Cassandra sacó del bolso un pequeño paquete de sobres sujetos con una goma.
Algunos estaban arrugados.
Otros tenían sellos de devolución.
Todos llevaban mi nombre.
DAMON PRESCOTT.
Tomé el primero con manos que ya no parecían mías.
—¿Qué es esto?
—Lo que intenté enviarte.
Abrí uno.
La fecha era de hacía casi tres años.
Solo alcancé a leer las primeras líneas.
Cassandra estaba embarazada.
Había descubierto que eran gemelos.
Quería hablar conmigo.
Levanté la mirada.
—Nunca recibí esto.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
Sacó su teléfono.
—Porque también llamé.
Me mostró capturas antiguas.
Llamadas.
Correos electrónicos.
Mensajes enviados a números que reconocía perfectamente.
Después apareció un nombre que me hizo detenerme.
Margaret Prescott.
Mi madre.
—¿Por qué hablaste con ella?
Cassandra soltó una risa triste.
—Porque tú no respondías.
Recordé aquella época.
La ruptura había sido brutal.
Mi padre acababa de sufrir un infarto y yo viajaba constantemente entre Seattle, Denver y Nueva York intentando evitar que Prescott Technologies se desplomara.
Mi madre controlaba prácticamente toda mi agenda personal.
—¿Qué te dijo?
Cassandra miró a Luke y Violet antes de responder.
—Que habías elegido tu empresa.
—Eso no responde mi pregunta.
—Me dijo que sabía del embarazo.
Sentí un frío repentino.
—¿Qué?
—Me dijo que tú también lo sabías.
Negué inmediatamente.
—No.
—Damon…
—Te juro que jamás supe que estabas embarazada.
Cassandra se quedó inmóvil.
Violet levantó el elefante hacia mí.
—¿Quieres abrazar a Ellie?
La pregunta atravesó la tensión.
Miré aquel pequeño rostro.
—Me encantaría.
Me entregó el peluche.
Luke frunció el ceño.
—Ellie duerme conmigo.
—Entonces te lo devolveré.
Eso pareció satisfacerlo.
Cassandra se secó rápidamente una lágrima.
—Tu madre me dijo que habías pedido que dejara de contactar contigo. Después apareció un abogado.
—¿Qué abogado?
Sacó otra carta.
El membrete pertenecía a una firma que Prescott Technologies utilizaba años atrás.
La leí.
La carta exigía que Cassandra cesara cualquier contacto personal conmigo.
Mencionaba posibles acciones legales.
Y contenía una frase que hizo que mi estómago se revolviera:
«El señor Prescott no desea asumir ninguna responsabilidad respecto del embarazo que usted afirma estar esperando.»
—Yo nunca autoricé esto.
—Yo pensé que sí.
—Cassandra, ni siquiera sabía que existían.

Mi voz se quebró al decirlo.
Luke me observaba.
Bajé inmediatamente el tono.
—Perdón.
Él se inclinó hacia su madre.
—¿Por qué está triste?
Cassandra tardó en responder.
—Porque acaba de descubrir que perdió algo importante.
Luke pensó unos segundos.
Después buscó dentro de su mochila y sacó otro crayón.
Azul.
Me lo ofreció.
—Puedes tener este.
Tuve que apartar la mirada.
Un niño que acababa de conocerme estaba intentando consolarme, y era mi hijo.
—Gracias, Luke.
Guardé el crayón en el bolsillo interior de mi chaqueta.
Entonces mi teléfono vibró.
La pantalla mostró cinco llamadas perdidas.
Denver.
Mi director financiero.
El consejo.
El acuerdo de 780 millones.
Lo apagué.
Cassandra me miró sorprendida.
—¿No tienes que contestar?
—Durante casi tres años contesté todas las llamadas equivocadas.
Su expresión cambió.
—No conviertas esto en una decisión impulsiva.
—No lo hago.
—No puedes aparecer y actuar como si ahora fuéramos una familia.
—No estoy pidiendo eso.
Miré a los gemelos.
—Estoy pidiendo la oportunidad de conocerlos.
—¿Y mañana?
—También.
—¿Y cuando tengas una reunión?
—Después.
—¿Cuando aparezca otra adquisición de cientos de millones?
Aquello dolió porque reconocí al hombre que ella recordaba.
—Entonces encontraré una forma.
Cassandra negó lentamente.
—No sabes cómo es.
—Enséñame.
—¿Enseñarte qué?
—Todo.
La miré directamente.
—Qué desayunan. Qué cuentos les gustan. Qué los asusta. Quién necesita la luz encendida. Quién odia las zanahorias. Qué canción los hace dormir.
Respiré hondo.
—No puedo recuperar lo que me robaron. Pero no pienso perder voluntariamente otro día.
Cassandra bajó los ojos.
Entonces el avión volvió a sacudirse.
Violet se aferró a su madre.
Luke tomó mi manga.
Fue un gesto instintivo.
Pequeño.
Pero ninguno de los dos lo soltamos.
Cuando aterrizamos en Denver, eran las once y diecisiete.
Mi asistente me esperaba en la terminal.
—Damon, tenemos cuarenta minutos. El equipo legal está listo y Calder acaba de mejorar su oferta.
Miró a Cassandra.
Después a los niños.
—¿Quiénes son?
Observé a Luke dormido sobre el hombro de Cassandra y a Violet abrazada a su elefante.
—Mis hijos.
Mi asistente se quedó sin palabras.
—Señor…
—Cancela el coche a la oficina.
—Pero Merritt…
—Que esperen.
—Podemos perder la operación.
—Entonces la perderemos.
Cassandra me miró.
—Damon.
—No voy a desaparecer otra vez porque alguien ponga una cifra delante de mí.
Mi teléfono volvió a encenderse al salir del modo avión.
Entraron decenas de mensajes.
Y uno de mi madre.
«Me dijeron que Cassandra estaba en tu vuelo. Llámame antes de creer cualquier cosa que te diga.»
Me detuve.
Cassandra vio mi expresión.
—¿Qué pasa?
Le enseñé el mensaje.
Su rostro se volvió blanco.
—¿Cómo sabe que estamos juntos?
Esa era exactamente la pregunta.
Solo cuatro personas de mi empresa conocían mi vuelo.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez de nuestro asesor jurídico.
«Damon, necesito hablar contigo urgentemente. Encontramos irregularidades antiguas vinculadas al expediente Hayes.»
Marqué inmediatamente.
—¿Qué encontraron?
La respuesta llegó después de un silencio incómodo.
—Pagos.
—¿Qué pagos?
—Transferencias periódicas autorizadas desde una cuenta personal administrada por su madre.
Cassandra se quedó inmóvil.
—¿A quién?
Escuché unas teclas.
—A una empresa llamada Northbridge Family Services.
Cassandra me arrancó prácticamente el teléfono de la mano.
—¿Northbridge?
—¿La conoce? —pregunté.
Su respiración se aceleró.
—Damon, después del nacimiento de los gemelos, una organización me ayudó durante seis meses.
—¿Qué clase de ayuda?
—Alquiler. Comida. Parte de las facturas médicas.
Me miró horrorizada.
—Me dijeron que era un programa privado para madres solteras.
Volví al teléfono.
—Averigua quién controla Northbridge.
Mi abogado guardó silencio.
—Ya lo hicimos.
Sentí que algo se cerraba alrededor de mi pecho.
—¿Y?
—La sociedad original fue constituida por un representante fiduciario. Pero el beneficiario final aparece en documentación interna.
—Dime el nombre.
Otra pausa.
—Margaret Prescott.
Cassandra cerró los ojos.
Yo apenas podía respirar.
Mi madre no solo sabía de los gemelos.
Había financiado en secreto parte de sus vidas mientras se aseguraba de que yo jamás supiera que existían.
Pero todavía quedaba algo que no encajaba.
—¿Por qué ayudaría económicamente a Cassandra si quería mantenerla lejos?
—Eso es lo extraño —respondió el abogado—. Northbridge no solo realizó pagos.
—¿Qué más hizo?
—Recibió informes.
—¿Informes de qué?
—De los niños.
Sentí que Cassandra me agarraba del brazo.
—¿Qué tipo de informes?
El abogado tardó demasiado en responder.
—Fotografías. Revisiones médicas. Direcciones. Cambios de guardería.
Cassandra perdió el color.
—Dios mío.
—Hay más —continuó él—. Encontramos un pago realizado esta mañana.
—¿A quién?
—A una empresa de investigaciones privadas.
Miré automáticamente alrededor de la terminal.
Miles de viajeros caminaban bajo las luces navideñas.
Familias.
Maletas.
Música de Navidad.
Entonces vi a un hombre cerca de una cafetería.
Traje gris.
Teléfono levantado.
Apuntando directamente hacia nosotros.
Nuestros ojos se encontraron.
Bajó el móvil y comenzó a alejarse.
—Cassandra, quédate con los niños.
—¿Qué ocurre?
No respondí.
Mi teléfono vibró una última vez.
Era un mensaje de mi madre.
Lo abrí mientras aquel desconocido desaparecía entre la multitud.
Solo contenía una frase:
«Damon, no lleves a Cassandra ni a esos niños a tu casa. Hay algo sobre los gemelos que ella todavía no sabe.»