.

Subí directamente al piso treinta y ocho.

Mi padre estaba de pie frente a los ventanales.

No nos habíamos visto en casi un año.

Cuando se giró y vio la marca todavía visible en mi mejilla, la expresión se le endureció.

—¿Te golpeó?

—Sí.

—Voy a destruirlo.

Negué con la cabeza.

—No.

Mi padre me miró.

Dejé una carpeta sobre su escritorio.

—No quiero destruirlo porque fue mi marido.

Abrí los documentos.

—Quiero que responda por lo que hizo como empresario.

Dentro estaban años de auditorías internas.

Facturas infladas.

Contratos entregados a familiares de Qian Yumei.

Fondos corporativos utilizados para pagar viajes, coches y regalos.

Yo llevaba meses reuniendo pruebas.

Mi padre pasó varias páginas y levantó una ceja.

—¿Desde cuándo lo sabías?

—Desde hace seis meses.

—¿Y esperabas qué?

Bajé la mirada hacia mi mejilla reflejada en el cristal.

—Supongo que esperaba equivocarme sobre él.

Aquella tarde se celebró una junta extraordinaria.

Zhu Hao llegó furioso.

Entró en la sala y se detuvo.

Yo estaba sentada en la cabecera.

A mi derecha estaba mi padre.

A mi izquierda, el representante legal del fondo que poseía la mayor participación de su empresa.

Zhu Hao palideció.

—Jiang Ning…

Me limité a señalar la silla frente a mí.

—Siéntate.

—¿Qué haces aquí?

El abogado deslizó un documento.

—La señorita Jiang Ning es la beneficiaria final del fondo Hengyuan.

Zhu Hao miró el porcentaje.

Sesenta y uno por ciento.

Su rostro quedó vacío.

—No puede ser.

—Lo es —respondí.

—Pero tú… tú trabajabas atendiendo clientes.

—Porque quería.

—Dijiste que ganabas tres mil yuanes al mes.

—Ganaba eso con aquel trabajo.

Lo miré.

—Nunca dijiste que necesitabas saber cuánto más tenía.

Sus labios temblaron.

Entonces empezó a unir las piezas.

Los contratos.

La oficina.

Los inversores.

Las crisis que siempre se resolvían misteriosamente.

—¿Fuiste tú?

—Muchas veces.

Zhu Hao se dejó caer en la silla.

—Entonces los despidos…

—Son parte de una reestructuración.

—¡Esta es mi empresa!

—Era tu oportunidad.

Empujé hacia él los resultados de la auditoría.

—La convertiste en el cajero automático de tu familia.

Su rostro se volvió aún más blanco.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo ante los auditores.

En ese instante, las puertas se abrieron.

Qian Yumei entró corriendo.

—¡Jiang Ning!

Todos giraron la cabeza.

Ella llevaba el mismo abrigo de la noche anterior.

Se acercó señalándome.

—¡¿Qué clase de mujer arruina a su marido después de una pequeña pelea?!

Mi padre se puso de pie.

—¿Quién es usted?

Qian Yumei lo miró con arrogancia.

—¡Soy la madre del presidente Zhu!

Mi padre soltó una risa fría.

—Entonces usted debe ser la mujer que llamó pozo sin fondo a mi familia por un conjunto de mil yuanes.

Ella se congeló.

—¿Su… familia?

Me levanté.

—Te presento a Jiang Guowei.

La cara de Zhu Hao se transformó.

Incluso Qian Yumei conocía aquel nombre.

Presidente del Grupo Jiang.

Uno de los mayores conglomerados privados de la provincia.

Mi padre la miró de arriba abajo.

—Mi hija podía comprar mil conjuntos como ese sin notar la diferencia.

Luego señaló a Zhu Hao.

—Y durante tres años prefirió vivir con sencillez para no herir el orgullo de su marido.

Qian Yumei retrocedió.

—Esto… esto debe ser un malentendido.

De repente tomó mi mano.

—Ningning, mamá solo estaba enfadada.

La aparté suavemente.

—No soy tu hija.

Zhu Hao se levantó.

Sus ojos estaban rojos.

—Jiang Ning, podemos empezar de nuevo.

Negué.

—Anoche ya empezamos de nuevo.

Saqué el acuerdo de divorcio.

—Separados.

La desesperación apareció por fin en su rostro.

—Te pedí que salieras unos días. No quería realmente divorciarme.

—Pero preparaste los papeles con antelación.

No pudo responder.

—Y levantaste la mano.

Su mirada cayó sobre mi mejilla.

—Fue una vez.

Sonreí sin alegría.

—Una vez fue suficiente.

El abogado cerró la carpeta.

—Señor Zhu, además, la auditoría ha detectado operaciones que requieren investigación adicional. Hasta que se determine su responsabilidad, queda suspendido de todas sus funciones ejecutivas.

Qian Yumei soltó un grito.

—¡No podéis hacer eso!

La miré.

—Puedo.

Tomé mi bolso.

—Porque la empresa que creíais que mantenía a una nuera inútil sobrevivió durante tres años gracias al dinero de esa misma nuera.

Caminé hacia la puerta.

Zhu Hao corrió detrás de mí.

—¡Jiang Ning!

Me detuve.

—¿Qué?

Su voz se quebró.

—¿Nunca me amaste?

Lo miré por última vez.

—Te amé tanto que escondí quién era para que pudieras sentirte grande.

Abrí la puerta.

—Mi error no fue gastar mil yuanes en mi madre. Fue gastar tres años de mi vida protegiendo el ego de un hombre que jamás protegió mi dignidad.

Un mes después, nuestro divorcio quedó formalizado.

Zhu Hao perdió el cargo tras confirmarse irregularidades financieras.

Qian Yumei tuvo que abandonar el apartamento cuando terminó el contrato y vender gran parte de las cosas que había comprado con dinero de la empresa.

Yo regresé al Grupo Jiang.

El primer día que asumí oficialmente como vicepresidenta, mi madre vino a verme.

Llevaba puesto aquel conjunto de ropa de mil yuanes.

Lo acarició avergonzada.

—Ningning, quizá deberías haberlo devuelto. Todo esto empezó por mi culpa.

La abracé.

—No, mamá.

Miré el reflejo de las dos en los ventanales de mi oficina.

—Todo terminó gracias a esos mil yuanes.

Porque por fin habían conseguido mostrarme cuánto valía realmente aquel matrimonio.

Y, sobre todo, cuánto valía yo fuera de él.

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