PARTE 2: EL JEFE DE LA MAFIA DEJÓ DE BEBER EL TÉ QUE SU HERMANO LE LLEVABA CADA NOCHE Y, EN SOLO VEINTICUATRO HORAS, DESCUBRIÓ QUE DOMINIC NO INTENTABA ENFERMARLO: LLEVABA TRES AÑOS PREPARANDO ALGO MUCHO PEOR.

El hombre llegó cuarenta minutos después.

Matteo Russo había servido al padre de Adrian antes de que Dominic aprendiera siquiera a conducir. Oficialmente se había retirado dos años atrás.

Extraoficialmente, seguía siendo los ojos que Adrian mantenía lejos de su hermano.

Entró en el dormitorio, vio a Lily dormida entre las almohadas y después observó la taza.

—¿Qué pasó?

Adrian señaló el té.

—Quiero saber qué contiene.

Matteo no preguntó por qué.

Sacó una bolsa de evidencia y guardó cuidadosamente la taza.

—Necesitaré unas horas.

—Tienes dos.

Cuando Matteo salió, Lily despertó.

—¿Estás enfadado?

Adrian la miró.

—No contigo.

—Pareces enfadado.

—Es mi cara.

Lily pensó seriamente en aquella explicación.

—Necesitas desayunar.

Adrian casi sonrió.

En ese momento apareció Sarah Carter en la puerta.

La madre de Lily se quedó blanca.

—¡Lily!

Corrió hacia la cama.

—Señor Moretti, lo siento muchísimo. Yo no sabía que ella había salido de su habitación.

—No pasa nada.

Sarah se detuvo.

En los dieciocho meses que llevaba trabajando en aquella casa, probablemente nunca había escuchado esas palabras de él.

Adrian miró a Lily.

—Tu hija me hizo un favor.

Sarah frunció el ceño.

—¿Qué clase de favor?

—Me hizo dormir.

Lily levantó orgullosamente su conejo.

—Y encontramos el té malo.

La expresión de Sarah cambió.

Adrian lo vio.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Sarah.

Ella bajó la mirada.

—Hace unas semanas encontré un frasco pequeño en la basura del estudio del señor Dominic.

Adrian se incorporó.

—¿Qué frasco?

—No lo sé. No tenía etiqueta. Pensé que sería algún medicamento.

—¿Por qué recuerdas eso?

Sarah dudó.

—Porque esa misma noche usted se desmayó durante la cena.

El silencio se volvió pesado.

Adrian recordaba aquella noche. Dominic había convencido a todos de que su hermano estaba simplemente agotado.

—¿Dónde está el frasco?

—Lo guardé.

Adrian la miró fijamente.

—¿Por qué?

Sarah abrazó a Lily con más fuerza.

—Porque mi esposo murió después de que una empresa intentara ocultar un accidente laboral. Aprendí a no tirar cosas que algún día podrían convertirse en pruebas.

Diez minutos después, el pequeño frasco estaba sobre el escritorio.

Adrian no lo tocó.

Por primera vez en tres años, las piezas empezaban a encajar.

Los temblores.

La confusión.

Los episodios de debilidad.

La incapacidad para dormir.

Y Dominic siempre allí.

Paciente.

Servicial.

Dispuesto a hacerse cargo de otra responsabilidad.

A las diez y cuarto, Matteo llamó.

—Tenemos un resultado preliminar.

—Habla.

—Encontraron sustancias que pueden alterar seriamente el sueño y provocar síntomas neurológicos con exposición repetida.

Adrian cerró los ojos.

No necesitaba más detalles.

—¿Puede demostrarse?

—El laboratorio hará un análisis completo.

Matteo hizo una pausa.

—Adrian, hay otra cosa.

—¿Qué?

—Revisé discretamente los movimientos internos que me pediste vigilar desde el año pasado.

Adrian se levantó.

—¿Y?

—Mientras estabas enfermo, Dominic consiguió autorización sobre seis sociedades del grupo. También sustituyó a dos directores financieros y cambió las firmas requeridas para varias transferencias.

—¿Cuánto?

—Todavía estoy calculándolo.

—Dame una cifra.

Matteo guardó silencio.

Como mínimo, cuarenta y ocho millones de dólares.

Adrian no reaccionó.

Aquello era precisamente lo que aterrorizaba a los hombres que lo conocían.

Cuanto más furioso estaba, más tranquilo parecía.

—No hagas nada.

—¿Quieres que detengamos a Dominic?

—No.

Adrian miró hacia la puerta.

—Quiero que crea que sigo enfermo.

Esa noche Dominic llegó a las nueve y cincuenta y cinco.

Traía el té.

Como siempre.

Adrian estaba sentado junto a la chimenea, con una manta sobre las piernas.

Había practicado durante horas cómo hacer que sus manos parecieran temblar.

Dominic entró sonriendo.

—Te ves fatal.

—No dormí.

—Otra vez.

Colocó la taza sobre la mesa.

—Bebe. Te ayudará.

Adrian observó a su hermano.

Mismo rostro familiar.

Misma voz tranquila.

El niño que había protegido cuando su padre murió.

El hombre al que había entregado las llaves de medio imperio porque creía que la sangre significaba lealtad.

—Gracias —dijo.

Dominic sonrió.

Adrian levantó la taza.

Fingió beber.

Dominic observó cada movimiento.

Y esa mirada confirmó más que cualquier laboratorio.

—Tengo una reunión importante mañana —murmuró Adrian.

—Cancélala.

—No puedo.

Dominic se sentó frente a él.

—Deberías empezar a aceptar que quizá ya no estás en condiciones de dirigir nada.

Adrian dejó que pasaran unos segundos.

—Quizá tengas razón.

Los ojos de Dominic brillaron.

Solo un instante.

Pero Adrian lo vio.

—Podría darte más autoridad —continuó.

—No tienes que decidir nada esta noche.

—Mañana.

Dominic inclinó la cabeza.

—¿Mañana?

—Reúne al consejo a las once.

Por primera vez, Dominic pareció verdaderamente satisfecho.

—Descansa, hermano.

Cuando salió, Matteo apareció desde la habitación contigua.

Había escuchado todo.

—Mordió el anzuelo.

Adrian dejó la taza.

—Todavía no.

—¿Qué esperas?

—Saber por qué.

A la mañana siguiente, el consejo se reunió en la biblioteca de la mansión.

Dominic llegó vestido con un traje gris y acompañado por su abogado.

Eso llamó la atención de Adrian.

—¿Por qué está él aquí?

Dominic sonrió.

—Por seguridad jurídica.

Adrian fingió confusión.

—¿Seguridad para qué?

Dominic colocó una carpeta frente a él.

—Para tu retiro temporal.

Adrian abrió los documentos.

Una declaración de incapacidad.

Transferencia de facultades.

Control ejecutivo.

Todo preparado.

—¿Desde cuándo existe esto?

—Desde hace meses.

Adrian levantó lentamente los ojos.

—¿Meses?

Dominic dejó de fingir.

—Mírate, Adrian. Apenas recuerdas reuniones. Te tiemblan las manos. Pierdes el control.

—Y tú has estado salvándolo todo.

—Alguien tenía que hacerlo.

Adrian tomó una pluma.

Dominic relajó los hombros.

Entonces la puerta se abrió.

Matteo entró.

Detrás de él apareció un abogado independiente y dos investigadores privados.

La sonrisa de Dominic desapareció.

Adrian dejó de fingir el temblor.

Su mano quedó perfectamente firme.

—Antes de firmar —dijo—, quería mostrarte algo.

Matteo colocó el informe del laboratorio sobre la mesa.

Dominic no lo tocó.

Pero su rostro respondió por él.

—¿Qué es eso?

—Mi té.

Silencio.

—Curioso —continuó Adrian—. Dejé de beberlo y dormí siete horas.

Dominic se levantó.

—Esto es absurdo.

—Siéntate.

—No puedes ordenarme…

—Siéntate, Dominic.

La vieja autoridad regresó a la voz de Adrian.

Su hermano obedeció.

Matteo colocó después los registros financieros.

—Cuarenta y ocho millones —dijo Adrian—. Seis sociedades. Firmas modificadas. Directores sustituidos.

Dominic miró alrededor.

—Puedo explicarlo.

—Eso espero.

Adrian se inclinó hacia él.

—Porque necesito entender por qué mi propio hermano pasó tres años intentando destruir mi salud.

Dominic respiró profundamente.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Se echó a reír.

No nerviosamente.

Con alivio.

—¿De verdad crees que todo esto era por el dinero?

Adrian permaneció inmóvil.

Dominic negó con la cabeza.

—Siempre fuiste demasiado arrogante para mirar detrás de ti.

Sacó su teléfono.

Pulsó la pantalla.

—Si yo quisiera matarte, hermano, estarías muerto.

Matteo dio un paso hacia él.

Adrian levantó una mano.

—Déjalo hablar.

Dominic deslizó el teléfono por la mesa.

Había una fotografía.

Adrian la tomó.

Y por primera vez aquella mañana perdió la calma.

La imagen mostraba a Lily saliendo de una guardería de la mano de Sarah.

Había sido tomada desde un coche.

Ayer.

—¿Por qué tienes esto?

Dominic sonrió.

—Porque la niña vio las gotas.

Adrian se levantó tan rápido que la silla cayó detrás de él.

—No la metas en esto.

—Ya está dentro.

—¿Quién tomó la fotografía?

Dominic no respondió.

Matteo recibió entonces una llamada.

Contestó.

Su rostro cambió.

—Adrian.

—¿Qué?

—Sarah y Lily salieron hace veinte minutos para ir al pediatra.

El silencio fue instantáneo.

—¿Y?

Matteo bajó lentamente el teléfono.

El coche de seguridad apareció abandonado a seis kilómetros de aquí.

Adrian miró a Dominic.

Pero su hermano ya no sonreía.

Eso fue lo peor.

—Yo no ordené eso —susurró Dominic.

Adrian se acercó hasta quedar frente a él.

—Entonces dime quién.

Dominic tragó saliva.

Por primera vez parecía asustado de verdad.

—Hay algo que nunca te conté sobre esas gotas.

—Habla.

—Yo las ponía en tu té.

Adrian apretó los puños.

—Pero no fui yo quien empezó a dártelas.

La habitación quedó inmóvil.

Dominic miró hacia la puerta como si temiera que alguien estuviera escuchando.

Después susurró:

La persona que me obligó lleva tres años viviendo bajo este mismo techo.

Related Posts

PARTE 2: JAMES SABÍA DESDE ANTES DE NUESTRA BODA QUE ALGÚN DÍA ESA NIÑA PODRÍA LLEGAR

—Tengo una hija —susurró James. Durante unos segundos pensé que había entendido mal. —¿Qué? Miró hacia la habitación donde dormía la recién nacida. —No ella. Respiró con…

PARTE 2: DIECISIETE DÍAS DESPUÉS DE ECHARME DE LA UCI PARA PONER A SU SOBRINA, TRES EMERGENCIAS COLAPSARON A LA VEZ Y MI ESPOSO ME LLAMÓ SUPLICANDO EL SISTEMA QUE HABÍAN ROBADO.

El día diecisiete amaneció con niebla sobre el lago Erhai. Yo estaba sentada junto a la ventana de una pequeña cafetería en Dali cuando mi teléfono empezó…

PARTE 2: LA BODA DE GRANT REVELÓ QUIÉN HABÍA ALTERADO MIS RESULTADOS MÉDICOS

Mi abogado, Nathan Cole, dejó la invitación de boda sobre su escritorio. —Claire, necesito preguntarte algo. ¿Por qué Mercer Dynamics está pagando esto? Fruncí el ceño. Grant…

PARTE 2: EL ABUELO DESCUBRIÓ QUE YO PAGABA 800 DÓLARES AL MES MIENTRAS MI HERMANA VIVÍA GRATIS, Y UNA SOLA PREGUNTA SUYA OBLIGÓ A MIS PADRES A REVELAR EN QUÉ HABÍAN ESTADO GASTANDO MI DINERO.

El abuelo apartó su plato. Después miró a mi padre. —Entonces hagamos las cuentas. Papá soltó un suspiro irritado. —No conviertas una cena familiar en una auditoría….

PARTE 2: EL SALUDO MILITAR REVELÓ QUIÉN ERA YO Y POR QUÉ DAVID AÚN NO PODÍA SER ENTERRADO EN PAZ

El soldado mantuvo el saludo. —Coronel Bennett. Detrás de mí escuché caer algo. Las llaves de Julian golpearon el cemento. Mi padre salió de la casa. —¿Coronel?…

PARTE 2: MI HERMANA CREYÓ QUE PODÍA QUEDARSE CON MI MARIDO, MI CASA Y MI DINERO, PERO EN LA FIESTA DONDE PENSABA CELEBRAR SU NUEVA FAMILIA DESCUBRIÓ POR QUÉ MI ABUELA ME HABÍA LLAMADO «PRIMERA ESTRELLA».

Cuando abrí la puerta trasera del restaurante, encontré a mi contador sentado en una mesa sin encender las luces. —Marcus. Levantó la cabeza. Delante de él había…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *